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El primer día

Tarde o temprano se llega el momento de abrir los cajones y tirar trebejos, y en este furor de limpieza y de orden, llegamos hasta su recámara y el viejo buró, entre las camas gemelas donde durmieron mis padres por más de treinta años.

Como en un desfile de objetos inútiles, salen del cajón recibos pasados , pedazos de papel amarillentos por el tiempo , horquillas para el cabello que alguna vez fueron negras y ahora, han perdido la pintura y hasta las gomitas de la punta.

Despacito, mi hermana y yo, vamos sacando cada cosa, revisando, tirando todo en una bolsa de plástico. Las cosas salen bañadas de recuerdos. - Mira, Catita, ese broche del perrito que me regaló mi abue en un cumpleaños. ¡Y tu muñeca miniatura, Perlita Pasteles! , ahora con la cara desteñida por el tiempo y casi calva, como la cantante de Ionesco. Me acuerdo cómo lloraste cuando desapareció. Creímos que el perro la había enterrado en el jardín. Nunca se nos ocurrió buscarla en el cajón.

Al prendedor le falta el ojo. También ha perdido su color dorado y cae en la fosa común de la bolsa, en pos de un destino incierto. -No guardes porquerías, Hermana, todo esto no es más que basura-... Adiós, Perlita, adiós. Las cantantes calvas no tienen futuro... y menos si encima son mudas. Los ojos de niña que tanto te lloraron, ahora te miran partir sin una lágrima de pena. Es más, tu antigua dueña se da la media vuelta para ir a limpiar otra de las habitaciones y al cruzar el umbral de la entrada, ya se ha olvidado de ti. Yo me quedo sola, con mi tarea de sepulturero, tratando de enterrar los recuerdos del pasado.

He tirado todo y ahora intento abrir la puerta del buró. Está atorada. Saco el cajón. Unos empujones desde adentro con el desarmador y ¡Listo! Del interior brotan a borbotones un montón de zapatos de todos los colores, estilos, formas y tamaños. Y al fondo, asomándose apenas, como con cierta timidez al ver de nuevo la luz del día, las zapatillas de tacón de clavo de mamá y mis primeros choclos blancos de la escuela.

¿Te acuerdas, Mamá, de mi primer día en el colegio? Me llevabas de la mano al kinder. Las traías puestas esa mañana. Cerradas, picudas y de color hueso. Te veías tan linda y elegante con tu calzado de princesa. La mamá más bonita de todo el universo.

Yo, con mi uniforme de vaca pinta y mis flamantes zapatos recién estrenados, voy a conocer ese lugar del que tanto me han hablado, donde hay muchas niñas como yo, con quienes podré jugar y compartir, potenciales amiguitas que son un sueño acariciado para alguien que es hija única hasta el momento.

De una puerta de cristal que divide el recibidor del área del Kindergarten, sale una monja vestida de negro, los cabellos enrollados en forma de herradura alrededor de su cabeza. Su rostro afable, encierra una dulzura que se proyecta a través de la luz de su mirada. Es muy joven, y sin embargo, hay en esos ojos negros mucho del calor que tienen los tuyos. Me toma de la mano y me sonríe. Yo suelto tus dedos un momento para tomar los suyos, seducida por sus palabras amables y sus ademanes suaves. Tú aprovechas mi descuido y te marchas sin sentir. Cuando vuelvo el rostro para verte, no te encuentro. Te has ido sin mí.

Ríos de llanto interminable. (¡Ah, que niña tan llorona!) ¡Mamá, mamacita!, ¿Por qué me has abandonado? (Ha de ser hija única, por eso está tan consentida). Me llevan a un salón repleto de niñas, mesas y sillas pequeñitas y allí lloro mi pena en un rincón, sin que nadie se acerque a consolarme. (Entre más caso le hagan, se va a poner peor.) ¡Qué saben los adultos del dolor de los niños! A los tres años también se puede romper el corazón.

Suena la campana para salir al recreo. La religiosa de ojos cálidos se acerca y me acaricia la cabeza. "No llores", me dice, "Ven, vamos a jugar con tus compañeritas y verás que te vas a divertir. Tu mamá volverá por ti a la hora de salida. Cuando las dos manecillas del reloj estén aquí, ¿Lo ves?", y me señala la carátula del reloj de pared y el número doce.

Voy con ella al patio y nos ponemos a jugar a Doña Blanca y a los calabaceados. Me divierto como nunca. Y cuando regresamos al salón, me la paso mirando a la pared. A la hora señalada, volverás por mí.

Una y otra vez durante la primera semana se repitió la historia. Cada vez menos el llanto, hasta que desapareció, cuando entendí que no ibas a abandonarme allí, que regresarías a recogerme cuando sonara la campana de salida.

Todo el ciclo escolar, mis choclos y yo fuimos inseparables. Blancos y recién boleados en la mañana, tallados y sucios al atardecer, después de jugar en el recreo.

Ese mismo año pasaron de moda las zapatillas de tacón de clavo. Las guardaste en el fondo del mueble , quizás pensando que la moda siempre da vueltas una y otra vez. Y de algún modo, mis choclos se quedaron junto a ellas en el mismo lugar.

Hoy que ya no estás junto a mí, Mamá, que me has dejado en la puerta de esta escuela inflexible que es la vida, y sé que no volverás a recogerme cuando den las doce, no puedo evitar mirar tus zapatitos de princesa, sucios y aplastados por el peso de los otros zapatos y del tiempo. Y agazapados junto a ellos, mis choclos blancos, maltratados y ajados como la cara de un anciano. Parecieran una madre y su cachorro esperando a ser separados, temerosos de sufrir un dolor que es peor que la muerte.


Echo una ojeada al fondo de la fosa común y con mano rápida rescato al perrito, y a la pobre muñeca, que me sonríe con su boca desteñida y su cabecita calva. Los pongo en mi bolsillo. Tomo el desarmador con que abrí la puerta del buró y con él la rompo de tal modo que es imposible abrirla nuevamente. Meto el cajón en su sitio y dejo encerrados a tus zapatos y los míos en su tumba de pino, durmiendo el sueño de los justos en eterna compañía.

Desde el pasillo, mi hermana me llama: "Sister, vámonos ya. He tirado más cachivaches el día de hoy que en toda mi existencia. ¡Cuántas cosas inútiles guardaba mi mamá!"

Limpiamos la casa. Regalamos tus muebles y la ropa que aún servía al asilo de indigentes. Catita pidió quedarse con tus recetarios y tus moldes. Le gusta la cocina. Xóchitl se llevó todas las miniaturas de tu juguetero. Yo, tus libros y el viejo mueble.

Un poco de pintura dorada, un puntito negro, unos hilos de estambre amarillo. El prendedor se ha vuelto una joya preciada que ostenta Robin, mi hija, en la solapa de su abriguito de paño azul. Y Perlita Pasteles luce de nuevo una hermosa cabellera rubia ante los ojos infantiles, que la contemplan extasiados.

Arriba, en el desván, yacen juntos para siempre, nuestros recuerdos dentro del buró, mientras yo espero, sin prisa, que mi tiempo en esta escuela se termine y vengas a recogerme, para no volver a separarnos nunca más.



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