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La cuenta de Gutiérrez

—¿Cómo que no está? Me citó a las cuatro de la tarde. ¿Qué formalidad es esta?

—Señor, sólo soy un empleado. El Sr. Gerente no pudo llegar al Banco por una reunión importante en la Casa Central.

—¿Y la mía no lo era? Estamos hablando de un negocio millonario.

—Escúcheme, la cita queda para mañana a la misma hora y si...

Dejando al funcionario con la palabra en la boca, se retiró del mostrador, pechando a la gente amontonada entorno a él.

Llegando a la puerta giratoria, aún mascullando su bronca, detuvo una de las puertas bruscamente, haciendo golpear a una dama que entraba por otro cubículo. Entonces aceleró la marcha de la puerta para salir, sin ver como a sus espaldas la señora salía disparada como una flecha.

Ya en la calle, pensó en tomar su automóvil y salir a toda velocidad.

Mas su instinto de conservación le hizo cruzar a la plaza que estaba enfrente. Después de todo, tenía cuarenta malditos minutos perdidos en su apretada agenda. Buscaría un lugar donde sentarse y calmar sus nervios. Caminó sin suerte de banco en banco, hasta que una pareja desocupó uno, luego de un largo beso de despedida, partiendo después en direcciones diferentes.

Aproximándose, buscó en los bolsillos de su gabardina hasta encontrar un pañuelo inmaculadamente blanco. Limpió con esmero el espacio a ocupar por su espalda y posaderas sentándose luego, satisfecho por la tarea. Sobre la banca, a su derecha, puso su maletín importado de ejecutivo y encima del mismo, el teléfono celular.

Tocaba distraídamente el borde de metal del portafolio, cuando una persona se sentó a su lado. Sintió como lentamente, con un movimiento ondulatorio de nalgas y piernas, el hombre se le fue aproximando hasta quedar pegados rodilla con rodilla. Al voltearse para mirarle, el desconocido le inquirió con naturalidad:

—¿Contó las palomas hoy?

Era lo último que le faltaba. Un enfermo mental para coronar un día complicado. Podría haber tomado sus cosas y salir corriendo de allí.
Pero calculando que el sujeto estaba tan cerca, y que una acción brusca podría ocasionar una reacción violenta del sujeto, optó por quedarse inmóvil en su lugar.

—Disculpe mis modales, debí presentarme primero —dijo el extraño— me apellido Gutiérrez. Y le extendió la mano para saludarle.

Observándole con detenimiento no tenía la apariencia típica de un desequilibrado. Podía pasar perfectamente por uno de los empleados que le atendían en el Banco, con su traje gris prolijamente planchado, la camisa blanca y la corbata azul con un nudo perfecto. Tendría unos cincuenta años y algunos kilos de más. Decidido a seguirle la corriente, le estrechó la mano débilmente.

—Ayer había cuarenta y ocho y hoy hay cuarenta y siete —siguió Gutiérrez— las vengo contando desde que eran cientos. ¿Ud. también se ha dado cuenta verdad?

No supo que contestar. Se sentía ridículo poniendo en su rostro una expresión de interés hacia ese monólogo delirante.

Un licenciado en economía, dueño de una empresa, con problemas reales, puesto a considerar el faltante de unas palomas.

Simuló preocuparse. Palmeó la pierna de Gutiérrez tratando de calmar su angustia.

—No se preocupe amigo, todo se solucionará.

Se paró lentamente, tomó sus cosas con cautela y caminó hasta su auto sin mirar atrás. Dentro del coche, sintiéndose seguro, se permitió observarle. Gutiérrez seguía sentado, mirando atentamente las palomas que indiferentes, paseaban con su paso marcial entre la gente.

Esa noche cuando apoyó su cabeza en la almohada, encontró la respuesta a la inquietud creciente que le dominaba, que le hizo actuar de un modo distante en la cena familiar.

No eran los contratiempos en sus negocios. Era la fatal certeza de Gutiérrez, que instalada en su cerebro súper estructurado le hacía actuar como una computadora que rechaza los datos ingresados por incompletos. Trazando un plan, esperó la mañana siguiente para hacer su jugada.

Camino a su empresa, llamó por celular a su secretaria para cancelar la cita previa a la reunión en el Banco. Fue una jornada monótona, entre dictados, faxes y llamados. Cada pocos minutos miraba su reloj, impaciente por la lentitud del tiempo.

Su secretaria le vio partir presuroso, sin maletín y sin teléfono. Intrigada, dedujo que su patrón tendría una aventura.

En veinte minutos estaba sentado en la plaza. A esa hora de la tarde el movimiento de transeúntes era escaso. La inmensa explanada de baldosas blancas y negras, cual gigantesco tablero, era el lugar ideal para hacer la comprobación matemática.

Las palomas aparecieron de improviso, como una lluvia de verano ocupando el centro del lugar. Su agilidad mental, de la que solía hacer gala, le sirvió para dividir como en un plano los cuadros del piso y calcular la cantidad de palomas que en cada uno había posadas.

"Cuarenta y seis" —se dijo para sí triunfante. Quiso cerciorarse y miró detenidamente en todas direcciones. Las copas de los árboles, los caminos de grava, los canteros floridos, el monumento ecuestre en el centro. Nada, ni una sola. Estaban todas juntas frente a él. Satisfecho por el somero relevamiento, tenía una expresión alegre en el rostro.

—¿Falta otra verdad? —preguntó Gutiérrez a sus espaldas.

—Hay cuarenta y seis —contestó sin ubicarle.

—¿Y de qué se ríe entonces?

Tenía razón, el había ido con la intención de demostrarle lo equivocado que estaba y se encontraba ahora admitiendo su propio error.

Cedieron sus defensas. Saberse enterado de una realidad hasta entonces oculta por su ritmo de vida le sorprendió, primero con vergüenza, para posteriormente transformarla en su interior en una obsesión que compartían con su inesperado maestro.

Su agenda desde entonces tenía un espacio misteriosamente en blanco, que alimentaba los rumores más escabrosos de sus empleados.

Puntualmente se presentaba en la plaza. Gutiérrez le esperaba para repasar en forma separada la cantidad de palomas. Al terminar, se reunían en uno de los bancos. Se miraban a los ojos con impaciencia, conteniendo la cifra en sus labios hasta el último instante, soltándola al unísono, coincidiendo inexorablemente en la cuenta regresiva.

La angustia se apoderaba de ellos. No poder hacer otra cosa que contar las cada vez más escasas palomas, los ponía en un callejón sin salida.

Un jueves, contando la previsible cantidad de doce, se encontró con su esposa en la plaza.

—Pensé que tenías una aventura. Te hice seguir y no podía creer lo que me decían, debía comprobarlo por mí misma. ¿Qué hacés aquí?, ¿Te volviste loco?

Su estado de turbación no le permitió argumentar nada. Se dejó llevar hasta el auto dócilmente. Su mujer se lo llevó prácticamente secuestrado a pasar un par de semanas a Río de Janeiro.

Lentamente, fue recuperando el interés por las cosas que le interesaban a los negocios familiares. El cambio de aire y de rutina le sentó en forma excelente, al punto que su señora decidió regresar.

Retomó su actividad con vigor. La agenda estaba nuevamente completa de reuniones y compromisos.

En un par de días tendría que ir a cerrar un trato al Banco contiguo a la plaza. Sería su prueba de fuego. Había tomado distancia del tema. Sentía que podría manejar la situación. Tal vez todo había sido casualidad. Tal vez Gutiérrez no existía y la plaza estaba llena de palomas.

El día fijado, faltando pocos minutos para la reunión, estacionó su coche en un rincón solitario de la plaza, a la sombra de dos antiguas y enormes paltas. Por precaución, evitaba mirar hacia aquel lugar tan conocido. Sentado aún en el auto, abrió el maletín para comprobar que tenía todos los documentos que necesitaba.

Sintió un grito lejano. La voz le era familiar. No quería levantar la mirada, pero el llamado era cada vez más cercano e implorante.

Sin poder resistir más alzó la vista. Gutiérrez venia hacia él caminando rápidamente. Lo encontró demacrado, había perdido peso.

Bajó la ventanilla del auto, esperando su llegada.

—¿Regresaron? —preguntó a boca de jarro, deseoso de una respuesta afirmativa.

—No. Hace diez días desapareció la última —respondió Gutiérrez con voz quebrada.

Quedaron en silencio un largo rato. Miró su reloj, se le hacia tarde.
Quiso despedirse con un consejo para el desdichado.

—Deje esta plaza hombre, camine, yo que sé, recorra la rambla.

Gutiérrez lo miró con extrañeza.

—¿No sabe nada verdad?

A punto de estallar por sentirse atrapado nuevamente, casi le gritó en la cara:

—¿Qué tengo que saber?, ¿Por qué las malditas palomas se han ido?

—Los gorriones señor, los gorriones. Desde ayer, faltan dos.



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