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El origen de la tragedia

Your beauty can but leave among us
vague memories, nothing but memories
W.B. YEATS
La imitación occidental es trágica.
C. G. JUNG


Uno

¿Así que entonces era yo portador del equívoco, su albúmina dispersa haciéndome esperar en otra estación? ¿El que había perdido el tren? ¿No habíamos quedado en "aquella" cuyo nombre se afirmaba en la B? ¿La de los arbustos condíleos? Tarde, demasiado tarde entré en la cuenta, y ella hubo de reprochármelo ahí afuera, el dedo acusador insultándome ante sus compañeras de seminario.

No es nada fácil decir, ahora, al faltar la condensación ilógica, vital de ese presente: sin saber dónde meterme, le dije nos vemos en casa, querida, sin advertir que el iceberg había entrado públicamente en movimiento, para ir desplazando hacia los estratos más insulares una renovada crisis matrimonial.

En el reloj municipal (siempre mirado en perspectiva o desde el cruce de la plaza y con paso ligero, para ser en eso, al menos, un Balzac) dieron las siete de la tarde, y al contrario de lo sucedido en todos esos días cortos, de severa estación, esta vez fue posible percibir al soslayo el calor espontáneo y nada sencillo del sol; un dominio sobrepuesto al instinto invitaba a caminar por la ciudad, hacerla rentable en el recurso módico del pie.

Al mismo tiempo, en el otro sector, mi esposa se despedía de sus amigas, luego de tomarse el cafecito de rigor en una de las confiterías más caras y concurridas del centro. Había decidido, de modo propio o alentada por el grupo (¡lo mismo daba ahora!), encarar un viaje con el propósito de tomar distancia, como suele decirse. Un viaje del que me enteraría una vez llegado al departamento, después de horas de deambular por la ciudad, habiendo respetado el trazo de sus diagonales, que no se terminan más; estas, al final, terminaron conmigo y en un último esfuerzo abordé un taxi sin preocuparme en contar las pocas monedas que me quedaban en el bolsillo de la campera.

-Querido Pedro Pedraza: me voy. Entretené las plantas, dale de comer al canario. Si tomo distancia, es para verte desde otro ángulo. Ni pienses en buscarme. Ya te voy a escribir.

Ahí casi sufrí un desmayo, que hubiese sido el primero de mi vida. Mi corazón dio un vuelco inesperado. Al borde del colapso, me concentré en rociar los vegetales con cantidades industriales de agua, no sin antes deponer el costal y su medio kilo de alpiste a los pies del canario, que me miró incrédulo antes de su última cena.

Me encerré. Jugué a las cartas, miré televisión.

Un amigo llamó y me dio su apoyo. A su pedido, el estadígrafo se instaló un par de días para medir el riesgo del activo, teniendo en cuenta la amplitud histórica de la cotización.

Séptimo día. El cartero llamando dos veces.

En el sobre las iniciales de ella, y -cosa extraña- el nombre mío, completo. Las estampillas reseñaban un país desconocido, monocorde, disimulando desde el nombre de República Oriental a un país menor, ovináceo, tercermundista, calles de tierra de provincia abandonada con sus trastos viejos por el Poder Central.

-Querido Pedro: me fui. Regá las plantas, dale de comer al canario. Si tomé distancia, es para verte desde otro ángulo. Ni pienses en buscarme. Ya te voy a escribir.

Las cucarachas se exiliaron para siempre en el horno. Raspé las ollas y de ellas no obtuve otra cosa que un cambio de sonido. Después llegó el turno del arte. Pinté, grabé, escribí entre dos y siete novelas, leí a los filósofos.

Estudié la vida de actores y periodistas de divulgación.

Sin salir, asistí a todos los entierros. Entré y salí de conversaciones virtuales hasta el día en que me cortaron el teléfono por falta de pago.

Frente al espejo, y después de levantarme luego de veinte días, el devenir moroso de la barba hizo aparecer el rostro de un sujeto anterior. Un hombre con cara de inocente. Incapaz de matar una hormiga. Ahí estaba, como el viejo león y su último colmillo, madurando desde la pulpa incisiva la mordida que le espera al cazador.

Un día la persiana declinó, siguiendo ese camino el párpado diésel y su ojo desprovisto de luz.

Con las primeras luces aparecieron el tercer envío y su epístola en dialecto, que podría resumirse del siguiente modo:

-Quer(ido): En casa, pronto. ¿Obtuvo ya su diezmo el vil canario, irríganse las plantas sin descanso?

 

Dos

Una mínima resolana practicó, sin quererlo, el milagro, al imitar la claridad diocesana en el camposanto vinílico de la celosía; nada que no fuera otra cosa que el día y los goces propios del envión matutino, ese que nos hace silbar al levantarnos para ir a trabajar.

En consonancia con lo expuesto desde mucho antes, desde el comienzo para ser más precisos, afeitarse escuchando "Little Girl" en la versión de Vic Damone. De terciar las herramientas convenientes, corregir el declive desacertado de la persiana. Agregar un mantelito a la escena. Almorzaría, en todo caso, el canario sumido en tiernos vegetales.

A las tres, mi mujer descargando sin esfuerzo las valijas en el pasillo. Saludarla con el gesto ritual de quien se pinta las manos o se pasa limpiando ventanillas ajenas.

 

Tres

Desde la otra estación, en tanto, un grupo de señoras que esperaba...



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