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Carta de amor

No hace mucho lo comprendí. Y en mi interior volvió a resurgir esa antigua esperanza, la esperanza de que la felicidad es posible, real, y no sólo un sueño inalcanzable que se fue diluyendo a causa de repetidas desilusiones.

Ahora te conozco un poco más, mucho más, puedo reconstruir en mi mente cada parte tuya como si fueras un rompecabezas divino, con tu carita inocente e infinitamente hermosa y delicada, tus sonrisas eternas y tus manos perfectas hasta en sus imperfecciones.

Es tan extraño cuando pienso en vos, cualquier día o en cualquier instante, y el mundo se transforma en un lugar más placentero, un lugar un poco más fresco e iluminado, mejorado por tu existencia. Y a pesar de la nostalgia, esas veces me permito suspirar y esbozar alguna sonrisa triste al ver aquella palmera balanceándose desnuda al compás del viento frío, mientras huelo la humedad en el aire cargado de recuerdos.

Creerás que quiero adularte, y ganar tu cariño con mis halagos. Es cierto —nunca pude mentirte—, pero también es cierto que al pensar en vos las palabras amables me nacen espontáneamente, como una necesidad imperiosa y hasta quizás enfermiza de caerte bien, y de que el cariño que irradio te contagie hasta que me quieras como yo te quiero.

¿Qué se siente cuando no se siente nada? Yo siento, pero a veces no tengo ganas de compartir lo que me sucede por dentro. Sé que a muchos les ocurre lo mismo, quizás porque esas sensaciones son demasiado fuertes como para expresarlas con palabras. Casi siempre toda esa ternura muere en mi interior, despacio, en silencio, dejándome con temblores inexplicables por sentirme incomprendido.

¿Cuántas horas, cuántos días he pensado en vos? Menos de los que mereces, lo sé, he sido frío y egoísta. Hubo veces, tantas malditas veces, en las que sin reparar en tu presencia me dejaba arrastrar por los vicios, las malas compañías y los insidiosos consejos de lobos con pieles de cordero. Consejos perniciosos, que terminaron destruyéndome, destruyéndonos.

Ahora me es muy difícil prometerte cualquier cosa. Sin embargo, en éste mismo instante, mientras escribo, me siento como en una de esas tantas noches de insomnio, cuando miraba mi pedacito de noche entre los monstruosos edificios por la ventana de mi cuarto, y fantaseaba estúpidamente con volver en el tiempo y cambiar mis malas decisiones, cambiar mis errores y borrarlos de un plumón, y así poder convertir mi presente en algo un pelín más tolerable. El sueño de volver atrás y continuar día a día mejorando a tu lado, envejeciendo a la par, sin descuidarte en ningún momento, queriéndote como nadie nunca imaginó que se pudiese querer, ya que estoy convencido de que eres ideal.

Estoy seguro de que es posible porque anoche soñé con mi amor perfecto. Tenía algo de vos, todo de vos, esos ojos soñadores y llenos de picardía que me comprendían y me ganaban. Te vi con la nitidez de la realidad y el impacto se propagó por mi cuerpo como una ola de calor que me dilataba las venas permitiendo a mi sangre circular sin control, desbocada, ardiente y poderosa.

Te vi como te veo ahora y siempre que quiero verte. Luego aparté la mirada del espejo y continué cepillándome los dientes con vigor.



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