Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
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Cesación

Sin despedirme de nadie salgo de la escuela y camino deprisa. No pienso más que en llegar pronto al cuarto, enrollar una muda de ropa para meterla en mi mochila, esperar que mi madre termine de dar clases y comenzar el camino para llegar a mi pueblo.

Tiene ella tres meses aquí: un lugar feo, sin mañanas llenas de sol, sin mariposas, ni música. Da tristeza escuchar a los animales que nos miran hasta perdernos. Creo que ellos también sufren por vivir aquí.

La gente ríe de mí sin causa alguna, me tiran piedras y ríen más aún; luego escupen como marcando su territorio o tal vez para saber quién lo hace mejor; me siguen riendo, escupiendo y tocándose el miembro, como lo hacen con todos los advenedizos. Siento impotencia por no poderme enfrentar a esta gente, la impotencia se vuelve llanto y no paro de llorar hasta que llega mi madre. Me toma en sus brazos y se traga las lágrimas que apenas asoman.

Tomamos nuestras cosas, cerramos bien para que les cueste abrir a los que entran a nuestro cuarto para hacer maldades mientras no estamos; la apresuro y empezamos el camino.

De nuevo miro sus caras estupefactas. Oigo sus risas, el sonido que provocan al escupir. Sigo caminando, siento miedo y odio. Salgo del poblado sin volver la mirada.

La tarde está alegre, fresca, tranquila, hermosa. Los ladridos se escuchan cada vez más lejos, yo soy cada vez más feliz.

El pasto es todavía más verde, el camino se ve amplio. Los árboles me saludan cuando los mueve el viento. Tomo agua en el pozo chico y busco cangrejos, ¡me gustan mucho los cangrejos! Los examino detenidamente… Y ahí está, no muy lejos, uno que ríe, escupe y se toca el miembro cuando paso. Lo golpean. Lo torturan. Lo matan…

Dejo los cangrejos en el agua y voy con mi madre, digo que nunca he actuado mal, que soy bueno; únicamente a los malos les va mal, advierto. Sonríe, yo sonrío. Hablamos de mí, del abandono de mi padre, de la maestra Rosa, de mí otra vez hasta llegar a San Francisco. Volteo, veo luces lejanas y desde el fondo de mi corazón pido se las trague la tierra, que desaparezcan para siempre, sin pensar en que tendré que regresar el lunes muy de mañana.



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