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La protección del cielo

Para los exiliados
de la memoria


Era cierto: si hubieran publicado un anuncio en los periódicos buscándose, nunca se hubieran encontrado.

El habría escrito: "Busco muchacha bonita, con estudios mínimos de preparatoria y con una fuerte decisión de llegar lejos en la vida. Que sea sincera, dispuesta a vivir en la ciudad de México, y que le guste la nieve de limón".

Ella hubiera dicho: "Busco muchacho con buenas intenciones: si es chofer de autobús o albañil no importa, pero que sea atento y no golpee a su mujer. Que quiera compartir una vida llena de aventuras, aunque esté loco, y aunque no tenga nada qué ofrecer para el futuro".

Pero fuera el destino o la suerte o alguna otra cosa, llegaron juntos al lugar equivocado, en el momento menos previsto. Octavio Malacate no tenía nada que hacer ese rato en la calle Matamoros, ni ninguna razón válida para detenerse frente a esa farmacia. Llevaba dos días viviendo, por así decirlo, en casa de sus primos, en Caleta, a donde había hecho una escala en su largo viaje de reconocimiento por el sur y el sudeste del país, iniciado dos meses atrás. Todo estuvo bien: fueron a la disco la primer noche, y terminaron viendo el amanecer en la playa, acompañados de dos amigas que conocieron en ese mismo lugar. Pero al segundo día, cuando iban de compras, se les ponchó una llanta y sin proponérselo los tres amigos caminaron hacia el mercado El Parazal buscando un taller mecánico. Mientras Javier y Alfredo se encargaban del problema, él se encaminó a comprar unos cigarros, y se topó cara a cara con los cabellos rizados y los dientes grandes de María del Mar, que sonreían. Ella vivía en Xaltianguis, una población ubicada al norte de Acapulco, y no tenía nada que ver con esa farmacia, pero como su prima Elizabeth Salinas, que sí trabajaba ahí, enfermó ese día, se ofreció para sustituirla por esa única ocasión.

Así que, sin proponérselo, el chilango y la campesina se pusieron a platicar, ajenos al hecho de que apenas un día antes el encuentro entre ambos era absolutamente improbable. Cuando 15 minutos después se despidieron, ya eran grandes amigos: ella sabía que él acababa de terminar sus estudios de Contaduría en el Politécnico, y andaba recorriendo el país para dedicarse después a construir su vida, casarse y formar su propia familia. El se fue sabiendo que ella no había terminado la secundaria, que le gustaba ir los fines de semana a los bailes con sus primas y que a veces trabajaba cuidando niños o como vendedora en los locales de ropa del mercado, y que vivía con sus tres hermanas y su madre.

Ella notó que a través del cristal del mostrador, él le miraba las piernas, ajustadas por el uniforme ajeno que le quedaba corto, y supo que el único interés que le despertó fue de tipo sexual; él creyó ver en esa sonrisa y esa plática una intención de conquista. Se sabía —o al menos se creía— guapo, con futuro, y sintió seguro un triunfo ocasional. A dos metros de ellos, un vendedor de casetes tocaba cumbias y corridos en la grabadora, y en la banqueta los puestos de madera exhibían las manzanas amarillas y mangos sobre los que se arrastraban las moscas.

Por la noche, Octavio estaba arrepentido de haberle prometido que pasaría por ella para ir juntos a bailar. El quería ir a la zona de la Condesa, escuchar música rock, rock en español, oír a los grupos que lo apasionaban, o bailar las canciones en inglés y emborracharse otra vez hasta el amanecer antes de partir hacia la región de La Montaña, donde le habían dicho que existían todavía comunidades indígenas en condiciones similares a los tiempos de la Conquista, pero no estaba dentro de sus planes perder el tiempo en una plática con alguien a quien no conocía y a quien quizás no volvería a ver. Sin embargo, por alguna razón que no advirtió oportunamente, estuvo pensando en María del Mar más tiempo del que le había dedicado a todas sus conquistas anteriores, aunque ella también pensó en él, y en la estupidez de haber concertado la cita. ¿A dónde ir, se preguntó ella, con alguien que sólo viene de paso? ¿Qué podría esperar de ese encuentro, tan fortuito como sin futuro? No acudiría, decidió. El también decidió lo mismo.

Pero a las ocho de la noche, estaban los dos mirándose en el espejo, recién bañados y perfumados, arreglando su peinado, vigilando el aliento de sus bocas, preparándose para correr al encuentro. Fue una decisión poco afortunada, porque no lograron ponerse de acuerdo. Él quería rock, y se puso a hablar de sus grupos consentidos, de la acústica de la guitarra eléctrica, de los sonidos frente al mar, de oír la música como quien contempla un paisaje; preguntaba por los lugares donde tocan los grupos en vivo, donde la gente viste ropa oscura y se pinta la cara. Ella pareció interesada en el tema, pero luego se puso a hablar de la otra música, de la que oía la gente común, de la que no sólo se escucha, dijo, sino también se baila, de la cueva a donde encontraría el mejor ritmo de la noche, porque ahí iban, y seguramente estarían ya, sus amigas.

Al final, terminaron por comprarse un paquete de cervezas de bote y caminar por la playa. Con los zapatos en la mano, dejaron que una lengua de mar mojara sus pies. Él quiso contarle su vida en el Distrito Federal, hablarle de los escribanos de la plaza de Santo Domingo, y del paseo entre los mercaderes del Correo Mayor, o de la noche en que estaban construyendo la línea del metro, en Azcapotzalco, y al volver de la escuela se encontró con dos fantasmas que le ofrecieron remedios milagrosos para los males de amor, y que de repente se transformaron en seres mágicos y se fueron volando. Ella también le habló de los milagros que ocurrían en su pueblo, de la mujer que se le aparece por la noche a los taxistas y que se esfuma al llegar a la ciudad, o de los niños que surgen en los pozos de agua y espantan a los caminantes en la madrugada, y de la virgen, que aparece dibujada en las arrugas de los árboles o en los deslaves de los muros.

Del futuro hablaron después de atravesar la avenida para comprar el segundo paquete de cervezas. Él quería ser escritor, pero como sus padres lo amenazaron con dejarlo morir de hambre, se dedicó a estudiar contabilidad, y las clases de literatura que no tomó en la escuela, las bebió de los suplementos culturales de los periódicos, y de las revistas literarias. Caminando sin proponérselo llegaron a la Condesa, y en un parpadeo estaban ya sentados en una barra oyendo música y bebiendo.

Ella le contó que había querido ser enfermera, pero no había ninguna posibilidad de asistir a la escuela pues tenía que trabajar. Su padre había muerto cuando su hermana más pequeña estaba recién nacida y la carga de la familia recayó en sus hombros, pues era la mayor.

—¿Crees en Dios? —preguntó él.

—A veces. Voy a misa cuando hay bodas, y me confieso. ¿Y tú?

—No sé. Antes yo era muy devoto, pero cuando crecí y vi que el mundo estaba tan lejos de la idea de Dios, tan como abandonado, tan como sin luz, caí en un pozo. Ahora no sé si todo lo que nos decían en el catecismo era verdad: ¿y si no hay nada después de esta vida? ¿Y si al morir nos damos cuenta de que nada tuvo sentido, ni el ahora ni el después, ni un mañana que jamás vendrá? ¿Y si tiene razón Octavio Paz y lo único real es la niebla? Ahora soy devoto de la literatura, que es mi único dios. O eso creo. Digo: creo, porque no hay nada más terrible que no creer en nada.

María del Mar guardó silencio, luego preguntó. "¿Pero eso exactamente qué es? ¿Lees o escribes, o qué quieres decir con literatura?". Octavio se quedó perplejo. Vaya con la niña, qué pregunta tan estúpida, pensó, pero no supo responder. "Leo, dijo, y a veces escribo". Por lo menos, pensó, había leído completo el Compendio de Literatura Universal, de Francisco Montes de Oca, y fragmentos de las principales obras de William Shakespeare, y El Principito, de Antonie de Saint Exupery, y libros más famosos como las novelas de Gabriel García Márquez y algunas de Mario Vargas Llosa. Le había apasionado La Guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín, y estaba por terminar de leer una novela que se llamaba El Cielo Protector, de Paul Bowles, en la que se había inspirado para realizar este viaje por la república antes de sentar cabeza, como dice su madre.

—Cuando yo era niña leía Miniaventuras, y Lágrimas y Risas.

—Yo también, pero además leía a Kalimán. Claro, yo era Solín, su compañero, y mi hermano mayor era Kalimán.

Después fueron al Navy´o, en la avenida Cuauhtémoc y bailaron cumbias. Ahora hablaron del amor y se besaron.

—El amor no existe —dijo él—. Son sólo reflejos hormonales: hoy puedes estar aquí, sentir que me quieres, pero de repente te darás cuenta de que el hombre que querías no era el que merecías, y me odiarás. Te habré defraudado por el solo hecho de no ser como creíste. ¿O tú por qué te imaginas que terminan los noviazgos o los matrimonios? Siempre hay una causa, pero la única causa verdadera es que se acabó el encanto. O bien puedes sentir dolor por el hombre que te abandona, creer que mueres, saber que vas a morir, pero después te acostumbras a tanto sufrimiento, y luego dejas de sentir, y al final te preguntas por qué te sentías tan mal cuando no había para ello ninguna razón.

—Estás loco.

—No, por desgracia todo pasa: los novios que tuviste, la escuela que dejaste, los amigos que te acompañaron el año pasado. Los muertos, ¿dónde están? ¿Tú y yo dónde estaremos mañana? Los que somos hoy, ahorita, en este instante, ya no seremos mañana. Los recuerdos no existen. ¿Dónde está la niña que fue a la primaria en tu pueblo y que se llamaba como tú, pero que tenía los pechos planos y los cabellos enmarañados? ¿Dónde estará la que hoy está conmigo cuando tengas tus hijos y te acuerdes de esta noche? No, María del Mar, no somos nada, y eso es lo más triste de todo. Hace unos días lloraba por mi hermano muerto, y hoy no siento nada. ¿Qué es peor? ¿El llanto que nos derriba, o el olvido que nos borra?

En el K´os, el ambiente estaba en su apogeo en la madrugada, pero ellos ya andaban dando tumbos por la vida. Un futuro lejano —"el futuro no existe", había dicho él— se le perfilaba entre las brumas de los autobuses del Distrito Federal, entre los edificios dañados por el terremoto, entre las aglomeraciones del metro. Un futuro entre nieblas, un matrimonio por necesidad, una suave estabilidad sin forma, unos hijos que crecerían y se irían, una mujer que despertaría a su lado, un trabajo al que habría que asistir siempre, para siempre, desde siempre, una vida larga, sin reparos, sin angustias, sin salida.

—Yo no me casaría contigo —dijo María del Mar.

—Yo tampoco me casaría conmigo. ¿Crees que estoy loco?

Ninguno de los dos pudo recordar qué exactamente había pasado desde entonces, pero cuando despertaron estaban tirados con la ropa puesta, en la cama de un hotel, y la luz que entró por la ventana les lastimó los ojos. En el pequeño buró estaba deshojado un periódico del día anterior que alguna pareja había olvidado, y en sus páginas principales destacaba la noticia de que había estallado la crisis económica más fuerte del siglo, y por la cual los niños que nacieran durante los próximos cien años estaban condenados de antemano a pagar una deuda inconmensurable contratada por el gobierno de la república con países extranjeros. En otra parte se leían los daños causados por el huracán en la costa del Pacífico, y por la sequía en las provincias del norte, y más adelante los relatos cotidianos: el niño que asesinó a sus cuatro compañeros en la escuela en Estados Unidos, el secuestro y asesinato de un empresario de Monterrey, la matanza de campesinos en Chiapas y Guerrero, y la boda de lujo del hijo del presidente de la república.

María del mar lo miró entonces indefenso, sin su falsa erudición, sin ningún futuro, sin presente y sin nombre propio, desaliñado por la borrachera.

—¿Encontrarás en La Montaña lo que buscas? —le preguntó.

Él no supo qué responder. Desde la ventana vio un cielo inmenso y brillante que le revivió el miedo que llevaba encima desde que vislumbró su futuro ordinario, y sintió el pánico por el día que empieza al alba y se pierde con el crepúsculo sin ninguna novedad.

—Déjame ir contigo, me gustaría conocer esos pueblos —dijo ella. Luego explicó: "si no es ahora, nunca los voy a visitar".

A las diez de la mañana desayunaron en una fonda del mercado El Parazal, y ella cruzó la calle para pedirle a su prima que avisara a su familia. Luego, a pleno mediodía, en un autobús tomaron el largo camino que lleva a la Costa Chica, sin ropas ni provisiones de ningún tipo. A las cuatro de la tarde llegaron a Ometepec, de donde subirían hasta Xochistlahuaca, cruzarían por Metlatónoc, y en dos días estarían en Tlapa, y volverían por Chilapa a la capital del estado.

—¿Y después?

—El después no existe. Sólo tenemos este día.

Cuando llegaron a Xochis, Octavio se apoyó en ella al bajar de la camioneta de redilas en que hicieron el viaje, y se quedó deslumbrado por la vista del pueblo: en el poyo de la plaza, perfectamente cuadrada, numerosos indígenas amuzgos vestidos todos de blanco, con calzón y camisa de manga larga, esperaban ver caer la noche, sin ruidos, casi sin movimientos. Después de conseguir alojamiento en el edificio de la comisaría, se unieron a ese momento de expectación, pero no en el muro bajo, sino recargados en la parte frontal de la camioneta de pasajeros con una taza de café entre las manos, y desde ahí vieron caer la oscuridad y salir a las estrellas. El cielo era inmenso, y no parecía ser el mismo que él había visto en Acapulco, ni el espacio plomizo de la ciudad de México, ni el deslumbrante de Ciudad del Carmen. Aquí lo abarcaba todo, construía su propio ámbito infinito y milenario, con el aroma que arrancaba a las plantas, y con el frío del viento y el canto de los grillos. Quizás por eso todos le rendían culto en silencio.

—¿Ya sabes lo que haremos mañana? —preguntó María del Mar.

—El día de mañana no existe —dijo él—... pero sería hermoso verlo.

Encima de sus cabezas brillaban las estrellas, y a lo lejos, entre las montañas, algunas luces parpadeaban, tenues, frías, solitarias.

 



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