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Era imposible que nevara

Era imposible que nevara: a pesar de ser tres de febrero de 1954, de que la noche anterior había sido la noche más fría del si-glo y de que en aquellos tiempos podía ocurrir lo más inverosímil. Entre otras razones porque el pueblo estaba (y aún está hoy, todavía) en el corazón de Andalucía, justo en la sentina que traza por la región el valle del Guadalquivir, donde en los veranos se alcanzan los cuarenta y cinco grados antes de la hora de comer y en invierno las gentes se quitan el abrigo mientras en otros lugares los mendigos mueren congelados en las calles; y porque en este pueblo no nevaba desde tiempos prehistóricos. Aquel miércoles iba a permanecer para siempre en la memoria acartonada de las personas que contemplaron aquel prodigio y en la sepia y en el blanco y negro turbio de las más de mil fotografías que se tomaron aquel día: nunca un acontecimiento tan concreto (excepto algún partido de fútbol) había sido retratado tan profusamente. Los más madrugadores, que salían de sus casas cuando el amanecer era apenas un hilo de plata en el horizonte, se quedaban boquiabiertos al salir a la calle y luego entraban de nuevo a buscar a sus mujeres y a sus hijos para que vieran aquella maravilla. Tú estás loco, Juan, cómo va a nevar aquí, y cuando se asomaban a las ventanas decían a la vez alucinadas y desencantadas, si esto hubiera pasado en Navidad. Todos los niños del pueblo salieron muy temprano a jugar, sin haber desayunado, y pronto organizaron bandas que se declaraban guerras a bolazos de nieve. Pero los curas del colegio salesiano ya se les habían adelantado: con sus sotanas negras sobre aquella blancura inmensa y resplandeciente bajo el primer sol se lanzaban andanadas que impactaban en sus caras lampiñas y en sus cabezas rapadas. Aquel miércoles pareció durante todo el día un domingo porque nadie trabajó, nadie hizo nada excepto jugar con la nieve, nadie quería perderse aquel día que ya nunca volvería a repetirse. Si no hubiera sido porque el alcalde y sus ayudantes eran unos pánfilos y unos pusilánimes, aquel día hubiera quedado instaurado en el calendario como fiesta local, pero ninguno de ellos tenía iniciativa y en realidad a nadie se le pasó por la ca-beza: todos estaban ensimismados con la nieve.

Aquella mañana Margarita se levantó alrededor de las diez porque la noche anterior se había acostado bastante tarde, poco antes de que empezara a nevar. Se encontró sola en mitad de la cama de matrimonio, cubierta hasta las orejas con el edredón de plumas y recordando a fogonazos imágenes de la noche pasada. Su marido (que era secretario del alcalde) había viajado hasta Sevilla por motivos de su cargo y no llegaría hasta esa misma tarde. Salió de la cama, se envolvió en su bata rosa de felpa y descorrió las cortinas que la noche antes había echado para conseguir un ambiente íntimo: en la ventana aparecieron un sol de bronce y un cielo azul intenso de esos que prosiguen a las tormentas o a los desastres, y abajo, la plaza de Santa Ana parecía cubierta por una inmensa sábana blanca; las copas de los árboles estaban tocadas por mil copos de nieve y los jardines y los setos se ocultaban bajo una blancura densa y sin precedentes. Margarita, menos sorprendida que contenta, pensó tontamente que alguien se había empeñado en desteñir el pueblo con chorros de lejía. Ella no estaba ahora para pensar y darse cuenta sino para recordar. Mientras tanto, algo lejos de su casa, una turba de feligreses se apelotonaba en la puerta del santuario de Consolación y se miraban unos a otros extrañados, sin comprender por qué el padre Antonio aún no lo había abierto. Todos los días había misa a las diez pero parecía que la circunstancia de la nieve había alterado este orden natural. A las diez y media todos los congregados ya se habían resignado y volvían a sus casas. El camino entre el pueblo y el santuario era una llanura gigantesca porque la nieve había borrado sus bordes y los campos que había a su alrededor. En el ayuntamiento alguien avisó de la extraña ausencia del sacerdote pero allí nadie le dio importancia, el padre es joven, dijeron, estará en algún lado jugando con la nieve, como todo el mundo en ese miércoles que parecía domingo: por una vez todo el pueblo hizo lo mismo aquella mañana cándida, salir y contemplar la nieve. Cada barrio organizó entre sus calles un concurso de muñecos de nieve que en realidad nadie ganó porque en aquel pueblo nadie había visto nunca uno de verdad, sólo en las películas americanas que ponían en el cine o en las páginas de los cuentos de Andersen, y los muñecos de nieve que se hicieron parecían cualquier cosa menos un muñeco.

Margarita desempolvó aquella mañana la cámara de fotos (un armatoste grande y pesado) que su marido le había regalado dos años antes y que ella apenas sabía manejar. Ahora retrataba la fachada y el atrio de la iglesia de Santiago cubiertos de nieve, y mientras apretaba el disparador no podía evitar estremecerse de alegría al recordar la noche anterior, los juegos después de la cena, los besos mientras caminaban hipnotizados hacia el dormitorio, la agitación amorosa en aquella cama que no calentaba su marido, sino otro hombre que lo sustituía a traición, el hombre que tiempo atrás había sido testigo de su boda. Margarita hizo más de cien fotos antes del almuerzo a calles e iglesias nevadas y a muñecos de nieve sin brazos junto a sus autores (en realidad no hizo ninguna porque ella no sabía que la cámara no tenía carrete), y con cada disparo recordó un instante, un sabor, un olor, un beso y una caricia. A las siete de la tarde, después de una comida escasa y un amplio paseo por las calles nevadas del pueblo, que poco a poco empezaban a derretirse, corrió hasta el santuario, donde había quedado con él para después de la misa de la tarde. Cuando Margarita llegó hasta el santuario por el largo camino de Consolación, el crepúsculo iba cayendo oblicuamente sobre la nieve, convirtiéndola primero en oro, luego en llamas rojas y por último en púrpura ardiente. A la puerta cerrada se congregaba un grupo de devotos que acudían a la eucaristía de las siete. El padre Antonio no había aparecido en todo el día, nadie lo había visto ni hablado con él, parecía como si se lo hubiera tragado la nieve, dijo una de sus más fieles feligresas. Margarita no estaba preocupada pero dentro de sí se consumía una pequeña decepción. A las ocho menos cuarto, cuando la noche había caído sin hacer ruido y las estrellas parecían el reflejo pálido de la nieve a millones de años luz, se deshizo la turbamulta de devotos con los que Margarita volvió al pueblo, pisando la nieve tierna que ya nunca más vería, rumiando en su cabeza la desaparición y la ausencia del sacerdote y pensando en el regreso de su marido.

El jueves cuatro de febrero de 1954 la nieve ya se había retirado a las ocho de la mañana, dejando tras de sí sólo charcos y el susurro del agua cayendo en las alcantarillas: los niños volvieron al colegio y los mayores a su trabajo. Los feligreses que aquella mañana fueron sin esperanza hasta el santuario encontraron al padre Antonio en mitad del camino; aún estaba rígido y amoratado, con la frente y los labios cárdenos y sombreados por la congelación. Así muertecito y todo y parece un santo, dijo una mujer secándose una lágrima de hielo. En su casa, durmiendo junto a su marido sin saber nada, Margarita era la única que hubiera podido justificar la muerte del sacerdote si al oír la noticia hubiera reconocido que él salió de su casa poco antes de la una de la madrugada, y que ella fue la última que lo vio con vida. La autopsia que le realizó el forense del pueblo reveló una contusión en la cabeza (al mirar hacia el cielo sin estrellas y contemplar la caída de la nieve resbaló y se golpeó en la sien derecha quedando inconsciente), muerte por hipotermia y el hallazgo de vellos púbicos de una mujer desconocida alrededor de su sexo, además de tenues mordiscos en el cuello y el pecho (estos dos últimos datos jamás salieron a la luz). En el estómago aún tenía los restos deglutidos de su última cena.



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