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El segundo caso

Se metió en lo más oscuro y ahí entre las sombras, pidió con todas sus fuerzas que me apareciera. Yo ya venía, cuando en ese instante, el viento golpeó la lámina de un anuncio que a ella le sonó como sí le cayera un rayo. La vi correr hasta su casa buscando en las claridades la luz que le hacía falta para esconderse del miedo. Luego, acalambrada de todo el cuerpo, se persignó tres veces y repitiendo ¡ay Diosito! Se enroscó en la cama.

"Aquí estoy". Le dije. Pero ni oyó, porque andaba muy lejos, perdida en la calentura.

Desde ese día, la persigo. Aunque se hace la que no me ve, tiende la ropa muy parejito, como si fuera un montón de gente que no la dejara sola. Anoche, hasta se puso a escribirle a Dios.
Aquí está la carta. Terminó de decir el diablo.

A chorro de alcohol sobre la lumbre se escuchó el murmullo de la multitud. Desde ahí retumbó la burla.

_ Te salió muy bien la narración, pero no fuiste de escritor, sino a traernos un alma.

Todos soltaron la carcajada y se volvieron a arropar en el silencio de las llamas.

Él no sintió vergüenza, sólo se volteó a mirar la inmensa luna roja que colgaba sobre de sus cabezas y tuvo un antojo. Que los aplastara.
Con truenos anunció su impaciencia el gran demonio que recostado en un cerro de monedas, majestuoso extendió su brazo. En la mano arrugada, relumbraron los anillos y haciendo gestos de magia, convirtió una pila de rocas calcinadas en pantalla.

- ¿Esa es? Le preguntó.

- Esa mera. Respondió el diablo, casi con orgullo.
Cortaba limones arriba de una silla, revolcándolos en el deseo.

- Entonces, tráela. Gritó uno.

"Qué más quisiera", pensó de ganas y la memoria se le llenó de olor.

Impresionando con sus lujos, descendió el demonio. A cada paso se le iba haciendo bajo sus pies un escalón de oro. Luego, se acomodó en el trono que le trajeron en hombros y con una sola seña les apagó la imagen de la Refugio. Aunque nadie se movió, hizo una pausa para medirles el coraje. Después, le ordenó:

_Léenos la carta.

Cuando la sacó del sobre los azotó un ventarrón.

"Querido Dios

- Dijo el diablo en un tono tan humilde que de inmediato rectificó.

Si no te acuerdas, soy yo, la Refugio.
Dicen que tú dijiste que lo bueno y lo malo caminan juntos para que tenga chiste alcanzar el cielo, pero que lo malo sólo es la perdición

Lo interrumpió el chiflido de los que al escuchar la frase, se sintieron ofendidos.

La perdición - repitió el diablo.
Por eso te escribo, porque yo ya me estaba cayendo en el segundo caso.
Todo empezó por una que me adivinó la mano.
Vas a conocer un hombre, me dijo. Lo pobre por más que leo no se le quita. Lo de quererte, quién sabe, aquí no dice. Pero estáte atenta a tu destino. Por eso el día en que se paró en la puerta vendiendo alhajas, lo reconocí desde el patio. En cuanto lo corrieron, me salí a la calle y lo alcancé en la esquina.
Igual que nos conociéramos desde hacía mucho, nos fuimos hasta la plaza y nos sentamos a platicar.
Viéndolo ahí tan cerca, le confesé: Por culpa de la resolana, creí que eras de luz.
No me acuerdo de la contestación porque me hundí hasta adentro en lo hermoso de sus palabras.

A lo lejos se escucharon unos llantos.

- Espanten a esas mujeres. Gritó el Demonio y le pidió con señas que adelantara la lectura. Algunos aprovecharon para irse.

De mala gana, se brincó renglones.

Después de ahí, todo fue darme cosas. (continuó)
¿Ves esos cerros, Refugio? Escoge uno, te lo regalo. Pero rápido que ya se van, me decía. Quiero aquél, el más morado, le contestaba yo, pero si se puede, mejor dame dos. Y así hasta que nos tapaba el monte con un montón de sombras haciendo ruido.
Para qué te cuento más. Soy la que se encontró el recado de la despedida clavado en el tronco de una amapa. ¿Ya me reconociste?
Yo te hablé muchas veces para que me ayudaras a tapar el hoyo que me dejaron las mentiras. Tú no llegaste. Por eso corrí a juntarme con el diablo.
Pero te juro que si me ves todas las noches, saboreando en las esquinas a los hombres, es nomás para lavarme esa traición. Ya estoy arrepentida. Que te diga el diablo si le hago caso. Pregúntale y verás.

(Ahí, se le quebró la voz)

La Refugio.

Cuando terminó de leer, los que quedaban comentaron: Sin tan siquiera lo hubiera matado.

- "En eso y le falta tantito". Pensó el demonio y alzó la voz, para juzgar el caso: - Quiero que me la traigas antes que te la ganen. Ya ves como están las cosas en esos pueblos inundados de santos.

Uno que estaba a su lado, esperando turno, se adelantó unos pasos.

- ¿That´s All? Le preguntó. Desesperado por mostrar a todos la prueba de un arma homicida.

- Sí. Le contestó el diablo y se elevó desde el abismo en un remolino de vapor. Apareció en la plaza donde estaba sentada la Refugio. Lo recorrió la furia de verla tan bonita, a la orilla de esos ojos que se la querían llevar. Entonces le platicó muy bajito:

"Refugio, hey, Refugio. Dios no se aparece, la luz no habla. Antes sí, para que lo conocieran y le escribieran un libro, pero ahora no, porque ya dijo lo que tenía que decir y el que quisiera oírlo, que lo oyera y el que no pues ni modo. Tú no puedes porque te quedaste sorda del alma, nomás viendo lo que se deja tentar.
Arrímate conmigo, yo te voy a borrar el peso que te echó encima el amor con sus palabras"

A la Refugio se le salió una lágrima. Luego sin que lo esperara, se levantó de golpe y haciendo primero la señal de la cruz, lo sorprendió al decir:

- ¡Ya está bueno! A ver. Sal para verte.

Él asustado, se apareció en una sombra.

- ¿ Qué? No tienes cara. Le preguntó como picándolo.

- Sí, la que tú quieras ponerme.

- ¡Ah! Entonces mejor no. Me gusta más que no seas nadie.

- Hay un diablo para cada quién y tú me llamaste Refugio. Le recordó.

- Y qué. Así viva no me puedes hacer nada y muerta tampoco porque para entonces de seguro hasta cansada voy a estar de las bendiciones. Ya sabes, Dios nos perdona siempre sin el alboroto que haces tú con tanto brincar sobre mis pecados.

Él miró al suelo como buscando consejo.

- Ni te creas Refugio. Allá en el infierno hay unas que dizque se les apareció la virgen pintada en una cazuela. Se hicieron ricas de recoger las penitencias. Si las vieras, se la pasan gritando cada que oyen una hermosura.

Ella se quedó callada. Él se asomó a su silencio y le escuchó, allá muy adentro el llanto, un llanto apagado como las velas que ya no ardían para pedir milagros.

- Bueno. Dijo ella con indiferencia. Ya me tengo que ir. ¿Ves al de enfrente? Me está esperando. ¿Entonces, cómo quedamos?

- Igual. Le contestó el diablo y la vio alejarse.

Antes de seguirla contó las estrellas de un repaso. Eran las de siempre, encajadas en el aire como tachuelas deteniendo la oscuridad.

- Ya descubrieron que no son de verdad. Le dijo uno que pasaba cargando un alma muy mansa. Me lo contó ésta. Son luces de a mentiritas, que ya no existen y también dice que lo azul es gas.

El diablo volvió a mirar el cielo y bajo la inmensidad sintió nostalgia de preguntar lo mismo de cuando era un ángel. ¿Por qué quieres a éstos que hiciste de tierra más que a mí?

- Porque sí. Le respondió Dios

Entonces, ardiendo de rabia, se fue por lo más oscuro y así, subido en un viento, la alcanzó tan bonita, muerta de risa entre las sombras.



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