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Un vicio antiguo

Llegué solo a la iglesia. Era sábado y Arturo y Sandra se casaban. Él era uno de mis mejores amigos, acababa de cumplir los cuarenta y dos y estaba enamorado. Ella tenía veintisiete años, era muy guapa, algo coqueta, muy sensual y yo no estaba tan seguro de que amara a Arturo. Con quince años menos que él, me entraban las dudas; pero a lo mejor yo lo miraba desde la posición de mi edad, un mes atrás había cumplido los cuarenta y llegar a ellos siempre es una edad difícil. Aunque he de ser sincero, si yo fuera el que estuviera derrapando por los encantos de Sandra, también me casaría.

Mi hija Estefanía no quiso ir a la boda, dijo que tenía un plan mejor, ir de paseo a Cuernavaca con algunos amigos, me pidió que la dejara ir y no tuve más remedio que aceptar porque estoy en la etapa de creer que a sus dieciséis años, ya tiene la cordura suficiente para cuidarse y tomar las decisiones adecuadas. Desde que María Fernanda murió al darla a luz, he sido padre y madre para ella y no estoy nada seguro de estarla educando como debiera. Es cierto que en todos estos años han pasado muy cerca de nuestras vidas tres o cuatro mujeres, todas ellas adorables; pero por alguna razón, Estefanía no las aceptó y yo tampoco hice demasiado por hacerla cambiar de opinión. Aún no estoy seguro de haber superado la ausencia de María Fernanda, ambos teníamos veintitrés años entonces y yo era materia moldeable y disponible para satisfacer cualquiera de sus deseos o caprichos. Quiso que me enamorara de ella y lo hice, quiso que nos casáramos y lo hicimos, quiso tener un bebé y aunque ella ya no esté presente, también lo logró.

Hace un par de años conocí a Gabriela, tenía alrededor de treinta y cinco años, alta, guapa, segura de sí misma, diseñadora de ropa en una empresa de modas, acabamos por salir algunas veces y no supe resistirme a sus encantos. Con algunos años divorciada, vivía sola; cuando conoció a Estefanía hubo una afinidad inmediata entre las dos. Mi hija la acepto casi en forma incondicional, lo que no había sucedido con las anteriores. Hace casi un año que aceptó vivir con nosotros y aunque no estamos casados, la convivencia es grata y estable. Mucho tiene que ver en esto la buena voluntad de Gaby con Estefanía.

La ceremonia nupcial duró escasamente cuarenta minutos y luego del arroz, las fotos, las felicitaciones y las disculpas por las ausencias de Estefanía y Gaby, nos fuimos a la fiesta. Como siempre sucede en estos casos, muchos invitados no traían automóvil y era necesario trasladarlos hasta el lugar del banquete. Le dije a Arturo que mi auto estaba a disposición de lo que se ofreciera y que si quería, podía llevar a algunas personas. Me tocó transportar a toda una familia, que desde el primer momento me parecieron agradables: el abuelo y la abuela paternos, dos jovencitas aproximadamente de la edad de Estefanía, la esposa y el marido. Éste, era un hombre como de mi edad que se llamaba Luis y para hacer más ameno el trayecto hacia la fiesta me puse a conversar con él, así me pude enterar que era ingeniero civil y que tenía varios proyectos de construcción importantes por realizar; que sus padres llevaban casi cincuenta años de casados, que su esposa trabajaba como maestra de matemáticas en una secundaria privada y era amiga de la novia, y que sus dos hijas estaban ya en preparatoria, Adriana, la más chica, en primero, y Lilian, en tercero. En el momento que me comentaba sobre sus hijas, miré casualmente por el espejo retrovisor y por un instante perdí la noción de la realidad, pues me encontré con la mirada inocente y atenta de unos ojos intensamente verdes, los ojos de Lilian. Sentí un repentino desasosiego. Sostuve la mirada un instante, maravillado de aquellos ojos y ella no desvió los suyos.

Minutos después llegamos al lugar del festejo. Resultó ser un lugar amplio y elegante en donde todo estaba dispuesto con acierto para atender a los invitados. Un grupo musical amenizaba con algunas piezas románticas y la gente se acomodaba donde mejor le parecía. Saludé a varios conocidos y me quedé con Lucio y su esposa Paola, amigos de Arturo y míos. Me tomé dos o tres tragos con ellos y conversamos de muchas cosas; me cumplí el capricho de bailar con Paola quien lucía muy guapa y finalmente dejé a la pareja bailando apretados. Para ese momento me sentía relajado, seguro de mí mismo y en ese estado tranquilo y lúcido que dan varias copas. Fui a felicitar a los novios y me robé a la novia un par de melodías, las cuales disfruté realmente. Sandra era una mujer joven y deseable y en la cercanía del baile, pude percibir el aroma suave, sutilmente dulce y agradable que emanaba de su cuerpo, envolviéndome. Me entró una repentina punzada de anhelante deseo. La miré de frente, deteniéndome con atención en la boca realmente tentadora; si me hubiera atrevido le habría robado un beso. Me comprendí incapaz para ello, así que en cuanto la música terminó, le di un abrazo apretado no exento de malicia y le deseé toda la felicidad del mundo, aunque creo que el deseo expresado era más bien para mi amigo Arturo. Me sentía feliz y ligeramente mareado.

Le pedí otra cuba a un mesero y me arrinconé por ahí a observar la fiesta. Entonces, apenas sin darme cuenta, descubrí muy cerca de mí a Lilian, que conversaba con dos jovencitas más, animadamente. Quizás estaba yo algo bebido, pero aquel estado me permitió hacer algo que normalmente no acostumbro: observar a la joven con descaro y a mi antojo. Desde el lugar en que me encontraba, podía admirar a mi gusto su figura esbelta y atractiva. Eché una rápida mirada alrededor para ubicar a su familia, pero no vi de momento a ninguno de ellos, seguramente disfrutaban también de la fiesta. Volví mi atención hacia la chica: portaba un vestido blanco, largo, ligero y sin mangas, que le daba un aire juvenil y maduro al mismo tiempo, sus hombros y brazos desnudos dejaban entrever una piel blanca y tersa. La imagen percibida me animó y me asustó al mismo tiempo, seguí observándola: algún comentario gracioso la había hecho reír y los ojos grandes y verdes brillaban gozosos; la nariz pequeña y afilada, arrugada ligeramente en un gesto natural, se levantaba orgullosa, preludiando la boca de labios delgados y dientes blanquísimos, que reía. ¿Diecisiete, dieciocho años?... qué importaba, Lilian era preciosa.

Hice una tregua en mi contemplación para dar una vuelta más al lugar, platiqué con otros conocidos y me bebí tres copas más. El mareo y la sensación de relajamiento y libertad eran más patentes, cuando observé que los meseros servían la cena. Me descubrí con hambre y en la primera mesa donde encontré un conocido, acabé con lo que dieron, acompañado por un poco más de vino. Luego, ya aburrido, me acerqué a un ventanal para fumar un marlboro y largarme de una vez. Fue en ese momento cuando escuché a mi espalda una voz diáfana y femenina que me decía:

- Si fuma le va a hacer daño.

Me volví. Lilian estaba justo detrás de mí y reía amablemente. Quedé impactado con su belleza cercana, me sentí turbado como adolescente inexperto.

-Es un vicio antiguo.

-¿También el vino?

¿Acaso ella había estado observándome?

-De vez en cuando tomo algunas copas; pero te aseguro que no me sobrepaso y sé comportarme. ¿Y tu familia?

-Anda por ahí, divirtiéndose , supongo.

-¿Tú no te diviertes?

-También, aunque no hay muchos chicos para poder bailar.

-Si te gusta el baile y no te molesta, yo lo hago contigo.

Qué sensación tan especial se despertó en mí al tomar su mano y rodear su cintura. ¿Qué me pasaba, qué estaba yo haciendo? Ella era una niña y yo, como el ogro que aparecía en los cuentos, un ogro libidinoso. Nervioso, con la conciencia culpable, me dejé llevar unos minutos mientras conversaba con ella. Me comentó detalles sobre el trabajo de su padre, cómo se llevaba con su mamá y su hermana Adriana, en qué escuela estudiaba y cómo le iba en ella, el rumbo dónde vivía (saberlo era muy oportuno para mí, ¿no?). Yo, le conté también de mi trabajo y algunas cosas sobre mi hija Estefanía, que me gustaba jugar fútbol los fines de semana y mi equipo favorito eran los Pumas, que me gustaba escuchar música y leer novelas.

-A mí me gusta mucho Maná y también leer.

Como de Maná me gustaban algunas canciones, nos detuvimos brevemente en sus gustos musicales y luego hablamos de libros. Ella, de María, de Jorge Isaacs y Clemencia, de Altamirano. Yo, de Aura, de Carlos Fuentes; Sed de amor, de Mishima y Cumbres Borrascosas, de una de las Bronté.

- No he leído "Sed de amor". ¿Es buena?

Le hice algunos comentarios sobre la novela, el premio nobel de Mishima y cómo se había hecho el hara-kiri. Todo esto la impresionó y yo, de ofrecido, prometí prestarle el libro. Pero cuándo y cómo.

- El próximo jueves, a las dos de la tarde. A esa hora salgo de la escuela.

¿Jugaba conmigo?...La cita estaba hecha y yo, muy perturbado en aquel momento a causa del vino y los acontecimientos, acepté.

Sería poco más de media hora la que estuvimos solos (¿en medio de la fiesta?), llegó su hermana Adriana a buscarla porque la novia iba a lanzar el ramo y ambas desaparecieron entre la gente. Me quedé pensativo y triste, pues en aquella plática breve, Lilian se llevaba parte de mi yo más íntimo: el deseo subyacente, quizás todavía, de ser adolescente y aceptar la situación absurda e inútil de una cita, pero ¿acaso no era todo esto, efecto del vino ingerido? Lilian podía ser mi hija, ésa era una certeza dolorosa. Minutos después y luego de beber una última copa, me fui sin despedirme de nadie.

La casa estaba sola. Estefanía y Gabriela llegarían tarde. Me serví una porción generosa de brandy y lo mezclé con jugo de toronja, puse en el estéreo un compacto de Silvio Rodríguez y cuando las primeras notas de "Por quien merece amor" empezaron a sonar, el recuerdo de la imagen juvenil de Lilian en su vestido blanco, me conmovió profundamente. La novela de Mishima, era mi pasaporte para verla de nuevo.

Los días pasaron rápidamente y se llegó la mañana del jueves. Era el día indicado para encontrarme con Lilian y me sentía nervioso. Ya no estaba bajo los efectos relajantes del alcohol como en la fiesta y sinceramente temblaba ante la idea de verla nuevamente. La noche anterior la había pasado casi en vela y me dolía reconocer que la causa era Lilian. Gaby se había despertado a medianoche preguntándome si tenía algún problema y si podía ayudar; la tranquilicé fingiendo indigestión, pero mi conciencia culpable estaba llena de remordimientos: Lilian era una niña. Yo, un oportunista que pretendía embaucarla con un libro y una amistad falsa. Mi responsabilidad como padre empezaba a pesarme. ¿De véras estaba yo tan ansioso de demostrar que todavía era atractivo para algunas mujeres y que podía conquistarlas?... Cierto que ya estaba yo en los cuarenta, como también lo era que tenía una hija de dieciséis y que no me gustaría que cualquier desgraciado, un hombre de mi edad por ejemplo, la pretendiera.

Dispuse todo para salir temprano del trabajo y compré una rosa para obsequiarla a Lilian. El libro de Mishima estaba en el auto. Mis dudas arreciaban por momentos. ¿Sería ella, capaz de interesarse realmente en mí? ¿aún con la diferencia de edades?...A la una y cuarto me puse en camino. Subí al auto y manejé despacio tratando de ordenar los disparatados pensamientos que me asaltaban. El tránsito también era lento, lo suficiente para reflexionar y dejar en claro algunos hechos: la existencia de Lilian y sus diecisiete o dieciocho años, el hombre de cuarenta falto de razón y jugando al adolescente, la cita a media tarde y el libro a préstamo. Faltando diez para las dos estacioné el automóvil frente a la escuela y aguardé por Lilian.

No tardó en aparecer. En cuanto lo hizo, toda la tensión contenida, los nervios, las dudas y las preguntas sin respuesta, quedaron atrás. Dudé por un momento entre arrancar o quedarme, finalmente, con la rosa y el libro en las manos bajé del auto y con una sonrisa amplia y en gran parte fingida fui a su encuentro. Observar a Lilian era un gozo, el pantalón de mezclilla ajustado, la blusa ombliguera blanca y la sencilla cola de caballo realzaban su belleza. Venia abrazada de la cintura de un muchacho más o menos de su edad, alto y musculoso, que en aquel momento la atrajo hacia sí y la besó largamente en los labios. Me acerqué a ellos.

- Hola-, dijo- es mi novio.

Interiormente me sonreí con amargura. Lilian me había derrotado completamente y me estaba dando una lección difícil de olvidar. "Traigo el libro prometido", le dije; pero la verdad lo que realmente deseaba, era largarme de ahí. Ella, prometió devolverme el libro lo más pronto posible. Quiso que le diera mi teléfono y después de un par de minutos más con ellos, me marché con el rabo entre las patas. ¿Eso suena feo?...Peor me sentía. ¿Qué esperaba encontrar al acudir a la cita? ¿A Lilian ansiosa por verme?...De repente, Mishima acudió a mis recuerdos. "Sed de amor" se llamaba la novela, ¿y yo, estaba tan sediento? Como Mishima, acababa de hacerme el hara-kiri frente a Lilian. Decepcionado y furioso conmigo mismo, subí al auto y puse un cassette. Cuando arranqué, la primera estrofa de mi canción favorita de Silvio, sonaba en el aire vespertino:

Te molesta mi amor,

mi amor de juventud,

y mi amor es un arte

en virtud...

 



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