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Go North, young man

Le extendí los tres últimos dólares arrugados de mi billetera a un nicaragüense de pelos parados que atendía en la estación Amoco donde había estacionado mi vieja station wagon Ford Fairmont. La noche y el calor pesado y húmedo de Miami son ya un lugar común, especialmente si el aire acondicionado de tu carro nunca funcionó.

—It is pump number three

—Yo sé brother, anda nomás

Regreso al viejo fierro arrastrando los pies en un asfalto oscuro y pegajoso que hace juego con el verde opaco de esta ciudad, mascullando algo contra los nicaragüenses y mi propia estúpida costumbre de hablar inglés en el Southwest de Miami. Un negro colombiano de ojos amarillos me esta esperando cerca al carro para pedirme monedas. Le doy un Marlboro a cambio. Muy poco tiempo ha pasado desde que llegué y sin embargo identifico ya esta fauna latina casi sin pensarlo, casi aburriéndome de sus cadencias, de sus mismos ademanes pendencieros. Dos palabras bastan, un gesto te vende. Todos bailan el mismo ritmo en este pantano pensé y partí con un gesto de nausea y cansancio en la cara.

Atravesaba Bird Road por la sesentaisiete avenida cuando me sorprendí silbando una salsa sensual de Hansel y Raúl. Enfurecido, hice tragar a la casetera una vieja cinta de Black Sabbath. Ozzy Osbourne parecía con pulmonía en mi paupérrimo estéreo, y su voz en los cansados parlantes sonaba como el grotesco alarido de un mequetrefe cualquiera. A veces un buen riff de Thrash metal me hacía cambiar de ánimo, pero no esta noche. Esta noche el trópico me aplana con sus canales nauseabundos, sus ciénagas y sus lagartos furtivos. Sus islas artificiales y sus shopping centers con árboles de plástico son un consuelo demasiado vulgar. Hay que trascender esta mierda, me digo. Go North, young man. Porque West te esperan el desierto y las enchiladas, la misma cagada.

El viejo Ozzy desafina en este recoveco de narcotraficantes y exilados, y el Ford Fairmont cancanea y ruge cruzando la desesperante simetría de Burger Kings, Eckerds y Blockbusters. Y aunque me dirigía al departamento de mi tía en South Miami —en busca de unos urgentes dólares para el fin de semana— da la impresión que no tengo rumbo definido. Se suceden las esquinas iluminadas sin gente, sin sustancia, como en una pesadilla cinemática, y subo el volumen para escuchar "Iron Man" que está por empezar. Al borde del colapso, se escucha a Ozzy vomitando:
Is he alive or dead?
Has he thoughts within his head?
We'll just pass him there
why should we even care?
Mi camiseta negra sin mangas de Megadeth esta empapada de sudor, y la verdad que eso de andar en jeans en este clima es realmente absurdo. Aquí todo se descompone rápidamente, nada puede sobrevivir intacto en la intemperie. Otra cosa es en el Norte. Dicen que en New York han transformado el ridículo Studio 54 en un club para conciertos metal, Celtic Frost y Slayer tocaron hace unos días allí. Que puta me hago acá, pienso, cuando reúna un poco de billete me subo a un Greyhound y me mando mudar. El Cameo Theater en la Washington Avenue de Miami Beach no es suficiente y pueden pasar semanas sin cruzarte con un skinhead a quien insultar o una metalera desprejuiciada que se suba sin objeciones a la vieja station wagon con la única promesa de escuchar trash o death y fumarnos un buen pito de marihuana.
Ya tengo un ligero dolor de cabeza y callo a Black Sabbath —esta noche, lamentable— cuando decido estacionar el Ford en el parqueo del Seven-Eleven de la esquina de Miller Drive y la Sesenta y siete Avenida. El departamento de mi tía está al frente pero he decidido no llegar directamente por precaución. Puede estar allí su marido venezolano, Tony. Este infeliz puede llegar a convencerme —como otras veces— que lo lleve al sector negro de Coconut Grove a comprar crack, especialmente si intuye que estoy aquí para pedir plata. Y esta noche no estoy para cortesías, sólo quiero asegurar el fin de semana y zambullirme en el crunch de mis audífonos, o en la legítima imagen morbosa de culos y tetas de una porno, de vuelta en mi apestoso cuarto en Sweetwater. Los riffs de una guitarra y el placer unisexual como auténtico sacrificio solitario.

Tengo encima los ojos obscenos de dos cuarentonas cubanas que no ocultan un ligero asco ante mi apariencia. Clavo entonces mi mirada en lo que algún día fueron sus espléndidos culos y eso las hace voltear inmediatamente. Ya ajeno a esto, camino hacia el estante de revistas para de allí poder observar las ventanas del departamento y asegurarme que el venezolano indeseable no esté. Las luces están apagadas, lo cual indica que el tipo definitivamente anda en la calle y que mi tía ha salido o está durmiendo. Debo cruzar la sesenta y siete avenida para cerciorarme, pienso, cuando descubro que el individuo detrás de la caja no me quita los ojos de encima. Adivino en su indeciso bigotillo y su pelo encrespado que se trata de un dominicano o puertorriqueño:

—¿Vas a llevar algo?

—I'm ok, man —lo miro con repugnancia —just looking.

Ya crucé la avenida y mis high-tops se hunden en el césped enlodado que da a la ventana del dormitorio del departamento. Miro a los costados cuidándome de la presencia de cualquier extraño antes de empinar mi vista hacia dentro. Se siente el ruido molesto del ventilador de techo y ese peculiar olor a lavandería de todos los departamentos de Miami. La cama está destendida y hay ropa regada en el suelo, pero todo hace pensar que mi tía no está, que lo más probable es que le hayan dado el turno de la noche en su trabajo de mucama en el Mayfair Hotel. Pienso que llegará más tarde, tomará un jugo o un low fat yogurt antes de acostarse y esperará el momento en que llegue el venezolano. Con suerte, si el sujeto viene limpio de cocaína, harán el amor. Con más suerte aún, si no está borracho, accederá a apagar la luz para así sortear el ingrato espectáculo del vientre descolgado y los muslos deformados por la celulitis de ella. Todo ensayado, una danza decadente de cuerpos que ya no conocen la voluntad.

Resignado ante la perspectiva de un fin de semana nefasto doy la vuelta hacia las ventanas de la sala, alentando la esperanza que mi tía no se haya acostado todavía. Las persianas están cerradas, pero las ventanas permanecen a medio abrir, así que estiro mi mano adentro para hacerlas a un lado y poder ver el interior. Pude ver entonces que mi tía estaba completamente desnuda y boca arriba en el sofá, con las piernas alzadas apuntando hacia el techo. Encima de ella estaba un tipo más rubio, más regordete y más bajito que el venezolano, penetrándola en espasmos largos y medidos como un autómata.

—I think there's someone there, baby —escuché susurrar a mi tía en su inconfundible acento saugüesero.

—Hey you! —dijo el tipo interrumpiendo los espasmos y dirigiendo su mirada hacia el espectro de mi cuerpo.

—Sorry, me no english —me oí decir en una voz aguda, como única reacción viable para salir de la incómoda situación sin ser reconocido.

Ya había soltado las persianas y dado media vuelta, cuando escuché su respuesta:

—Mind your own fucking business or I'm gonna call the cops, you fucking spic!

Crucé la sesentisiete avenida sin voltear hacia atrás, de regreso a mi abatida Ford Fairmont y tratando de inventar a alguien que me pudiera salvar el fin de semana.



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