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Polaroid


...foto con su escritor preferido! ¡Una foto con su escrit... La voz del hombre se alejaba del Callejón con su oferta y grité para llamar su atención. Al estar cerca me pareció de lo más común: safari verdoso y raído, maletín deformado y la cámara de revelado instantáneo colgándole del hombro. Era ridículo lo que un tipo como aquél ofrecía para vender sus fotos y se lo hice notar con un gesto de rechazo (la mano hace un gesto de anda-vete-de-aquí-que-estás-sobrando). Sin embargo, al ver un ejemplar de Divertimento en la mesa, dijo de improviso: <<Si quiere una foto al lado de Cortázar, acomódese en la silla>>. Tan infame jugada me hizo dar un salto. No obstante, logré reaccionar y decidí seguirle la corriente para evitar que me estafara.

-Oiga -le dije-. Sin negar que Cortázar es mi escritor preferido, me gustaría aparecer en esa foto con uno a quien pueda señalarle. Además, si su precio es razonable y en ella estoy con varios escritores y poetas, podrían ser dos.

-Dígame el nombre de ése y yo lo saco al lado suyo. Aunque debo aclararle que sólo puedo hacérsela en blanco y negro.

Me quedé pensando. Los nombres comenzaron a barajarse hasta que lo tuve:

- !Hágame usted la foto con el escritor Milton Ordóñez! ¿Lo conoce?

-¿Milton Ordóñez?

-Sí, Milton Ordóñez.

- Milton Ordóñez... Milton Ordóñez... No importa. Siéntese en la silla de la derecha y adopte la pose de estar conversando con él.

Así lo hice entre divertido y fastidiado por la facilidad con que el fotógrafo pretendía sacarme dinero. Vi cuando preparó la cámara. Simplemente cuadró nuestras imágenes y disparó. No hubo ni destello de flash. Esperé mientras sacudía el cartón y sonreí imaginando la cara de idiota con la que aparecería hablando solo.

Aquí está su foto con el escritor Milton Ordóñez -señaló-. Son mil bolívares.

Me entregó la hoja en la que ¡no estaba solo! Era yo, el mismo de siempre, en el Callejón con sus mesas y sillas y Milton al lado mío, ambos conversando animadamente. Observé que Milton aparecía con más edad (¿cuarenta? ¿cuarenta y cinco años?), canoso y con una expresión que no le conocía. Mas, evidentemente, era él.

¡Fotógrafo! -lo llamé. Ya no era perplejidad sino ansiedad pura lo que me hacía temblar-. ¿Cómo hizo esto?

Usted lo pidió. Yo solamente tomé la foto con su escritor favorito. Y usted la paga.

Pero es que Milton Ordóñez no es mi escritor preferido, hice esto por jod...

No me joda entonces -interrumpe ahora con voz suave-. Si quiere más puedo tomarle la mejor fotografía de su vida con los escritores que conozca y usted junto a ellos para que la exhiba en la pared más visible de su casa ¿Qué le parece?

No creo que haga tanto con esa camarita -le replico todavía escéptico-. Me pregunto cómo hizo para que apareciera Milton al lado mío y además con otros veinte años encima. Escuche, si le pido otra con un grupo, destacándose uno en especial ¿podría hacerla? ¿Cuánto me cobraría?

¿ Destacándose uno? Siendo ese uno un escritor, sería capaz de hacerla.

Aunque aquí no quedaría bien. En la entrada del Gibus sí y muy bien. Venga conmigo, le iré explicando las condiciones.

Por supuesto, lo sigo. En el fondo tengo mis dudas, pero cada vez que aflora el retrato brillante y cuadrado donde estoy con un Milton cuarentón, me doy ánimo.

No puede excederse de veinte –dice muy serio señalándome con el índice-. Escoja nombrándolos uno por uno sin repetirlos, no importando quiénes pero sí que sean escritores. Más nadie. ¿Entiende?

Perfectamente, -dije con voz temblorosa- Voy: JULIO CORTAZAR, JORGE LUIS BORGES, OSCAR MARCANO, ERNEST HEMINGWAY, CRISTOBAL DEFITT, HERNANDO TRACK, EARLE HERRERA, FIODOR DOSTOIEVSKY, ANGEL MALAVE, RENATO RODRIGUEZ...¿No importa la mescolanza, fotógrafo?

No, mientras todos escriban. Sigan.

CRISTINA PERI ROSSI, ANA ANKA –continué, forzando la memoria, aturdido por la insólita y repentina situación-. OSWALDO TREJO, EDUARDO... ¿qué hago si no le sé el apellido?

Repita el nombre con la cara de ése en mente –indica, con la satisfacción de haber resuelto un problema.

EDUARDO... -tengo en mente su rostro-, RAFAEL CADENAS, AQUILES NAZOA, MHARIA VAZQUEZ... ¿Dónde es que va su H?

Qué importa, la hache es muda. Apúrese que se hace tarde.

MALCOLM LOWWRY, HOWARD PHILLIPS LOVECRAFT, y en medio, como le dije, DESTACÁNDOSE, el escritor NOMAR OPORTE –finalicé, con la sensación de tener un gusanillo moviéndoseme en el plexo solar.

¿Nómar Oporte? ¿Está seguro? Muy bien. Ahora ¿por qué no saca uno de la lista para incluir a Mladen BEG?

Haga lo que quiera con tal de que aparezca NOMAR OPORTE.

Colóquese aquí a la derecha. Todos aparecerán a su izquierda. Y le repito una cosa: si alguno de los nombrados no escribe, su espacio quedará vacío en la foto. ¿Me ha comprendido? Y son cinco mil bolívares.

Lo que usted diga, fotógrafo.

Me ubico a la derecha de la entrada del Gibus y sólo ahora puedo advertir la cantidad de gente que hay afuera mirando lo que parece un espectáculo. Aunque no me preocupo, entusiasmado como estoy con la instantánea que tendré.

¿Listo? Mire a uno de los escritores a su lado –me grita y yo simulo que Cortázar , confianzudamente, me pasa un brazo por el hombro.

!Acuérdese de quien va en medio de todos! –acierto a gritarle antes de que dispare la cámara.

Lo vi inclinarse de nuevo, dándome luego la espalda, mientras sacudía la cartulina brillante. Yo preparé el billete que había dispuesto para las cervezas.

- Aquí tiene su foto.

Se acerca, me la entrega y comienzo a detallarla: ciertamente, aparezco a un extremo abrazado por Cortázar. Mladen Beg frisa los ochenta... !Increíble!

Oscar Marcano gordo, gotoso, de unos cincuenta años. Defitt siempre delgado pero envejecido, con una mueca amarga torciéndole los labios. Dostoievsky ancianísimo. Borges con una expresión desvaída, concentrada. Pero...

¡Oiga! ¡Aquí falta alguien! Este espacio vacío en el centro. Yo le dije que debía salir NOMAR OPORTE y no está! Usted se comprometió a retratarme con los escritores que le señalara. ¿Qué ha sucedido? ¡Esto es una estafa! No podré pagarle lo convenido. ¡Falta el escritor más importante!

- ¿Usted cree? Recuerde que lo dije muy claramente: si alguno de su lista no era escritor, su espacio quedaría en blanco. Déme mis cinco mil bolívares

Habiéndome timado, me arrebató el billete. Se colgó la Polaroid al hombro y, perdiéndose entre la mutitud del bulevar, siguió repitiendo su endemoniada oferta:

¡TOMESE UNA FOTO CON SU ESCRITOR PREFERIDO!



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