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Puntos en común

Al ver entrar aquel individuo por uno de los tantos pasadizos que serpentean dentro de la villa, algunos lo confundieron con uno de esos fanáticos religiosos que acechaban las inmediaciones. Siempre advirtiendo del fin de los tiempos y de la necesidad de una conversión inmediata. Al final los invitaban a reuniones de feligreses, donde se aportaba el menor diezmo del mercado.

—Debe ser mormón —arriesgó uno de los transeúntes ocasionales.

—No. Es Testigo de Jehová —ratificó una mujer muy gorda que sostenía varios críos de las manos.

—Quizás sea Evangelista —tiró como posibilidad un viejo sentado detrás del grupo, y que no alcanzaba a ver nada.

Las dudas se disiparon tan rápido como llegaron. Las primeras palabras del discurso del tipo, plantado en la improvisada plazoleta, provocaron la huida rauda y veloz de la muchedumbre. La locuacidad del sujeto, provino de la peor clase de los iluminados: los políticos. Para colmo de males, con un tinte improvisadamente mesiánico.

El flacucho solitario desplegó una bandera diminuta, sostenida por una deprimente caña tacuara. El género flameaba en dos bandas verticales cosidas a mano. Los colores eran rojo y negro. Cualquier desubicado asociaría aquellos colores con los del socialismo y el anarquismo. Nada más desacertado. Estaban vinculados a la pasión de las ideas y a lo oscuro del futuro. El único grupo que quedó inmovilizado en actitud de espera, fue el de unos niños oscilantes entre los ocho y doce años, quienes prontamente lo encasillaron como hincha de Ñuls.

La fisonomía de aquel personaje era inquietante. Lucía desnutrido, de baja estatura, pelo muy corto y arremolinado. Su cara mostraba una pertinaz diseminación de granos con pus. La boca levemente hacia adelante, y los dientes en la misma disposición. Alguien que lo viera de perfil, lo asociaría con un caballo deformado. Sus gafas, gruesas y anchas, superaban el contorno lateral, dándole un aire confuso y alienado.

Al iniciar las sentencias ante el anonadado público, las reacciones fueron diversas.

“Camaradas, la revolución está en marcha”, gritó festivo y desafiante.
No se descorazonó cuando la gente murmuró cosas inentendibles e irrepetibles, alejándose del lugar. Se convenció de que no estaban listos para el cambio.

Calixto Funes, estudiante crónico y reincidente de la carrera de Filosofía por diecinueve ciclos. Se dio cuenta, a los treinta y nueve años, de su incompatibilidad con la sociedad de la que formaba parte. Había decidido torcer drásticamente el curso de la historia, dedicar su vida al supremo designio de guiar la revolución a la victoria. Después de leer bibliografía inspirativa como: En la trinchera, El proletariado como clase gobernante del año tres mil, Convulsión y espasmos, y la gloriosa Tentaciones de Marx en el purgatorio; se embarcó en una cruzada extensa y demoledora en contra de la apatía y el estancamiento de las clases más necesitadas, motor de su nueva visión de la existencia del hombre moderno. Un fundamento desencajado, dentro de un mundo desencajado. En su afán de modificar el statu quo de su entorno, se fue afiliando diversas fundaciones defensoras de derechos inalienables, organizaciones en crisis constante de identidad y de supervivencia. “Descendientes de indígenas que habitaron el Gran Buenos Aires”, “Amigos protectores del Tucán esmeraldeño”, y el “Racing Club de Avellaneda”, fueron algunas de las honrosas instituciones que lo albergaron.

Su prédica se explayó por diferentes ámbitos, los cuales nunca alcanzaban a registrar la grandilocuencia de los motivos que lo arrastraban a persistir en sus creencias. Le declaró la guerra a todo lo establecido. En su casa, se negó a cepillarse los dientes y a hacer la cama por las mañanas. Esto provocó el encoleramiento de su madre. En la universidad, se opuso a estudiar para los exámenes. Sólo escribía consignas en contra de la dictadura escolar y algunos símbolos de dudosa obscenidad. Consideraba los ceros que recibía como notificación, represión parcializada, discriminatoria, y sistemática contra su persona.

Con el estandarte en alto, prosiguió con su raid proselitista. Dentro de aquel submundo encontraría el caldo de cultivo perfecto para sus ideas más extremas. Era su prioridad la masificación de los tentáculos que arrebatarían el poder de las manos de los gobernantes. Éstos depositarían en las palmas callosas, grasosas y transpiradas de la clases necesitadas la soberanía requerida.

Sus ojos continuaron con la tarea de analizar, clasificar, categorizar, y catalogar a los posibles adeptos a su noble causa: salvar a la Nación de las turbulencias y delirios de la clase política. En su mente había dado creación a un limbo de peligroso aspecto: hordas de comunes autogobernados en independencia absoluta del resto de los mortales, la reinstalación del trueque como fuente de comercio, eran sólo algunos de sus postulados más intransigentes. Pero para ello había que conseguir seguidores que canalizaran su alegato social y revolucionario. Sin dudas esto lo catapultaría al poder, pero se conformaba con un busto de bronce en una esquina de Plaza Constitución.

En la caminata se introdujo aún más dentro de los pasillos, que no tenían dirección ni tampoco un fin aparente. Portaba su lanza cruzándole el pecho, la cual le tapaba parcialmente el gesto adusto del “Che Guevara”. La había conseguido en un saldo, en un conocido shopping de la zona de Avellaneda.

De una sumatoria de chapas, acumuladas una encima de otra sin un orden predeterminado, le llamó al atención el movimiento de una cortina de arpillera. El continuo vaivén era provocado por una hilera de chicos de distintas edades. Después de contar siete, vio salir a un morocho gigantesco. Las dimensiones personales del sujeto se esparcían hacia arriba y los costados.

“Ese es un hombre productivo”, afirmó Calixto. No le extraño que se levantara a la una de la tarde. “Debe ser la depresión de la falta de un trabajo digno”, pensó casi ofuscado. Sin darle tiempo a que terminara de desperezarse, lo encaró con el convencimiento de convertirlo en el segundo de su cadena de mando.

—Usted es el hombre que necesito —exclamó sin lograr impresionarlo.

Desde un estiramiento de los codos, apuntando al cielo, y con las manos contraidas en puños y cercanas al cuello, el recién despierto soltó una estruendosa flatulencia. Los aromas se confundieron con los perfumes de un arroyo cercano, haciéndola pasar ‘casi’ desapercibida.

—Tiene todo el aspecto de líder que estoy buscando —vapuleó verborrágico Calixto —imagínese, nuestra comunidad se encuentra azotada por el flagelo de la penetración cultural. Los jóvenes están en una situación desquiciada dentro de caminos irregulares alternativos. No tienen guía. Necesitan gente con espíritu de conducción y sacrificio.

Al hombre no le gustó mucho la palabra sacrificio. Lo hizo notar con otro gas sonoro mientras se rascaba los aplastados rulos y continuaba con sus contoneos post cama.

—Establecer una revolución es sociológicamente viable —prosiguió con vehemencia y agitando en alto una de sus manos, pues en la otra sostenía elevada su insignia —vea que clase de televisión tenemos en estos tiempos. Mire lo lascivo de las radios y pasquines que se interponen en nuestras orejas y oídos. Basura de propaganda meramente oficialista —extendió el índice hacia el celeste y luego lo contrajo en señal de advenimiento divino —es tiempo de transfigurar las consecuencias, convertirlas en el despegue de una hermandad justa y proletaria.

Ya repuesto del ensueño, pero aún con lagañas en los ojos, el recién desayunado observó al orador como un estudiante de Biología a un sapo. Con el desconocimiento que vuelve venerables las cosas, le preguntó:

— ¿De qué carajo estás hablando? —al terminar la frase, un eructo lo asaltó. Le dejó el sabor de las milanesas con mate que había comido antes de irse a dormir.

—De la humillación irreparable y subliminal que recibimos todos los días. Del robo de los manjares de la vida y de los imaginativos programas para alterar la realidad. Yo estoy decidido a hacer florecer la riqueza perdida. Juntos podríamos hacer mucho.

El recién desvelado no alcanzó a comprender muy bien el significado de todo el tumulto de oraciones. Pero la simple aparición de las palabras ‘riqueza’ y ‘mucho’, bastó para que el cerebro multiplicara las connotaciones. En un gesto de concentración esmerada, cruzó los brazos delante del cuerpo, arqueó el cuerpo levemente hacia atrás, levantando y estirando a la vez los dedos de los pies contenidos dentro de las ojotas. Abrió la boca como para balbucear algunas pretensiones, pero la electrificación instantánea del aire se lo impidió.

“¡La cana!”, atronó alguien que escapaba como lombriz de una gallina. Los gritos e insultos llenaron la villa de corridas y tropezones. Las fuerzas del orden buscaban a un tal “alias Pata de Rana”, un parroquiano que se había mudado hacía tres años atrás a un asentamiento de González Catán. Con el visible error de desinformación a cuestas, los uniformados arrestaron a dos menores por portación ilegal de una caña de pescar.

Tanto Calixto como el interlocutor se habían fugado separadamente por los contornos del caserío, en estrepitosa y afanosa carrera. Ambos estaban convencidos de ser los causantes de esa febril redada. Casualmente se encontraron en la ribera del mugroso cauce de no se sabe qué líquido.

—Se da cuenta qué atropello —dijo bufando Calixto —apenas hemos formado una coalición opositora y nos tiran todo el sistema represor encima. Nos temen. Es signo que estamos en buen camino.

El morocho, que oficiaba de guía involuntario, se detuvo frente a una bifurcación de la senda.

—Mire maestro —le dijo dándose vuelta, y mirándolo con toda la circunferencia de sus ojos negros inmensos y penetrantes —necesitaría algo de efectivo. Ando escaso. Usted comprende, la clandestinidad, la causa. Lo tomaría a modo de adelanto, o como alguna esponsorización.

Calixto tragó saliva, el sonido de la tráquea sin lubricar, resultó agudo y deforme. Temblorosamente extrajo un billete de veinte pesos que su madre le había dado para comprar alimento balanceado para ornitorrincos. Se lo acercó, la manaza de su irregular lugarteniente no perdió tiempo en tomarlo.

Con el billete en la mano se echó a correr por el sendero de la derecha.

—¿Cuándo vamos a encontrarnos? —alcanzó a preguntar Calixto.

—En cualquier lugar que el capitalismo nos junte —contestó apresuradamente.

Después de haber escuchado esa respuesta, sonrió. Feliz, tomó el sendero de la izquierda.



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