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De maravilla

Todos sabemos que a Jimena le encanta irse a caminar a lo largo de la playa y por eso ni a mis papas ni a mis tíos les sorprende que se despida, tome un sombrero de palma y su camiseta para evitar que su piel se ponga como la de los camarones, y acto seguido se pierda más allá de donde la casi codiciosa mirada de mi padre puede verla.

Cuando por fin desaparece, mi tío levanta una ceja y reanuda la conversación con Margarita, su esposa, o le pide a mi padre que le arroje un cigarro, o voltea a vernos a Felipe, su hijo menor, y a mí, que jugamos en la arena a construir pueblitos para cangrejos o cementerios para los cocos que mi mamá abre porque quiere impedir que nos deshidratemos. Hasta ese momento mis oídos han estado atentos a las palabras de Jimena, esperando a que se anime a caminar del otro lado de las piedras.

Como el calor es tan pesado que nadie nota cuándo alguien se mueve si no es por el ruido que provoca el mismo movimiento, me resulta fácil levantarme y susurrarle a Felipe que ahorita vuelvo. Él, naturalmente, apenas hace caso a lo que digo pues esta empecinado en construir una unidad habitacional para cangrejos. Me dirijo hacia el mismo pasillo por donde se fue Jimena, tratando de pisar sobre sus huellas aunque para realizar esa maniobra no basten mis zancadas, y tenga que dar saltitos. Es importante no acelerar mucho la marcha, para no alcanzarla demasiado pronto. Después me desvío un poco y escalando por las rocas, sigo a Jimena. Ella camina ahora por una amplia zona de arena, caminando en zigzag con los brazos abiertos, casi como un pelícano, y de vez en cuando se quita el sombrero y deja que su cabello se agite con la brisa del mar. La ruta la conozco bien; por eso puedo caminar sin ver a mi prima y avanzar hasta el sitio donde piensa acostarse. Llego antes que ella a su lugar favorito y me siento en el escondite. Un minuto después, el pelícano disfrazado de mi prima Jimena aterriza seis metros delante de mí.

Creo que fue idea de mi padre venir de vacaciones a este sitio, pero creo que fue idea de mi tío venir las dos familias juntas. A mí me parece que ambas ideas fueron estupendas y desde hace unos dos años, lo mismo en semana santa como en navidad, llenamos las maletas con un montón de ropa inútil -aquí solo hace falta un traje de baño y una toalla- y llegamos a este lugar donde sólo aparecen los viajeros dispuestos a dormir en hamacas o dentro de un camper. A mi madre le gusta venir porque dice que aquí sí descansa y porque siempre ha sido muy cursi y le encantan los atardeceres en la playa. A mis tíos les divierte y más porque siempre venimos en la camioneta de mi padre. A Felipe no sé que le parezca porque siempre anda con una cara de idiota recién despertado, terco todo el día y con su balón de fútbol. A Jimena no le agrada desperdiciar el fin de semana, como ella dice, en una playa donde no hay nada que hacer, pero sus padres no se atreven a dejarla sola en la ciudad, así que la obligan a ponerse un traje de baño -ella insiste en que sea un bikini azul- y a asolearse por horas o a leer sus revistas. A mí lo que me gusta es que Jimena se crea un pelícano y camine hasta el sitio donde la descubrí la segunda vez que vinimos y a donde la sigo cada que ella se despide y toma su sombrero de palma.

Ella se mueve como si estuviera atenta el movimiento de los peces. De pronto se deja caer y cuando casi esta dentro del agua, vuelve a alejarse, hasta que se cansa de jugar y se sienta apenas más allá de donde llegan las olas. Entonces se quita la camiseta y la arroja a donde no pueda mojarse. A continuación estira las piernas y deja que sus tobillos se humedezcan. Así se queda durante unos minutos, sin moverse. Luego se desliza lentamente hacia el agua y baja el ala de su sombrero de modo que la sombra tape toda su cara, y cuando las olas chocan contra sus pantorrillas, se detiene. En ese momento puedo asomarme más, para ver bien, porque sé que, además de tener tapado el rostro, Jimena cierra los ojos y los aprieta con fuerza: no hay posibilidad de que me descubra.

Mientras me acomodo, Jimena casi ni se mueve. Pero, de improviso, comienza a tamborilear con sus dedos sobre la arena, aumentando poco a poco el ritmo. Luego como si estuviera cansada en esa posición, flexiona la cintura hacia arriba, formando un arco con la espalda, y al volver a estirarse levanta las piernas, las balancea un momento y cuando las regresa a la arena, las abre un poco, muy muy poco pero suficiente para que el agua salada moje el bikini azul. Como si los pies jalaran su cuerpo, se acerca más hacia donde las olas alcanzan a llegar con fuerza y repite su gesto de pelícano para poner las manos sobre sus muslos. Una vez ahí, con calma, contagiados de la pereza de mi prima, sus dedos avanzan hacia un lado y otro, hasta que se aburren de pasear y terminan enredados en la ahora húmeda tela azul del bikini. A pesar de estar amarrados por los hilos del traje de baño, sus dedos batallan por escapar de esa trampa, pero al parecer sus esfuerzos son inútiles, o más aún, sus esfuerzos lo único que consiguen es hundirse más y más en esa espesura azul donde de vez en cuando revienta la espuma de las olas. Jimena nota la terrible situación de sus dedos y decide ayudarlos, por eso abre y cierra las piernas: no logro ver la última contorsión porque Jimena se ha girado un poco sobre su costado, pero siento dentro del traje de baño un calor más intenso que el del sol al mediodía. Me entrego, tratando de no pensar en el incendio entre piernas y cadera, a la contemplación del acto final, cuando ella por fin libera con una mano los dedos de la otra, arrojando lejos la trampa azul, empapada a punto de romperse de tan frágil. En ese instante se detienen las piernas, logro ver cómo se tensan sus muslos y cómo el sombrero se agita sobre su rostro, luego mueve la cadera, primero a la derecha y después a la izquierda, pero llega la hora en que, quizás a causa de un exceso de mar a su alrededor o quizás sólo por cansancio, todo queda en calma. Como para entonces incluso mi traje se esmera en quemarme la piel, no escucho el murmullo incesante del agua al chocar contra sí misma y lo único que veo es a Jimena, recostada y estática, sobre un silencio denso que nada podría romper.

Desde el día en que conocí la mecánica de sus paseos, supe que transcurrirían varios minutos antes de que la mano de Jimena volviera a tenderse bajo el sol y que tardaría aún más en recuperar el bikini entero, levantarse con pausas entre cada acción, tomar su camiseta y regresar a donde su padre y el mío no se cansan de beber cerveza. Así, mientras ella culmina el rito, tengo tiempo para controlar el desorden dentro de mi propio traje de baño y para caminar hacia donde me espera Felipe. El camino de regreso es fácil de recorrer, así que llego junto a mi primo, quien, orgulloso me muestra su ingeniería para moluscos. La veo sin mirarla, para después correr y meterme al mar y al salir descubro a Jimena regresando y lista para beberse el coco que mamá le ofrece. La veo sentarse, acomodar su pelo y tomar el popote con los labios. Se nota que en la cara no ha recibido nada de sol, pero de cualquier forma su rostro tiene una luz especial. Voy hacia ella y le pregunto, como cada vez que vuelve, cómo le fue en su paseo, y después de empujar con la lengua el popote responde lo mismo de siempre, mirando la zona de mi cuerpo donde antes hubo un incendio, pero mirándola con tanta fuerza que apenas puedo quedarme quieto: -De maravilla, primo -dice guiñándome un ojo con mucha, demasiada complicidad de por medio-, de maravilla.



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