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Ella

Desapacible y austero, venal, también, si la ocasión lo requiere, Faustino rodea una montaña de basura y se interna en la calle, lustrosa de humedad, amparándose, bajo los ocasionales balcones o toldos, de la lluvia incipiente. Dos cuadras más adelante, se detiene en un pasillo oscuro y maloliente, escudriña la negrura urbana tamizada por la fría llovizna, y enciende un cigarrillo. Siente la humedad en los pies y en las botamangas de los pantalones, se fastidia un poco. Cruzando la calle hay una ventana abierta en el primer piso de una casa. El interior está oscuro. Faustino se aprieta contra la pared del pasillo. Una laucha salta hacia la calle y se pierde rápidamente en la boca de tormenta más cercana. ¿Estará, la mujer, en ese lugar, o hará el plantón sin sentido?. Acomoda el cuerpo, como los gatos que se arrullan contra una frazada, y se resigna a la espera. Al cabo de dos horas de paciente observación, algo preocupado por el enflaquecimiento progresivo de su provisión de cigarrillos, nota movimientos en el departamento oscuro. Una luz se enciende, en alguna parte, y su tenue resplandor ilumina, apenas, el cuarto que da al balcón. Faustino aguza la vista. No hay cortinas en la ventana, o, si las hay, están abiertas. Discierne un armario alto, unos cuadros pequeños y el respaldo de una cama. Entonces, la ve. Sentada en la cama, la mujer permanece quieta, aparentemente vestida. Faustino no puede distinguir las facciones del rostro pero sabe que es ella. Lo sabe por el contorno del cabello, por un algo indefinible en su fisonomía de sombra quieta. ¿Lo habrá visto?. Se afirma, aun más, contra la oscuridad de su refugio y observatorio. No, no puede saber que él la está vigilando. La mujer no se mueve. La otra persona, la que deambula por el interior silencioso del departamento, se asoma en el cuarto. Quien sabe esté diciendo algo, piensa Faustino, pero la mujer no se inmuta. Instantes después, la luz se apaga y el lugar vuelve a la penumbra, tragándose a la mujer, al armario, a los cuadros. Todo es quietud y silencio. Llueve con un poco más de fuerza. Faustino está algo cansado de permanecer de pie en su refugio, pero no puede hacer nada. Teme llamar la atención, que la mujer se percate de su presencia. ¿Cómo saber si aún está sentada en la cama o si se ha acostado?. ¿Cómo intuir si mira hacia el exterior o se encuentra abstraída en sus pensamientos?. ¿Qué hará su acompañante?. Faustino consulta su reloj: la una y media de la mañana. Busca un cigarrillo, el último. Oye un sordo rumor mecánico: un camión de basuras avanza lentamente por la calle y dos morochos se afanan con las bolsas. Cuando el camión pasa por delante de su refugio, Faustino sale y acompaña al vehículo, utilizándolo como biombo para no ser visto desde el departamento. Así, cansinamente, llega hasta la esquina. Llueve aun más fuerte. Faustino está cansado, sin cigarrillos, con hambre y, en este puto vecindario, no hay un comercio abierto. Pasa un taxi solitario, una tabla de naufragio. El conductor debe estar tan fastidiado con la noche que ni siquiera deserta de su mutismo para saber el destino del viajero. “Al centro”, dice Faustino. El auto arranca, toma por Alberdi y, más tarde, por Rivadavia. Cuando pasan por Flores, Faustino pide al conductor que se detenga, para comprar cigarrillos. Mientras fuma, mientras están llegando al Once, Faustino siente que todo está, de alguna manera, en orden. Aunque esto del orden, claro, lo tiene sin cuidado. Jaramillo decidirá, como siempre. “Qué me importa”, se miente, reconfortado al llegar a destino. Después de todo, ella se lo buscó.

......

Por la mañana, a las siete y media, Faustino toca el timbre en la casona de la calle Rincón. Jaramillo madruga, espartanamente, fiel a su origen santiagueño. La sirvienta abre la pesada puerta y Faustino se dirige, rápidamente, hacia la escalera que lleva a las habitaciones superiores y al estudio de Jaramillo. El estudio es amplio y abigarrado de muebles y papeles. Jaramillo, gordo y oscuro, alto, también, lee el diario cómodamente sentado en un silloncito, junto a la ventana. Nadie puede interrumpirlo cuando lee. Faustino se sienta enfrente del hombre y especula sobre el tiempo que transcurrirá en este lugar donde no puede fumar. Otra chica entra, con un frugal desayuno, que deposita junto a Faustino. Este, la estudia con curiosidad: es delgada, muy joven –no más de dieciséis años, calcula-, probablemente paraguaya o misionera. Imagina ese raquítico cuerpo debajo de la mole de grasa de Jaramillo –ninguna mujer que trabaje para él puede obviar ese asunto-, y sonríe, resignado, ante la miseria ajena. La sirvienta se va, mínima y callada. El café es superior y está caliente. Jaramillo deja el diario a un costado y cruza las manos sobre el vientre, como una mujer encinta. “¿Y bien?”, musita. “Está donde usted suponía. Con otra persona; un hombre, creo”, contesta Faustino. Luego, sigue bebiendo su café. Para qué agregar algo más. Inútil tratar de sorprender una expresión en Jaramillo. “Gracias”, dice éste, sin necesidad. Es el patrón, pero siempre agradece. Vuelve a tomar el diario, busca algo, en alguna página, y lo encuentra. Señala a Faustino un artículo, pequeño, perdido en el margen inferior de la gran página. Faustino lee: “Allanamiento en Balvanera”. “Esta joven ha sido indiscreta, como puede ver”, dice, con su acento más melifluo. La joven es ella, pero, para Jaramillo, todo debe parecer distante e indefinido. “Así parece”, dice Faustino, por decir algo. Vuelve a entrar la sirvienta, para retirar el servicio. “Llegó el señor Maturana”, dice la chica. Por el acento es paraguaya, observa Faustino. “Que espere, por favor, unos minutos”, dice Jaramillo. Toda esa delicadeza, piensa Faustino, para tratar a un asesino sádico como Maturana. Está por preguntar si es necesaria su presencia cuando Jaramillo se levanta pesadamente, abre un cajón del gran escritorio instalado en el medio de la habitación, y saca un fajo de billetes. “Gracias, nuevamente. Lo llamaré en estos días”. “Está bien”, se limita a decir Faustino, guardando el dinero en el bolsillo del saco. Contarlo hubiera sido una ofensa imperdonable para Jaramillo, que es hombre de palabra. “Que siga bien”, se despide. “Gracias”, dice Jaramillo, por tercera vez en esos escasos minutos.

Faustino sale de la habitación. Sentado en una silla colocada contra el borde de la escalera, está Maturana. “Buenas”, dice Faustino, sin detenerse. “Buenas”, contesta Maturana. Es pequeño, de ojos grandes y alucinados, con cara de idiota. La única vez en su carrera que la policía lo interrogó, les pareció increíble que aquel hombre menudo, asustadizo y balbuceante, pudiera haber matado siquiera una mosca. Pensaron que era un error, lo dejaron ir y se olvidaron de él.

Maturana no falla jamás, no hay obstáculo capaz de detenerlo. Pobre, piensa Faustino –piensa en ella-, no tiene salvación. Sale a la mañana luminosa y enfila, por Rincón, rumbo a Rivadavia. Toma el subterráneo hasta Primera Junta. Entra en una librería y compra un sobre y un cuaderno. En un bar de la calle Centenera, junto a un café, escribe, deformando su letra para hacerla irreconocible: “Desaparezca de allí. La van a matar”. En el sobre escribe, solamente, el piso y la letra que corresponde al departamento. Paga el café, deja unos centavos de propina y se trepa a un colectivo de la línea cuatro, viejo y destartalado. Se deja llevar, cachazudamente, hasta Mataderos. Otra vez está en el mismo lugar. A mitad de la cuadra, el balcón asoma entre las casas bajas. Dos chicos juegan en la esquina. “¿Querés ganarte diez pesos?”, interroga Faustino, al más grandecito. “¿Qué tengo que hacer?”, pregunta el chico, confiado. Faustino saca la carta: “Pasar esta carta por debajo de esta puerta”, y señala la casa. El chico toma la carta y sale corriendo, ingresa en la casa y, al cabo de unos minutos, vuelve junto a Faustino. “Ya está”, informa. “¿Alguien te vio?”, pregunta Faustino. “No. Tenían la radio encendida”. Faustino saca diez pesos del bolsillo y se los entrega al chico. Éste toma el dinero y se sienta junto a su amiguito, sin decir una palabra. Está bien, piensa Faustino, para agradecimientos me bastan con los de Jaramillo. Se siente bien con su conciencia, aunque sabe que este aviso sólo otorgará a la mujer unos días de respiro. Es cosa de ella, se dice, medianamente convencido, mientras vuelve a la parada del colectivo.

Una hora más tarde está en su casa. Se acuesta, cansado, a dormir la siesta.
Duerme, y al dormir, sueña.

....

Tres días después, Faustino vuelve a la casona de la calle Rincón. Todo igual que siempre: la lectura de Jaramillo, la paraguaya raquítica, el café excelente, la prohibición de fumar, el diario abandonado sobre una mesita, las manos sobre el vientre. “Necesito que verifique cuatro direcciones”, dice Jaramillo, extendiendo una hoja de papel. “¿Quién es?”, pregunta Faustino, por decir algo. “La joven”, dice Jaramillo, sin inmutarse. “Cambió de domicilio”, agrega, “necesito saber en cual de estas direcciones está ahora”. “Bueno”, dice Faustino, y se levanta. Sale a la calle con el papel en el bolsillo y se dirige al café de Montevideo y Lavalle. No me agradeció, se sorprende, tardíamente. Debe estar preocupado. Las direcciones son disímiles: Quilmes, Turdera, Ituzaingó y Villa Martelli. Lindo itinerario, piensa Faustino. Elige comenzar por Villa Martelli. Recuerda, de alguna noche antigua, en algún albergue perdido, que ella mencionó Villa Martelli por alguna razón. Faustino no se esfuerza por ir más allá con sus recuerdos. De todas maneras, el calor de aquella piel, el suave murmullo de unos labios junto a su cuello, el olor suave, lo acompaña permanentemente. Quizás, por eso, ha decidido lo que va a hacer. Viaja, sin mayor apuro, hasta el domicilio indicado en el papel. La luz diurna no es buena para su tarea pero entiende que Jaramillo está ansioso. Anda y desanda la calle, observando una casa modesta, con un bonito jardín delantero, donde se supone que ella se oculta. Unas horas más tarde, ve a la mujer, asomándose por la ventana. Se abre la puerta de la casa y un hombre sale al jardín. Detrás, sale la mujer. Hablan. No me han visto, piensa Faustino, y se aleja del lugar. En la avenida próxima encuentra un teléfono público. Llama y pide hablar con Jaramillo. “Está en Villa Martelli”, dice. “Gracias”, contesta Jaramillo, evidentemente apaciguado. Luego se aleja, por la avenida, calurosa y deshabitada de árboles, en busca de un bar. “Maturana vendrá por la noche”, especula, “tengo tiempo”. Encuentra un bar, compra una revista y un diario y pide una comida elemental. Muy pocas personas hay en el lugar. A las cinco de la tarde, cansado de leer, fumar, y tomar café, decide estirar las piernas y recorre, sin prisa, el vecindario. Cuando comienza a oscurecer, luego de arrojar las publicaciones en un cesto, decide acercarse a la casa donde ella se oculta. Ya ha entrevisto un lugar apropiado que, al amparo de la oscuridad, le permitirá observar la llegada de Maturana sin que éste lo distinga. No hay luna y la iluminación artificial es despareja y pobre. Casi nadie entra o sale de las casas vecinas. Faustino espera, sereno, fumando, sentado en un umbral. Debe armarse de paciencia y ser afortunado. Espera y espera.

....

Cuando ve a Maturana doblar por la esquina opuesta, Faustino consulta su reloj: las dos de la mañana. Se felicita por su paciencia. La casita está a oscuras; sólo el porsch de entrada se encuentra iluminado por una débil lámpara, junto al nicho de una virgencita de cerámica. Faustino ve, entonces, claramente, a Maturana, sorteando la baja entrada de la casa y acercándose a la puerta. Ve, con cierta curiosidad, cómo Maturana trata de forzar la puerta con alguna ganzúa o herramienta. Cuando, luego de abrir la puerta, Maturana desaparece en el interior de la vivienda, Faustino se incorpora. Toma un fierro que había preparado y se dirige hacia la casa. Llega a la puerta entreabierta y se esfuerza por distinguir los sonidos en el interior de la vivienda. Unos segundos después escucha voces asombradas, corrimientos de muebles y, claramente, dos disparos efectuados con silenciador. También oye el estrépito sordo de dos cuerpos que caen al piso. Entonces, entra con cuidado. Se acerca al dormitorio, espía y ve a Maturana, de pie junto a la mujer desfallecida a un costado. Velozmente ingresa en el dormitorio y golpea a Maturana con el fierro. Lo golpea en un brazo, para que no pierda el conocimiento. Maturana cae, dolorido, sobre la cama desarreglada. A un lado de la cama, Faustino distingue al hombre, vestido apenas con un calzoncillo, muerto, con un tiro en la cabeza. Un gemido, leve, le produce un escalofrío en la espalda. La mujer –ella- está malherida, pero, increíblemente, viva. Ve sus ojos, cerrados por el dolor, y el gesto, resignado. Cuando los ojos se abren, cuando ve a Faustino de pie y a Maturana quejándose, en la cama, un brillo de esperanza tiñe sus pupilas. “Dios escuchó mis ruegos”, susurra. “Dios no tiene nada que ver con esto”, dice Faustino, con simulado aplomo. Es el precio que tengo que pagar, piensa, desconcertado. No puede echarse atrás. Busca, en el cajón de la mesita de noche, y encuentra una previsible pistola. No se había equivocado al llevar varios silenciadores: uno convenía perfectamente. Coloca el artefacto y apunta cuidadosamente contra el hígado de Maturana. “¿Está loco?”, pregunta éste, al ver el arma. Faustino hace fuego dos veces y Maturana abre los ojos aún más, si eso es posible, y se retuerce en la cama. Gran cantidad de sangre oscura ensucia las sábanas desordenadas. “No más de diez minutos”, calcula Faustino, sobre la suerte de Maturana. Retira el silenciador de la pistola, lo guarda en el bolsillo, y se acerca a la mujer, quien ha seguido los acontecimientos con cierta perplejidad, a pesar del dolor. Faustino estudia la herida de la mujer y deduce que, con socorro inmediato, pronto estaría fuera de peligro. Toma la mano temblorosa de ella y la obliga a empuñar el arma. Luego la arroja a un costado, sobre el piso. Ella no entiende los manejos del hombre. Faustino se acerca a Maturana, desmayado ya por la pérdida de sangre, y le quita la pistola oculta por el cuerpo. Luego, apunta a la mujer, también al hígado. La mujer no entiende, cierra los ojos y gime: “¿Porqué, porqué?”. Faustino quisiera poder contestar a esa pregunta. La pistola tiembla en su mano. Dispara dos veces y luego efectúa el mismo procedimiento con la mano inerme de Maturana.
Ya está todo en orden, piensa, abatido. Recuerda la carta y al chico. Fue un error, se dice, pero ya está corregido. Evita, dolorosamente, una última mirada a la mujer agonizante. Sale a la noche; no desea pensar más.

.....

“Maturana está muerto. No fue cuidadoso esta vez”, dice Jaramillo sin inmutarse. Busca en el escritorio, toma una hoja de papel, cuidadosamente plegada, y se la entrega a Faustino. “Es un trabajo de otra naturaleza. Confío en usted”. Faustino guarda el papel en el bolsillo del saco. “¿Algo más?”, pregunta, como lo haría Maturana. Jaramillo sonríe: “No, por ahora”, dice. Faustino sale a la calle, camina sin mayores apremios hasta el café de Montevideo y Lavalle. Tiene hambre. Leerá el papel y su nueva función más tarde.

Maturana no podía saber que le debía una. Habrá muerto sin saberlo, seguramente. Y ella..., en fin. Hay muchas ellas en esta ciudad, piensa Faustino, mientras saborea un café. Necesita creer en eso.



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