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Pulpos

Cuantas palabras, cuantas nomenclaturas para un mismo desconcierto.
Julio Cortázar.

No basta con soñar con pulpos para ser especial, pero así me lo han hecho creer. Y en el fondo de todas las cosas, incluso de aquellas que amaba y ahora he olvidado, desde los aforismos de Lichtemberg hasta la pizza fría a la mañana muy temprano con mate amargo y bien caliente, sin olvidarnos de una cascabeleante sonata de Scarlatti que durante dos años se había apoderado de mi voluntad como el famoso sonido que enloquecía a Schumann, por debajo de todo esto, digo, y creciendo con algo de animal lovecraftiano, con algo de arena movediza oculta pero astuta y certera, inmóvil, engañosa, reptante, centrífuga, copernicana también, digo, debajo de todo esto que ahora se me ha olvidado, o se ha vaciado de contenido, subyace el angiosarcoma, de angioma y sarcoma, siendo sarcoma, del latín sarcoma, aumento de carne y angioma, del griego aggeîon, pronunciese angeion, vaso y el sufijo oma que indica tumor, pero ya no recuerdo porque el sufijo se llama así y los pulpos difícilmente usen sufijos para comunicarse, para qué. De que les serviría saber que dícese del afijo que va pospuesto y esto es lo que no soporto, esta galería de palabras y definiciones que requieren, para conocerlas, de otras palabras, afijo, por ejemplo, del latin affixus, partícula que de acuerdo a su ubicación puede ser prefijo, infijo o sufijo y ya tenemos la tripartita y teológica definición teratológica y paulina del engendro que nos remite, pulpos mediante, a otra posibilidad que es el pronombre, del latin pronomen, que puede ser personal, demostrativo, posesivo, relativo e indeterminado, y esto es así porque indeterminados son los pulpos, inmunes a toda clasificación ternaria, cuaternaria, teosófica, aristotélica o co}o se llame porque, en definitiva son nada más que pulpos, orgul|osos de su condición, sin saber y ni ganas de enterarse que entre su pulpiedad, pulposidad, o como sea y el angiosarcoma hay una causa inmanente, especie de motor inmóvil de Leibniz, aunque ya no me acuerdo bien si era Leibniz o algún destartalado presocrático, eleático, ático donde se guardan todas las cosas olvidadas, erradas, erratas de nuestro balbuceante divagar, como la sonata de Scarlatti y el gato que se pasea por entre las teclas, blancas o negras, que más da. Y entiéndame, esto es así porque a los pulpos no les importa nada de nada, y es por eso que yo sueño con ellos. Aunque esta afirmación vista desde el punto de vista del sujeto que ustedes han convertido en una chafalonía que adherimos a cualquier ventana como esos ganchitos horribles que se usan para colgar letreritos, gatitos de peluche, chupetincitos y todas esas boberías en diminutivo que es lo que peor que le puede pasar a una persona o asociación de personas y si no vean el folklore que tenemos con sus gatitos, sombreritos, botoncitos, pimpollitos y basta de esta mugre porque el angiosarcoma produjo los pulpos y eso, sí señor, eso tengo que agradecerlo. Porque la vida es otra cosa si uno la ve a través de un pulpo, del latín polypus, molusco cefalópodo, que quiere decir cuerpo alargado u ovoideo con repliegues natatorios en la piel, y además, volviendo a lo primero, octopódido, que quiere decir perteneciente al género octopo, que a su vez quiere decir género de moluscos cefalópodos y octopódidos, que finalmente quiere decir que tiene ocho pies o tentáculos provistos de ventosas, todos aproximadamente iguales. Y ahí está la mentira. Porque puedo asegurar a cualquiera de los que me han examinado y mientras el angiosarcoma no me obligue a fijar mi atención en otra cosa, que no todos los tentáculos, de tentare, tentar, son iguales y, haciendo abstracción de ser finalmente el objeto de su condición de sujeto, yo afirmo ante usted y los que traiga para que lo acompañen, que no son iguales. Y no puede discutirme, ni blandir el angiosarcoma como una especie de Deus ex machina o caballo de Troya delante de mis narices como lo ha venido haciendo con tanto desparpajo, del latín disparpaliare, es decir destrozar, digo, que no puede hacerlo porque quien sueña con pulpos, finalmente, soy yo. Y los sueño como yo quiero, angiosarcoma mediante, y si deseo que dejen de ser cefalópodos octopódidos con tentáculos provistos de ventosas todos aproximadamente iguales, no por eso dejarán de ser pulpos ni dejarán de ser producto del angiosarcoma ni de la manía de referir todo a otra cosa que a su vez referirá a otra que a su vez y así. Y si me queda poco tiempo, del latín tempus, duración de las cosas sujetas a mutación, es porque yo, al fin de cuentas soy esa cosa de la definición, sometida a mutación para todos ustedes excepto para los pulpos que mutan, del latín mutatio, acción de mudar, decía, que mutan conmigo y a ellos no les importa. Mutan conmigo a mi mismo ritmo, al ritmo del gato en las teclas blancas y negras de la sonata de Scarlatti, al ritmo cronológico de los análisis y los estudios, al ritmo incesante y secreto del angiosarcoma, al ritmo isócrono y aburrido de referir las cosas entre sí, al ritmo, del latín rhytmus, orden acompasado en la sucesión de las cosas, decía, al ritmo generacional de las mujeres de mi familia, desde la tatarabuela de mi tatarabuela, quien seguramente, angiosarcoma mediante, aunque seguramente con otro nombre, también habrá soñado con pulpos, o con espectros o con lo que se pudiera soñar en esa época, al ritmo de mis propias palabras y búsquedas, esa búsqueda sin fin de la última causa, de ese principio, del latín principium, primer instante del ser o existencia de una cosa que, bien lo sé aunque usted no me lo diga, estará antes que los pulpos, que el angiosarcoma, que mis antepasados, que los tres meses que me quedan, tres meses nada más. Cuantas cosas pueden hacer los pulpos en tres meses. Cuantas cosas antes del mutis, del latín, mutare, mudar de lugar, voz usada en el teatro, acción de retirarse, hacer mutis, callar. Y luego, qué. No más Lichtenberg, no más Scarlatti, no más pizza fría y mate caliente y tantas otras cosas que ya no recuerdo. O sí. Recuerdo los nombres pero vacíos de contenido. Porque cada cosa que se abre se inunda con el angiosarcoma que es donde nadan los pulpos. Y esto usted no lo sabe, con toda su ciencia. Y nadie lo va saber porque en tres meses, día más o día menos, solo quedará en esta sala, en este inmenso edificio, el espectro de esa pobre mujer con tanta porquería incurable en la cabeza, de esa víctima de la genética condición humana de referir las cosas a otras cosas, las cosas que soy yo, mi tatarabuela, la legión de mujeres que a lo largo del tiempo soñaron con pulpos arquetípicos y drenaron porquería de la cabeza, junto con sus sueños, bajando a chorros por las espaldas, por las nucas, desparramándose por sábanas o pajonales o charcas, plagadas de cefalópodos con tentáculos todos aproximadamente iguales, aunque yo diga que no, que no es así, pero que importa, si ya no soy yo, ni siquiera los pulpos o el sarcoma. Si ya no puedo ser porque también me he convertido, aunque aún respire y hable, en una cosa que refiere a otra cosa que refiere a otra cosa y así. Una cosa, dirá usted. Sí, una cosa, del latín causa, todo lo que tiene entidad, esencia o existencia. No lo olvide, doctor, no lo olvide.

 



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