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La partida de naipes

Abandono la larga avenida, ese zarpazo en medio del nudo de oscuros callejones y retorcidos pasadizos, y me interno por una de sus callejas.

Desde la torre vigía de una azotea, como muecines en un minarete, las entrecerradas pupilas de una oronda familia de gatos, observan, condescendientes, cómo me adentro en su territorio, mientras que por los abetunados adoquines, un perro cosido de cicatrices, peregrino y cojitranco, pasea su esqueleto husmeando entre las alcantarillas.

En el otro extremo del callejón, un hombre ciego, con una ceguera de escultura romana, pregona una lotería centenaria y amenaza con una suerte tan ciega como él.

Un olor a salitre y petróleo anticipa la proximidad del puerto y se diluye entre un olor a fritura, a desechos y a desinfectante.

Cada portal lanza sus olores y el zumbido de sus moscas, que un experto sabría distinguir con la claridad con que distinguimos cada uno de esos postes indicadores de las carreteras.

Hacia la mitad de la calle, bajo un fluorescente azul en forma de semicorchea, las letras "El Búho Alegre", y una música de gramola que se hace estridente cuando traspaso la puerta y penetro en un recinto lleno de humo.

Voy abriéndome paso por un mar se serrín, caparazones de gambas y tacones de mujer, hasta una barra repleta de vasos de cerveza con rastros de carmín barato.

Tras el mostrador, un espejo con vaho permanente multiplica el planeta.

Tras pedir un vaso de absenta, me oriento hacia una de sus orillas huyendo de la trifulca que sostienen dos tipos. El más vociferante, es un hombre blanco, con tatuajes en los brazos, que maldice en portugués y en cuya mirada descubro esa chispa de astucia que se percibe entre el marasmo de algunos borrachos. El otro, es un hombre negro, joven y alto como un guerrero masai, tocado con un birrete de colores, y que porta su tesoro de bisutería, quincalla y dioses de lluvia en madera tallada.

Tomo asiento ante una mesa y me dispongo a mirarlo todo como si observara tras el cristal de un acuario, cuando un tipo, con la cabeza baja, se acerca y se sienta frente a mí.

Es un hombre mayor. El tiempo ha sedimentado en su rostro, arrugas, manchas de edad y pequeñas incrustaciones que dan a su cara el aspecto de una nave sumergida, o de un mapa con sus fallas, sus cordilleras, sus ríos secos.... La barba y el pelo blanco destacan sobre el negro de un raído gabán tres tallas mayor, y le dan el aire de un remoto monarca desterrado.

Fija en mí unos ojos acuosos y enfebrecidos.

-"¿Hace una mano, amigo?" -dice, mientras que con un rápido movimiento del brazo, muestra un mazo de naipes, una baraja francesa que extiende hábilmente sobre la mesa, formando la cola de un pavo real.

Acepto el envite y comento en voz baja que hoy es mi día de suerte.

Percibo (y ya nunca sabré porqué) lo que poetas y vagabundos saben desde tiempos inmemoriales: una única cifra determina Suerte y Muerte.

A través de las algas de sus cabellos, miro el espejo de la pared y me contemplo sentado, con las manos apoyadas sobre la mesa. Solo.

Le miro de nuevo para decirle algo profundo, pero no consigo expresar más que la ironía de un reproche:

-"Has hecho trampa. Me has ofrecido iniciar una partida, cuando sólo has venido a cerrarla"

-"¿ Tu crees? " - me responde

Observo el mazo de naipes, y todas las cartulinas me muestran al alienado. No sé porqué pero la perturbada expresión de loco en la cara del joker, me hace lanzar un grito que se extiende por todo el local hasta convertirse en un alarido que se expande fuera, por el callejón. Huye de azotea en azotea y al pasar, sólo merece un único parpadeo de las oblicuas pupilas de cinco gatos callejeros.




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