Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
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Pequeña historia

Pendejo. ¿Qué se creía? ¿Que las balas no le iban a entrar? Pendejo. Ya le había dicho yo que no me hiciera menos. Diría que porque me veo así, así soy. No. ¡Vale que soy pendejo! Le descargué todo el cargador encima. Él se vino sobre mí y yo ya lo estaba esperando con el tiro arriba. Creyó que porque traía el machete en la mano me iba a dar miedo. Ni supo. Cuando sintió, hasta abrió la boca. Se me hace que quiso chillar, pero no pudo. Sólo pujó. Te chingaste cabo ‘e vela. Quién sabe si me oyó. Ni me importa. Lo bueno que la noche era oscura, y en medio del platanal como que se apagaron los trallazos. Yo digo que nadie oyó nada; si no, hubieran hecho alboroto. Pero él fue el de la causa. Pensó que no era hombre y que me iba a espantar.

–Mira, fulano –le dije–, yo no ando con tu mujer. Ni me creas chismoso ni te creas de argüendes. A mí ella no me gusta; pero si me busca le tengo que responder como hombre. No es mi culpa que sea cabrona. Déjame en paz. Si algo tienes, arréglalo con ella y a mí no me estés chingando.

No le gustó. Pero, ya te lo había dicho: no sirvió ni pa’l comienzo. Era pura boca. Luego lo fui a botar al río. Y como había llovido en cantidad, seguro la correntada se lo llevó hasta el mar. De aquí a que lo encuentren va a pasar tiempo. Ahora que todo acabó te voy a enseñar que soy hombre de verdad, no chanderas. Ni modos. Así que apaga la luz y componte, porque ahí te voy.



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