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Bangkok

- ¿Saldremos a cenar?

Hace una semana llegamos a Bangkok.

- ¿Por qué no vamos a un cabaret? -continúa-. Me gustaría ver algo diferente.

Le respondo que estoy muy cansado y que un cabaret tailandés no es diferente de un cabaret de París.

Ella insiste. Desea salir.

La verdad: estoy harto de los mercados flotantes, de niños correteando semidesnudos, los gritos de las mujeres en las barcazas, de las familias numerosas. Estoy harto del río Chao.

Ella mira por la ventana. Observa cada movimiento de la ciudad.

- Cariño, me gustaría cenar en el hotel, tranquilo -digo.

Llueve. Un dato significativo de Bangkok, que todas las guías de turismo omiten, son sus calles siempre húmedas. La ciudad mojada, de las intrincadas callejuelas, sería la mejor definición para Bangkok.

- Puedes ver la televisión. -Lo digo con mala intención; sé que antes de ponerla intentaría cortarse las venas con el cuchillo de la mantequilla-. Tal vez pongan alguno de esos documentales sobre la perversión que tanto te gustan -insinúo.

- Eres el de siempre. No puedes cambiar. No es culpa tuya.

- ¿Y de quién es? -pregunto con curiosidad.

Silencio. Me echo en la cama. A tientas enciendo un cigarrillo.

- Cariño (vocalizo cada sílaba), tengo los riñones jodidos de viajar en Tuktuk. No sé dónde quieres ir; como no vayamos al barrio 54...

Se vuelve y me mira como si hubiese descubierto un gran secreto. No se equivoca.

- ¿El barrio 54? -pregunta con sorna.

Da un par de pasos y se atusa el pelo frente al espejo. Abre uno de los cajones y coge algo. La habitación está a oscuras. Se sienta en la cama, a mi lado; humedece el pulgar y pasa las páginas.

- ¿54?

Asiento. El ronroneo del aire acondicionado nos envuelve. Tira de la falda con fuerza, hasta cubrirle las rodillas, y me indaga con sus ojos negros.

- Estás deseando contármelo ¿verdad?

Acierta. Algunas veces me gusta darle una lección.

- Bien, voy a preguntártelo, ¿qué es el barrio 54?

- Ignoro si lo continuarán llamando así. Es el barrio bajo de Bangkok. Antes lo llamaban el 54, por la línea de autobús.

Doy una fuerte calada al cigarrillo. El humo se desvanece en el techo. Me hace un mohín con la nariz y sonríe.

- ¿Cómo lo sabes? La guía no dice nada de todo eso.

- Es una guía para imbéciles. Te dicen que pasees en Tuktuk por el mercado, que vayas aquí o allá y que visites el casino. Como si la gente de Bangkok no tuviese otra cosa que hacer que pasear en ese trasto y jugarse el dinero en el casino.

- No has contestado a la pregunta.

- Cariño, hace años yo estuve en Bangkok.

Me clava los ojos. No me cree o no quiere creerme. Le digo que todo ocurrió antes de conocerla.

- Nunca me lo dijiste.

- No venía a cuento. Tampoco me lo preguntaste.

- No te creo. Tú nunca has estado aquí. Ni siquiera debe existir el cincuenta y tantos.

- Cincuenta y cuatro, cariño. Cincuenta y cuatro.

- Lo que sea -grita. No me lo creo.

La habitación se impregna de un silencio tenso.

- Llévame -dice de forma tajante.

No discuto. Apago el cigarrillo y me abrocho la camisa.

Salimos del hotel: la calle ancha y sin acera está repleta de gente que anda rápido, como si tuviese prisa por llegar a algún sitio.

Las luces de neón -rojas, verdes, azules, amarillas- relampaguean en la oscuridad. Giramos en la tercera esquina; continuamos andando por una calle más estrecha, menos iluminada y más húmeda. Hay restaurantes en los que el personal sale a la caza de posibles clientes.

Llegamos a una pequeña plaza dónde el goteo constante de la fuente rompe el silencio. Cuatro, cinco o seis personas se agrupaban ante la puerta de una tintorería, bajo un letrero, escrito con pintura roja, en el que se puede leer: BUS-STOP.

Lo escuchamos llegar: las ruedas chirrían bajo la presión de los frenos y el motor está a punto de ahogarse. La luz de los faros -uno blanco y otro amarillo- nos deslumbran.

El autobús es pequeño, parecido a una furgoneta, y viejo. El conductor acelera en punto muerto como aviso de su inminente marcha. Subimos: está casi vacío. Dos mujeres pintarrajeadas, de media edad y un cuerpo abonado por la celulitis, charlan animadamente. En el fondo, un viejo con barba de varios días y de ropa desaliñada, duerme profundamente. Nos sentamos unos lejos de los otros. Al cabo de unos segundos el vehículo resopla y se cierran las puertas. Rueda unos metros -en primera y a todo gas- con el motor quejumbroso, hasta el final de la calle. Después emprendemos la avenida y nos internamos en el corazón de la ciudad. Apenas hace paradas.

A medida que nos acercamos al barrio 54, el aire es denso y quieto. Ella mira por la ventanilla y cuando desaparecen las luces de neón, las risas, la música y todo queda envuelto por una bruma oscura, me coge de la mano.

Finaliza el trayecto. El autobús abre las puertas; las últimas en descender son las dos mujeres que no han cesado de hablar. El conductor se queda solo, zarandeando a un muerto, con la intención de despertarle.

-¿Y ahora? -dice, mirándome con verdadero interés.

Muevo la cabeza indicándole el camino y empiezo a andar. Escucho el eco de sus pasos detrás de mí; muy cerca.

El aire es caliente y pegajoso. Huele a perfume de rosas, muy concentrado. De la noche surgen las luces desgastadas de los sex-shops, espectáculos de striptease y cabarets y clubes de tercera.

Damos un breve paseo; ella me señala los escaparates de los burdeles donde se muestran las prostitutas y curiosea la ropa interior que exhiben. Mira animadamente a su alrededor, con la voracidad de quién descubre un secreto.

- Cariño, cuando terminemos el paseo ¿te importaría que volviéramos al hotel? Me duele la espalda -protesto.

A ella le fastidia que la llamen cariño.

- ¡Por el amor de Dios! ¡Quieres callarte de una puñetera vez?

Le digo que si vuelve a chillar me largo sólo y la dejo tirada.

La gente nos mira. Somos la típica pareja que decide dar un largo viaje para salvar el matrimonio. O eso o tener otro crío.

Nos detenemos ante un letrero grande, de luces azules y rojas con la palabra PEEP SHOW. Debajo y remarcado por una luz verde intermitente se lee: sexo en vivo.

Sonreímos; creo que es la primera vez en toda la tarde. Entramos.

El local no es ningún cuchitril. Está bien iluminado y tiene aire acondicionado. En el bar el camarero remueve con habilidad la coctelera. Hay tres tipos blancos, gordos, con el culo aplastado en los taburetes; se ríen sonoramente.

En el lado izquierdo la luz se difumina mezclándose con el sudor y el humo.

Ella señala una fotografía enmarcada en la pared: un hombre desnudo, con el pene erecto, mira atentamente a una mujer desprendiéndose del vestido; tiene los pechos aniñados y unas manos sensuales.

- Me gusta -dice. Tiene un algo que me encanta.

Creo que lo único que le agrada es la postura de la mujer; el sentirse vista y deseada.

De la mano la llevo detrás de unos biombos, muy cerca del espectáculo (es una especie de cama redonda dónde el espectador accede desde una ventana que se mantiene abierta introduciendo monedas) donde se cambia de ropa. Cuelga la falda plisada y se viste con un traje rojo brillante, muy escotado y con un largo corte en el lateral que deja entrever el muslo.

Se acerca y me besa. Noto las palpitaciones de su corazón; el nerviosismo de cualquier estreno.

Por uno de los altavoces suena la música que nos presenta al publico, oculto detrás de los cristales ahumados; la función va a empezar.



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