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Julia

Julia vivía sola desde la muerte de su marido -un tipo dedicado a los negocios y arruinado por el juego- en la zona alta de la ciudad; recogida en su mecedora, a oscuras, bajo la atenta mirada de un busto africano. Debía de pasarse horas así, no podría recordarla de otra forma.

Sentado ante ella -tenía los ojos hundidos en los párpados- dejaba que me contase, una y otra vez, historias de juventud; dudo que muchas fueran ciertas, pero a ninguno de los dos nos importaba.

Dos días después de mi viaje a las montañas, fui a visitarla. Como de costumbre, me agasajó con café y pastas; al lado del platillo dejó unas cerillas muy largas. Era uno de los pocos privilegiados a quien permitía fumar en aquella casa.

Me fusiló a preguntas: el tiempo, el paisaje, si había esto o aquello, el pequeño hotel del valle.

-Estuve en el camping -respondo.

Me habló del hotel: construido en 1949 por una familia adinerada de Italia y, reconstruido en 1962, por una empresa hotelera suiza, era el lugar favorito de veraneo de Issaías, difunto marido de Julia.

-Nos pasábamos horas en el mirador -suspira-. El dueño -Julia me dice que no recuerda su nombre- nos reservaba siempre la misma habitación, los mismos días del año.

No puedo decirle que, de nuevo, el hotel ha sido abandonado y, de no ser así, sería un hostal decorado con arquetipos meramente suizos. Sería demasiado cruel con sus recuerdos.

Le digo que todo continúa igual; el valle, el mirador, el hotel y, por casualidad, conocí a una huésped. Se llama Alicia y estaba en la habitación 104.

-¡En la 104? -repite-. Se queda en silencio y hunde un poco más los ojos, como cuando uno retiene las lágrimas-. Era nuestra habitación.

Saca un pañuelo, de puntillas, y empieza a retorcerlo entre los dedos.

-Era un hermoso cuarto -continúa Julia-. Desde las ventanas veíamos el pueblo hundido en el valle, los picos nevados, el barranco que partía la loma... todo me parecía perfecto.

Su respiración se vuelve arrítmica; expulsa el aire y dice: cuéntame, no me hagas caso. Cuéntame.

Le digo que Alicia me recuerda a mi primera mujer; tiene el mismo pelo castaño -cortado a media melena- los ojos grandes y claros y un cuerpo apetitoso.

Julia esboza una picara sonrisa pero continúa en silencio. Eso me gusta de ella: no llena los vacíos hablando sobre jilipolleces.

-Alicia y yo hicimos una excursión a los picos.

Dejé la frase suspendida en el aire.

-Nosotros no hacíamos excursiones. Issaías tosía y tosía; nunca vimos la cumbre -dice.

Las sombras empiezan a cubrir la habitación. Yo deseo contarlo; ella hace tiempo que lo intenta.

-Tosía; tosía mucho -murmura.

Las palabras golpean la pared. Vacío la pipa en el cenicero.

-Aquel mismo día la besé -lo digo sin preámbulos, deseando que mi frase le siente como un mazazo.

-Issaías se detenía en el descansillo de piedra y encendía un cigarrillo. Miraba con fuerza la línea del horizonte; el cielo era como un gran cinturón azul que, día a día, se estrechaba -responde ignorándome.

Julia me atiende cuando le digo que en ese descansillo besé a Alicia.

-Me abrazó, dijo que me amaba, que ahora ya nada sería igual -continúo.

Compartimos una sensación: nuestras historias se entrecruzan intentando llegar al final.

-Fue aquel día. -El timbre de su voz me llega desde la noche-. Bajamos de la loma hasta un viejo pino y continuamos por el sendero de la derecha.

Sus palabras son pausadas y limpias; extraídas del recuerdo con sacacorchos.

-Era la última hora de la tarde -continúa-, franqueamos la puerta giratoria y decidimos tomar una copa antes de la cena.

Julia se ha olvidado por completo de mí.

-Yo tomé una copa de jerez; él un whisky de Malta. -La dejé hablar, aunque sabía que, la conversación, había terminado-. Siempre bebía whisky de Malta, recuerdo que decía: los destilados son un asco.

Mientras ella continuaba hablando en susurros, yo me preguntaba cuándo íbamos a llegar al final; necesitábamos terminar nuestra historia.

-Después subió a la habitación a cambiarse de ropa para cenar; ni siquiera lo vi morir. -Suspira ruidosamente aspirando el aire por la nariz-. Estaba muy enfermo del corazón, se acercaba el final.

Está decidida a salirse por la tangente; siempre hace igual. Ahora calla; espera que le cuente algo sobre Alicia.

-No la volveré a ver -digo.

Pienso que he caído en su trampa. Siempre he deseado que fuese ella quien terminara la historia; que confesase de una vez por todas: instantes después de ajustarse la corbata, se pegó un tiro. Ambos sabemos la verdad: la cabeza destrozada de Issaías.

-No la volveré a ver -repito.

El silencio esta cargado de furia; de un momento a otro escucharé su voz desde el balanceo de la mecedora.

-Es tarde -dice. Sus palabras son cómo un fogonazo-. Es demasiado tarde y mañana tengo que madrugar -agrega.

No me levanto. Ella sabe mi historia, pero necesito contarla en voz alta para que se haga creíble. Contar mi beso con Alicia y cómo ella luchó por deshacerse de mis brazos; se puso furiosa y me arañó la mejilla. Corrió por el sendero hacia el pino viejo. Chillaba y chillaba. La seguí; quería calmarla. Gritó de nuevo. Estaba atemorizado. Una vez en el árbol, tomó el camino de la izquierda. La llamé y, desgañitándome, le dije que se había equivocado, aquel sendero la llevaría directa al barranco. Debí gritar más fuerte pero no lo hice. Cogí una piedra y continué corriendo.

 



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