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Tintes de tristeza y

Parte-1: La Inminente tristeza:

Fue a raíz de que se preguntara a sí mismo el por qué de su habitual circunspección que, tras reflexionar, Louis supo que había resuelto y sin proponérselo una de sus más grandes y clásicas dudas. En verdad que Louis había descubierto que la tristeza era su estado natural. La tristeza era su episodio más repetido e inmediato y sin embargo él mismo se esforzaba en reprimirla cada día, a cada momento, aparentando por todos los medios mostrar una imagen más acorde a lo establecido, que ocultara su natural desconsuelo. Existía una clara contradicción en aquello, Louis era perfectamente consciente y sin duda era debido a lo incuestionable de dicha clarividencia el que Louis mostrara un semblante tan serio aquella tarde. Y... ¿quizá por eso estaba siempre Louis tan serio? A lo mejor era que Louis hacía el mismo descubrimiento cada tarde de cada día: Louis descubría entonces que era una persona triste y además lo reprimía... pero extrañamente y ya con la clave que resolvería su circunspecta actitud, entregarse a su tristeza, Louis debía olvidarlo por completo tan sólo un instante después de haberlo reconocido. Y... ¿era por eso mismo que siempre había sido tan serio Louis? Aunque lo cierto es que dicha hipótesis resultaba poco probable.

Con aquel conocimiento en su poder, lo primero que se le pasó por la cabeza fue la necesidad de sentirse liberado de su habitual tristeza. Louis quiso entonces cerrar los ojos para reabrirlos de nuevo convertido en alguien diferente. Louis deseó con todas sus fuerzas olvidarse de Louis para así despertar renacido y perdonado bajo la piel de otro hombre, como si acaso la vida le sonriera y le brindara una segunda y mágica oportunidad con la que borrar todo aquello que nunca hubiese merecido la pena ser vivido. La tristeza le sería siempre tan fiel como el mismo roto al descosido, pero la tristeza terminaba marcando a las personas y Louis necesitaba creer que algún día él también sería feliz. Por eso cerró sus ojos para abrirlos de nuevo.

Los abrió. Aquella persona en quien imaginó estaba convirtiéndose afloraba segundo a segundo, transformándose más allá del inicial pensamiento en manifiesto sentimiento. Louis comenzó a recrearse imaginando... y en verdad que se trataba de alguien lo suficientemente diferente de sí mismo como para suscitarle un panorama novedoso e interesadamente estimulante. Aquella otra persona ya respondía a otro nombre y poseía otro rostro y otro cuerpo diferentes. Sí, eso era. Era maravilloso poder renacer y corregir de ipso facto su lóbrega y atormentada alma desprendiéndose una a una de las viejas postillas en su herida; divertido despistar de inmediato y sin esfuerzo a sus espectros, que lo habían acosado y perseguido desde siempre. Sin embargo y por un momento, Louis se sintió tan sólo que no pudo evitar preguntarse cómo sería la vida sin la tristeza. ¿Cómo sería la vida sin conocer la tristeza?, pensó ligeramente temeroso.

Las pupilas de Louis giraron sobre sí mismas abriéndose hasta el mismo punto en el que la transformación deseada tomaba la forma precisa. Louis se vio a sí mismo por fuera y por dentro, con el rostro y el cuerpo de la persona que primero se le ocurrió, Dave, un amigo próximo y bastante más alegre que él mismo, con el que aquella misma tarde había tomado café. Louis cerró sus ojos y lentamente visualizó el gesto de Dave, tras lo cual creyó haber profanado lo más recóndito de los secretos pensamientos de su amigo. Louis creyó poseer la misma expresión de Dave. Sintió cada músculo activado en su lugar; interiorizó idéntica sonrisa y los mismos ojos de Dave bajo aquellas anchas y pobladas cejas negras. También sintió Louis que caminaba más erguido, ataviado con aquellos tejanos tan desgastados, e incluso su pelo hallábase brillantemente engominado y con el aspecto ciertamente informal de un joven idealista y rebelde como Dave. Así se sintió Louis y de ninguna manera deseó abrir la boca por temor a estropearlo... Así fue hasta que sin un motivo aparente, la tristeza -su estado natural- resopló de un modo tan sutil que no se la pudo escuchar aproximarse hasta rodearlo para de nuevo poseerlo y acariciarlo y acunarlo como acuna la madre a su recién nacido. Sorprendido, supo que la había estado reprimiendo una vez más, a ella.

Louis pensó sobre lo ocurrido y al rato creyó haber extraído varias conclusiones: entonces, si Louis tenía el cuerpo y el rostro de Dave, la mente de Louis continuaba intacta y Louis seguía siendo el mismo Louis. Durante su transformación, Louis había mirado a los objetos de un modo diferente a como siempre los había mirado. Había adivinado en las formas y en los coloridos aspectos y sensaciones novedosas y hasta había creído sentir como propias las mismísimas entrañas de su amigo Dave. Sin embargo, la tristeza continuaba siendo su inmediato sentimiento, la tristeza seguía siendo él mismo porque Louis tan sólo había sido, o había creído ser, el cuerpo y el rostro de Dave. Su cerebro era el mismo cerebro de siempre, el cerebro de Louis; éste seguía allí, en su lugar, debajo del hueso de su cráneo.

 

Parte-2: El kit de 5.000 pts. Una mosca y poemas.

Louis era un mediocre poeta de mediana producción, poco conocido, que andaba dando tumbos por el mundillo literario de los poetas, mundillo con el que alguna vez había soñado despierto y creyéndose protagonista de alguna de sus páginas. Pero Louis no vivía del arte de la poesía. Sobrevivía gracias al trabajo como operario en una cadena de producción de una potente multinacional en la que nadie conocía su afición por la escritura. Lo cierto es que Louis había trabajado aquel día en el turno de mañana y después de comer se citó con Dave en vista de que no era aquel un buen día para darle a los poemas. Louis había salido a tomar un café con su amigo y compañero de trabajo, tras lo cual y a eso de las cinco y media cogió el coche y se dirigió conduciendo hacia unos grandes almacenes que había a las afueras de la ciudad. Cogió un carro de los del aparcamiento y sin saber muy bien por qué, quizá tan sólo porque le sobraba algo de tiempo libre que no sabía cómo gastar, se metió para adentro del hipermercado con su carro y tras sumarse a la cola de la entrada, miró a las gentes y decidió imitarles:

Había que pasear, pasear uno a uno por los pasillos del hipermercado mirando los productos sobre las estanterías. Nada parecía destacar del resto y únicamente a los veinte minutos sus pupilas mostraron una cierta emoción cuando Louis pareció encontrar algo que atrajo su atención: mesas, mesas de kit debidamente embaladas y amontonadas cuidadosamente en uno de los pasillos de la sección de bricolaje. Mesas baratas que las madres compran para albergar el ordenador de su chaval, mesas donde uno puede sentarse a leer el periódico o escribir una carta a alguien con quien nunca se fue sincero y uno desea recordar, y eso de escribir sobre una mesa le pareció una buena idea y es por eso que permanecía allí de pie, mirando con cierto interés aquellas mesas, quizá con idea de llevarse una. Resultado: Louis se compró aquella tarde una mesa de kit por 5.000 pts. No se lo pensó dos veces. La cargó como mejor pudo en el carro, pagó en la caja y la tumbó en el maletero de su coche, tras lo cual arrancó y condujo varias decenas de kilómetros por entre los pueblos alrededor de la ciudad y sin saber muy bien por qué, como cuando había entrado en el hipermercado.

Una vez en casa encendió un cigarrillo y se acordó de la mesa. Bajó hasta el coche y cargando con ella la subió en el ascensor. Buscó el metro y tras un par de rápidos vaticinios comprobó las dimensiones en derredor y le buscó un rinconcito en su despacho, a un lado de la columna y de cara a la pared. Montó la mesa con los tornillos y las herramientas que el mismo conjunto de kit incorporaba, recogió los plásticos y los cartones de embalaje, barrió el suelo y suspiró entonces cuando supo que aquella mesa quedaba que ni pintada en su rincón. Aquel rincón había estado reclamando durante años una mesa como aquélla y Louis no se había dado ni cuenta. La mayoría de las desgracias humanas eran lo mismo.

Louis permaneció un instante de pie, observando satisfecho el mueble. Ya eran con aquélla dos mesas las que había en su despacho, pero ésta era algo especial; era una mesa de kit, una mesa de kit por 5.000 pts. Lo cierto es que Louis se hubiese sentido realmente cómodo en aquel momento escribiendo un poema. Louis quería escribir cualquier cosa para así estrenarla pero sabía que no eran el día ni el momento apropiados. Era lo mismo que les ocurre a quienes están deseando que lleguen las vacaciones para hacer algo que ansían con fervor, algo que tienen en mente y no pueden realizar porque su trabajo les ocupa demasiado tiempo o la rutina les aplasta... y llegan las esperadas vacaciones y enferman y se deprimen y se vienen abajo o simplemente nunca empiezan por el principio. Pues eso, que allí estaba Louis, con unas horas de tiempo libre, tiempo para los poemas y privado de la inspiración, deseando escribir lo primero que se le ocurriese e incapaz de arrancar.

A lo mejor me vendría bien un whisky, pensó Louis. Sí, el whisky y la luz del flexo creaban ambiente. El whisky, los hielos con su ruidito, la luz.

Louis continuaba allí de pie, observando la mesa, impecable, cuando se preguntó cuántas mesas se podrían haber comprado con todo el dinero que a lo largo de su vida se había gastado en los whiskies. No supo a ciencia cierta a qué venía ahora lo del whisky. ¿Por qué bebía Louis? ¿Por qué la gente trabajaba tanto y el mundo evolucionaba siempre de una misma manera? Se le aparecieron a Louis todas aquellas mesas de kit de 5.000 pts. en el aparcamiento frente a su ventana cuando corrió la cortina en busca de algo que ni él mismo sabía qué era. Entonces, Louis pensó que lo mejor que podría hacer con todas aquellas mesas sería regalarlas. Todos los habitantes de aquella barriada y de otras muchas, todo el mundo tendría una mesa sobre la que escribir su poema. Todo el mundo debería escribir un poema.

Un pitido procedente de su reloj digital anunció el comienzo y el final de un mismo instante. Bip, Bip... Louis pensó entonces que siempre había cosas despabilando los sueños. Todas aquellas mesas de la calle desaparecieron y en su lugar sólo quedaron los coches del vecindario. Coches rojos y coches verdes y coches metalizados y con cuatros ruedas y coches grandes y con dos puertas y coches pequeños y con cuatro puertas. La gente bebía whisky de vez en cuando, la gente pagaba un coche de vez en cuando, la gente no podía escribir de vez en cuando. Otras veces la gente no sabía qué hacer.

Louis corrió de nuevo la cortina. Se rascó la cabeza y dirigió su mirada hacia el tocadiscos, sobre el que descansaban un paquete de Lucky y un encendedor azul sobre el mismo. Contó los cigarrillos del paquete y extrajo uno. Lo encendió y acercando una silla se sentó frente a su mesa nueva. ¡Cuántas cosas se podían hacer sobre una mesa nueva de kit por 5.000 pts! Una mosca gorda se posó sobre el flexo de la luz. Se miraron. Louis tenía poco que ofrecer con su aspecto tan serio de costumbre. La tristeza daba mucho de sí pero la mosca era inquieta y no le dio una oportunidad a Louis. Despegó del flexo haciendo ruido. Louis la contempló irse. No estaba mal eso de volar pero Louis sabía que él jamás podría hacerlo. Louis fumaba un cigarrillo frente a su mesa nueva de kit de 5.000 pts. Brillante, con olorcito a madera nueva. La luz del flexo hacía guiños cada cierto tiempo y el humo del cigarrillo parecía azulado. Afuera la gente caminaba en busca de cosas.

Una tristeza arraigada lo acarició entonces con suma delicadeza. Se dejó querer. Lo cierto era que Louis entendía muy pocas cosas de las que ocurrían a su alrededor. No entendía ni siquiera por qué la gente aplaudía en los intermedios previos a la publicidad de los programas en la televisión. Tampoco entendía por qué los presentadores decían tantas tonterías y gesticulaban al borde de lo energúmeno. Ni siquiera entendía muy bien por qué se había comprado aquella mesa de kit por 5.000 pts. que tenía enfrente y le había ocupado toda la tarde. Todo eran dudas, pero la más inquietante de todas era que lo único que había llegado a entender Louis en las últimas 24 horas había sido, el que la chica que le vendió la mesa en el hipermercado le atendiera con tanta naturalidad. Él andaba con su carro vacío por allí, buscando quizá algo para llenar su carro como el resto de la gente llenaban el suyo. Con el carro vacío, de pie, Louis, observando aquellas mesas hasta que ella se acercó y sin mediar palabra le desembaló una mesa, le mostró cada una de sus piezas y el cajoncito que incorporaba, y la muchacha se movía con gracia y sus manos eran bonitas y se pilló un dedo que luego se chupaba ligeramente refunfuñando. "Si no te gusta, guardas el ticket y te devolvemos el dinero", le había dicho la muchacha. ¡Era tan esperanzador encontrar algo humano entre tanta gente! Todo el mundo debería casarse con las dependientas de los hipermercados, todo el mundo debería casarse con las señoras de la limpieza. Los presidentes deberían haber sido señoras de la limpieza, dependientas de hipermercado. Sí, el mundo entero lo agradecería.

La mesa era simple. Simple pero agradable y eficaz. Se podía escribir sobre ella. Louis tomó un boligrafo y un folio de los que previamente había introducido en el cajoncito y escribió un poema de un tirón. "Solo", era su título.

Solo

Toda es mi habitación. La he arreglado para mí.
Papel pintado agradable, azul serio...
Poseo tres guitarra. Azul jazz, rojo jazz, negro jazz. JAZZ.

Tengo un par de cuadros algo tristes colgados por ahí.
En uno de ellos hay un guardia borroso al fondo,
y una pareja se abraza en la estación.
Todas mis cosas están aquí. Hay bolígrafos, discos y cables.
Ésa es mi habitación. Ése soy yo.
Nadie puede verla ahora.

Louis supo que aquel poema era uno de los más estúpidos que había escrito jamás, pero la poesía ya era estúpida de por sí y el poeta se convertía en un patético diosecillo al escribirla, porque nada había más absurdo que el hecho de intentar convencer con poesía. Entonces, ¿acaso la misma vida era un absurdo?... La mosca se volvió a posar sobre el flexo. Era horrible. Tenía trozos azules. De nuevo se miraron. Cara a cara. Ella voló. Louis decidió darle otra oportunidad. Todo el mundo la merecía. Miró de nuevo su poema, se levantó de la silla y entreabrió la ventana de la habitación. El aparcamiento seguía inundado de coches. Había algunas luces encendidas en el bloque de enfrente. Alguna vecina estaría allá en su cocina, preparando la cena quizá cubierta por una ligera bata, con unos pechos enormes de agradable olor a gel envueltos en un bonito sujetador tal vez blanco liso. Louis olió con los ojos cerrados todos los pechos y todos los geles y los suavizantes de los sujetadores de sus vecinas. Olían bien. Dejó la ventana y se sentó de nuevo frente a su mesa, su mesa de kit de 5.000 pts. que no sabía muy bien por qué había comprado aquella tarde.

Louis jugueteó con el bolígrafo. Era anaranjado y transparente, de propaganda. El bolígrafo le pareció odioso porque Louis todavía no había conseguido escribir directamente con el ordenador. Le ponía nervioso mirar las teclas con las sombras de su cabeza y sus manos proyectándose sobre el teclado mientras él escribía con apenas dos dedos y sin poder mirar a la pantalla. Era bastante más inspirador escribir en papel y pasarlo luego al procesador de textos. Louis dejó el bolígrafo sobre la mesa y se acercó de nuevo hacia su paquete de cigarrillos. Lo abrió. Quedaban tres. Extrajo uno y ya sólo quedaban dos. Mañana dejaré de fumar, pensó. Cogió el periódico y se sentó de nuevo frente a su mesa de kit de 5.000 pts. Todo el mundo debería tener una mesa así, pensó. Abrió el periódico y pasó una tras otra sus páginas sin demasiado interés. "ADIÓS AL GORILA ARTISTA", figuraba de cabecera en la última página del diario. Michael, el gorila artista, había fallecido en la flor de la vida, a los veintisiete años, de un fallo cardíaco.

Michael, que se comunicaba con los humanos mediante el lenguaje de los sordomudos, que entendía palabras en inglés y prestaba atención ante interpretaciones musicales y obras de arte, Michael, el primate que pintaba cuadros había muerto ayer.

Louis detuvo su atención sobre aquella fotografía de Michael pintando una acuarela. El gorila le transmitió una cierta tristeza; su misma tristeza arraigada fluía con la lentitud de un pedo sin ruido a través de la última de las páginas de aquel diario con la foto del gorila pintor. La tristeza se encontraba presente en cada uno de los pliegues que componían las carnes arrugadas y deformes de aquel animal. Louis sintió compasión de la bestia al advertir la forma de su cráneo. Era ridículo. Deforme. Como un balón de rugby. Ante tan amorfa imagen pensó Louis que si todo el mundo pintara cuadros, que si todo el mundo prestara atención ante las interpretaciones musicales y las obras de arte, quizá si todo el mundo tuviese una mesa de kit de 5.000 pts. como aquélla sobre la que leer la página del gorila pintor o quizá escribir un poema... entonces, a lo mejor Louis no sería una persona tan seria y la gente dejaría de aplaudir en los intermedios de los programas y los presentadores no serían tan idiotas.

Louis dobló el periódico y lo arrojó sobre una silla que había a su izquierda. Eran las nueve y había que cenar. La horrible mosca con trozos azules había aprovechado a tiempo su segunda oportunidad. Louis cerró la ventana y apagó la luz.

Era una buena mesa aquella mesa. Sin duda alguna que prometía.



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