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Los viejos, Las Meninas

Como muchos domingos de su libre calendario, la pareja de viejos descendió lentamente del tren en la estación de Atocha, ella con su cartera colgada al antebrazo y del otro bien tomada a su esposo, él con un pequeño bolso donde portaba algunos libros, enseres y alimentos. Las numerosas iglesias del sector hacían sonar sus campanas anunciando la eterna misa de doce.

-Esta estación ya no es como antes, mira que plagar de palmeras y plantas tropicales, más parece un invernadero que una estación de trenes, además nadie pensó en nosotros los viejos, está abarrotada de escaleras- Dijo Purificación en su habitual tono de reclamo.

-Usemos las escaleras mecánicas- Replicó Higinio, tratando de aliviar la situación.

Los viejos se dirigieron a una centenaria iglesia cercana a la estación, ese alto espiritual, también los reanimaba para continuar su caminata por la Avenida del Paseo del Prado en dirección al museo. El recorrido lo hacían lentamente de acuerdo a la respuesta de sus cansados años, a la sombra densa de los castaños que ornamentan la avenida y de paso contrarrestaban el ataque perpendicular de los rayos solares. Sus pasos eran pausados, había tiempo, solo debían entrar a las tres de la tarde, hora que marca el inicio del pago liberado al museo.

Ese domingo, como muchos otros, su almuerzo consistió en algunos panecillos de anís, magdalenas, jugos y fruta, que se servían en el descanso de las escaleras de acceso, las dos columnas que flanquean la entrada principal y los porteros eran espectadores de esta repetida escena de los viejos al inicio de la larga fila de visitantes.

-Deseo explicarte algunos temas que he leído durante la semana, sobre el cuadro "Las Meninas". Pero esta vez debo estar frente a él para que lo percibas bien- dijo Higinio.

-Pero tu le dedicas mucho tiempo a Velázquez y prefiero ver más variedad de pintores y épocas. Este domingo deseo dedicarme a ver obras de Goya... bien, que sea breve... si no me aburrirás nuevamente con eso de las perspectivas. -contestó Purificación.

Se inicia el horario de visitas de pago liberado, y ambos se dirigen directamente a la planta principal y estando en ella encaminan los pasos hacia la sala número doce, la más amplia sala en el corazón del museo El Prado dedicada a Velázquez y su principal y más conocida obra, "Las Meninas".

Al igual que otros domingos el matrimonio de viejos se sentó frente a la famosa pintura, quedando algo disminuidos ante el tamaño del cuadro de 3,18 por 2,76 metros. Ambos abren él catalogo oficial del museo e inician la observación, consultando algunos datos en el libro.

-Coloca atención Purificación, este cuadro tiene ya más de trescientos cuarenta años y es la obra pictórica por excelencia, lo pintó Diego de Velázquez a la edad de cincuenta y siete años y ha creado el primer cuadro interactivo, donde nosotros somos los modelos del pintor, y a la vez somos los observadores de su cuadro -señalándoselo con sus brazos extendidos- en que casi la mitad de sus nueve personajes nos miran frontalmente con mucha atención, y a la vez somos observadores del cuadro que se encuentra pintando a los reyes de España en ese momento, el que vemos a través de ese espejo que está fijado en aquella pared en el fondo de su taller.

-Pensé que era otro cuadro dentro del cuadro. Dijo Purificación.

-No, observa bien y aprecia que es el único que tiene luz propia, que es la luz que reciben los monarcas al estar en esta posición que ocupamos nosotros.

-Pero explica mejor esto Higinio, que puedo ver el cuadro que está en su bastidor, yo veo el espejo en forma frontal y creo que ahí se reflejan los reyes que estaban en nuestra posición.

-Mira atentamente... si uno divide la tela en dos partes, el punto centro lo ocupa la infanta Margarita, igual como ocupa la guinda el lugar principal en una torta, sin embargo, al mirar el conjunto de la representación, se demuestra que el punto centro es otro y coincide con la convergencia de todas las líneas rectas de puertas, ventanas, cielo y piso del taller, justo debajo del codo del Aposentador de la reina, Don José Nieto, que es aquel personaje que se muestra de lado frente a la puerta de salida del taller y parado sobre el segundo y tercer peldaño de la escalinata, y tal vez se encuentra afirmando un cortinaje para dejar pasar mayor luz desde esa zona al taller. Luz que, si té fijas bien, es la única que llega "contra natura" a la habitación, prolongando un pequeño haz como un hilo de oro en el piso y se pierde detrás del pintor. - Expuso Higinio, sintiéndose como un aprendiz de guía de turismo.

-¿Qué significa eso... que el rey disponía de un foco? ¡Joder!.

-No Purificación, fíjate bien, toda la iluminación de la sala proviene de los ventanales y puerta del lado derecho y converge en diagonal hacia el lado izquierdo y fondo de la sala. Ahora la única luz que hace un recorrido diferente, por lo tanto logrado artificialmente, es desde la puerta donde está parado el Aposentador, que nace en el fondo de la sala y converge en diagonal con poco ángulo hacia el lado izquierdo de la sala.

-Si, ahora lo aprecio y el pequeño haz luminoso le da mayor continuidad y profundidad al piso de la sala.

-Bien Purificación, bien tu observación -le dice Higinio cogiéndola de un brazo-. Te invito ahora a tomar posición frente al cuadro desde el punto de vista del espectador y punto de vista del cuadro con su perspectiva correcta.

Pero ya Purificación mostraba su malestar en el rostro, por el exceso de tiempo dedicado a un solo cuadro y estaba deseosa que eso terminara pronto, Higinio siguió su ya larga y ahora tediosa explicación, sin atender siquiera la voz de Purificación cuando le anuncia que irá al final de la Planta a ver cuadros de Goya.

El viejo se quedó solo contemplando el cuadro y algunos recortes de periódicos, explicativos de la técnica de perspectivas lineal y perspectiva aérea empleada por el pintor en su obra, tomaba alguna distancia del cuadro y luego hacía un acercamiento gradual al cuadro, no obstante la abundante presencia de turistas y los incesantes flaches de las cámaras fotográficas de los visitantes nipones, no lograban distraerlo. Combinaba la lectura de los comentarios con la observación, seguía atentamente la explicación de los dibujos sobre el establecimiento del punto de vista y la línea de fuga, que en el cuadro convergen en un mismo punto, lo que le proporciona un gran realismo al resultar figuras humanas de tamaño casi natural. Este tamaño más la naturalidad y realce del colorido, acompañado con el sentir en sus ojos de la mirada directa del pintor, la enana y otros personajes, le provocó la misma sensación y efecto de observar fijamente un estereograma, entrando en una tercera dimensión, como en un circuito mágico donde contemplador y contemplado se intercambian sin cesar. Avanzó dos pasos y se incorporó en la sala taller entre los nueve personajes y el perro que componen la escena. Miró el recinto, aunque lo había visto en innumerables oportunidades, le mostraba ahora una dimensión diferente, sintió en sus ojos la luz que ingresaba por ventanales, inhaló el olor penetrante de las pinturas en uso provenientes de la paleta del maestro, contempló ahora de cerca a la Infanta Margarita, percibiendo el agradable olor de su dorada y dúctil cabellera, quién como suspendida en el aire con su lindo y amplio vestido de delicado colorido ambarino, refleja la luz causando un agradable y suave tono marrón a su alrededor, sostenido por un circundante y enorme miriñaque que le proporciona la similitud de una quilla invertida. Higinio avanza lentamente hacia el maestro evitando pisar el ruedo, que se extiende en el piso, del precioso vestido de terciopelo azul verdoso que luce la menina María Agustina, quien en ese instante hace una venia a la infanta para ofrecerle agua en un pequeño búcaro de color rojo sobre una bandeja de plata. El perro, ya inquieto por las travesuras que le hace el enano Nicolás, las que no le han permitido continuar con su descanso, levanta su enorme cabeza y desde esa distancia huele y mira fijamente a la extraña visita. La enana Marí Bárbola mira al viejo con una expresión de dulzura en su cara, reconociendo al asiduo visitante y con su mano izquierda le hace una señal de bienvenida al palacio, de igual manera procede a efectuarle una venia de recibimiento la menina Isabel Belasco. El maestro Velázquez, inclina su cuerpo hacia atrás para ver el ingreso del visitante, detiene su pincel, baja la paleta que sostiene en su mano izquierda mirándolo fijamente a los ojos, el viejo se sorprende y queda paralizado y apesadumbrado al ver el rostro envejecido del maestro, profundos surcos en su frente, el pelo cano de su ya menguada cabellera, los caídos párpados, su prominente abdomen, su espalda algo curvada y una faz de color amarillenta que anunciaba la pronta extinción de su luz… nunca se había pintado así en sus obras, había "congelado" un tiempo y era el mismo para siempre. El viejo siente una mezcla de alegría y dolor, sigue avanzando hacia el maestro, lo saluda como a un amigo de toda la vida e inicia la contemplación del anverso de esa tela que siempre estuvo oculta a sus miradas de espectador, dedica escasos segundos a contemplarla, gira la cabeza para hacerle un comentario al maestro y cual será su sorpresa cuando en ese instante un guardia lo toma del hombro y le dice: "¡Vamos abuelo.... se ha acabado el horario de visitas!"



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