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Página roja

—Tátaaata ta ta ta ta taatá tatá tatá— tarareaba mientras sus pasos avanzaban largos y presurosos. Su descenso por aquel cerro lo acompañaba con la música que producía con su cuerpo y con la vista envidiable sobre ese paisaje de cemento que se extendía allá, en el fondo, impreciso y nubloso, como un espejismo.

Adelaida, su vieja, le lanzaba desde la puerta de su casa la última bendición mientras que, con el sucio delantal, secaba su mano izquierda que se revolvía nerviosa como todas las medias mañanas cuando Jesús la dejaba en ese estado angustioso de espérame y vuelve pronto que la sumía en permanentes ascuas. El Chulo, como le decían todos, después de un hastaluego sin palabras, continuó con su rollo descendente mientras urdía la trama de ese nuevo día.

—Tátaaata ta ta ta taatá tatá tatá— tarareaba, y su figura, inconfundible, dejaba tras de sí la estela sinuosa de esas calles que exhalaban a manteca y a humo, a berrinche, a jabón de pobre, a bazuco, a llanto de culicagado hambriento, a veladora al niño Jesús y a Marialionza, a fierro, a chuzo, a salsa de barrio arriba, a quejumbre de música ranchera y a notas de tango de arrabal. Bajaba, pensando en la vuelta que tendría que hacer, mientras sus zapatillas levantaban el polvo a esos caminos sembrados a la fuerza en aquel cerro que alguna vez le sirvió de fondo de postal a la planicie urbana. Iba en busca del mundo porque, según sus cuentas, jamás aquél subiría hasta esas lomas a buscarlo. Allá abajo lo esperaban la vida, el billete, la emoción y la rumba.

Se metió el toquecito reglamentario de bareta que le ponía alas a sus pies y a su cabeza y lo preparaba para el lance certero de una buena jornada. Cuando llegó a la avenida principal, distinguida así sólo por estar cubierta con una semicapa de asfalto, a sus ojos había subido el sello bermejo de la sangre, y su boca, con dificultad, rebuscaba la saliva suficiente para mascullar sus pensamientos. Se montó en el primer bus que vio pasar hacia el centro y, aprovechando la hora de poca concurrencia se acomodó con amplitud y observó con detalle, por la ventanilla, cómo se iban quedando atrás las manchas calcáreas de los cerros y cómo aparecían en su lugar, primero las fachadas ruinosas de las casas coloniales, y luego las frías losas de los edificios públicos.

Entre sus confusos pensamientos estaba el de buscar a Pedro, El Boronas, su compañero de toda la vida con el que había comenzado y compartido toda su carrera: del Reformatorio a la Distrital, de la Distrital a la Modelo; del robo de la plancha en el vecindario al asalto bancario en el centro; de la pandilla de barrio a la banda organizada de apartamenteros en el norte. Con él había aprendido el áspero lenguaje de la calle y las bravas lides de la sordidez: de la navaja al fierro; de la punzada en la pierna a la puñalada en el corazón; del juego de la vida al juego de la muerte.

Veía también, en las imágenes de fondo de sus pensamientos, la cara de Adelaida con los ojos inundados por la angustia y la boca semiabierta como si tuviera un grito estancado en la garganta. Adelaida, en las evocaciones de Jesús, era sinónimo de dolor y cruel remordimiento. A pesar del amor que él sabía que ella le tenía, su relación era distante y difícil; no obstante, en su duro corazón, Jesús le guardaba un espacio abierto y desconocido como un oasis inexplorado de afección. Ambos eran incapaces, quién sabe si por orgullo o por un congénito y recíproco sentimiento de culpa, de mostrar siquiera la mínima expresión de aprecio. Pero él la quería. Cierto. Cómo no quererla si toda la vida lo soportó, sacrificando de paso sus mejores años. Corriendo tras de él desde sus primeros pasos de aprendiz de caco, llevándole el fiambre a cuanta cana lo arrastró el destino. Cómo no quererla después que lo sacó de tantos líos a costa del radio o del televisor, que ella empeñaba por el dinero necesario para sacarlo de algún penoso trance y que luego él le reponía, en el infinito giro del círculo vicioso del hambre y la miseria. Cómo no quererla si siempre lo esperaba, sin reproches ni lágrimas, con una camisa limpia y la comida caliente.

Se bajó del bus frente al barcito y billar que les servía de centro de operaciones y con unos pocos pasos venció la distancia que lo separaban de la entrada. Atravesó la puerta, saludó al garitero con el singular estilo del malevo criollo y le preguntó por su socio.


—Aquí estuvo hace un rato. ¡Que lo espera en el parque! —le respondió aquél con un grito, mientras corría a atender una mesa donde lo solicitaban.

El Chulo repitió en su mente la última parte de la respuesta y no logró desentrañar la incógnita que le significó escucharla. ¡¿El parque?! ¿A esas horas? Qué carajos podía estar pasando en el parque para que Boronas tuviera que esperarlo allá en ese potrero infestado de ratas y de otras alimañas de verdad. Pidió una cerveza para combatir la resaca y se la bebió de tres sorbos. El sitio no se hallaba lejos y, a pesar de su nombre, no se trataba de un parque de verdad sino de un espacio baldío, aprovechado por gente de su calaña para zanjar litigios y malos negocios. Encendió un cigarrillo y se dirigió con lentitud y algo de desconfianza hacia el sitio. Caminaba y aspiraba el humo mientras en su mente trataba de desmadejar el hilo de las circunstancias y se detenía luego y lo expulsaba de sus pulmones mientras se daba razones para resolverla. Sólo había una forma de averiguarlo —resolvió y apuró el paso para salir de la duda. Cuando dio la última aspirada larga a la colilla, antes de botarla, alcanzó a divisar la figura de su amigo acompañado de un individuo que no logró distinguir a esa distancia. Sin embargo, al avanzar unos cuantos metros, pudo darse cuenta que la cosa iba en serio, no sólo por la cara blanca, el ceño fruncido y el movimiento forzado y sugestivo de los ojos del Boronas, sino porque pudo reconocer las huellas del rencor en el rostro de su acompañante. La película de su vida se le devolvió y la poca sangre que aún quedaba en su rostro descendió por el camino de las suspicacias hacia el vértice del remordimiento. La cara de aquel hombre emergía como un fantasma del pasado en medio de ese potrero silencioso. Entonces, su instinto lo hizo reaccionar dando un salto defensivo ante la inminencia del golpe fatal, pero cayó hacia atrás como empujado por una fuerza superior a su cuerpo. Oyó una maldición y sintió un calor intenso penetrar su carne. Al querer incorporarse, le pareció ver al tipo con el fierro en la mano, gesticulando y gritando quién sabe qué cosas que no escucharía. El calor le inundó la cabeza y le cerró los ojos al color del mundo.

—Tátaaata ta ta ta ta taatá tatá tatá, tarareó su mente, al mismo tiempo que vio flotar entre sus pensamientos, además del recuerdo imborrable, ingrato e inoportuno del pasado, la figura triste de Adelaida que luego se deshizo en una nube de polvo escarlata.


Adelaida se despertó con un golpe en la puerta y otro en su corazón. Después de dos días sin ver llegar a Jesús, apareció su vecina con una página roja de periódico amarillo entre sus manos.

—Lea mija, lea —le dijo, entregándole aquel pasquín en actitud taimada.

Adelaida tomó la página amarilla del periódico rojo y leyó la negra noticia sin sorpresa, al mismo tiempo que se le empezaron a aguar sus ojos y su mente se sumergió en la espiral irreversible del tiempo. En unos segundos, toda una vida pasó por su mente mientras sus ojos, obstruidos por una cortina de tristeza, veían sin mirar aquella foto cedularia de la página roja, que marcaba el final de su indeseada y dolorosa condición de madre.



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