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Sólo un hombre

La primera que miró por la ventana fue mi hermanita menor, se está madurando viche, dijimos en voz baja sin que ella se diera cuenta.

Nuestro comentario no tenía nada de ofensivo, ella era la única que no estaba en edad de merecer.

-Mija, -le dijo mi mamá esa misma mañana en el desayuno, - pero si todavía le huele la boca a leche, aléjese de esa ventana que nadie sabe porqué ese hombre se para ahí todos los días, seguramente está buscando algo que se le perdió, y yo espero que no sea ninguna de mis hijas.

Todas nos miramos apobando lo que mamá decía, sobre todo la primera parte, pero sobre eso que ella dijo: que algo se le perdió..., yo francamente, no estoy de acuerdo con mamá. Si algo se le perdió y se le perdió aquí y si lo que se le perdió soy yo..., porque yo creo que es a mí a quien está buscando, pues bienvenido..., esta soltería nos está matando y no creo que vayamos a tener tantos santos para vestir todas las mujeres de esta casa.

Cada vez que viene se para en la esquina y como dice mi mamá -Se para ahí a tener el poste, ¿será que no tiene nada más que hacer o será que le pagan por tener el poste? Se para ahí y sin decir nada a nadie, se queda todo el día hasta por la noche y cuando el alumbrado público se prende, su figura parece la de un fantasma cuidador que vela sobre nosotros sin pedirnos nada pero tampoco sin darnos nada. A todas en la cuadra nos puso la soltería, que queríamos olvidar, al orden del día y la idea de que era un soldado del batallón de abajo, que venía buscando novia, me la insinuó la hija de la vecina, con la seguridad, según ella, que el hombre venía para llevársela. Que era un teniente, de carrera muy brillante pero muy tímido, y no se atrevía a hablar con el papá para pedirle la mano y ella tampoco se atrevía a hablar con él, para concretarlo, como ella decía..., y saber de una que era lo que quería, si era serio o no. Si supiera, pensaba yo para mis adentros, que él viene por mí y no es soldado, que pereza militares, es un estudiante de la Universidad del centro que vino a hacer su carrera de medicina y como vive solo y como no conoce a nadie se viene a esperarme días enteros, pero yo soy como mi tía, que dice que a los hombres hay que hacerlos sufrir un poquito, si no, creen que una está ahí esperandolos y que sobre la tierra no existen sino ellos. Sin duda es un hombre muy puntual, me dijo una vecina del otro lado de la calle, mucho mayor que yo y buscando marido a como de lugar, el día que me llamó por teléfono para decirme que él ya se había dado cuenta de dónde vivía ella y que no hacía sino mirar a su ventana.

El barrio donde vivíamos estaba en una falda; como nosotros vivíamos en una calle perpendicular a la pendiente, nuestra calle con edificios de tres o cuatro pisos de apartamentos de clase media y fachadas de ladrillo, era como un descanso para quienes subían a pie. Casi todo el mundo paraba a tomar un nuevo aire en la esquina, hasta los carros cuando llegaban a la altura de nuestra calle parecían al final de su esfuerzo.

Las primeras veces que lo vimos desde una de las ventanas de nuestro apartamento pensamos que era otro caminante que estaba allí tomando el aire como todos, pero no, estaba allí y allí se quedó y al mismo lugar volvía todas las mañanas. No sé cuantos días pasaron antes de que verdaderamente lo viéramos por primera vez, o tal vez a fuerza de verlo ahí parado en la esquina, su figura se volvió tan familiar que comenzamos a introducirlo en nuestras vidas sin conocerlo, pero fue al mismo tiempo que comenzamos a hablar de él y a soñar con hacerlo el marido que a todas las casaderas nos faltaba.

Había pasado más de una hora desde su llegada, como era lunes no había nadie en la casa, y yo espiaba sus movimientos desde la ventana del cuarto de mi mamá, cuando sonó el teléfono. Era nada menos que Lalita, la menor de la casa de los Higueras, -Ahí está, y no ha hecho sino mirar para mi ventana, ayer le mandé mi teléfono con el muchacho de la tienda, y me llamó... hablamos de todo... y me prometió que hoy se iba a volar del seminario y que venía con más tiempo para hacerme la visita en mi casa y conocer a toda mi familia, tan divino... -Lala, le dije, estoy muy ocupada y no tengo tiempo para hablar bobadas o para pararme a mirar por la ventana, hasta luego, y colgué. Cuando volví a la ventana todavía estaba ahí parado, rígido como el poste de la luz... Ahora verá, pensé, la Lalita también cree que él viene por ella, -Si supiera que viene por mí... ¡Ay! cuando será que termina la carrera para que venga por mí..., pero eso sí, tiene que ser graduado y con diploma, porque si no estudia se va a poder quedar ahí paradito teniendo el poste.

-Hoy es el día, no me van a dejar hacer el oficio tranquila, dije, hablando sola, mientras descolgaba el teléfono otra vez. -Ay mijita, me dijo al otro lado la voz de Silvita, la hija solterona de la viuda de Bohórquez el policía... -Imagínate que él...

-¿Quién?, le pregunté haciendome la boba,. -Pues el hombre que las tiene locas a todas... el que se para en la esquina..., imagínate que es el hijo de un conocido de mi papá, que también era policía y como esas cosas vienen por familia, él está estudiando en la Escuela de Policía y no vayas a creer que será un policía cualquiera, será general... y ¿sabes porqué?, pues porque tiene la herencia y como yo también la tengo, lo más seguro es que él me esté buscando a mí..., pero yo soy tan bobita mija, que no me he atrevido a salir a decirle quién soy, y he pensado que si tú me ayudas, sales hablas con él y me lo traes a mi casa...

¿Sí?.

-Sabes qué? le contesté, estoy haciendo oficio y no tengo tiempo de mirar por la ventana, ¡adios mija!

Los hombres de la cuadra nunca se dieron por enterados o ignoraron olímpicamente la presencia en la esquina. Había como un silencio tan tranquilo alrededor de su figura, que si yo fuera hombre... pensaba esa misma noche mirando el techo y sin poder dormir, si yo fuera hombre... para mí él sería como un intruso y como todos los hombres son celosos, estoy segura que ya hubiera salido a preguntarle qué hace parado en mi esquina..., ¡porque esta esquina es mía!, le hubiera gritado..., pero no, yo no soy hombre y ninguno de los de la cuadra ha demostrado las ganas de hacerlo. El único que ha hecho o dicho algo es Fabián, el sobrinito de la Pelusa, que casi la saca de la casa para que fueran donde él y ella le pidiera que los invitara a comer paletas al parque de la plaza de mercado que quedaba al otro lado de la calle que sube, pero la pobre Pelusa no tiene tiempo ni de tomar sopita con todo el trabajo que le dan sus hijos y los hijos de sus hermanas que no paran en la casa.

Menos mal que fui la primera en ver la esquela rosada que alguien dejo en el buzón de nuestro apartamento a la entrada del edificio. Era rosada, en un papel muy fino y estaba marcada solamente con dos palabras: "Para tí", la escritura varonil sugería una invitación, la que estaba esperando desde hacía tanto tiempo. No había ningún nombre en ella, pero yo supuse que era para mí..., -¿Para quién más? pensé. Miré para todos lados, una nunca sabe, de pronto alguién me está viendo y se riega la bola que me llegó una carta a mí y comienzan a exagerar y hacer chismes. Como no había nadie en el patio me fui para un rincón en donde el sol de esa hora dejaba una sombrita, mi emoción era tan grande que me sentí como si estuviera hablando al sobre y él me escuchara -Aquí no me ve nadie, dije. Y Abrí el sobre con manos temblorosas. "Mañana vendré por tí, ponte el vestido rosado, con el te ves muy bonita." y no había firma. Tampoco decía la hora y lo mejor de todo, yo no tenía ningún vestido rosado, tenía uno verde que cada vez que me lo pongo, todo el mundo me dice que se me ve muy bien, pero vestidos rosados, no tengo. Me quedé estupefacta, temblorosa y como sin voz. Lo primero que sentí fue pesar..., -¡Ay es daltónico!, confundió mi vestido verde con uno rosado.

Después comencé a sentir inquietud..., y si la esquela no era para mí y si era para mi hermanita la tatacoa, pero esa es tan brava que ningún hombre se atrevería a arrimársele... -¡No! decidí, la esquela es para mí, lo que tengo que hacer es no mostrársela a nadie y prepararme para la visita de mañana, Claro que para estar segura debería conseguirme un vestido rosado, no importa cómo: prestado, comprado o que mi tía Emilia me lo haga esta tarde, ¡eso es! Si el vestido es nuevo él me verá mejor.

Qué angustia, ese día corrí, llamé a la tía, me dijo que sí... que ella me hacía el vestido, pero que tenía que llevarle la tela antes de las tres de la tarde, si no, ella no se comprometía. Le dije a mi mamá que me había antojado de un vestido que ví en una revista, que venía con el molde y que iba a comprar la tela al centro con la plata que tenía del regalo que me habían dado en el cumpleaños. -Pero qué afán, mija, dijo mi mamá, déjalo para mañana. -No, me lo voy a estrenar mañana, le dije y salí corriendo. En la esquina no había nadie.

Cuando iba para el centro me crucé en la subida con una vecina, solterona, que según el vecindario no salía nunca de la casa, iba con un paquetico y me saludó más alegre que de costumbre. En el almacén, la que primero vi fue a la Lalita, se hizo la que no me había visto, claro que yo también me hice la boba y me fui para el otro lado, lejos de la sección de telas. Después de cierto tiempo volví otra vez a la misma sección y cuando estaba buscando la tela, me dí cuenta por uno de los espejos que Silvita venía para el mismo lugar y apenas me vio, se regresó. -¡Qué estará pasando?... -Que rabia, pero no le puedo preguntar nada a nadie, si no descubren que yo fui la elegida. Cuando llegué donde las vendedoras y pedí: tela rosada suficiente para hacer un vestido escotado y de falda corta, pero con un saquito, por si salimos de noche, una vendedora le dijo a la otra: -El rosado se está poniendo de moda...

En la esquina no había nadie cuando llegué a la casa, al otro día tampoco nadie llegó ni a la esquina ni a mi casa, al día siguiente tampoco vino nadie, ni a la semana siguiente, ni al mes siguiente.

Al año siguiente mi hermanita se estrenó el vestido rosado en su fiesta de cumpleaños. Ese día me puse otra vez el vestido verde. La esquina sigue alumbrada por la luz del poste, pero sola.

 



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