Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
atras a cuentos en espanol  

La verdadera historia

-¿Telepizza, dígame?

Otra vez aquella frase maldita. Aquello no podía significar nada bueno para mí. Sobre todo porque yo era la siguiente en tener que llevar un pedido a casa de algún pesado que aquel día no tenía ganas de cocinar.

Tan sólo hacía dos meses que había encontrado trabajo como repartidora de pizzas y ya estaba harta de tener que aguantar a los clientes impertinentes, a aquellos que lo saben todo:

"Que si te has dejado una pizza" "¿Eso que traes es un calzone?" "¿Esta mierda dais de regalo?"

La verdad, te daban ganas de salir corriendo, pero como veréis a continuación, aquello no era nada comparado con lo que se me venía encima.

-¡Mari, tienes que llevar un pedido a la calle Aribau 123, 2º-3ª, rápido!

Dios mío, no me lo podía creer.

-¿Estas segura Vanesa? ¿Calle Aribau 123, 2º-3ª?

-Por supuesto que lo estoy. Una pizza Margarita con doble de queso a la calle Aribau 123 2º-3ª.

No podía ser, otra vez me había tocado llevar una pizza Margarita a la abuela más pesada de toda Barcelona, qué digo de Barcelona, de toda España. Ni mi abuela, que ya era pesada la pobre, se podía comparar con la abuela de la calle Aribau 123, 2º-3ª.

Escuchar el nombre y el número de aquella calle fue como un jarro de agua fría.

De todas maneras, si quería cobrar a final de mes, tenía que llevar la pizza, y después de aguantar durante una hora -que sería más o menos lo que tardaría en explicarme la dulce abuelita, una de sus batallitas- volver a Telepizza con una sonrisa en los labios.

No me quedaba más remedio que ir. Lo mejor que podía hacer era acabar lo antes posible con todo aquello. Así que hice de tripas corazón y, pizza Margarita en mano, subí en la moto como el que va al matadero.

Antes, Vanessa, Vane para los amigos, me recordó que no me distrajera por el camino.

-Mari, no te pares en ningún sitio, acuérdate que la última vez llegaste dos minutos tarde y tuvimos que regalar la pizza y el video del Pato Donald al cliente.

Vane, como podéis ver, a veces era un poco estúpida, pero era mejor hacerle caso porque... ¡tenía un carácter! Además era la hija del amo y así cualquiera.

Estaba claro que aquel no era mi mejor día. Si lo llego a saber me hubiese quedado en casa en cama, porque a partir de aquel momento me pasó de todo lo imaginable.

Nada más bajar de la acera, casi me atropella un todo terreno, y creedme, nunca había visto un coche como aquel tan de cerca.

Debía tener muy mala cara, porque el conductor bajó corriendo para ver si me encontraba bien. La verdad, es que no sé si del susto estaba en estado catatónico o qué, pero de entre la multitud que se acercó a cotillear, vi aparecer al hombre más maravilloso del mundo. Sangraba de lo guapo que era, ojos verdes y penetrantes, cejas espesas y negras, el pelo lleno de rizos, unos dientes blancos muy finos, y unas orejas afiladas (al estilo del comandante Spock, aquel de la serie Star Trek).

El chico parecía salido de un anuncio de colonia. Era el ideal de belleza masculina para cualquier mujer, además era simpático y todo.

-¿Te encuentras bien, princesa?

"Dios mío, ¿estoy soñando o he oído princesa?"

No, no estaba soñando, el chico me cogía de los hombros, y me miraba con aquellos grandes ojos verdes.

"Me he enamorado" pensé. Estaba flotando en una nube, allí sólo estábamos él y yo. No podía ver a nadie más, solo aquellos ojos que me tenían hipnotizada.

Entonces, como siempre pasa, todo se acaba, y los gritos de Vanessa me hicieron caer estrepitosamente de aquella nube.

-¡Mari, guapa, espabila que la señora de la calle Aribau 123, 2º3ª ya ha llamado tres veces, o sea que haz el favor de no perder más el tiempo! ¡Hija, ya no sabes qué hacer para llamar la atención! -dijo, mientras se marchaba moviendo la cabeza.

Es curioso, porque en otra ocasión la hubiese mandado a freír espárragos, pero estaba tan alucinada con lo que me pasaba, que opté por subir a mi moto y marcharme pacíficamente. Antes busqué al chico de ojos verdes desesperadamente entre la gente para pedirle el teléfono, pero había desaparecido.

Mientras tomaba la Gran Vía, decepcionada por mi mala suerte y absorta con mis pensamientos, pude ver por el espejo retrovisor la figura de un motorista completamente vestido de negro, casco negro, botas negras con hebillas, y chaqueta de piel negra. El chico conducía una motocicleta de gran cilindrada también negra, claro.

Cuál no fue mi sorpresa, cuando al llegar a uno de los semáforos, el motorista misterioso se colocó justo a mi lado y se levantó la visera del casco, descubriendo aquellos ojos verdes, los grandes ojos verdes de mi príncipe azul.

Antes de que pudiera hablar, el semáforo pasó a verde, y el motorista aceleró con tanta fuerza que desapareció en segundos de mi vista y de mi vida. "¡ Qué mala suerte !", era la segunda vez que lo había perdido sin poder conseguir su teléfono.

En fin, como ya he dicho antes, no era una de mis mejores días, así que me resigné, y después de cuatro semáforos, dos bocinazos y un insulto llegué a mi destino, la calle Aribau 123, 2º 3ª.

Me quité el casco con la esperanza que la abuela no tuviera muchas ganas de hablar, y saqué la pizza del maletero. Todavía estaba caliente.

El portal estaba abierto, era extraño porque la portera, una mujer un poco obesa y con bigote, siempre estaba cotilleando con alguna vecina.

Subí corriendo las escaleras hasta el segundo piso, al llegar casi no podía respirar del esfuerzo.

Y allí estaba, plantada delante de la puerta sin atreverme a llamar. Levanté el dedo hacia el timbre, pero mi índice parecía tener vida propia y se negaba a apretar el botón. Al final, el ruido del timbre me hizo reaccionar.

Alguien observaba detrás de la mirilla. La puerta tardó en abrirse, pero cuando lo hizo casi me caigo de culo.

-Su pizz...

-Hola princesa.

Allí estaba él, con aquellos ojos verdes y penetrantes mirándome intensamente.

No era capaz de moverme, las piernas me temblaban sin parar, mi cuerpo no respondía a mis órdenes y la pizza casi se me cae al suelo.

Gracias a Dios él me tomó de la mano y me hizo entrar. Pensé que a lo mejor me había equivocado de piso, pero no, no me había equivocado, era el de la abuela, ya lo había visto en más de una ocasión. "Debe ser el nieto" pensé, así que se lo pregunté.

-¿Dónde está tu abuela? ¿Por qué es tu abuela, no?

-Oh sí, ha salido un momento -dijo nervioso-. Pero pasa, pasa y siéntate.

Todo aquello comenzó a extrañarme, primero el accidente, después el encuentro en el semáforo y ahora en casa de la abuela pesada. Era increíble que un chico que nunca había visto antes, me lo encontrara por todas partes en menos de una hora, podía ser casual, pero a mí me comenzaba a preocupar, sobre todo cuando tiró la pizza al sofá, como si de un "frisbi" se tratara, y se lanzó sobre mí desgarrándome el anorak rojo de Tele Pizza.

"El anorak no, me lo harán pagar como nuevo", pensé.

Mientras él intentaba quitarme la ropa, volví a mirarle a los ojos, aquellos ojos verdes que antes me parecieron tan bonitos, se habían convertido en los ojos de un animal salvaje y hambriento.

Estaba asustada, aunque el chico me gustaba, aquella conducta no me hacía nada de gracia, y menos en la primera cita. Así que, haciendo esfuerzos, conseguí escapar de sus brazos.

-¡Ya está bien! -grité mientras me recolocaba la ropa-. No sé que es lo que quieres, pero todo esto comienza a no gustarme nada.

El chico me miraba sonriendo maliciosamente con su camisa medio abierta. Estaba claro lo que quería, pero lo tenía difícil conmigo; además, si llegaba la abuela y nos descubría ya podía decir adiós al trabajo.

-Mira, será mejor que me vaya.

-¿Adónde, si se puede saber?

-¡A mi trabajo! -dije convencida.

-Y tú que te lo crees.

Aquello ya era demasiado, no tenía por que soportar más tonterías, así que corrí hacia la puerta con la intención de huir, pero él llego antes que yo bloqueándome la única salida posible. A continuación, y con una sonrisa en los labios, sacó un cuchillo de cocina que brillaba intensamente tanto como sus ojos sanguinolentos.

-Dios mío, ¿qué está pasando?

Salí corriendo sin saber donde iba, pasé por la cocina, por el dormitorio, tropezando con todos los muebles que encontraba en mi camino. El chico me perseguía con el cuchillo en la mano, gruñendo como un animal.

Aún así, conseguí escapar varias veces de sus garras, hasta que me acorraló en el lavabo. Todo estaba a oscuras, busqué la llave de la luz mientras sujetaba la puerta con desesperación, el monstruo no dejaba de golpearla intentando entrar.

Por fin encontré el interruptor y encendí la luz, a continuación puse el pasador y coloqué una silla debajo del pomo para hacer palanca.

Ahora los golpes eran más intensos, el chico parecía cada vez más cabreado, lo único que yo podía hacer era mirar aquella puerta mientras retrocedía aterrada, parecía que me hubiesen metido en una de aquellas películas de sangre y vísceras, nunca me hubiese imaginado que aquello me pudiera pasar a mí.

De repente me topé con la bañera, me di la vuelta, las cortinas estaban corridas, pero detrás me pareció ver una sombra. Cogí las puntas y la descorrí. Los gritos del chico golpeando la puerta se mezclaron con los míos, ya que detrás de las cortinas, dentro de la bañera, encontré el cuerpo descuartizado de la abuela. "Era un poco pesada la pobre, pero no había para tanto."

De repente la puerta del lavabo crujió. El asesino consiguió hacer un agujero del tamaño de un puño, era el momento de actuar. En milésimas de segundo miré por todas partes buscando algo con lo que poder defenderme.

-¡El secador!

No tuve tiempo de decir nada más, porque en aquel momento la puerta se abrió estrepitosamente. Allí estaba el asesino, delante de mí, mirándome con prepotencia. Poco esperaba recibir un golpe de secador en la cabeza.

Gracias a Dios que se quedó sin sentido, tenía una herida en la frente de la cual le brotaba sangre.

-¡Que se joda, no haberme provocado!- Grité soplando dentro del secador, imitando a los vaqueros de las películas.

Salí corriendo a la escalera, y allí encontré algunos vecinos que asustados por los gritos, salieron a ver qué estaba pasando. Entre ellos se encontraba la portera bigotuda disfrutando como una jabata del espectáculo, y por cosas del destino también había un chico la mar de majo que, pistola en mano, aseguró ser mozo de escuadra.

Al final todo acabó como en los cuentos, yo quedé con el mozo de escuadra para ir a tomar una copa aquella misma noche, y el asesino de abuelitas fue encerrado para el resto de su vida.

Además, resulta que al día siguiente los diarios daban la noticia, y en grandes titulares se podía leer: "Peligroso psicópata capturado gracias a la valentía de una ciudadana". En letras pequeñas ponía mi nombre: Mari Canales.

Como os podéis imaginar, toda la gente de mi barrio me miraba, me aplaudía y me besaba al pasar, era la heroína del momento, la cual cosa ponía verde de envidia a Vane que había dejado de ser popular por mi culpa, y eso no me lo perdonaría nunca. Es más, hasta su padre decidió nombrarme empleada del año. Eso hizo que Vanessa, Vane para los amigos, entrara en una terrible depresión que la hizo cambiar de trabajo.

¿Os imagináis quien se quedó con su puesto?

 



  Carros en Ecuador
  Bienes Raices en Ecuador
  Hare Krishna