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Hambruna

Se mira. Intenta reconocerse en esos tacones altos, en esas piernas desnudas. Deja la fotografía y se asoma al espejo. La sonrisa se le desdibuja poco a poco. Sin darse cuenta está sentada a la mesa y come los restos de la cena con su amante, que olvidó su impecable bata blanca. El ritual apenas comienza, pero aún le quedan dos horas.

De nuevo se ve fragmentada en esa imagen y piensa que al despedirse del extraño en turno, su vacío es mayor. Esos encuentros ya no tienen sorpresas: están preparados con la dosis adecuada de pasión que ella da a cambio de unos gramos de ternura, mezclados y depositados en el recipiente de su cama, donde hierven unos minutos y se dejan enfriar hasta el día siguiente.

Ahora, en la intimidad de la cocina le da por rumiar su relación más estable con un hombre casado, un médico a quien ve algunas noches, y se ríe al reconocer que es ella la protagonista de su propia historia. “O el arquitecto de mi propio vampiro”, recapacita al mirar el reloj y ver que ya ha pasado media hora.

¡Cómo olvidar cuando lo conoció entre botanas de queso, aderezadas con su carisma! Bastaron esos ingredientes y un buen puño de soledad para que cocinara su historia de amor que a diario condimenta con una salsa hecha a base de ilusiones.

Cada día, como una Scherezada cualquiera, Cristina corre a elaborar su trama. A diario se renueva, se vuelve un Hércules con todo y sus trabajos: al amanecer esculpe su figura, vuela al supermercado, repasa los papeles que debe representar e imagina platillos exóticos según la estación del año.

Con él, vamos, su menú incluye los platos de siempre, pero las combinaciones han alcanzado una variedad inusitada. Con él ha durado más de mil noches sin que se decida a cortarle la cabeza... medita mientras devora un pan con salami y queso gruyere. Una hora con quince minutos, solamente, y...

Y es cierto que, a veces, su hombre-ensueño se cansa del personaje que le han asignado y opta por hacer mutis. Cristina también repite una historia y esa sensación de abandono la empuja a otras relaciones inasibles: con alguna pareja, con otra mujer. Casi sin darse cuenta ha empezado a vivir más como el protagonista de sus propias escenas y menos en la vida real.

Le queda una hora. Hay que apurarse porque su piel se dibuja de ansiedad. Presiente el impulso y sabe que está en plena metamorfosis. Su cuerpo se vuelve más robusto y su energía la hace correr de un lado para otro, devorar todo lo que encuentra, correr y comer hasta que sienta reventar y el espejo le devuelva su imagen deformada. ¡Mas si todo acabara ahí!

¿Para qué pensar en eso? Todavía le quedan algunos minutos para el placer, así que sopea el pan con el chocolate frío. Todavía puede imaginar las variaciones de lo que comerá, igual que en otros tiempos disfrutó probándose ropa y accesorios frente al espejo.

Repasa mentalmente. El primer día fueron las sopas de roquefort con chipotle, de hongos, de ostiones, hasta que se inició en la diferencia entre un buen puchero y alguna crema exquisita. A partir de entonces, ha sido una autodidacta de enciclopedias culinarias y recetarios, una alquimista en busca de todas las combinaciones posibles.

45 minutos: el tiempo suficiente para acabar con los canelones de anoche, ¿o los chilaquiles de ese día? Es igual. Los principios son los mismos: harina, salsa, queso. Sonríe al pensar que conoce los países por sus sabores, como esos locos que viajan por el mundo a través de la literatura. Después de todo, la sazón equivale al estilo de alguien.

¡Cuántas veces se ha deleitado con la textura del curry, con la gelatina de las sopas chinas como las islas flotantes que la invitan a abordarlas, con esas piernas al horno que siempre la transportan a la escena ancestral de los guerreros romanos que pasaban del combate a una comilona infinita...!

Es cierto que cada vez es más difícil acceder a los platillos que la imaginación le dicta y que las deudas se le acumulan junto con los kilos. Pese a su “método” ha engordado y sólo la llaman para anunciar productos de cocina y jabones. ¡Qué denigrante! Salvo algunas cenas ocasionales, debe conformarse con las comidas corridas de las fondas, con ese arroz apelmazado semejante al engrudo que comen los presos y con esas redundantes “sopas aguadas”.

“Claro que eso también tiene lo suyo”, se consuela al recordar la cachondería del pipián verde, sin contar con la tersura de la médula o la rugosidad de la pancita.
¡Media hora! Habrá que apurarse para llegar a tiempo. Va por el resto del chocolate y engulle el flan que ha comprado ex profeso. Afuera —recuerda— hay que usar lo que sea, como un heroinómano; lo que halle: un helado de crema, arroz con leche, un licuado. Y es que, cuando uno está en su punto, casi no se puede comer más ni caminar siquiera. Entonces, hay que tratar de encontrar un baño y asomarse a lo que alguien llamó “el espejo del retrete”.

Ya ahí los colores se mezclan; las texturas se definen como un cuadro. La combinación adquiere el tono preciso del malestar que acusan las horas nalga del trabajo, la envidia de las modelos viejas o el desdén de las jóvenes, la guerra sin cuartel que es su amor, hasta que ese “performance” adquiera la figura de su angustia original y como un tornado se vaya por el caño.

Después, lo sabe, caerá en un sueño profundo, dormida o despierta. Cuando se levante, empezará a sentir que el hueco en su interior amenaza convertirse en un hoyo negro que la tragará por completo si no lo sacia de nuevo. ¡Quince minutos, ya sólo quince minutos!

Oye la voz de su hombre-ensueño, afuera. “¡Levántate floja, vamos a correr!” No contesta y se esconde en la recámara como si él pudiera verla en la cocina. Vuelve a oírlo: “¡Cristina, soy yo, Mario; ábreme”. Ella se angustia. “¡Faltan diez minutos!” Escucha sus pasos alejarse. Va al baño y esta vez los círculos del agua le devuelven a una catrina riéndose de ella.



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