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El pibe

Era fácil. Así se lo aseguraba el Moncho, cuando estaban adentro.

Pero él había salido.

El Moncho, en cambio, tenía para un tiempito más.

El había salido y no quería volver, pero... Hay que comer y además era fácil. Sin armas, sin rehenes, sin vigilancia.

El Moncho le dijo donde guardaban la guita. Era el golpe que quería dar él, pero lo agarraron antes. Por una boludez como decía cada vez que lo recordaba, “una boludez pibe” le recalcaba.

¡Qué curioso! A él también lo habían agarrado por una boludez. Pareciera que si no fuera por boludeces las cárceles estarían vacías. Y de qué vivirían los guardiacárceles se preguntó filosofando. De qué viviría Gutiérrez, se dijo con una sonrisa.

Gutiérrez... qué tipo! Prendido en todas y siempre saliendo a flote. Los barrotes eran una barrera de ficción. Sabiendo el pedigree de Gutiérrez, debería estar tranquilamente del otro lado de las rejas y miralo vos, ascendiendo en el servicio penitenciario.

A muchos presos los había ayudado, incluso a él mismo; si no hu-biera sido por algunas ayuditas con el director, buenos informes, etc. todavía estaría adentro. Quién los entiende. Un día los muelen a palos, otro día los afanan, otro los enfrían y un día les abren la puerta para que se vayan.

Pero ahora estaba afuera. Sin un mango, pero afuera. Y lo iba a hacer. No tenía alternativa. Pero nada de boludeces.

Sabía el recorrido de memoria: La entrada por el fondo, previa dormida del perro con el menú de bife al cloroformo, y luego adentro. Tantas veces se lo había repetido el Moncho que era imposible equivocarse. “Mirá vos” se decía “El golpe que no pudo dar el maestro, lo da el pibe” y se reía con orgullo ya que eso de pibe tenía en la voz del Moncho un tonito despectivo.

Eran las 12 de la noche y no había un alma en la zona. Miró a ambos lados de la calle y saltó la pared del baldío. Allí estaba la fábrica, medianera por medio. La fábrica, la teca y el futuro asegurado. El dueño, un tano desconfiado como pocos, no ponía la guita en un banco ni a palos, y debajo de un colchón no entraba esa cantidad. Confiaba en su escondrijo, el escondrijo que sólo conocía el Moncho y ahora él.

Sacó la carne. Estaba tentadora. Si no fuera por el “condimento” y porque estaba cruda, se la hubiera devorado. El perro la atacó con ganas y él sintió una estúpida envidia.

Esperó un tiempo y cuando el perro palmó, se mandó para adentro. Tenía todos los pasos calculados. En realidad todo estaba calculado, hasta el refugio que estaba desocupado desde que al Moncho lo habían guardado.

El escondrijo era impecable: Una caja de metal hermética en el fondo de un piletón de ácido. Buscó las pinzas que el tano ocultaba en doble fondo del armario, e izó la caja. La limpió con cuidado y, sin delicadeza, le dio un mazazo al candado. El tano sabía de qué materiales debían ser la caja y el candado para que el ácido no los destruyera. Y el tano era el único que tenía acceso al piletón.

La caja se abrió y allí estaba el tesoro. Una verdadera fortuna que incluía joyas variadas y fajos interminables de verdes. Agradeció al invierno que le permitió usar el sobretodo heredado de su padre, sin despertar sospechas, y fue llenando los bolsillos internos y externos. Tuvo la delicadeza de volver a cerrar la caja y hundirla, echar una mirada y salir. El corazón le latía muy fuertemente, y él no encontraba la manera de serenarlo. Menos cuando comenzó a caminar por las oscuras calles que lo llevaban a la guarida del Moncho. Este le había dicho que si no tenía donde ir a dormir, podía usarla. Aunque le prohibió que pensara en usarla como aguantadero, o para reducir mercadería robada. “Donde se come no se caga, pibe” le repetía “si te la ofrezco es de onda, no para que me la quemes”. A lo que él le respondía: “Gracias Moncho pero yo ni loco voy a usarla, voy a hacer una nueva vida cuando salga.”

“Todos dicen lo mismo.”

“Pero yo lo digo en serio.”

“Está bien pero no hagas boludeces, que no te quiero ver adentro de nuevo” concluía el Moncho.

Y ahí estaba él, abriendo la puerta de calle de la casita. Había pasado varias veces durante el día y hasta había entrado cuando nadie miraba. Tenía el corazón a punto de saltarle del pecho, pero en un rápido movimiento abrió y cerró la puerta. Ya estaba adentro. Sólo unas horas y me rajo al aclarar. Con la pinta de vagabundo que tengo quién se va a imaginar que tengo casi un palo verde encima. Remis, Ferry, Colonia y adiós a esta vida.

Al final no le mentía al Moncho al decirle que cuando saliera ten-dría una nueva vida.

El ruido sordo era inconfundible. Alguien estaba en el jardincito. Alguien que se dirigía a la puerta de entrada de la casa. Alguien que sin dudar abría la puerta y lo enfocaba con una linterna, alguien que le decía “dame el toco, pibe” y él desde la rabia, la impotencia, la furia se le abalanzaba hasta el disparo, certero, silenciado y eficaz que le abrió el pecho. Desde la agonía y sintiendo las manos sacándole el botín pudo escuchar: “ya está Gutiérrez, volvamos que tengo que estar adentro antes de la revisión....”



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