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No te vayas así

No podía imaginar entonces que muchos años después, al pretender vislumbrar el horizonte marino en la oscuridad, acudiría a mi memoria ese atardecer de abril.

Tras un largo paseo bajo los álamos que flanqueaban la antigua y hermosa avenida del puerto, nos metimos en un bar para seguir conversando ante unas cervezas. Creo que fue allí donde el propietario del bar, un tipo antipático y bajito, nos llamó la atención porque nos besamos a la vista de todos. Pero no es eso lo que recordé mientras miraba el horizonte nocturno, sino algo que sucedió poco después. De todas maneras, allí en el bar ocurrió algo entre nosotros, una pequeña discusión tal vez, que motivó mi absoluto enmudecimiento durante el camino de regreso hasta tu casa.

Por aquella época solíamos despedirnos en la esquina de tu calle, después del paseo o de la sesión de cine, y yo seguía unos metros más hasta llegar a mi casa. En esos metros hacía una rápida valoración de los avances que se producían en nuestra relación, valoración en la que profundizaba una vez sentado cómodamente en el sillón blanco y azul de la pequeña salita. Sin embargo, aquel mes de abril ya te acompañaba hasta la misma puerta de tu casa, es decir, un poco más allá, hasta la entrada del almacén de maderas, ya que los progresos fueron tan prodigiosos, desde el comienzo de la primavera, que se nos hacía necesario besarnos el alma antes de separarnos cada noche.

El almacén de maderas tenía una entrada algo extraña, incluso en algún momento nos pareció absurda por demás, con aquella puerta tan retirada de la fachada, con aquellos bancos de madera tosca y vieja, adosados a las paredes del oscuro pasillo que conducía a la puerta, cerrada ésta a la hora de nuestras amorosas despedidas. Una absurda entrada para los camiones que la utilizaban durante el día, pero muy propicia a los besos y caricias.

Aquel atardecer de abril, sin embargo, se retrasaron un poco los besos. Yo estaba triste, o sólo molesto, por lo sucedido en el bar, fuera lo que fuere, por lo que sólo te dije: "Hasta mañana", dispuesto a marcharme sin besos a mi sillón azul y blanco.

Y fue entonces cuando pronunciaste aquellas palabras que tendría que recordar muchos años después, intentando mientras las recordaba descubrir en la playa nocturna la línea del horizonte, como si el hecho de vislumbrarlo fuera a paliar mínimamente mi desesperación. Recordé que me acariciaste el cabello y luego cogiste mis manos. Besaste una de ellas y después me miraste, y descubrí en aquella mirada una ternura infinita y brillante. Tal vez las pronunciaste con los labios, pero a mí me pareció que surgían de tus ojos grandes y oscuros aquellas palabras: "No te vayas así, por favor... No te vayas nunca triste de mi lado. Vamos a hablar, vamos a hablar hasta que todo se aclare".

Nos sentamos en el viejo banco y hablamos, luego nos reímos, y terminamos besándonos el alma. Aquella noche llegué a mi casa más tarde que de costumbre; me entretuve tomado unas cervezas. Las primeras para olvidar lo estúpido que había sido mi enfado, y las últimas para celebrar la inmensa suerte de tenerte. Repantigado en mi sillón azul y blanco, ya pasada la medianoche, aún me sentía inmerso en la magia de tus ojos y tus palabras, y me dije que nunca nos separaríamos cargados con tristezas, porque sabía que si algún pensamiento oscuro amenazaba con empañar la relación, bastarían las palabras, y el brillo de tus ojos, para despejar todos los horizontes.

Y así fue durante algunos años. Más tarde, a un ritmo imperceptible, fueron desapareciendo de tus ojos el brillo y las palabras, o tal vez sucediera que yo perdí poco a poco la capacidad de interpretar lo que emitían. En cualquier caso, lo cierto es que a partir de determinado momento dejaste de creer en la capacidad reparadora de las palabras.

Recordarás sin duda que de nada sirvieron mis explicaciones tras aquel viaje de trabajo a Brasil. Te contó alguien que no fui solo, sino acompañado de cierta muchacha de la empresa con quien, según tu informante, compartí una amorosa aventura. Me preguntaste si era cierto y hablamos del tema largamente, cuando podía haberme limitado a negarlo. El resultado en realidad era el mismo: la negación del hecho, pero como se trataba de hablarlo todo, pues hablamos hasta hartarnos. Y lo mismo sucedió en otras muchas ocasiones. Unas veces eras tú quien, intentando aclarar algún comportamiento extraño u oscuro, me ofrecías infinidad de explicaciones, perfectamente coherentes, con aquel mágico brillo en tus negros ojos; otras veces era yo el que argumentaba con aceptable grado de credibilidad. Pero en aquella ocasión, tras mi viaje a Brasil, traicionaste nuestro acuerdo porque no me creíste.

Sí, aunque nunca lo formulamos de esa manera explícitamente, el acuerdo era ese: lo hablaríamos todo hasta que quedara claro como el agua, aunque esa claridad no se correspondiera en absoluto con la realidad. La verdad es que, durante algún tiempo, funcionó casi a la perfección, y, por otro lado, nos servía para agudizar nuestro ingenio, lo que no estaba nada mal según la idea que tenía entonces sobre la mayoría de las relaciones de pareja, carentes por completo del ingenio suficiente para superar el más mínimo escollo.

Pero, como te digo, fuiste tú quien lo estropeó todo, según creí entonces, ya que no aceptaste mis argumentos respecto a lo sucedido en Brasil. En un principió pensé que había fallado mi capacidad inventiva, pero pronto llegué a la conclusión de que eras tú la que iba perdiendo facultades. Era lógica tal suposición, ya que, objetivamente, yo tenía más posibilidades de conocer gente debido a mis viajes, mientras tú apenas salías a causa de la artrosis en la cadera. Suponía que tal circunstancia te había llevado a considerar que tal vez eras la parte perdedora. Eso, si era cierto porque en casa se pueden hacer muchas cosas, no era culpa mía, pensaba; en todo trato siempre hay alguien que gana menos, aunque éste sea beneficioso para el conjunto. Tal convencimiento me tranquilizaba si alguna vez me detenía a valorar la justeza de aquel trato, aceptado voluntariamente por ambas partes.

A partir de entonces fueron peor las cosas. Yo seguía explicándote hasta la saciedad las causas que motivaban ciertos comentarios malintencionados, por parte de amigos o parientes tuyos, relacionados con mi comportamiento, pero tú te ibas haciendo cada día más lacónica, y aquellos ojos tuyos que brillaban mientras hablaban se fueron quedando mudos y opacos.

Una noche, al regresar de un largo viaje, me recibiste llorosa y hostil. Pronto contuviste las lágrimas, pero la hostilidad siguió creciendo y te negaste a escuchar mis palabras que sólo pretendían elevar tu ánimo. Repetías que estabas harta de mentiras, y tanto insististe que pensé que sería oportuno recordarte los términos del acuerdo. Si todo lo teníamos que hablar en virtud del pacto, había llegado el momento de hablar del pacto mismo. No me dejaste pronunciar palabra durante largo rato, y sólo gracias al cansancio que te produjo la tensión aflojaste en tu decisión de no escucharme. Cuando terminé con mi exposición te volvieron las fuerzas de pronto, fuerzas que empleaste en golpear mi pecho con los puños de manera insistente. Luego me diste la espalda y caminaste hasta la mesa. Cojeabas más de lo habitual y pensé que la artrosis te estaba atacando, lo que tal vez originaba, en parte, tu mal humor.

Apoyaste las manos sobre la mesa y enseguida te volviste hacia mí, llorando de nuevo, aunque notaba tus esfuerzos para contener el llanto. Dijiste entre sollozos que jamás acordaste conmigo vivir en la mentira, que tú nunca me mentiste aunque yo lo hiciera con frecuencia, que durante demasiado tiempo habías tolerado esa situación simulando creerme, que habías intentado hasta comprenderme y disculparme, pero ya no lo soportabas más. A medida que hablabas se iban debilitando los sollozos, y ya se habían esfumado cuando, con voz firme y enérgica, dijiste: "No quiero volver a verte".

Seguiste hablando y entendí pocas cosas, una de ellas: que ibas a iniciar los trámites de divorcio, otra: que te hiciera el favor de desaparecer inmediatamente de tu vista. Atribuí tu actitud al malestar producido por la artrosis, pero muy en el fondo empezaba a formarme la idea de que algo no había hecho bien. Mientras te miraba los ojos oscuros, intentado descubrir aquel brillo de tiempos lejanos, se inundó de pronto mi ánimo de una rara sensación de miseria, que no era otra cosa que un profundo sentimiento de culpa. Ya no pude decir nada en absoluto; sólo se me ocurrió hacerte el favor que me pedías y desaparecí de tu vista.

Caminé por las calles nocturnas, y creo recordar que entré en un bar a tomar algunas cervezas amargas. Amanecía cuando cruzaba el puente de los astilleros, mientras pensaba que nada tenía que reprocharte, más bien lo contrario, y lamenté profundamente mi actitud contigo. En el mismo puente consideré la posibilidad de volver a tu lado y suplicarte perdón, pero sabía que andaba ya lejos de todo, perdido por completo.

Ya era media mañana cuando seguía tomando cerveza en otro bar, frente a la aduana del puerto, y le dije al camarero que estaba sirviendo a un miserable, a un miserable que se inventó un pacto con su mujer, en virtud del cual podía engañarla y además divertirse ingeniando respuestas coherentes, la mar de coherentes. Al camarero pareció interesarle el invento, pero requerido por otros clientes no pudo seguir escuchándome. Una hora después, cuando le pedí la cuenta, quiso el hombre saber más sobre el invento, pero le respondí que no valía la pena que le explicara porque no funcionaba, y porque, además, él no tenía aspecto de canalla.

El resto del día lo pasé caminando, playa arriba, playa abajo. Me detenía de vez en cuando, cogía conchas de moluscos y las amontonaba, para luego pisotearlas y destrozarlas. El crujido de las conchas al romperse me producía una extraña sensación de sosiego, nunca sabré por qué. Y así, caminando por la arena o estrujando conchas, se me vino la noche encima, oscura como nunca, y con ella llegó una música suave, salida al parecer de un órgano electrónico. Así era, y venía la música de una de las terrazas del paseo marítimo, música dulce de bolero que siempre nos gustó.

Me encaminé hacia el paseo. En ese momento sólo tenía dos opciones: dirigirme al paseo o caminar hacia la orilla, llegar hasta ella y seguir caminando mar adentro. La segunda me apetecía mucho, pero elegí la primera opción guiado por algún mecanismo de la mente. Un mecanismo que hacía aflorar bellos recuerdos de tiempos perdidos; atardeceres de verano en el pueblo donde naciste, al que solíamos ir en vacaciones tiempo atrás, donde bailábamos boleros y compartíamos la juventud, satisfechos de haber nacido.

Alcancé el paseo, dispuesto a seguir con las cervezas en la terraza mientras escuchaba los bonitos boleros, pero no llegué siquiera a sentarme porque te vi antes de intentarlo. Todo el mundo estaba sentado en las sillas de plástico blanco escuchando el órgano eléctrico; todos menos tú y un hombre a quien no había visto antes. Bailabais muy juntos, apretados, con las mejillas unidas. Él te cogía por la cintura y tú le acariciabas el cabello. Con los pasos tan lentos no se te notaba la cojera producida por la artrosis.

Terminó el bolero. El músico, aplaudido por la concurrencia, saludó cortésmente, mientras vosotros os besabais ajenos a todo. Volví a la playa antes de que me descubrieras. Una vez en la orilla sentí la necesidad, nunca sabré por qué, de vislumbrar la línea del horizonte en la noche oscura. Era aquella una extraña necesidad, envuelta en desesperación y en tristeza infinita. Y, mientras hacía todos los esfuerzos por encontrar esa línea, recordaba una tarde lejana de abril, en un oscuro pasillo que conducía a la puerta de un viejo almacén de maderas, donde me dijiste: "No te vayas así, por favor... No te vayas nunca triste de mi lado. Vamos a hablar, vamos a hablar hasta que todo se aclare".



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