Cuentos en espanol, Ecuador, Quito
atras a cuentos en espanol  

La pequeña Alicia

Viernes

Alicia, la pequeña Alicia como la llaman casi todos, ha dado muestras de nerviosismo durante toda la mañana. Unas cuarenta veces ha mirado el reloj de la pared y otras tantas el de pulsera. Las cortinas de la ventana no las ha dejado quietas más de media hora seguida.

Aún faltan unos minutos para las tres y ya se prepara para salir, dando por terminado su trabajo en el despacho hasta el lunes a las ocho. Apaga el ordenador, guarda en su bolso el tabaco y el encendedor y, con un ágil gesto, alcanza el chaquetón negro. Camina rápida hacia la mesa del fondo, donde está el teléfono, y sus gestos de impaciencia son muy patentes al comprobar que una compañera se le ha adelantado y acaba de descolgar el auricular. Se acerca a la ventana y separa un poco las cortinas, observando con atención el exterior, hacia la zona de la izquierda. Parece inquieta al soltar las cortinas para dirigirse al teléfono que ha quedado libre. Marca los once números que constituyen su clave para fichar la salida y abandona el despacho.

Va directa hacia el ascensor, casi corriendo, pero hay mucha gente esperándolo y cambia de dirección para bajar por la escalera. Desciende de dos en dos los peldaños, como si necesitara ganar tiempo a toda costa. Apenas responde a los saludos de los compañeros por las prisas y sale embalada del edificio, tomando el camino de cemento que atraviesa el césped del jardín. Acelera el paso todavía más, incluso corre veloz, hasta alcanzar el edificio blanco de las nuevas instalaciones. Entonces se detiene a unos metros de la puerta y observa a la gente que sale, respondiendo escuetamente a los saludos de algunos compañeros. Pregunta a uno de ellos:

-¿Sabes si ya ha salido Ramón?

-Si, salió hace un momento. Hoy era su último día aquí, ¿lo sabías?

-Por supuesto que lo sabía... Precisamente quería despedirme de él.

-Pues has llegado tarde. Hasta el lunes, Alicia.

Camina despacio ahora, balanceando el bolso y dando puntapiés a las hojas secas que cubren el suelo. Se sienta en uno de los bancos de hormigón e inclina la cabeza hacia atrás, recibiendo el sol en su rostro claro. Sólo unos segundos permanece así, enseguida mira la hora y se levanta, sacudiéndose insistentemente la parte trasera de la falda con la palma de la mano. Luego se dirige hacia la parada de los autobuses con andar decidido, casi enérgico. De pronto se queda quieta. Parece indecisa, o sorprendida tal vez. Pero reemprende la marcha de nuevo, mientras empieza a vislumbrarse una sonrisa en sus labios finos de color rosa. Antes de llegar a la parada la sonrisa ya es rotunda, y con ella saluda a Ramón.

-¡Hola! ¿Qué haces aquí?

-Ya ves, esperar al autobús.

-¿No coges siempre el once, en la otra parada?

-Si, así es... Pero hoy he de coger este... La verdad es que tengo que ir al centro.

-Te conviene el treinta entonces; da menos vueltas.

-¿El treinta es el tuyo?

-No, el que yo cojo es el diecinueve.

-Bueno... Creo que yo también cogeré el mismo, aunque dé más vuelta. La verdad es que no tengo ninguna prisa... Si a ti no te importa, claro.

-Me parece muy bien. Además, hoy es tu último día y no nos habíamos despedido.

Llega el diecinueve, lleno como siempre. Consiguen subir, a pesar de que parecía imposible. Pero quedan separados en la plataforma por una masa humana, compacta y opaca. Ramón aún puede otear el espacio circundante, pero Alicia, la pequeña Alicia, ha sido tragada por el bosque de abrigos y gabardinas. Hasta dos paradas después no se despeja el panorama agobiante, y entonces se encuentran de nuevo sus miradas que sonríen.

-¿Qué vas a hacer ahora? -pregunta ella- ¿Tienes alguna perspectiva de trabajo?

-De momento no... Sólo esperar que me llamen de alguno de los sitios a los que me he presentado. Creo que mi futuro es hacer sustituciones. Estoy destinado a ser sustituto eternamente.

-Bueno, tampoco yo lo tengo mucho mejor; sólo soy interina.

-Pero tú ganarás las oposiciones, estoy seguro; eres inteligente y esforzada, no como yo.

La pequeña Alicia se ríe. Luego se pone un poco seria y mira a su compañero en silencio. Parece que va a decir algo, pero no lo hace. Es él quien habla:

-¿Qué vas a hacer este fin de semana?

-Estudiar todo lo que pueda, ¿por qué lo dices?

-Bueno, pues...No lo decía por nada... Sólo por curiosidad.

-Tengo que bajar aquí, Ramón.

Aprieta el pulsador solicitando parada. Luego da un beso a su compañero en la mejilla, mientras le coge el brazo derecho.

-Hasta la vista... Y que te vaya bien.

-Hasta la vista, Alicia... ¿Nos veremos alguna vez?

-Claro, cuando quieras. Llámame si te apetece; tienes mi número.

Alicia baja del autobús y espera hasta que éste continúa, sonriendo entonces y agitando el brazo en señal de despedida. Luego camina con lentitud, la mirada dirigida el suelo, pero se detiene a pocos metros y observa el entorno, como desorientada. De pronto cambia de dirección, ajusta la bandolera del bolso sobre el hombro, y se dirige con paso decidido hacia los callejones estrechos del lado oeste de la plaza.

 

Alicia

Me he pasado dos paradas; ahora me tocará volver andando un buen trozo. Total para nada... No sé muy bien lo que esperaba, esa es la verdad; siempre me armo un lío con estas cosas. Pero lo cierto es que me habría gustado alguna proposición por su parte; alguna propuesta concreta de volver a vernos en día y lugar determinados. Una cita, eso es... Tampoco he colaborado mucho. Por otro lado, podría haber sido yo quien se lo propusiera, sabiendo lo tímido que es. Aun así me ha preguntado lo que pienso hacer este fin de semana. Quizá por ahí podría haber amarrado alguna cita... Aunque no tengo muy claro si me apetece o no salir con él. De todas formas, me estoy montando la historia yo sola, porque no tengo ningún indicio de que a él le apetezca volver a verme.

Ramón es uno de las pocos compañeros con los que he intimado un poco. Me parece diferente a la mayoría de las personas con las que tengo que tropezarme todos los días. No habla de los temas comunes y estúpidos que ocupan las conversaciones del resto. Tampoco habla mucho de otros temas; en realidad no es muy hablador. Debe tener algún tipo de complejo, como lo tengo yo, aunque de índole distinta el suyo. Él, al menos, tiene una estatura normal. Por otra parte, si bien no se puede decir que sea guapo, tampoco está mal del todo. Pensándolo con objetividad, no veo la razón de su timidez.

Cuando estaba en el mismo despacho que yo, durante el primer mes se su contrato, era muy amable conmigo. Más de una vez me invitó a café en la máquina del vestíbulo. Pero me resultaba un poco molesto porque no sabía lo que decirle a un chico tan callado, sobre todo a esas horas de la mañana. En las primeras semanas sólo nos dijimos buenos días y hasta mañana. Después lo trasladaron al edificio nuevo y se produjo un cambio en su actitud. No sé si fue la nueva ubicación lo que motivó ese cambio, pero, en cualquier caso, éste fue repentino.

El primer día en su nuevo destino vino a la cafetería donde suelo almorzar. Estaba sola, como siempre, y él pidió permiso para sentarse a mi lado. Una vez admitido, me preguntó si creía en los horóscopos, porque vio que estaba leyendo esa sección en una revista abandonada en la mesa. No me atreví a admitirlo abiertamente y me aventuré en un extraño circunloquio, para terminar con una respuesta afirmativa. Quise justificar mi credulidad, explicándole que una amiga mía leyó en un horóscopo, estando en el paro, que pronto viviría de la literatura. Y el caso es que esa amiga encontró trabajo unos días después como vendedora de libros de una editorial importante. Ramón se me quedó mirando con una tierna sonrisa y me dijo: "Esa editorial debe ser la empresa con más personal del mundo. Porque hay en el planeta unos quinientos millones de personas con el mismo signo que tu amiga, y el pronóstico iba dirigido a todas". Me hizo mucha gracia su ocurrencia y nos reímos.

Creo que esa es la única conversación con risas que hemos mantenido. Otros días, la mayoría, hablamos sobre las dificultades de la vida. Sobre todo de las dificultades para establecer relaciones con la gente. Nuestro tema habitual ha girado siempre en torno a la soledad, aunque quizá no fuera premeditado. Siendo él tan amable y sensible, me atreví a decirle que no puedo esperar que nadie se interese jamás por mi insignificancia. Y que me gustaría mucho que alguien, alguna vez en la vida, se enamorase de mí, aunque sólo fuera para comprobar que es posible tal prodigio, pero me temo que pocas perspectivas existen. Por eso debo esforzarme en otras parcelas de la vida, para alcanzar en algún momento el éxito que me justifique. Lo conseguiré a golpe de oposiciones, una tras otra...

Quizá fuera por amabilidad, o tal vez -ojalá- porque lo sintiera de verdad, pero pronunció, en más de una ocasión, palabras muy agradables sobre mi persona, y llegó a decir que mi aspecto le parecía atractivo y gracioso.

Desde aquel día he intentado encontrarme con él. Incluso me he sentido nerviosa y malhumorada cuando no lo he visto. Si un día no lo encontraba a la hora del almuerzo, descargaba mis iras con otros compañeros, harta ya de soportar sus impertinencias. No puedo aguantar que me llamen "la pequeña Alicia", lo he repetido muchas veces... En algunos momentos me he preguntado sobre el sentido de esa especie de inquietud que me producía su ausencia. En realidad pienso mucho en ello, pero, por lo visto, pienso en un idioma que no entiendo. Ahora se ha ido para siempre... ¿Me llamará alguna vez? No lo creo.

Presiento que va a ser largo este fin de semana. En realidad lo son todos. Otras veces tengo el recurso, o la excusa, de estudiar, pero no sé si esta vez me va a servir. Los domingos, sobre todo, son insoportables. Si hace buen día, tengo la sensación de estar desperdiciándolo encerrada en casa. Entonces me propongo salir para disfrutar del sol, pero empiezo a pensar en los lugares donde podría ir y me invaden las dudas, no acabando de decidirme por ninguno. Mientras pienso que debo tomar una decisión, ha pasado la mañana, y me he quedado encerrada en mis dudas. Luego lamento no haber estudiado y, además, haber perdido la oportunidad de un pequeño disfrute.

Algunas veces, pocas, sí salgo. Tengo un método para azotar la pereza y la inseguridad que funciona de vez en cuando. Pongo, a todo volumen, "La consagración de la primavera" de Stravinsky, y si eso me falla, pruebo con "Catulli Carmina". Si funciona, salgo a la calle y me dirijo a la playa, para pasear por la arena y mirar el horizonte. También miro a veces, tratando de evitarlo, a alguna pareja que se besa. Me gustaría entonces tener la potestad de expropiar felicidades ajenas.

 

Sábado

Alicia, la pequeña Alicia, se despierta muy temprano, como siempre. Y, lo mismo que todos los festivos, se da media vuelta en la cama, estira la colcha y se vuelve a dormir. Se levanta cuando el reloj digital, con números grandes y rojos, indica que son las diez y quince minutos. Se dirige al lavabo, pero tropieza con el marco de la puerta del dormitorio y se tambalea. Sigue el camino por el pasillo, después de soltar una palabra malsonante mientras se coge el codo. Llega al cuarto de baño y enciende la luz, cosa que al parecer le molesta, porque se tapa los ojos con el brazo. Antes de salir se mira en el espejo y dice otra palabra malsonante, diferente a la anterior, y más rotunda que aquella.

Entra en la cocina y se prepara un café. Luego toma de nuevo el pasillo, removiendo el café mientras camina, y llega a la salita. Deja la taza sobre la mesa y busca los cigarrillos. Enciende uno y aspira de manera compulsiva. Mantiene el humo en la boca unos segundos y luego lo expulsa con fuerza, mientras mira hacia la puerta del balcón. Se acerca a ella y descorre las cortinas. La luz, al parecer ya no le molesta. Vuelve al sofá y toma el café de un sólo sorbo. Enciende otro cigarrillo y se dirige al dormitorio, donde busca algo en los cajones del armario. Sale con ropa interior y un chandal rojo bajo su brazo. Llega al baño y echa la colilla en la taza del water, abriendo a continuación la llave del agua de la ducha.

Cuando se ha vestido, se acerca al espejo y observa en él su mejilla derecha, aproximándose mucho. Al momento se separa y da unos pasos hacia atrás. Hace un gesto de desagrado y sale del cuarto de baño aún con y el pelo húmedo. De nuevo en el sofá enciende otro cigarrillo, pero se levanta enseguida y va hacia el balcón. Abre la puerta y sale, dirigiéndose directamente al cactus más grande, envuelto por una especie de pelusa blanca enmarañada, que observa con atención durante unos segundos, apoyándose después en la barandilla para observar la calle.

 

Alicia

Esas grandes flechas blancas, pintadas sobre el asfalto, siempre me llaman la atención. Unas, las del centro de la calzada, son rectas y rígidas, y las de los lados, más flexibles, se doblan hacia la derecha o la izquierda, según el lado en que se encuentren. En cualquier caso, sean rígidas o flexibles, dictan una dirección bien precisa. Nadie que se encuentre ante una de esas flechas se atreverá a desobedecer el mandato que indican. A veces pienso en lo que opinaría un visitante extraterrestre al ver cómo los vehículos toman la dirección obligada, incapaces sus conductores de tomar decisiones sobre el destino a seguir.

Cuando era una niña me fascinaba observar a los guardas urbanos. Se ponían en un cruce, o en mitad de una plaza, con un uniforme azul oscuro, trinchas blancas y casco aún más blanco. Hacían movimientos con las manos que unas veces me parecían graciosos y otras ridículos, aunque siempre enérgicos. Pensaba por entonces que la gente que tenía coche debía ser rica, o poderosa al menos, pero mucho más poderoso era el guarda urbano, porque él les hacía parar con sólo un gesto de su mano. Luego, cuando consentía en que los automovilistas siguieran, les indicaba la dirección en que debían seguir, al frente, a la derecha o a la izquierda, según las apetencias del guarda. No sabía entonces que eran los conductores los que indicaban a éste, mediante señales convenidas, sus intenciones, limitándose el urbano a regular la circulación. Cuando supe eso, dejé de admirar a los guardas urbanos.

No estaría nada mal que en mi interior hubiera un guarda que me indicara en cada momento la dirección que debo tomar en la vida. De esa manera me evitaría tropiezos desagradables. Sobre todo me evitaría todas estas dudas que siempre me acompañan a todas partes. Estoy más que harta de estar siempre dudando de todo cuanto me rodea...

Alicia se ha sobresaltado con el timbre del teléfono, pero se repone pronto y acude veloz a responder.

-Diga...

-Hola, Alicia... Soy Ramón.

Tarda en responder, y lo hace después de sentarse:

-¡Hola!... Me alegro de oírte.

-¿Qué haces?

-Me iba a poner a estudiar un rato. ¿Por qué lo dices?

-Bueno... Se me había ocurrido que, si no tenías nada mejor que hacer, podíamos ir a comer a la playa. Pero comprendo que tienes que estudiar... No quisiera molestarte. Te llamaré otro día.

-No, Ramón, espera... La verdad es que no me apetece nada ponerme a estudiar, y lo de comer en la playa me parece una buena idea.

-¿Lo dices de verdad? ¿Quieres decir que estás dispuesta?

-Claro que sí, pero dame tiempo a que me arregle un poco.

-A la hora que tú digas, Alicia.

-Vamos a ver... ¿Te parece bien dentro de una hora en la verja del puerto?

-Me parece estupendo, allí estaré.

Alicia enciende un cigarrillo, pero lo hace al revés, por el lado de la boquilla, y lo tira por el balcón. Enciende otro y da una gran bocanada, luego corre hacia el dormitorio y abre el armario ropero. Elige una falda negra y corta, una blusa blanca y un suéter fino color lila pálido. Empieza a vestirse mientras tararea "Catulli Carmina". Cuando ha terminado va al cuarto de baño y abre un pequeño armario colgante, a la izquierda del lavabo. Saca de él algunos pequeños botes de cristal y una barra de carmín. Extiende el contenido de uno de los botes sobre sus mejillas, frotándolas a continuación con una pequeña almohadilla. Luego pasa la barra roja sobre sus labios, perfilándolos después con la punta de un lápiz. Deja el lápiz de los labios y coge otro con el que retoca alguna zona de los ojos.

Guarda los productos y se observa en el espejo. Sonríe. Se separa del espejo, hasta casi la puerta, y vuelve a mirase. Modifica con ambas manos su peinado y se pone de perfil, alisando su falda por detrás, tras lo cual hace un gesto de aprobación y sonríe de nuevo, esta vez con más convencimiento. Abandona silbando el cuarto de baño, pero regresa enseguida para ponerse unas gotas de colonia en el cuello, sin dejar de silbar. Coge su bolso y sale a la calle.

Alicia, la pequeña Alicia, camina hacia la parada del autobús con graciosa decisión, imprimiendo a su bolso un agitado balanceo. Llega el autobús y sube con comodidad; apenas hay viajeros. Se sienta y apoya su brazo en el marco de la ventanilla, aunque poco después sólo apoya el codo, e inclina la cabeza para descansarla en la mano.

Su expresión ha cambiado; se le ve pensativa o preocupada. Cruza los brazos y baja la cabeza, y así sigue hasta que el autobús dobla para enfilar la larga avenida que conduce al puerto. De pronto se levanta del asiento y se dirige a la plataforma de salida. Está a punto de pulsar el botón para apearse en la siguiente parada. Desiste de hacerlo y permanece de pie unos minutos cogida de la barra metálica. Al fin vuelve a sentarse sin evitar un expresivo gesto de desagrado. Su estado de nerviosismo se va haciendo cada segundo más evidente, y termina golpeando repetidamente el asiento con el puño cerrado, hasta que el autobús llega al puerto, final de su trayecto.

Parece que Alicia duda antes de bajar, pero al fin lo hace, ante la insistente mirada del conductor, con mucha lentitud, como si no deseara hacerlo.

Ramón está justo enfrente, en la otra acera, junto a la verja. Alicia no cruza la calle de inmediato, a pesar de que el semáforo para peatones está verde. Se entretiene mirando el escaparate de un comercio de efectos navales, o finge ha-cerlo. Al fin gira sobre sí misma y cruza con decisión. Ramón le sonríe desde el otro lado y agita el brazo para saludarla, pero ella no responde al saludo; camina con rapidez y seriedad. Llega hasta él y se planta delante.

-¿Te ha ocurrido algo, Alicia? - pregunta Ramón con expresión de extrañeza.

-Y aún me lo preguntas. ¿Crees que soy tonta o qué?

-Pero, ¿qué te pasa?

-Pues que no soy tan imbécil como supones. Soy pequeña y poco agraciada, pero no imbécil. Y tú... Tú eres un sinvergüenza, como todos. Vaya con el tímido de Ramón, con el amable de Ramón. Pero, ¿qué te has creído? Nunca hubiera esperado algo así de ti, pero, al fin y al cabo, todos sois iguales... Sólo os importa una cosa...

-Por favor, Alicia, ¿quieres explicarme lo que pasa? Te aseguro que no entiendo nada.

-¡No entiendes nada! Si, hombre, encima te haces el sorprendido. Pues para que veas que no soy tonta, te voy a explicar lo que pasa. Tú no debes tener ningún éxito con las mujeres, eso seguro; no hay más que verte, Y te has dicho: "Pues ahí tengo a la pequeña Alicia, que estará deseando que alguien le diga algo" Lo que querías era aprovecharte de mi supuesta necesidad para satisfacer tus deseos primarios. Pues, ¿sabes lo que te digo? Que será mejor para ti que te busques a una de esas furcias que tanto abundan por esta zona.

-Pero, Alicia... ¿Qué estás diciendo? Escúchame, por favor...

-No pienso escucharte nunca más. ¡Te odio!

Dicho eso, da media vuelta para marcharse. Ramón le coge el brazo para retenerla, pero ella se resiste y sale corriendo, sin dar ninguna oportunidad a su antiguo compañero, quien se queda apoyado en la verja del puerto con expresión de asombro infinito.

Alicia, la pequeña Alicia, sube al autobús. Se lleva las manos a los ojos para extender el fluido de sus lagrimas. Y con él extiende también una coloración gris azulada sobre sus mejillas.



  Carros en Ecuador
  Bienes Raices en Ecuador
  Hare Krishna