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A las 12 en punto

"Hace falta vivir mucho tiempo para llegar a ser joven", decía Picasso, y la verdad es que Don Javier Rojas cumplía los requisitos: había vivido tanto tiempo que por fin había conseguido aferrarse a su infancia, dejando libres todos sus sentidos y sensibilidades. Había conseguido ser joven, muy joven. Ahora, a los 77 años de edad, comprendía que en la vida no merecía la pena dedicar tiempo a la preocupación y al arrepentimiento. Para el Señor Rojas sólo eran comportamientos que anulaban al ser humano y a su natural espíritu espontaneo.

Los vecinos del barrio siempre le habían considerado una persona respetable, aunque un poco solitaria desde que murió su mujer, Blanca, hacía ya más de veinte años. Pero las cosas habían cambiado. Ahora, para todas aquellas personas, el respetado Señor Rojas no era más que un loco.

Lo duro no era mantenerse impasible ante la falta de saludo de sus convecinos o los desplantes de las grandes damas de la Junta de Distrito, sino soportar estoicamente los cuchicheos insanos que alimentaban cada día la voracidad de todos ellos en la carnicería, el kiosco o el estanco.

Menos mal que aún podía contar con un buen amigo que le apoyaba en los momentos más difíciles. Don Julián, el del kiosco, nunca le había fallado, y siempre le había puesto al día de los rumores que circulaban sobre él. De todos modos tampoco tenía gran importancia que todas aquellas gentes le hubiesen dado la espalda, al fin y al cabo, ¿quién los iba a necesitar después de mañana?. Mañana era uno de los días más importantes de su vida, y junto a él estarían sus queridos hijos, sus nietos y los pocos amigos con los que aún contaba.

Tumbado sobre su amplia cama, mirando fijamente algún punto lejano más allá de la lámpara de piedras transparentes, pensaba si había previsto todo con suficiente tiempo para que no faltase ningún detalle. Pensaba en sus hijos, en sus nietos, en su mujer, que lo estaría contemplando todo desde el otro mundo. ¿No se había olvidado de nada?, ¿seguro que estaba todo perfecto?. Quería conciliar el sueño, descansar un poco para que las arrugas de su frente no fueran tan pronunciadas y las bolsas de sus ojos no se precipitasen poco a poco hacia el suelo. Pero no podía dormir, era imposible.

Se levantó a por una copita de vino. Hacía siglos que no bebía, el médico se lo había prohibido totalmente desde que le diagnosticaron la úlcera, pero esta noche era especial, esta noche necesitaba un chato. El sonido del somier al incorporarse rompió el silencio nocturno. Se puso su batín de felpa, caminó descalzo hasta la cocina y abrió el armario que hacía las veces de despensa para coger el Rioja. Abrió la botella utilizando el sacacorchos y sacó un vaso del lavavajillas, depositando en él el tinto mientras su boca se hacía agua con solo pensar en el sabor. El primer trago pasó por su garganta como una llama y llegó hasta su estómago arrastrando la angustia que oprimía su pecho desde hacía semanas. Miró el reloj en su muñeca y se dio cuenta que eran las cuatro y cuarto de la madrugada. Ya faltaba menos.

El reloj de su muñeca. Se lo había regalado Blanca cuando cumplieron su primer año de casados, y aún funcionaba. Ya no se fabricaban maravillas como esa. Ahora todo era analógico o digital, todo iba a pilas o necesitaba corriente eléctrica. Su querida Blanca, tan detallista. Ahora recordaba que ese año él ni siquiera se acordó de su aniversario, así que no la había comprado nada. Recordaba su gesto de disgusto aceptado, su desilusión ante la mala memoria de su marido. Pero él supo compensárselo, y no solo ese día, sino el resto de los días de sus aniversarios, cada año. La quiso mucho, y la echaba de menos.

Allí de pie, en medio de la cocina, descalzo, cerró los ojos para recordar con claridad el rostro de Blanca cuando le puso el anillo en la iglesia, pero no lo consiguió, ya no podía verla vestida de novia, radiante y feliz. Solo se acordaba de su cara desencajada en aquella horrible cama de hospital, delgada y llorosa, sufriendo de dolor por el cáncer que la iba devorando poco a poco. Y luego el sueño incitado por la morfina, era el único remedio. Era el fin. Su cara de niña demacrada en aquel horrible féretro, sus manos enlazadas con el anillo dorado, su sonrisa forzada, pero tan dulce, tan cómplice.

Lazslo le lamió los pies sacándole de su contemplación. Sonrió mirando a su gato y se agachó para cogerle, pero sus rodillas ya no eran lo que fueron siempre, y a pesar de conservarse delgado se resintió un poco al levantarse con el gato en brazos. Suspiró pensando en los años que llevaba a cuestas mientras caminaba hacia la salita dispuesto a recostarse tranquilamente un rato en la mecedora.

Dejó el vaso de vino sobre la mesita de madera que sostenía la lampara y el cenicero y abrió la pitillera de mesa sacando un cigarro. El médico también le había prohibido fumar, pero ese vicio si que no podía dejarlo, ¿qué más daba un cigarro más o menos cuando tienes 77 años?, ¿acaso iba a destruir más de lo que había destruido ya en el interior de su cuerpo?. Encendió el cigarro aspirando con fuerza y dio otro sorbo al vaso de vino.

Lazslo se había acomodado tranquilamente en su regazo, ronroneando complacido por el calor de la bata de su amo. El señor Rojas acariciaba su suave y blanco pelo largo mientras pensaba en su pequeña nieta Leticia, y en la de trastadas que le hacía al pobre Lazslo cada vez que venía a visitarle. Sus rizos negros se enredaban cada vez con las uñas del minino mientras rodaban los dos juntos por la alfombra de la salita. Alguna de esas veces el pobre Lazslo se había chamuscado con las chispas de la chimenea, pero Leticia se encargaba de que siempre estuviera a salvo. Desde que le regalaron los Reyes Magos el juego de primeros auxilios hacía de doctora misionera y aplicaba gasas y vendajes al pobre gato por todo el cuerpo.

Lo mejor habían sido siempre las Navidades, desde que Blanca murió nadie faltaba a acompañar el día de Nochebuena al padre de familia. Nochevieja ya era otra cosa, esa noche sé se sentía más solo y más triste, salvo los años en que le tocaba quedarse al cuidado de los nietos. En cuanto sus padres desaparecían por la puerta para acudir a cualquiera de las fiestas que celebraban el año nuevo, Don Javier sacaba los turrones, las peladillas y los polvorones, encendía la chimenea, ponía su colección de Adagios en el equipo de música y contaba cientos de cuentos a los niños, o se lanzaba en la alfombra de la salita con todos los cojines de la casa para disfrutar junto a sus cinco nietos de alguna película infantil.

Todos los hijos y los nietos habían probado por primera vez el Málaga Virgen alentados por Don Javier en una Nochevieja. Y cada año se repetía el mismo ritual. La edad de 7 años era la frontera que había que cruzar para probar el elixir mágico del abuelo. Daba igual que sus hijos, ahora mayores, casados y responsables, prohibieran terminantemente al abuelo dar de beber algo con alcohol a los niños, ¡menudo era Don Javier!, ¡como que alguien le iba a prohibir algo en esta vida!.

Echaba a todos de menos en ese momento, necesitaba de nuevo la aprobación de sus hijos para dar el gran paso, a pesar de que ya le habían repetido una y mil veces que le entendían y estaban de acuerdo. Se fijó en el reloj de cuco al comenzar a asomar el pajarillo y vio que ya eran las seis. Quedaban pocas horas, y aunque estaba muy seguro de lo quería hacer, a veces la fuerza de los recuerdos hacía flaquear todas sus determinaciones. Pero, en realidad, con todo podía la fuerza de la ilusión, la fuerza de una ilusión juvenil, infantil, del nuevo niño en el que se había convertido.

Decidió dormir un poco y se fue a la cama con un libro de Chejov. Por supuesto Lazslo le acompañó trepando a la colcha en cuanto Don Javier se hubo despojado del batín y metido en la cama. La última vez que pudo concentrarse en la lectura ya eran las siete menos cuarto de la mañana, sus ojos terminaron por rendirse al sueño con la esperanza de que el despertador funcionase a las diez, tan solo unas horas, tan solo unos minutos más tarde para comenzar su vida, su nueva y juvenil vida.

Efectivamente el despertador fue tan puntual como cabía esperar de un despertador de cuerda. El campaneo estridente hizo a Don Javier saltar de la cama como cuando tenía que ir a trabajar a la fábrica. Ahora era igual de necesario, y para él mucho más importante.

Se duchó rápidamente y se afeitó. Luego comenzó a vestirse despacio. Primero se puso la ropa interior limpia, optó por la camiseta de termolactil, era bastante friolero y ya era noviembre. Luego se puso unos finos pero cálidos calcetines negros y el pantalón del traje. Se ajustó los zapatos y fue hacia el baño para peinarse pulcramente antes de ponerse la camisa blanca. De camino allí encendió el equipo de música y puso la 5ª de Mahler. Cuando se estaba peinando llamaron a la puerta. Sonrió frente al espejo pensando en los pequeñuelos que segundos más tarde estarían correteando por la casa, y pasó la mano sobre la línea suave de su pelo cano antes de acudir a la llamada del timbre.

Al abrir se cumplieron todas sus predicciones, Leticia y Jorge entraron correteando seguidos de sus padres. A Don Javier le gustó ver a su pequeña Alicia tan radiante de felicidad, le sentaba fenomenal su tercer embarazo. Los niños besaron al abuelo y corrieron a buscar a Lazslo.

- ¿Que tal papá?, ¿nervioso?- preguntó Alicia mientras le besaba. - No cariño, yo ya he pasado por esto- dijo sonriendo con una mueca de ternura. - Bueno Don Javier, eso no tiene nada que ver, la segunda vez se pasa casi peor que la primera- dijo Luis por experiencia. - ¿Dónde está Javi?- pregunto Alicia. - No lo sé, ya debería estar aquí, pero ya sabes que tu hermano no llega nunca puntual a los sitios. Tomad algo, saca algún refresco a los niños, yo voy a terminar de vestirme- Don Javier se dio media vuelta para continuar con su tarea.

Al rato, cuando el Señor Rojas ya se había puesto la camisa y la corbata, escuchó desde la habitación a Javier entrando en el salón, algo sofocado y anunciando que ya estaba todo el mundo esperando en la plaza para acompañar a su intrépido padre. De camino a casa, Javier había pasado con el coche por la plaza y había visto a la gente esperando. Incluso había visto concentrados a muchos de los que criticaban a su padre y le tachaban de loco, ahora se habían transformado en simples curiosos que después crearían su propia versión de los hechos. Teresa y los niños estaban abajo esperando en el coche, ya era tarde y no había tiempo para buscar algún sitio donde aparcar, de modo que lo había dejado en doble fila.

- Tengo ganas de ver a Sandra. Hace tanto que no la veo- dijo el abuelo según salía de la habitación completamente preparado. - Hola papá. Sandra está abajo, y todo el mundo espera ya en la plaza para ver el "espectáculo", ya sabes a qué me refiero, están muchos de tus admiradores. - Ya. Contaba con eso- dijo Don Javier ajustándose los gemelos. - Venga niños, vámonos, se hace tarde- dijo Alicia intentando que los chicos dejasen en paz al pobre gato.

Finalmente todos salieron de la casa y Don Javier cerró la puerta con llave. Bajaron en el ascensor por turnos y una vez abajo los otros tres nietos corrieron a saludar a su abuelo. Sandra, que acababa de llegar de Londres para no perderse el acontecimiento, fue la primera en abrazar a su abuelo y desearle mucha suerte. Los dos pequeños, aunque ya no lo eran tanto, no se preocupaban de la medida en que aquello podía afectar a los sentimientos o a la imagen de su abuelo. Con 12 y 14 años solo se ocupaban de ligarse al mayor número de chicas posible, y al parecer iba ganado el pequeño. En realidad Don Javier sabía que había salido a él, si hasta llevaba su mismo nombre.

Al parecer Teresa era la única de la familia que no veía con buenos ojos aquella aventura de su suegro, pero sus labios no dejaban escapar ninguna crítica al respecto, solo su cara desnudaba su opinión. Sus profundos ojos negros lo decían todo. El abuelo se montó en el coche de su hijo mayor y quedaron todos en verse en la plaza unos minutos más tarde. Teresa sabía que ya no habría manera de hacer recapacitar al abuelo sobre la locura que según ella iba a cometer.

Al llegar a la plaza algunos curiosos desconocidos se habían acercado a los grupos de gente dispersa para ver lo que ocurría. ¿Cuál era el problema?, pensaba Don Javier, esto ocurría todos los días, era el final del siglo XX. No había para tanto. En ese momento pasó por su cabeza la duda de si se había dejado el Compact-disc encendido. No, no, lo había apagado todo.

Subieron las escaleras de la entrada a los juzgados. Don Julián, el del kiosco, esperaba dentro con una sonrisa de oreja a oreja. Él y Don Javier se abrazaron dándose palmaditas en los hombros. Una vez en el despacho del juez civil aguardaron un poco hasta que llegó Rosaura. Estaba preciosa con su traje de firma en color hueso y su sombrero a juego. Al entrar guiñó el ojo al abuelo, y a él se le esfumaron todas las dudas, todos los temores y todos los recuerdos que le habían asaltado durante la noche. La quería, la quería de verdad, y se iba a casar con ella dijese la gente lo que dijese. Ya está, así de fácil. ¿Que le importaban los demás?, Rosaura lo aceptaba, él lo aceptaba, sus hijos lo aceptaban, sus amigos de verdad también, incluso estaba seguro de que Blanca lo aceptaba. Él era feliz, se sentía de nuevo joven, lleno de vitalidad, lleno de magia infantil, lleno de chispas de Málaga Virgen. Picasso tenía razón, mucha razón. Y esta sólo era su segunda vida, aún le quedaban cinco, como a su gato.



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