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Aria dolorosa

Extraviarse en un camino tan conocido.¿Cómo suceden estos descalabros? Porque es romperse, quebrar algo duro en cientos de pedazos y entonces la paz... Bueno, ¿cómo decir?, no la pacífica pasiflorina paz, sino algo semejante a que a uno se le enrede la muleta en los cuernos del toro y entonces a correr al burladero desde el cual puede sentirse el golpanazo del astado sin merma sino del amor propio.

Pronto debe pasarse este mareo que me tiene fuera de órbita, ciclo recurrente, como quien tuviera que dar vueltas sobre sí mismo cargando un peso extra en las manos y siempre fuera empujado a la orilla, al precipicio. Me siento el niño que no pudo contener las ganas de orinar y se mojó frente al auditorio repleto.

La oscuridad que alcanzo a ver se alarga como si fuera de plástico, y así de improviso se me viene a la mente la luz de un cirio, no lo puedo evitar, un cirio tal vez puesto al pie de la muerte de alguien tan amado que me dan ganas de vomitar del esfuerzo que hago para ponerle freno a la memoria.

El resumen es que estoy descompuesto, temporalmente, pero descompuesto, y nadie perdona algo así a un cantante de mi altura, ni el público, ni los encabezados, ni mi propia italiana madre muerta mortal desde hace años.

Me siento habitante solitario de la nave de los locos. Babeo y río sin parar mientras el mar brama Bravo, me arrastro por la cubierta palmo a palmo hasta encontrar el ángulo rojo de la tormenta desatada. Por lo menos en medio de la ventisca encuentro algo: estoy más cerca de cercar la definición exacta de lo que se debate dentro de mí mientras me miento miserablemente y no obstante lucho contra el mareo y la incuria.

Este lugar es lo más parecido a un ataúd. Siento frío; vaya, como si el frío fuera cosa que yo no aguantara, como si por mi complexión no me gustaran mil grados bajo cero con tal de no sudar el sudario de las calles negras que no sudan sino hierven su negreza.

Nadie lo advirtió, pero de haberlo hecho cualquiera diría, "Qué momento para indisponerse, justo cuando ha terminado el aria, justo cuando parten los barcos de vuelta a territorio griego y las voces de vencidos y vencedores se alzan al cielo".

Ahora mismo debería estar entrando para el segundo acto. Vestido de príncipe cantaría las penas del regreso a Micenas. Pero así es el canto, o la garganta del canto, o más bien la náusea que aprieta a veces la garganta y adelgaza no sólo la voz, adelgaza también la entrada de aire, de luz, atora los pensamientos a la entrada del cerebro y no permite más que un grito interno con el consiguiente desvanecerse del mundo. ¿Dónde está la potencia el empuje la arrolladora voz que deja silenciosa la garganta del público? ¿Dónde el canto que ha hecho latir el corazón de los auditorios más famosos?

Cantar. ¡Malajos! como decía mi padre. ¡Mil veces malajos! Ojalá hubiera unas tijeras con las que pudiera cortarse el manto de neblina que me separa de ese otro lado en el que todos están. Pero tendrían que ser una tijeras especiales y ahora no hay mucho tiempo para conseguirlas, a menos, claro, que cerrara los ojos con la fuerza de un león, que los apretara y de tanto desearlas aparecieran las tijeras en mi mano derecha, mano regordeta que a mamá siempre le causó una ternura lúbrica al punto de que la mantenía en su pecho de vikinga por instantes que eran horas que eran astros. Extraño ese calor ahora mismo cuando el friecillo me atonta, se encajan témpanos en los tímpanos y oigo pífanos que llaman a escena al capitán de los mil guerreros: "Salve, oh cabeza de las huestes aqueas, muéstranos el camino hendiendo con tu nave el proceloso mar".

Me duele el pecho o el estómago o los pulmones. Algo ocurre alrededor de mí, danza de la muerte, danza de la calavera que ríe, martillo dando en el clavo, animal prehistórico atascado en el pantano...

Maldita obesidad, cordillera de carne que no me permite discriminar entre la muerte muerte, un infarto, una siniestra indigestión, un paro respiratorio...

Si Mozart hubiera tenido encima 248 libras sus dedos habrían desbordado cualquier teclado y entonces adiós óperas: de cierto yo sería otro: padre de familia, obrero, dueño de un restaurante, cualquier cosa menos un cantante tendido enmedio de paños y telones viejos de otras funciones cuyos dibujos me parecen ridículamente infantiles: he ahí en cartón piedra los bosques, ciudades, iglesias y flotas imperiales; he ahí los siglos, los sueños obsesivos de coreógrafos y directores quisquillosos; tras de mí habita el trazo de una almena descompuesta por la gotera del techo, el moho, la negra mortaja de un ciclorama que terminará sus días pudriéndose en un basurero suburbano. Al fondo, como estrella, el titilar de un trombón inservible trata de decirme algo que no entiendo bien pero se relaciona con la extinción, el abandono, la ausencia.

Si tuviera la fuerza para reír lo haría con gusto: puedo escuchar a operarios, actores, extras, vaya, al mismísimo Carlo, dando voces sin ton ni son mientras yo aquí, preso de la gravedad, untado al suelo, oculto bajo el paño al que traté de aferrarme al tiempo que me vencía este mareo.

¿Hubo algún aviso, alguna señal? Nada, nada actuó como premonición, como detonante para avisarme que, fuera del escenario, ese Aleph que pocos han visitado, estaría mi cita con la asfixia: despertar a las 5:50; día de otoño, sin nubes pero gris; ejercicio moderado en el gimnasio del hotel; sauna; café negro y croissant. Amenazaba lluvia y no quise salir, pasé la mañana entre la lectura de Calvino y el quicio de la ventana. Vi a una adolescente y pensé, "Dios, qué terrible es la juventud, qué efímera, qué incierta, mientras la madurez..."

Sudo. Por mis poros surge el mar, o mejor, siento como si la marea me fuera alcanzando desde los pies, olas delicadas que dentro de un momento se pondrán celosas de mi cuerpo y querrán llevárselo lejos, más allá de la barrera de peces, del concierto de algas, mi cuerpo inútil disparado al centro de ese remolino donde está el oratorio de los ángeles y la voz divina no es privilegio de tres o cuatro seres vivos en el mundo... Si hubiera compartido esta función con Claudia, mirar de lejos su delgadez, el pecho delicado de donde emana esa voz dulce desde su lugar en el coro. Si no hubiera rechazado mi amor estaría ya confirmada en algún solo de acuerdo a su belleza, si...

Voces, dos mil años de Occidente y tan sólo cinco o seis voces han sido historiadas, el resto: flato indigno, sonidos cascados, voces tan triviales que apenas sirvieron para comunicar pálidamente el deseo, el dolor, la furia.

¿Cuándo se muere uno exactamente? ¿Cuando la respiración se hace delgadita y vana? ¿En el momento de que se retira todo el dolor y lo sustituye un aire tibio sobre la cara? Mi vida relampaguea frente a mis ojos: me estoy muriendo.

Yo era un niño, el avión en que viajaba mi padre se derrumbó.

Solamente hallaron pedazos de lo que fue el hombre más importante del universo.

Mamá y yo competimos en el concurso del llanto. Me ganó.

El sepelio fue en Nápoles.

Nos mudamos a Milán. Engordé.

Resolví ser piloto: inventé un avión infalible: rescaté a miles de hombres iguales a mi padre: descubrí nuevos continentes.

Ocho años soñando despierto y dormido que conducía mi avión inmenso sobre los territorios inhóspitos de la Tierra, hasta que un día encendí el televisor y vi este planeta girando en el espacio, azul, perfectamente pacífico, lejos de toda la maldad que había matado a mi padre, inocente de las condenas sucesivas que había dictado en su contra.

Ya no tuve a quien responsabilizar: fue el vacío, fue la sinrazón, fue la caída libre de mi aeronave mi sueño mi obsesión mi madre neurasténica mi casa mi planeta.

Desperté de una depresión de seis semanas enmedio de aquel salón oloroso a barniz y madera, desperté con los oídos de los maestros de la Escuela de Arte puestos en mi garganta, hiriéndome desde su alcurnia y su exigencia.

A mamá le dijeron que mi potencial era el de un sobredotado, le asignaron una pensión mensual y no volví a verla sino en contadas ocasiones a lo largo de casi diez años.

Están dando palmas allá afuera, el público no me ha olvidado, ah, tal vez este segundo es lo único que recordaré, tal vez uno se lleva sólo la imagen última, y no será una ovación, ni siquiera un aplauso de bienvenida sino palmas, manos inquietas, gente desesperada, hombres y mujeres que pronto hablarán de la última vez que vieron al tenor más grande de todos, el sin padre, el invisible obeso gordísimo inútil que no sabe sino cantar, el que es al abandono lo que la belleza al deseo... Los que me vieron hoy, sentirán la fortuna del coleccionista, dirán que me veía perfectamente bien, que canté como nunca, como si supiera que al poco tiempo me hallarían inmóvil, encallado como una ballena esclerótica, con la horrenda expresión del que agonizó en soledad estando todos tan cerca, mamá, tan cerca que soy intocable hasta para ti, ser céreo como de cera, hombre grasa, niño que se debate en la sinrazón sombría de tener que alejarse del mundo de los cuentos y los juguetes para lograr unas monedas.

Siempre pensé: "Cuando yo muera mi capilla ardiente estará un día en la Escuela de Arte de Roma y otro en la Scala; de más allá del océano vendrá gente a presentarme su respeto y terminaré con modestia en el cementerio de mi aldea siciliana."

Lo patético no es esta escenografía descompuesta por el tiempo, lo que verdaderamente me lastima es la falta de luz, es la forma vergonzosa en que mi rostro está cubierto y nadie podrá atestiguar en mi descargo que en los últimos instantes no fui presa del miedo aunque sea una mentira del tamaño de este globoso abdomen del que surge la necesidad de un abrazo en vez de la soledad casi piedra. Ojalá pudiera aprender rápidamente cómo entregarme a lo que viene, pienso en mi avión, pienso que hubiera sido bueno caerme junto a mi padre, pienso que mamá me puede ver y espera paciente a que transite la distancia...

Una extraña certeza me asalta: es este y no ningún otro el momento en que debería cantar, justo aquí, ante el sendero que me llevará a la muerte. Un aria dolorosa que me abriera las puertas del Cielo bajo la custodia de mil ángeles que se niegan a dejarme pasar, es ahora cuando la voz debe convertirse en luz, ahora cuando el fuego, cuando la pasión, la venganza, la frustración infinita de no poder moverme deberían concentrarse en una flecha que incendiara las puertas y permitiera a esta alma enfrentarse a la voz más alta, la perfecta tesitura de Dios.

Claudia, vene, amore, canta en mi oído el dolor de Dido, acércate más, ¿dejarás al fin de repudiarme? Soy tan feliz, voy a hablar con Carlo, debemos comenzar nuestros ensayos inmediatamente, tú y yo, Claudia, abriendo la próxima temporada en Zurich...

 



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