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¿Eres tú,

Al llegar a la playa, comenzó a caminar por la arena, con la cabeza echada hacia delante. Todo su cuerpo se mostraba enhiesto... Parecía un frágil bloque avanzando en medio de la fuerte sudestada.

“Me parece una cosa de locos salir a caminar con esta noche.” Una vez más recordó la despectiva frase de César; esa frase que se empeñaba en buscar las aristas de su cerebro.

Se mordió los labios; pero no con la furia de otras noches; no con el abismo espiritual con el que solía masticar su impotencia a través de la misma playa (esta vez sus dientes presionaron el labio inferior suavemente, casi con un toque de erotismo).

Tampoco tenía el sabor salitroso de otras ocasiones, el abanico envolvente de las olas que extendían su largo cinturón de plata, cada vez que un relámpago encendía el cielo.

La lluvia, cerrada por momentos, bajaba a chorros por su cara. “Quiero que sepas que lo nuestro está terminado.” Entonces, las tajantes palabras de César no la habían asombrado; en parte, por estar ligadas a las circunstancias, y en parte también, porque formaban parte de su inveterado masoquismo.

Desde un tiempo atrás, las cuestiones sentimentales se quebraban cotidianamente; días en que la vida en común se tornaba intolerable, sin el menor atisbo de equilibrio. Sopesó esta última palabra. Le pareció frágil, demasiado endeble, a juzgar por los conatos de resentimiento que animaban la conducta de César.

Claro que esto no era nada nuevo para ella; al contrario, desde un primer momento intuyó que César Federico era un hombre que arrastraba una dolorosa pátina derrotista; alguien que se había aferrado a su vida casi con aquella mística unción con la cuál Pedro lo hiciese con Jesús.

Aferrarse, darse, entregarse. Cualquier sinónimo parecía emparentado con el simple y obsesivo deseo de compartir.

Al principio lo dejó hacer. Casi podía asegurar que lo aceptó, con esa resignada sabiduría, propia de los espíritus pragmáticos. O en parte tal vez porque la compasión hizo lo suyo...; lo vio tan inseguro, tan limitado por sus propias debilidades, que ni siquiera se preocupó por evaluar el inventario de su ambiguo pasado.

Claro que aquel viejo asunto de las apariencias engañosas, terminó de jugarle una mala pasada: cuándo la relación se hizo más íntima y comprometedora, pronto se dio cuenta que aquella fragilidad era más aparente que real; que detrás de su humilde imagen, la hipocresía ocultaba a un espíritu agresivo, acuñado por una sorda y feroz violencia.

Mientras los relámpagos vivoreaban entre las encrespadas olas, la palabra arrepentida, ancló su perturbadora insidia entre los conectadores eléctricos de su mente (y sí, por qué negarlo; ahora, sólo ahora se sentía profundamente arrepentida de haberlo amado).

Cierto es que muchas veces intentó renunciar a él; ocasiones estas en las que se juró comenzar una nueva vida. “Yo sé que me necesitas. Ninguno antes te dio lo que yo te doy ahora.”
Ella Sabía bien a que se refería César Federico: buena vida y sudadas sábanas, en medio de un erotismo desenfrenado, a caballo de una pasión dominada por la lujuria; de un amor asfixiado por esa pasión enfermiza y demoledora (claro que —ella lo sabía muy bien— él había confundido sexo con genitales; orgasmos fisiológicos con entregas absolutas y mancomunadas del espíritu y la sangre...

Pensando en estas cosas, se encontró de pronto desandando las desnudas piedras de la escollera. El fuerte chaparrón ya había cesado y los truenos, en plena retirada, apenas sacudían el aire en forma de estampidos brotados de un silenciador.

Aspirando hondo, observó una densa mancha lechosa que avanzaba a ras del agua. Comprendió de pronto que todo su cuerpo quedaría envuelto en medio de la bruma. Tenía la ropa empapada. Sin embargo, prefirió quedarse allí, inmóvil, jugando con el último e íntimo deseo de compartir la silenciosa compañía de la niebla.

“Yo no voy a permitir que haya otro en tu vida. Te lo juro .”

Sin saber por qué, el recuerdo de esta frase se había encadenado al pensamiento depresivo que la ganó al abandonar su casa; entonces, la idea del suicidio se fijó en su mente de manera prolija y ordenada. No por el miedo a la vejez (obsesión concreta al fin); tampoco por obra de la enfermedad que, en cierto sentido, canalizaba amenazadoramente su futuro. En realidad —fuera del asunto sentimental— podía considerarse una mujer triunfadora desde el punto de vista artístico, a juzgar por las críticas loables y entusiastas generadas por su obra.. Lástima que todo esto se veía desdibujado como consecuencia de sus reiterados fracasos amorosos; hoy era César, pero antes había sido el turno de Orlando, y anteriormente de Atilio.

Las culpas se repartían entre la incomprensión ajena y el choque de su personalidad compleja y conflictuada. Resultaba curioso que ni siquiera entre sus amistades, lograra ese eco interior que los teóricos del alma, acostumbran a rotular con recetas griegas.

Poco a poco fue tomando conciencia que sus tormentas depresivas estaban concatenadas con sus frustraciones sentimentales.

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De pronto comenzó a tiritar, a tener la sensación que un frío húmedo y pegajoso buscaba entre su carne, la arquitectura de sus huesos.

Desde el Sur, la cerrazón marina avanzaba lenta e insidiosamente. Al principio, envolvió al edificio del Casino; luego fue la Playa Bristol, el club de Pescadores y, en última instancia, el codo rocoso de Punta Iglesias. Entonces, cuando vio de pronto que todo parecía tiznado de un tinte blancuzco, cargado de fuertes olores, tuvo la sensación de que una ambigua sensación de paz parecía dominar sus emociones. No sabía de que manera, pero algo, en su fuero interior, le transmitía casi con íntima convicción, que jamás volvería a claudicar frente a la idea de la muerte. Después de todo —se dijo—, César no tenía porque ser el último hombre de su vida...

Con un dejo de impotencia, se sintió avergonzada de haber pensado en suicidarse. “Quiero vivir. Debo vivir enfrentando cualquier desafío” se repitió con renovada esperanza.

Restregándose la cara, empezó a caminar hacia la calle.

Sólo había dado dos pasos, cuándo se detuvo sorprendida al oír la onomatopeya de unos pasos avanzando por la escollera. No tuvo dudas de que alguien caminaba en dirección a ella. En un primer momento pensó que podía tratarse de César (después de todo, no sería la primera vez que vendría a su encuentro luego de una disputa). Pero una ambivalente sensación parecía sugerirle que esta vez no. No ahora, porque estaba segura de que sus relaciones habían comenzado la cuenta regresiva. No obstante, se oyó decir: “¿Eres tú, César?”

No oyó respuesta alguna. Tampoco volvió a escuchar los pasos repicando sobre las piedras. Por primera vez, no pudo evitar que el miedo dibujase fantasmas sobre la espesura de la niebla.

“¿Eres tú, César?”, volvió a preguntar en medio de una incipiente angustia. Tampoco esta vez obtuvo una respuesta. Sólo el fragor lejano de los truenos perdiéndose hacia el Este y los secos chasquidos de las olas rebotando contra el murallón.

Durante un par de minutos, a lo largo de 120 segundos eternos y asfixiantes, mantuvo su mirada fija en el preciso lugar en que el caminante se había detenido. A su espalda, las aristas de un miedo desbocado e incontrolable, engendraban inasibles monstruos en su imaginación.

Con una repentina sensación pastosa que ganó todos los pliegues interiores de su boca, hizo un último esfuerzo por conservar el equilibrio. En un último esfuerzo por no perder el control emocional, forzó la vista una y otra vez sin distinguir otra cosa que la bruma movida por la brisa.

Pero de pronto, avizoró una mancha grotesca, una extraña sombra que fue creciendo y perfilándose, a medida que se movía hacia delante.

Entonces, sí, gritó con todas sus fuerzas: “¿¡Eres tú, César!?”

Cuándo intentó reaccionar, ya era demasiado tarde. La sombra tomó cuerpo repentinamente y dos manos cayeron sobre su cuerpo, haciéndole perder el equilibrio.

Ya en el agua, mientras se debatía inútilmente con las olas, alcanzó a escuchar una voz familiar que le gritaba: “¡Te dije que ibas a ser mía, Alfonsina! ¡Sólo mía! ¡Sólo mía!”

 

Sueño repetido; sueño obsesión que sólo terminó de rondar mi cabeza cuándo acabó convertido en cuento. Por otra parte, espero que la gran Alfonsina Storni, la protagonista involuntaria de esta peculiar historia, asuma como propia esta licencia literaria (N. del A)




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