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Carta literal


El pasado diecisiete de noviembre celebraba mi cumpleaños en casa, en compañía de mis doce discípulos, cuándo sonó el timbre insistentemente. Abrí la puerta con la esperanza de ver el deslumbrante rostro de la siempre alegre María Magdalena, pero era el cartero. Tras mover los pies en el felpudo tres o cuatro veces, sacudió su paraguas en mis zapatos y me entregó una carta, al parecer escrita por mí, ya que, según me dijo, había sido imposible localizar al destinatario. Ya que no recordaba haber enviado ninguna carta a nadie en los dos o tres últimos años, la abrí y decidí leerla en voz alta para que mis invitados disfrutasen del contenido de semejante enigma. Al terminar, levanté la vista y todos habían muerto. La carta decía así:


Querida eñe:

¿Cómo te va? Supongo que preocupada, sobretodo desde que los especialistas en la globalización del lenguaje tomaron la decisión de ir reduciendo el abecedario hasta el número de letras que componen el mencionado término.

Te escribo para que veas que tampoco es tan grave la cosa, ya que de una forma u otra siempre nos necesitarán. Peor es lo de uve-doble, que está pero es como si no estuviera, ya que casi nadie se acuerda nunca de ella, y es que ya no quedan Wenceslaos como los de antes.

Ayer me encontré en la cola del autobús con elle, no te puedes imaginar lo que lloraba, ¡con lo que estaba lloviendo!, y ella, llenita de lágrimas, que si era una injusticia lo que le habían hecho, que si no tenía ya bastante con lo de condenarla a vivir con ele de por vida, que siempre le recuerda que es el doble de gorda que ella, encima va la engreída de eye (que parece una uve con muleta) y le recuerda, en la peluquería, que ella sigue siendo independiente y bipronunciable, y que se ande con cuidado la presumida de i porque ese ridículo sombrero empieza a estar pasado de moda y cualquier día puede desaparecer en cualquier hoyo (incluso hoy).

Yo le digo, como a ti, que tampoco es para tomarse así las cosas. Que las normas han sido hechas para ser cumplidas, pues si no dónde iríamos a parar. Y que a todo se acostumbra una, qué córcholis, pues yo, aquí donde me ves, ya ni recuerdo que un día fui independiente. Además, era todo un engorro. Yo solita tenía que estar todo el día pensando qué hacer, qué ponerme, y decidiendo con quien ir y con quien no. Así de esta manera otras hacen el trabajo por ti.

Por cierto, no te he contado que el otro día, vino a visitarme ku, aunque ella sigue diciendo “llámame qu por favor” (cómo si no se supiera ya que sin su perro lazarillo no puede ir a ninguna parte). Me contó que la envidiosa de ka (como si ella no lo fuera) no se mueve de su kiosko desde hace tiempo, atrincherada por si los expertos del lenguaje decidieran algún día, en alguna de sus patrullas ordinarias, hacerla desaparecer (cómo si fuera tan fácil). ¡Anda y que les den a las dos por queso!

Ya, poco más me queda que decirte. ¡Venga mujer, no seas tan ñoña! ¿A que cuando vivías con tu hermana gemela tampoco te iba tan mal? Pues claro. Mira, lo peor que te puede pasar en la vida es ir por ahí de radical, de abanderada de la libertad, del librepensamiento o de chorradas de esas. Eso son memeces. Ni que fuésemos palabras o frases hechas. Haz como yo. Pero si ya te digo que sin nosotras son incapaces de dar dos pasos. Allá se las arreglen uve-doble, ka, y el resto de las inútiles. Nosotras tenemos a que agarrarnos y con quien ir.

Bueno, hermosa. Levanta ese ánimo y recuerda que el mundo es nuestro y que, a fin de cuentas, los patrulleros del lenguaje están bien macizos y un achuchón de vez en cuando no le viene mal a nadie.

Recibe un beso muy grande, pero que muy muy grande, de tu amiga que lo es y que te quiere
CHE.


Post Data: ¿Sabes tú algo de una tal @ que acaba de llegar?

 



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