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Don Cojones

Santa Fatua es un pueblecito perdido en la meseta castellana. No figura ni en los mejores mapas, siendo desconocido hasta para muchos de sus pueblos vecinos. Sus habitantes viven tranquilos a pesar del follón en que andan metidos el resto de sus compatriotas con eso de la transición.

Los santafatueños están orgullosos de dos cosas: la primera, de su escuela; y la segunda, de ser el único pueblo de España donde no se han cometido delitos en los últimos cuatro siglos. Es por esto que los lugareños se preguntan qué coño pinta aquí un cuartel de la guardia civil.

Las autoridades nacionales (que de eso saben mucho) aseguran que es mucho más difícil proveer a la escuela de maestros (aunque sólo haga falta uno) que al cuartel de guardias, pues como es bien sabido resulta complicado encontrar profesores dispuestos a hacer su labor de forma tan patriota como los miembros de la benemérita. Además, es bien sabido que las autoridades nacionales desean que el pueblo continúe sin sufrir ninguna clase de delitos por varios siglos más. Resultado: por cada 640 habitantes (la totalidad del lugar) no hay ningún maestro, mientras que por cada diez hay un guardia civil.

La figura más singular del cuartel (dentro de las sesenta y cuatro singularidades existentes) es la del teniente Cojones Gómez. Don Cojones tenía esa costumbre tan española y viril de apelar a sus atributos genitales cada vez que quería hacer valer su autoridad, y lo hacía tantas veces que, según cuentan los lugareños, un día (en sueños, al parecer) se le aparecieron sus testículos (dentro de su bolsa escrotal, por supuesto). Hacían una buena pareja. Chiquititos, regordetes, rugosos, amoratados, y totalmente cubiertos de un fino vello que, a no ser por su evidente oscuridad, diríase que se trataba de cabello de ángel.

Pues bien, cuentan que esta simpática pareja se le mostró a su dueño tal y como se ha relatado. Pero además, cada uno de ellos poseía unos enormes ojos verdes, labios carnosos y flácidos, pequeños piececitos y, lógicamente, sus correspondientes tricornios (como toda buena pareja que se precie de hacer valer su autoridad).

-¡Coño! -exclamó el teniente cuando vio sus atributos frente a él y de tal guisa.

-No señor... cojones -aclararon de inmediato los educados genitales-. Estamos aquí porque nos has invocado al apelar a nosotros más de cuatrocientas cincuenta mil veces en los últimos cuarenta y siete años. Por tanto, hemos venido para que nos concedas los tres deseos a los que nos hemos hecho acreedores.

-¡No me jodáis, no me jodáis... cojones! -exclamó el teniente con su voz de deje cuartelero.

-Nuestra correcta educación -dijo el testículo izquierdo-, y problemas de ubicación nos impide ordenar a nuestro alargado y flexible súbdito realizar acto alguno de autocopulación.

-Y por otra parte -añadió el genital derecho, que era algo menos cultivado que su homónimo-, no tenemos ninguna intención de relacionarnos con un culo que sólo ve el agua cada noventa días.

-Bueno, bueno, sin pasarse, eh... -espetó el teniente-. No olvidéis que soy vuestro dueño y señor, así que...

-De eso nada majo -interrumpió el testículo derecho-. Cometes un error de concepto. Somos nosotros los que somos tus dueños y señores. Al fin y al cabo no olvides que toda tu vida ha girado en torno a nosotros, y que todas las órdenes que has dado han sido en nuestro nombre o por nuestra causa.

-¡Y una poca leche! -exclamó enfadado el teniente Gómez-, yo soy vuestro jefe y ya está bien de chorradas. Vamos venga, a vuestro lugar de origen. ¡Y a callarse de una puta vez, coño!

-¿Oye, oye -intervino el genital izquierdo-, y tú en que te basas para autodeclararte nuestro jefe?

-Porque lo dicen mis cojones. ¿Vale?

-Yo nunca he afirmado tal cosa, ¿y tú? -ironizó el testículo derecho mirando a su compañero.

-Yo tampoco -dijo el izquierdo.

-¡Bueno! -exclamó el derecho-, ya está bien de charlas. o nos concedes los tres deseos o nos independizamos de ti... con todo lo que ello supone.

-¡Hostias! La castración total -dijo el teniente.

-Bueno, tampoco hay que dramatizar -intervino el testículo izquierdo-. Verás, nuestros deseos son los siguientes...

Mientras, el ilustre miembro de la benemérita pensaba que nunca se había imaginado una situación tan extraña (no había oído hablar del surrealismo) de insubordinación de sus partes nobles, como él a veces las denominaba en las citas íntimas que tenía con la Paca, la jefa del burdel de un pueblo vecino.

-...y por último -finalizaba sus peticiones el genital izquierdo- deberás convencer a tus superiores para que nuestro retrato ondee en lo alto de uno de los mástiles que hay en el centro del patio del cuartel. De lo contrario...

-¡Bueno, vamos a ver! -interrumpió el teniente-, vosotros pensáis que yo soy gilipollas ¿o qué?

-...de lo contrario -continuó el testículo haciendo oídos sordos a las palabras del teniente- tu nombre irá unido al nuestro de por vida. Eso sí, los apellidos te serán respetados.

-Usease -dijo el teniente-, que yo, entre otras chorradas, le digo al general que queréis formar parte de los colores de la bandera del cuartel.

-Entre otras cosas -concretó el genital izquierdo.

-Así, como si fuerais el escudo. ¿No?

-Efectivamente.

-¡Y una mieeerda! -exclamó encolerizado el teniente.

-¿Cómo? -preguntaron extrañados los testículos, aunque más bien como una cuestión hecha entre ellos mismos que dirigida al miembro de la benemérita.

-¡Qué y una mierda! -repitió el oficial-. Que si yo le propongo tamaña gilipollez al general, el que aparece de bandera es mi menda pero colgado de ustedes-vusotros. Y lo que es peor, a ver quien es el pringao que aguanta luego el cachondeo de todo el Cuerpo... y del pueblo, claro.

En estas palabras estaba el teniente Gómez cuando, empapado en sudor, se incorporó de un brinco en su cama. Con el corazón a doscientas por minuto y los ojos desorbitados, poco a poco fue tranquilizándose y recobrando la calma.

-¡Joder! ¡Menos mal! Todo ha sido una puta pesadilla. Hostias lo que se va a hartar a reír la Paca cuando le cuente que he soñado que hablaba con mis huevos.

-¿Se ha despertado usted ya, mi teniente? -se oyó tras la puerta del dormitorio.

-Sí, cabo. Pase usted, pase usted. Y traígame una toalla limpia que me voy a duchar.

-Sólo hace veinte días que lo hizo usted por última vez, mi teniente.

-¡Traígame la toalla y a callar, leches!

-En seguida la tiene usted aquí, Don Cojones.

-¿Cómo ha dicho usted, cabo?

-Pues, que ahora mismito le traigo la toalla.

-No, no. Mi nombre. ¿Cómo me ha llamado usted?

-Pues...Cojones, mi teniente.

-¿Cómo ha dicho? -gritó el miembro de la benemérita entre sorprendido e irritado.

-Bueno... usted perdone. He querido decir don Cojones claro está, don... don Cojones.

-¡ME CAGÜEEENNNN...!



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