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De la duda nace el

Dana se levantó de la cama, su cuerpo desnudo se reflejó en el espejo opaco. Se acomodaba los tirantes del vestido color de luna cuando Oscar despertó, aún con la embriaguez y algo de modorra, alcanzó a reconocerla; se dijo que no era tan guapa después de todo. Se alegró entonces que hubiera sido ella la que tomara la iniciativa en todo, incluso para marcharse sin despedir.

Al verla rumbo a la puerta, sin siquiera voltear, fingió dormir y giró el rostro para hundirlo en la almohada. Ella salió sin considerar la indiferencia; él esperó que no se arrepintiera y decidiera volver sollozando, como lo hacían algunas. Cerró nuevamente la cortina y durmió el resto del día.

Por la noche Dana no llamó, ni a la siguiente noche, ni a la siguiente. Se sintió aliviado de no escuchar la típica insistencia de otras veces: lagrimitas que se vuelven llanto histérico; reclamos que se escuchan como gritos enajenados que pasan al ¡qué poca madre! y finalmente, ¡eres un hijo de la chingada!

 

—Estuvo chida la fiesta güey. A ver que otro día sale tu jefa, pa’ armar otro reventón.

—¿Qué onda güey, por qué no vamos al billar?

—No hijo, no ves que con la botella de ayer me chingué el último varo que traía.

—¿Qué le pasa a este cabrón que ni habla?

—No ves que anoche se echó a la Dana. Segurito por eso anda como pendejo.

—Sí hombre, dicen que la Dana es pura pira. Esa vieja ya está bien corridita. Una vez a mi primo lo dejó como idiota todo un mes y...

—Ya párenle ¿no? —Oscar se sentía harto de que cada fin de semana fuera lo mismo; que Antonio y Luis salieran con las mismas tonterías cada vez que estaban crudos. —Mejor ya le llegamos al billar, yo invito.

—¡Hasta que dices algo bueno, mano!

Y así pasaron doce fines de semana, repitiendo las sesiones: fiesta, cruda, billar, cruda, barbacoa, cruda, lunes de escuela, cruda.

 

—Oscar, apúrate a limpiar las mesas que ya van a llegar los clientes. —Ofelia, la madre de Oscar, apresuraba al muchacho que le ayudaba a atender la fonda donde empleados de oficina celebraban su sazón.

Empinado sobre las mesas sacudía fastidiado las moronitas de pan que unos clientes dejaron después de atragantarse una torta de milanesa. Una sombra en la ventana lo hizo volver la mirada a la calle. Reconoció a Dana cruzando la avenida entre los autos, el vientre abultado.

—Mire nada más doña Clotis. Ahí va la tal Dana, la hija de doña Sofi. Muchachita cuzca, ya se fregó la vida por andar de pirujilla.

—Si doña Ofe, por ahí andan diciendo que se metía hasta con Juan de las Pitas. Pobre de doña Sofi que ya no ve su suerte con esta chamaca.

—Apúrate chamaco, no ves que ya me quiero ir a la casa. Todavía tengo mucho que planchar y tú haciéndote tonto en la ventana.

 

Las horas se hicieron más largas de lo acostumbrado. Ni un cigarrito lo ayudó a dormir; el escalofrío de ver a aquella mujer con el vientre inflado y las palabras de doña Clotis aún lo perturbaba. Aquella noche entre la cerveza, la mota y el tequila no recordó usar el condón. "Si esa pinche vieja puta me pegó algo, me la voy a chingar —pensó—."

El examen de VIH resultó negativo; sin embargo la ansiedad de Oscar iba en aumento. Recordaba la brillantez de sus ojos fértiles, su vientre como un mundo fresco, y de pronto se vio a sí mismo sin poder dejar de pensar en ella, en su embarazo. Por un momento le cruzó por la cabeza que quizá él sería el padre y ella no lo recordaba.

 

Las gotas de sudor le perlaban la frente, la cola no avanzaba y doña Ofe le había dicho que no se demorara con las tortillas porque no tardaban en llegar sus clientes. Al mirarla pasar con ese rostro más juvenil que de costumbre, abandonó la fila y la siguió para ver si se encontraba con algún cuate o le decía algo.

—¡Hola! Tú eres Oscar, ¿verdad? —Dana apenas lo había reconocido a plena luz del día.

—¿Cómo estás? —Preguntó él, algo nervioso; esperando que en cualquier momento le dijera que esperaba un hijo suyo.

—Bien gracias. Un poquito embarazada. ¿No se nota?

Oscar no dijo palabra alguna, mas sus ojos suplicaban que le dijera algo más; algo que le diera un indicio de que él era el padre. Pero ella se despidió sonriendo y se marchó. Doña Ofe ya estaba en la esquina gritándole.

La tarde estuvo distraído. Se imaginaba trabajando en el taller de don Faustino; saliendo ya muy noche rumbo a un cuartito frío donde habría de recibirlo Dana, hinchada de vida, tan bella como ese mediodía en que le guardó el secreto. Seguro que fue por miedo al rechazo o a que él lo negara todo.

Comenzó a ahorrar las propinas que los empleados de oficina le dejaban en el cochinito de barro, sólo por la simpatía que le tenían a doña Ofe. Dejó de asistir al billar y a las fiestas con Toño y con Luis; hasta dejó de fumar para guardar los siete pesos de las cajetillas de Raleigh. Por las noches se sentaba en una banca del parque para esperar verla pasar; para ver cómo iba creciendo su hijo, que seguramente sería niño y se llamaría Jesús como su papá, que en paz descanse.

El domingo después de acompañar a doña Ofe a misa de ocho, Dana estaba con El Chino, muy juntitos. Oscar sintió rabia de ver cómo se acercaba al oído de su mujer, mientras las señoras que salían de la iglesia cuchicheaban acerca del descaro de la hija de doña Sofi.

—Hola, Dana. ¿Cómo has estado? —A pesar de la furia que se instaló en su estómago, tuvo valor para acercarse a ellos.

—Bueno, hija, luego la vemos que me está esperando mi chava y si me tardo va a empezar a joder. Ya sabes como son las viejas. —El Chino se alejó con una sonrisa de complicidad hacia Dana.

—Sólo estábamos platicando. —Dana hablaba como si se disculpara con Oscar. —El otro día te vi en el parque. ¿Esperabas a tu chava?

—¡No! ¿Cómo crees? No ando con nadie. ¿Y tú?

La muchacha soltó una carcajada. —Cómo crees que alguien va a tomar en serio a alguien que está como yo. Además yo te soy fiel. —Se volvió a reír fuertemente y se alejó con paso alegre, indiferente.

Oscar se sintió decepcionado por no conseguir retenerla un poco más; hubiera querido platicar un rato y de paso tantear quién era el padre de su bebé. Con un poco de suerte le diría que era él y que no se lo había dicho porque no quería arruinarle la vida. Aunque para él hubiera sido una forma de cambiar, de ser otro; de alejarse de ese horrible barrio y empezar de nuevo.

 

Nueve meses después de la fiesta en su casa, se enteró, por la algarabía con la que llegó doña Sofi a la fonda, que Dana había tenido una niña preciosa; güerita como su muchacha. Por la tarde, Oscar se dio una vuelta por la clínica del Seguro para ver qué más podía averiguar, para ver si se encontraba con el papá de la niña.

En el cunero le dijeron que ningún señor había ido a ver a la niña; que la madre estaba bien y que si quería la podía ver desde el ventanal. Con las manos sudorosas se acercó al cristal y entre todos los rostros rojizos e inflamados alcanzó a ver a la recién nacida. De pronto recordó las fotografías de cuando él era niño, que doña Ofe guardaba en una caja de zapatos, y creyó ver en la niña Rodríguez un aire familiar.



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