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Zucaritas

Llovía esa lluvia sin tamaño, tan frecuente en las tardes de invierno. Santiago pensaba que a esa altura podría estar viendo Jacinta Pichimahuida, acostado al revés en la cama, los zapatos sobre la almohada y la cabeza levantándose con esfuerzo a centímetros de la pantalla. Pensó en la estufa cuadrada, alta como una mesa y con rueditas que nunca giraban. Siempre la ponía apuntando directo a la cara, y terminaba colorado y aturdido, con un mareo tenue como un halo de lámparas detrás de un médano. Hacía casi siete horas que caminaba junto a su madre, que intentaba vender cursos de inglés puerta por puerta, y ya había visto pasar dieciocho Valiant 4 contra once Valiant 3. Odiaba los Valiant 3, habitualmente negros, rechonchos y poco lúcidos. Odiaba también las tardes como ésta y hacía poco tiempo que había comenzado a odiar a su padre, que los había abandonado sin ahorrarles ningún daño, con la estampa del martirio en la piel.

En la familia era el único que no se disputaba el dolor. Su madre y su hermana se autoadjudicaban el mayor peso de la cruz.

-Esa hija de puta, puta de mierda, ya va a ver como lo devuelve. Envuelto con un moño me lo va a traer. Pero ni loca se lo acepto. Con todo lo que me hizo...-decía la madre, en la mesa de la cocina.

-¿Lo que te hizo? -respondía su hermana, sin enojarse, pero con algún sonido de reproche -¿y lo que me hizo a mí? ¿Y lo qué nos hizo a Santiago y a mí? Ponele que él no entienda tanto, después de todo tiene ocho años, ¿pero yo? Yo tengo diecisiete, mirá, ojalá tuviera la edad de él así no sufro tanto.

-No me digas así, sabés que me hacés sentir mal -le contestaba la madre.

Santiago no escuchaba, atento a las aventuras de El Santo, llenándose de panchitas. Nunca se acordaba de lo que había pasado con Roger Moore, pero podía transcribir sin errores las discusiones familiares. Desde que el padre se había ido con esa otra mujer, canosa y algo redonda, él podía comer panchitas a las ocho de la noche. Antes hubiera sido impensable. La cena era la cena. Y el baño era el baño. Una noche sin bañarse a quien podía ocurrírsele. A él no le molestaba bañarse. Lo que de verdad le fastidiaba era secarse, con ese hálito frío que se colaba por abajo de la puerta y se le adhería como una costra nerviosa, obligándolo a frotarse cien veces, aún las partes que ya estaban secas. Una de las cosas que más le dolían era que en esa misma bañera había decidido hacerse hincha de San Lorenzo, como una ofrenda a la tranquilidad familiar. Él creía que hasta las cosas más suaves causan efecto si se las aplica con verdadero entusiasmo. Así, se pasaba media hora con el secador de pelo apuntando a la pared para despegar la marca de un pelotazo, hacía correr el agua sobre los pedacitos de carne adheridos a la plancha y se cambiaba de equipo para evitar que su padre le pegara con un libro sobre la cabeza cuando él intentaba evitar que se insultaran.

Nunca más le pegó. Nunca más lo acarició. Nunca más fue su padre, a pesar que lo pasaba a buscar por la casa de la abuela y lo llevaba al Ital Park, y le compraba helados que él ni sabía que un chico pudiera tomar, y le compraba las zapatillas con las cuales el podía sacarle media cuadra al ruso, que lo miraba encandilado. Santiago no le perdonó jamás al padre que le comprara un par al ruso, porque nunca más pudo sacarle tanta ventaja, y jamás le perdonó que le regalara el mejor autito a su primo, porque nunca más pudo hacerse fuerte en ninguna discusión.

La puerta del edificio donde se detuvieron tenía el picaporte lleno de marcas de dedos. Santiago la observaba con esos ojos turbulentos que le aparecían al final de cada viaje, como si llegar fuera el único desacierto posible. El bronce del portero eléctrico también estaba marcado, sólo que los dedos parecían ahí como más difusos, menos seguros. La madre de Santiago tocó varios timbres juntos y no de a uno como le habían explicado en el cursillo de capacitación, que en realidad era una charla que daba una mujer con cara de beata y una insulsa y tibia voz de consomé. La madre de Santiago intuía, con esa luz sorprendente de las mujeres desesperadas, que las puertas se abrían más fácilmente cuando se escuchaba una voz amiga que se encontraba en el mismo trance. No fueron pocas las veces que pudo vender un curso mintiendo que la vecina de dos pisos más arriba, la del piso mal plastificado, lo había comprado porque el inglés era realmente imprescindible. En otras oportunidades, las mujeres se turnaban: decían "que primero te vea a vos y después pase por casa".

Santiago no iba siempre con su mamá. La mayoría de las veces se quedaba en la casa viendo la tele, jugando a las carreras de autos con un cubilete y dos dados, una pista improvisada sobre una hoja doble y los nombres de sus corredores preferidos escritos en papeles cortados en el borde de la mesa; o se quedaba experimentando con el fuego, poniendo copitas llenas de yerba sobre la hornalla, o leía revistas de aventuras. Muy raras veces pensaba en su padre, y cuando lo hacía le subía un espiral de frío en el estómago. Lo solucionaba escondiéndose detrás de un sillón, o metiéndose debajo de las mantas con las rodillas sobre el pecho, como si el desamor tuviera la consistencia de las brujas que él sabía descubrir en los aviones que atravesaban las noches frías.

La mujer que contestó lo hizo con la inflexión de voz que se pone cuando se habla con un niño, alguien un poco borracho, o algún sordo de la familia. Santiago la quiso antes de que abriera la puerta del departamento, porque siempre le parecía un milagro, y después la quiso más. Tenía cabellos borgoña, ojos pardos como las hojas de fin de marzo y una seguridad que lo deslumbraría toda la vida, al encontrarla en una mujer. La señora le dio la mano a la mamá y se acuclilló frente a él, que desvió la mirada; le abrió el flequillo, le sacó la bufanda y los guantes y le frotó los hombros.

-Estás helado -le dijo.

Santiago frunció la boca y la miró a la mamá, como si contestarle a la mujer pudiera ser tomado como una traición, un error o, cuando menos, un desvío de la estrategia previamente establecida.

-Me juego lo que sea a que después de un vaso de leche caliente con galletitas te vuelve la voz -dijo la mujer.

Santiago entrecerró los ojos y su boca terminó de estrujarse como el corazón de una medusa. La leche era uno de sus peores enemigos, y caliente directamente le resultaba intolerable.

-No toma leche -intervino la mamá en su ayuda.

-¿No toma nada caliente?

-Generalmente toma té.

-El té no lo alimenta -dijo la mujer -se lo corto con un poquito de leche.

-Menos -replicó la mamá de Santiago -dejó la colonia de vacaciones porque lo obligaban a tomar té con leche.

Santiago sintió como su boca se descongelaba rápidamente y se escuchó diciendo:

-Tomo té con leche -reforzando la palabra tomo para que su madre entendiera que ya no era el mismo chiquilín de antes.

-No lo puedo creer -dijo la mamá, con el olfato de vendedora repentinamente alerta -usted es mágica. Desde que dejó la mamadera que no toma una gota de leche. Creo que fue por una tetina que se ve que él quería mucho. Cuando se la saqué no quiso saber más nada, ¿sabe lo que tuve que hacer?, usted va a decir que yo estoy loca, se la tuve que coser, se la volví a poner y ahí agarró de nuevo, pero claro, cada vez se cortajeaba más, y yo vuelta a coserla, hasta que...

-¿Galletitas comés, corazón? -interrumpió la mujer. Había ido a buscar una silla y colgaba la campera de Santiago cerca de la estufa. Le sacó las medias y las zapatillas y las puso sobre el asiento.

-Nosotros vendemos cursos de inglés -dijo Santiago.

-Amor -le dijo la mamá con un tono de reprobación perceptible y cariñoso -la señora... ¿cómo es su nombre, señora?

-Ema.

-...La señora Ema te preguntó una cosa -dijo la mamá anotando algo sobre una carpeta de tapas plásticas.

-Panchitas -dijo Santiago.

-Mi amor -insistió la mamá -la señora te preguntó si comés galletitas, no cuales.

-Ah -dijo Santiago -las únicas que no me gustan son las Imperial, las largas. En el cole nos dan esas y ninguno las come. Lo que sí hacemos es guerra. Las frotamos y les soplamos las miguitas a los otros chicos en la cara.

La mujer se rió, lo volvió a despeinar con un movimiento de abanico de sus manos largas y fue para la cocina. La mamá de Santiago la siguió, después de hacerle un guiño al chico, que lo recibió fastidiado. Desde la cocina le llegó el olor del té cuando lo acaricia una manta de leche y tuvo que acopiar valor para no desdecirse. Las voces de las dos mujeres se hicieron un murmullo continuo y difuso, el murmullo que Santiago conocía de memoria. Sabía que su madre había comenzado a contar el vía crucis del engaño, del abandono, de la violencia verbal y de la otra. En el fondo no le faltaba razón. En la casa de Santiago se vivía un clima lúgubre, de funeral, sólo que en este caso el muerto no estaba y los deudos se velaban a sí mismos y peleaban por conseguir el primer lugar en el traslado del féretro vacío. A todo eso se le sumaba el desastre económico que el jefe de familia había testado para ellos: llovían las intimaciones por servicios impagos, por deudas en casas de ropa conocidas y no tanto, de hombre y de mujer, y ya la empresa que les había vendido el departamento preparaba la bandera de remate: en un mes, o dos a lo sumo quedarían en la calle los tres: la madre, que nunca había trabajado; la hija, que desconocía el mundo más allá de un círculo imaginario de veinte cuadras; y Santiago, que se iba por las tardes a la cortada para tirarle cañas a los trenes, que pasaban lamiéndole el flequillo, cada día un poco más cerca, perfumándole el pelo de vapor de aceite, o para poner monedas en las vías, o petardos, o la maquinita de afeitar, esa que hasta no hace tanto tiempo él veía resbalar por la cara enjabonada del padre. El hombre hacía que no lo veía, con una media sonrisa moviéndose de un lado a otro. Silbaba canciones de Sinatra, Aznavour y miraba de soslayo como Santiago inflaba los cachetes pecosos y ahuecaba la boquita. La preferida de Santiago era "Alguien cantó" de Matt Monro. Cuando el papá la silbaba, él se quedaba callado escuchando la melodía, triste como las luces de la calle cuando tropiezan con el follaje. Su padre la silbaba entera, con devoción, y cuando llegaba al estribillo, bajaba la maquinita y cantaba: y cuando quise hablar, alguien cantó. A Santiago se le hacía un bollo en la garganta y sentía que se estaba perdiendo algo que no recuperaría nunca, por más que se esforzara, y ya no podía seguir silbando, porque los labios se le habían secado hasta parecer cartulina y el aire que usaba se empecinaba en empujar algunas lágrimas sueltas. Entonces volvía a su cuarto y se ponía a escuchar los discos de su hermana, y a ordenar las figuritas de metal separando las dobladas de las nuevas y a leer los libros que, años más tarde, se enteraría que eran un préstamo de su hermanastra.

Escuchó como las voces de las mujeres se iban haciendo más nítidas y se recortaban y acercaban y también escuchó como Ema decía:

-El té con leche para el señor Santiago -y entonces confirmó que habían estado hablando de él porque hasta que se habían ido, la mujer desconocía su nombre.

-¿Te lo sirvo en la mesa grande o preferís que lo ponga en la mesita chiquita, así podés mirar un poco de tele?

-Es lo mismo -dijo Santiago -igual me parece que no hay nada a esta hora.

-En la mesa chiquita está bien -dijo la mamá -así acá podemos llenar los papeles. ¿Vas a la mesa chiquita, Fede, así mami puede trabajar?

Santiago alzó los hombros menudos y comió algunas palmeritas. Pensó que hubiera tenido que incluirlas en la lista de galletitas antipáticas, y lamentó no haberlo hecho. De todos modos, lo ayudaban a hacer pasar ese potaje inmundo. Pensó también que gracias a Dios ya no iba más a la colonia esa en donde todos los chicos tenían padres. Padres gordos, flacos, con y sin auto, con olor o no a Old Spice, padres ajenos y más ajenos cuando se tenía que subir solo al micro anaranjado. El chofer, un viejo de bigotes derechos y rectangulares como un apósito blanco, lo esperaba siempre con la misma frase:

-¿Qué lío hiciste hoy, Santiago? -sabiendo que ninguno, porque si algo tenía Santiago era una conducta serena como una ruta en el invierno.

-Ninguno, Don Luis -le respondía Santiago, y pasaba a contarle las hazañas natatorias del día.

-Entonces, tenés un premio -decía el viejo señalando la guantera. Santiago la abría con una sonrisita de labios apretados y encontraba los infaltables dos alfajores, uno de chocolate y otro de leche, uno con papel dorado y otro plateado.

-¿Está rico, caballero? -le preguntó la mujer. Tenía los ojos algo enrojecidos, como si se hubieran contagiado del color de su pelo. Se pasó las yemas de los pulgares primero por las cejas y después por los párpados y luego se quedó mirándolo fijo. Santiago le mantuvo la mirada, más por curiosidad que por otra cosa, y vió que la mujer hacía que no con la cabeza y le decía algo a su madre. Vió también como su mamá se daba vuelta y lo miraba como si nunca lo hubiera hecho antes.

-Él siempre es así -dijo su mamá -es un santo.

-Un santi -dijo la mujer levantando un poco la voz para que él pudiera escucharla.

El largó una risita de nutria y se puso algo colorado.

-¿Qué vas a hacer cuándo seas grande, corazón? -le preguntó la mujer.

Santiago estuvo a punto de contestarle que no, que corazón no iba a ser, pero tuvo miedo que su mamá se enojara, o peor que se enojara la mujer y no quisiera comprar el curso. Ya una vez le había pasado. Una gorda con ruleros celestes enormes y un deshabillé matelasseado estaba por firmar los papeles cuando le preguntó si lo que tenía en la cara eran pecas o había tomado sol con colador. Santiago la miró con una furia de cruzado y le tiró una patada que la mujer esquivó a tiempo, advertida porque nunca antes, por lo menos en esta parte del mundo, había visto unos ojos como esos. Después de errar, Santiago comenzó a gritarle:

-¡Gorda hija de puta y la reputa madre que te re-mil parió! -y se lo siguió gritando hasta que llegaron al palier de entrada. La mamá de Santiago le dijo que por favor se callara. Sacó un clip de la carpeta, lo enderezó y lo metió en el botón del portero eléctrico. Al instante, como si lo hubiera estado esperando, se escucharon los gritos de la mujer y ya estaban casi a veinte metros cuando dijo aquello de que "seguro que el mocosito no tiene un padre que lo enderece". Mucha de la gente que pasaba por ahí miró hacia la calle buscando el auto que había hecho semejante frenada, pero Santiago no. Supo, porque ya lo había escuchado una noche en una comisaría, que ese sonido era el rechinar de dientes de su madre, y supo también que donde hay un muerto hay una resurrección, y que cambiaba un padre por una madre doble, porque la vida sabe a quien quitarle. Su madre se apoyó en el mármol helado que enmarcaba la puerta, le dio a Santiago la carpeta y esperó que la mujer saliera, semiescondida y espiando por el reflejo del buzón empotrado. El puñetazo que le soltó era el mismo que no le había podido dar al papá de Santiago porque cualquier hombre sabe sujetar las muñecas y esconder los testículos cuando enfrenta a una mujer. Un puñetazo que tenía dos años esperando el blanco, y no estaba dispuesto a hacer demasiadas distinciones. Los ruleros de la gorda volaron, la mujer atravesó el vidrio de espaldas sin entender, y tal vez no lo entendería nunca, que las mujeres burladas son tan feroces como los pueblos que tienen el enemigo delante y el mar detrás. La mamá de Santiago esperó que terminaran de caer los vidrios y la decoró con una escupida de esas que sólo pueden despachar los quinieleros de barrio, o los viejos desdentados que venden la Rosa en Puente Pacífico.

Santiago le dio la carpeta y la mano y caminó contemplándola casi dos cuadras, tropezando con cuanta baldosa salida se le cruzara. La mamá miraba hacia adelante, fijamente, y tarareaba la versión de ¡Oh, Carol! en castellano que cantaba Violeta Rivas. A Santiago no le importó quedarse sin panchitas, sin El Santo, ni que su madre le pegara un buen par de ojotazos cuando llegaron. Tampoco le importó que primero le tirara con una ikebana de plástico cuando él daba vueltas alrededor de la mesa para no dejarse alcanzar. Incluso antes de dormirse, se acercó hasta el cuarto de su mamá, le dio uno de esos besos que únicamente los padres saben medir y le dijo:

-Cuando se lo cuente al ruso no me lo va a poder creer.

-Santiago, la señora Ema te preguntó algo -dijo su mamá. Giró la cabeza hacia la mujer y le dijo: -él dice que va a ser ingeniero, es vivísimo para las matemáticas, aunque también le gusta mucho leer, a los cuatro años ya leía el diario, un niño prodigio. Lo que sí, es muy distraído...Santiago...

-¿Qué chico de esa edad no es distraído? -dijo Ema -el mío más chico tiene la edad de Santiago y es igual, se quedan vaya a saber una en que mundo y cuando bajan hay que repetirles todo de nuevo, pero si no los entendemos nosotras que somos las madres, ¿quién los va a entender?

-Si, pero no me va a negar que a veces una se siente como si no existiera.

-Mire, hay que tenerles paciencia. Si a veces hasta a mi marido le pasa.

-¿Muchas veces? -preguntó la mamá de Santiago con un interés algo pérfido.

-¿Por qué me lo pregunta? -dijo Ema, un poco alarmada.

-No, le digo porque así empezó mi marido. ¿El suyo qué le dice cuándo usted le pregunta?

-Y... el trabajo, la oficina, los gastos...

-Típico, Ema, típico, tenga cuidado, como amiga se lo digo, no porque sea su amiga porque recién la conozco, pero las mujeres engañadas tenemos que ayudarnos...

-Bueno, tampoco es que sea una... mujer engañada, es una suposición suya.

-¿Estaba por decir cornuda, no? Al principio a mí también me costaba. Bueno, igual no importa. Usted es demasiado linda y distinguida para que su marido vaya a buscar otra. ¿A qué vino todo esto?

-Los chicos que se quedan en la luna -dijo la mujer secamente.

-Ah, si. Con Santiago es terrible. El año pasado hasta la maestra me mandó llamar, pero no estaba asustada, por eso le digo que es según quien lo interprete. Ella fue la que me dijo que Santiago era un chico prodigio, no lo digo yo.

Era parcialmente cierto. Se lo había dicho la maestra de tercer grado al referirle una discusión que había tenido con Santiago. Sucedió después de un dictado. Santiago esperaba un excelente, como era de rigor, y se encontró con un muy bien que se le clavó en el abdomen. Ni le importó que Manuel, su eterno rival en los dictados, y casi infaliblemente eterno derrotado no pudiera aprovechar el tropezón y alcanzara apenas otro muy bien. Se paró frente a la maestra con una determinación que no conocía, y que tal vez no volvería a conocer y le preguntó cuál había sido la falta. Cuando la maestra, una mujer interminable, de pelo hasta la cintura y que sabía atenuar su fealdad con una ternura a prueba de explosiones, le dijo que estival iba con ve corta y no con be larga, Santiago la miró con la fiereza de los fanáticos.

-Usted dijo estival, -dijo Santiago apoyando apenas el canto de los dientes en la parte de adentro del labio inferior -no estibal -sopló al llegar a la be como cuando el té hervía en la taza de flores grises.

La maestra insistió en que no, en que ella había pronunciado bien y que tal vez él había escuchado mal y en que de todos modos esto le iba a servir para incorporar una nueva palabra a su léxico, y le dijo léxico porque sabía que nada halagaba más a Santiago que le hablaran con palabras de adulto, pero ni eso lo calmó. Siguió insistiendo hasta que la maestra lo mandó a sentarse, y le dijo que si él pensaba que ella había pronunciado mal que la perdonase. Fue ahí cuando el rostro de Santiago terminó de empalidecer y sus pecas se parecieron a esos borrones de la visión que se extirpan con un parpadeo. Dobló la hoja del dictado en cuatro, la guardó en el bolsillo del guardapolvo y le dijo algo que había leído hacía poco en un gordísimo libro de terror, una frase que un tal Edward Lucas White había escrito sesenta años atrás para que Santiago pudiera decírsela alguna vez a su padre :

-¡Mientras haya musgo sobre los cipreses, mientras las estrellas brillen sobre el lago Pontchartrain, no la perdonaré!

La maestra quedó paralizada como un insecto en peligro. La llamó a la mamá de Santiago, pero no por el cuaderno, sino por teléfono, y la citó, pero no en la secretaría sino en un bar del centro, y le dijo lo que la mujer ya sospechaba, a veces con alegría y a veces con terror, siempre con excitación: Santiago era un chico diferente, una especie de... buscó la expresión justa... una especie de... niño prodigio. Claro que esto, que era una verdad palpable en tercer grado, se derrumbó absolutamente en cuarto, barrida por el cataclismo emocional, y reapareció parcialmente años más tarde, pero degradada y desprolija, como un vitreaux armado por un ciego flamante.

-Santiago -dijo la mamá -decile a la señora lo que te preguntó.

Los ojos de Santiago hicieron una pausa. Se parecieron a dos piedras de ónix perdidas en una salina.

-Voy a ir a la playa -dijo pausadamente, y la mamá empezó a temblar; agarró los papeles con un movimiento furtivo y los metió adentro de la carpeta -y el primer día voy a estar todo el día al sol. Al sol jugando a la paleta, con mi esposa, que se va a llamar Susana y va a tener el pelo rubio y los ojos bien verdes, o con mis hijos, o con mi mamá, o con mi hermana. Con mi abuela no, porque va a ser muy viejita, mi abuelo también y aparte a él no le gusta el mar. Con mis tíos tampoco porque ellos juegan siempre con sus hijos, y se meten cuando yo les estoy ganando al ajedrez. Con el novio de mi hermana sí, porque una vez me dolió mucho la muela, pero mucho, muchísimo, y él agarró la camioneta y dijo a este chico hay que llevarlo a algún lado, y me llevó a un consultorio, y cuando volvimos a casa se pasó como dos horas acariciándome la cabeza hasta que me dormí. Me dijo que en el verano voy a ir a quedarme a la casa de él y que puedo llevar la bici y que en la vereda se arman unos partidos bárbaros. Bueno, como voy a estar todo el día al sol seguro que me voy a re-quemar. Voy a estar todo colorado y todo el mundo me va a decir que esa noche voy a dormir colgado de una percha. Pero no. Voy a ir a un lugar adonde tienen un agujero en el piso, todo de mármol, del tamaño de una persona. Va a venir un doctor y lo va a llenar con sapolán hasta el borde, y yo me voy a meter ahí hasta el cuello y me voy a quedar todas las vacaciones adentro, voy a dormir parado y va a haber un televisor justo en el piso y me van a dejar ver "El hombre que volvió de la muerte", y va a haber una lata de panchitas y de las boca de dama con chocolate y figuritas, voy a tener la de Poletti que no sale nunca. Con mis tías sí voy a jugar, con una porque me deja sacar los huevos del gallinero yo sólo, y con la otra porque una vez le rompí el vidrio del cuartito de un pelotazo y no me dijo nada, y aparte me deja tomar soda fría aunque esté transpirado. Eso quiero ser: un señor que se va de vacaciones a la playa, se quema por jugar a la paleta todo el día y se la pasa todo el tiempo adentro de un coso con sapolán.

La dueña de casa sentía como un torrente tibio y viscoso serpenteaba por adentro de su nariz. Aspiró y el ruido le hizo recordar otros ruidos. Encontró un pañuelo blanco con las iniciales de su marido y se sonó con fuerza. Primero un sonido largo y después varios cortos y seguidos. Se levantó sin decir nada y se fue para el baño.

-Mi papá me sonaba en la piletita -dijo Santiago -me ponía un dedo en un agujerito de la nariz, y me decía soplá fuerte, y después...

La mujer entró al baño y Santiago no supo si lo había escuchado.

-Me decía que así se sonaban los ferroviarios.

La mamá comenzó a ponerle las medias, ya secas, y las zapatillas. Tenía una niebla húmeda en los ojos.

-Si estás en una fiesta no te vas a poder sonar así, va a quedar feo -dijo.

-Me voy al baño y chau.

-¿Y si estás en la calle?

-Me meto en una panadería y le digo: señora ¿me permite el baño?

-Claro, le vas a pedir el baño para sonarte la nariz.

-O espero que no pase nadie. O ningún auto.

-Decime, ¿El Santo se suena así? -preguntó la mamá.

Santiago le hizo un gesto como si eso fuera un disparate.

-¿Y entonces?

-Mami... si papá viniera un día y te diera plata...digo si viniera con una ropa linda y con mucha colonia, y peinado como Marzolini, y con un auto como el de El Santo...

Se escuchó el sonido de la puerta del baño al abrirse y la mamá le hizo un gesto a Santiago con la mano para que no siguiera hablando. La mujer apareció con la cara muy blanca, como si se hubiera lavado con agua helada, dijo un par de cosas con la voz tomada y algo deslucida. La mamá de Santiago decía que si, hablaron un rato de Onganía y que lío el de Córdoba y que lo que pasa es que la pobre gente ya no puede más, pero lo decían sin solidez, sólo para que el sonido de las palabras del chico dejara de rebotar por todas partes. La mujer pensaba en sus tres hijos: lo hacía con una mezcla de devoción y rabia; devoción porque estaban a salvo de las tardes heladas y la hirviente leche ajena; y rabia, porque percibía que nunca llegarían a amarla con urgencia, con esa profundidad con la que se ama a los objetos. Sabía que los días de la madre de la mamá de Santiago siempre serían días de culto, de fiebre pagana, de llaveritos de acrílico en forma de rombo con la estampa de la virgen sonriente, llaveritos robados en el kiosco con el corazón estremeciéndose como émbolos viejos. Sabía también que el chico estaba perdido, y nadie ama mejor y con más vehemencia que los extraviados. Estaba por invitarlos con algo más cuando se escuchó el ruido de una llave entrando en la cerradura. La puerta se abrió con pesadez y la figura de un hombre se recortó contra la luz blanca del ascensor.

-Amor, llegaste tempranito -dijo Ema.

El hombre no dijo nada. Tenía la cara de los que esperan arribar a un ambiente oscuro, desierto y silencioso y fallan el tiro; o la expresión entre fatigada y hostil de los que se pasan media hora bajo un balcón esperando que termine la lluvia, balanceándose sobre sus pies planos. Hizo pasar un saludo entre los dientes sin mucha suerte y se fue para la cocina. Tenía el saco en una mano y una caja azul de cereales en la otra. Ema se disculpó y se fue detrás de él. Se escucharon las voces agrias de los dos y la mujer vino casi inmediatamente.

-Dice que lo disculpen. La oficina, esas cosas, está un poco cansado.

-Por favor, Ema, está bien, dígale que no se preocupe, por favor, si en donde nos atendieron mejor que en esta casa. ¿No, Santiago?

-En una casa que fuimos hace poco había un perro que se llamaba Pepe. Lo tuve todo el tiempo encima, me daba besos y cuando me fui lloraba. La señora dijo que se había encariñado conmigo. Yo le conté a mi hermana cuando volvimos y a la noche me llevaron con el novio a la Costanera.

-¡Santiago! -casi le gritó la mamá.

-Pero en esa casa el que me quería era el perro, en cambio de las señoras la que más me quiso es usted.

La mujer mordisqueó una palmerita y no pudo reconocer el sabor.

-¿Cómo la que más te quiso? -le preguntó con un enojo simulado, remarcando la palabra quiso.

-Bueno -dijo Santiago -es una forma de decir.

La mujer se le acercó y le dio un beso largo, fresco y con olor a jabón en la mejilla. Se saludó con la mamá de Santiago y esperó a que se fuera el ascensor.

Había dejado de lloviznar y el aire se había enfriado todavía más. Ya era de noche. Una noche desanimada como una marquesina encendida contra el alba. Caminaron casi tres cuadras sin hablar buscando la parada del colectivo hasta que Santiago se paró en una vidriera y le señaló algo a la mamá. La mujer no dijo nada. Contó la plata que tenía en la cartera, pensó un momento y entraron. Cuando salieron, Santiago llevaba dos cosas: la certeza de que nunca nadie iba a tener un gesto de amor como aquel, por más tiempo que se empeñara en vivir, y una caja azul de Zucaritas entre sus manos.

El colectivo vino casi enseguida. Santiago se durmió antes de llegar y la mujer lo llevó en brazos hasta la casa.



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