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El sonido del bongó

El chico esperó el sonido de la chicharra y empujó la puerta, con cuidado. Una vez en el ascensor, evitó mirarse en el espejo y volvió a revisar los artículos del canasto. Cuando llegó al piso doce, se bajó, caminó unos pasos por el corredor fresco y silencioso y, antes de llegar, la puerta se abrió.

-Del mercado, señor -dijo en voz baja.

Un hombre menudo, de unos cincuenta años, piel discretamente oscura y pelo desteñido lo recibió, impaciente.

-Sí, sí, ya sé, muchacho, deja el canasto y entra -lo urgió el hombre, debajo de una robe de chambre de fondo gris, con inmensas flores negras, rojas y celestes.

-Son ciento veintisiete pesos, señor -dijo el chico.

-No me digas señor, llámame Ismael ¿de acuerdo?

-Si, señor...Ismael.

-Bien, bien ¿tú me conoces? Digo si sabes realmente quien soy -preguntó Ismael.

-No, señor...no, Ismael -tartamudeó el muchacho.

-Oh, esta juventud, debería ser la piedra basal de la sociedad, la llama divina, el motor de nuestra esperanza, y, sin embargo ¿qué? Ahí la tienen -señaló Ismael al chico, que enrojeció -. Desconocen a sus artistas, a aquellos que los precedieron entonando una estrofa de amor para devastar la pena, para anegar los corazones frágiles, de gozo y exaltación.

Ismael hizo una pausa, y se quedó mirando fijo al muchacho, un momento bastante largo.

-Sí -dijo el chico por decir algo.

-Sí ¿qué? -levantó el tono Ismael, fastidiado.

-Sí, señor, no, sí, Ismael -se apresuró el muchacho.

-¿Y todavía acuerdas con esta proclama estúpida, con este reclamo senil y extraviado de quien fuera, por cierto que otrora, muchacho, otrora, el más celebrado cantante, qué digo cantante; esta es una ínfima expresión para describir a un creador, porque yo del bolero lo he sido. Los temas se acercaban a mí como lo hace un cuzquillo a comer de la mano de su amo, y salían de mi voz como fieras, tigres de bengala prestos a derribar los sólidos y repulsivos muros de la mediocridad. ¡El gran Ismael Acevedo Vargas, la luz que refulge en las penumbras de un género tantas veces execrado, el que ha hecho cimbrar las almas inquietas, las más diversas, desde Morales Bermúdez, el insigne patriota peruano, a quien logré arrancar una ristra de lágrimas de sus pétreos ojos de cuervo, hasta el preclaro líder de la resistencia granadina, el arquitecto Samuel Grynszbaunechea, hijo de padre judío y madre obstinada, que pudo olvidar por dos horas los ecos de su epopeya, de idéntica duración. ¡Ni que hablar de la grácil y arrasadora Rita Hayworth, que se bamboleaba en su asiento con la mirada perdida en vaya a saber tú, que recuerdos! ¿Conoces a Rita Hayworth, verdad?

-Sí, yo... se me hace tarde, me tendría que ir yendo -dijo tímidamente el chico.

-¿Quién tiene la medida del tiempo, muchacho? -preguntó Ismael, mirando por el ventanal.

-El encargado, señor Ismael. Él no quiere que tardemos con los repartos, porque para esta época siempre hay mucho trabajo, dice.

-¿Cómo se llama ese subalterno, qué se erige porque sí en juez implacable y pretencioso qué, ¡oh, vano deseo!, se arroga para sí el control del decurso fatal de la clepsidra? -, lo interrogó Ismael.

-Ramírez, señor -contestó el chico, que había levantado el canasto, ya vacío, y retrocedía hacia la puerta con pasos pequeños.

Ismael advirtió su actitud con la mirada distraída, sólo en apariencia, y se deslizó casi, para echar dos vueltas de llave. El muchacho se preocupó más aún, pero creyó conveniente no decir nada, por el momento.

-Ramírez, el cancerbero de Cronos -gritó Ismael -. Te crees astuto, pero eres un fantoche, un pequeño rufián que se agiganta ante la sumisión y estolidez de quienes temen tu jerarquía. ¿Y tu, muchacho, cómo te llamas? -preguntó Ismael, suavizando el tono.

-Carlos -contestó el chico -. Pero me dicen Yuyo.

-Bien -dijo Ismael, con una sonrisa justiciera -. Ahora mismo arreglaremos al petulante de Ramírez.

-¡No¡ -casi gritó Yuyo, pero el hombre ya se alejaba por un pasillo, rumbo a una de las habitaciones. Yuyo escuchó como discaba el teléfono, hasta que la puerta se cerró y todo quedó en silencio.

Casi instintivamente, miró a su alrededor. Una hilera de portarretratos llamó su atención. En todas las fotos estaba Ismael abrazado a alguien. Su cara presentaba la misma sonrisa contenida y los ojos exageradamente abiertos. Yuyo sólo pudo distinguir a uno de sus acompañantes: se trataba de Miguel Ángel Mazo, un ex-volante no tan conocido por la justeza y potencia de su pegada, que las tenía, como por estar su nombre invariablemente asociado a los pequeños episodios de cobardía cotidiana. "Te fuiste a lo de Mazo", "¿lo conocés a Mazo?", o "vos me hacés acordar a Mazo" eran las tres variantes escolares más frecuentes que, pronunciadas con ironía, causaban el escarnio del destinatario, ya de por sí abrumado con el descubrimiento precoz del pusilánime que todos llevamos dentro.

En el portarretratos más grande, Ismael abrazaba a una morocha espectacular, de ojos grises y escote prodigioso, que parecía decir algo a alguien situado detrás del fotógrafo.

Ismael no sonreía, y su cara apenas conservaba en común con las demás fotos, sus ojos, abiertos con desmesura, sólo que esta vez no se trataba de una burda estrategia para disimular sus arrugas, sino del más genuino desconcierto.

Unos gritos ahogados sobresaltaron a Yuyo. Era la voz de Ismael, que se alternaba con algunos accesos breves de tos. El muchacho creyó distinguir, y, varias veces, el nombre Ramírez. Finalmente, escuchó como el hombre colgaba con violencia, y volvía hacia el living.

-Señor...-dijo Yuyo.

-Quédate en calma, muchacho -lo interrumpió Ismael -. He puesto a ese -buscó la palabra precisa -pisaverde de Ramírez en su lugar. He hablado con el gerente y me prometió que iba a tomar medidas.

-¿Con el gerente? -se espantó Yuyo -. ¿Y yo? -preguntó casi llorando.

-Tú no te preocupes, Yuyo, tienes la tarde libre, así que ven, siéntate -le señaló unos sillones de capitoné verde -toma un trago y hablemos ¿Prefieres ron, o alguna otra bebida? ¿Pisco, quizás?

-Lo que tome usted, señor -dijo el muchacho - ¿Está seguro que el gerente le dijo eso, Ismael?

El hombre sirvió dos vasos hasta el borde y le alcanzó uno a Yuyo mientras sonreía, indulgente.

-Yuyo, amigo. Pequeña hebra de pienso -dijo - ¿No te molesta que te llame así, verdad?

El muchacho hizo que no con la cabeza, terminó de una vez su ron y se sirvió otro vaso.

Ismael se sonrió.

-Si algo me ha enseñado tanto mundo, tanto andar como un perro vagabundo, es el sino de la gente, su misterio, pues hay unos que son fríos cementerios, y hay aquellos que a la dicha la estimulan, la cobijan, la acarician, la desnudan, como a ardientes mujerzuelas caderudas -recitó Ismael. ¿Te gustó? -preguntó luego, con los ojos enrojecidos.

-Muy lindo -contestó Yuyo, algo más suelto - ¿Es suyo?

-No, muchacho, yo no compongo -dijo Ismael -apenas interpreto con mi sentir los temas que otros artistas me traen, así logro convertirlos en...

-Sí, lo del perrito que viene a comer y todo eso ¿no? -lo interrumpió Yuyo.

-Eres un muchacho perspicaz. Un halcón entre gavilanes -se rió Ismael, abriendo los brazos -Curiosidad, la insatisfacción de conocer o llámalo como tú quieras ¿estudias?

-No -dijo Yuyo -. Llegué hasta tercer grado y tuve que largar.

-¿Cómo es ese avatar? Cuéntame -dijo Ismael.

-Uy, una historieta -dijo Yuyo -. Me da un poco de vergüenza.

-Un poco más de ron, entonces -dijo Ismael.

-Bueno, pero apenitas -dijo Yuyo -. Yo estaba en el coro del colegio, un colegio de la parroquia, chiquito pero muy lindo, muy cuidado, toda la gente del barrio le daba una mano, hasta habían armado una cooperadora para ayudar a los pibes más pobres. La cosa que yo era primera voz, el padre Osvaldo siempre me decía que un ángel me había prestado la garganta, de lo bien que cantaba. La profesora de música me traía pastelitos de membrillo todos los jueves porque decía que desde que yo estaba en el coro, cada vez venía más gente a los actos, que yo la hacía lucir. Los maestros siempre me pedían que les cantara algo. Mis especialidades eran el tango Cucusita y La marcha del azulejista.

-¿Boleros ninguno? -preguntó Ismael.

-No -dijo Yuyo -. Era un colegio de los curas. No -repitió, después de una pausa.

Ismael disimuló un gesto de fastidio.

-Así venían las cosas -siguió Yuyo -. Mi mamá estaba loca de contenta. Imaginesé, nosotros somos seis hermanos, y todos burros. Una máquina de dar disgustos, así que mi vieja conmigo estaba en la gloria. Hasta que llegó la fiesta de fin de año. El padre Osvaldo me agarró y me dijo: "Carlos, tú vas a cerrar la fiesta" -Yuyo impostó la voz y juntó las manos como si rezara -. "Confiamos en tu magnífica voz para dar el broche final. Ten presente que van a venir el señor obispo y muchas personas muy importantes, así que por favor reúnete con la señora profesora de música que ella te va a preparar para la ocasión". Ensayamos casi un mes entero. El coro iba a cantar la canción y yo iba a hacer tres entradas como solista. Mi vieja, cuando se enteró, se mandó a hacer un vestido y un sombrero, no lo podía creer, encima la iban a hacer sentar adelante, era la reina del barrio, decía ella. A mis hermanos los volvía locos. "Aprendan, animales", decía, "aprendan del Yuyo que es un artista".

-¡Yuyo, qué momento excelso! -dijo Ismael.

-¡Ah, sí, bárbaro! -dijo Yuyo, con sorna. -Todo lindo hasta el día del acto. Amanecí resfriado, que podría no haber sido nada. Pero, esa vuelta, me agarró con sinusitis. Mi mamá me hizo baños de vapor, me puso la olla con eucaliptus, me tiró medio frasquito de Dazolín en cada agujero de la nariz. Nada. Yo me la veía venir, le pedí a mi vieja que no me mandara, que el Walter estaba preparado por cualquier cosa que pasara. "Dios nos va a ayudar, porque Dios ayuda a los pobres", fue la respuesta de mi vieja, mientras me estiraba el guardapolvo.

-El salón de actos estaba repleto -siguió Yuyo. -No entraba nadie más, no sé cuanta gente había, pero todos muy bien empilchados, el obispo adelante, el padre Osvaldo al lado, la presidenta de la cooperadora y mi vieja, haciéndose la importante. Yo pensaba que si Dios ayuda a los pobres, tenía que pasar algo pronto para que se suspendiera el acto, o por lo menos el final. Pero no pasó nada, mejor dicho, sí, pasó, porque la canción que la profesora de música había elegido era un tango que para ella, cantado por mí, tenía que hacer llorar a todo el mundo. Bueno, tanto no le erró, porque cuando hice la primer entrada y, estirando el brazo, canté: "Adiós Lolilo, que largo será el camilo", ya hubo algunos de por atrás que se tentaron lindo, la segunda se empezaron a reír todos cada vez más fuerte, hasta mis compañeros del coro y la profesora, y la tercera, ya directamente era un carnaval, el obispo se secaba las lágrimas con un pañuelito azul, que tuvo que compartir con la de la cooperadora y hasta hubo uno de atrás que me gritó: ¿tan alto era el Camilo ese, pibe? Había solamente dos personas que no se reían en el salón. Uno era yo, que me quedé parado en el escenario, mirándolos a todos y llorando. La otra era mi vieja, que me hizo bajar por adelante de un salto, me dijo esperá y, antes de sacarme de ahí, le rajó un tremendo carterazo por la cabeza al obispo, que ni con eso se pudo parar de reír. Al otro día ya estaba laburando en la panadería de enfrente.

Ismael se quedó en silencio un buen rato. Yuyo también. Comenzaba a oscurecer.

-Mira, muchacho -dijo finalmente Ismael -. He estado en muchos sitios, desde los cristalinos fiordos escandinavos, donde la ventisca aúlla como una hembra en el cenit del amor, hasta las exóticas sabanas kenyatas, allí en donde las briznas de pasto sobreviviente se aferran a tus tobillos gimiendo por un pellón de agua fresca. Nadie podrá decir jamás que no he escuchado historias, Yuyo, pero tristes como la tuya, créeme que ninguna -agregó sollozando Ismael.

-Bueno, Ismael, tampoco es para ponerse así -lo palmeó Yuyo, terminando de un sorbo el tercer vaso de ron.

-Es que estoy muy sensible -dijo Ismael -. El desengaño y la traición son afligentes compañeros de ruta, Yuyo querido.

-¿Una mina? -preguntó Yuyo, con desenfado, recordando la morocha de la foto.

-Más que ello, mucho más. Un vendaval, un frenesí, una vorágine apresada dentro de una piel oleosa y tibia, fragante como una papaya recién sajada. Tu eres muy joven, Yuyo, pero a mi edad, esta edad en la que todo parece decisivo, en la que un desencanto es una sentencia, todo es peor.

-Bueno -intentó consolarlo Yuyo -con la pinta que usted tiene, Ismael, disculpemé el atrevimiento, minas no le van a faltar.

-Mira, Yuyo, considera a las mujeres que pasan por tu vida como algo continuo, como una hilera, un cordel, o una diadema, si es menester ser galante. Tu vas recorriendo esa procesión con los ojos cerrados y el alma sudorosa. Cuando ella aparezca, y tal vez pueda ser que no aparezca jamás, tu corazón se abrirá como la flor del almizclero, y esparcirá su aroma por doquiera, y escucharás el trino de...

-Perdonemé, Ismael, ¿puedo ir al baño un minuto? -lo cortó Yuyo.

-¿Te aburres? -preguntó Ismael.

-No, no -dijo Yuyo, sacudiendo las manos -. Es que... -se señaló la entrepierna.

-Bien, en ese caso... -concedió Ismael, de mala gana.

Ya era noche. El hombre encendió dos lámparas de pie situadas al final del living, suspiró y sirvió más ron en los dos vasos. Desde el baño le llegó el ruido del depósito descargándose. Se sentó y esperó, sonriendo.

-¡Ah! -dijo Yuyo -no aguantaba más. Bueno, ¿cómo era eso de la fila?

-Olvida -dijo Ismael -. Consejos de un viejo acabado que ha visto lacerado su espíritu y deshecho su porvenir. Créeme, Yuyo, se marcha a la batalla del amor como un heraldo, como aquellos templarios de las caras heladas. El amor es la piraña que carcome, nuestros cuerpos sazonados de pasión, y tus labios, como los de Sidney Rome, son un nido inexpugnable de emoción.

-No me diga nada -dijo Yuyo riéndose algo tontamente -. Otro perrito que le trajeron a morfar. ¡Camine a cucha, carajo! -gritó.

-No, muchacho, este es un mastín de mi propiedad. La letra es mía y la música de Gigliolla Cinquetti, una talentosa cantautora de la Alta Italia.

-Ah -dijo Yuyo, que no la conocía.

-A veces compongo, porque la pira del amor crepita dentro y no sé que hacer con esta hoguera que me funde.

-Hay que cogérselas a todas a esas hijas de puta -lo aconsejó Yuyo, arrastrando un poco las palabras.

-No sé, no sé -dudó Ismael.

-Mire, Ismael, yo no tengo ¡ah! la experiencia, pero alguna que otra vez la puse ¿vió?, y las minas son así, no digo todas, pero la gran mayoría. Tienen la mitad adentro y dicen que no, se hacen las brígidas. Agarrelá a esa forra, metalé dos bifes, lleveselá a la cama y va a ver. Hágame caso, no se la saca más de encima.

-¿Te parece, Yuyo? -preguntó Ismael.

-Seguro -dijo Yuyo, que intentaba enfocar su visión, bastante borrosa.

-Vaya lo volátil que es el alma masculina cuando nos invade el desaliento. Heme aquí -se tocó el pecho con el dorso de sus manos Ismael -excitado como un niño en Navidades por la confusa esperanza que me brindan tus palabras, Yuyo, amigo. Pensar que antes de tu llegada era un espectro, un pelele sin voluntad. Tú sí que conoces la esencia de lo humano -dijo, mientras le servía otro vaso al muchacho que notaba lentamente como su cuerpo comenzaba a perder consistencia.

-Creo que estoy un poco mareado -dijo Yuyo entre dientes.

Comenzó a lloviznar. Desde el balcón llegaba el murmullo de las pequeñas gotas estrellándose contra un montoncito de bolsas de plástico. Yuyo se había recostado en uno de los sillones y trataba de dominar el sopor que lo atenazaba. Ismael lo miraba. Finalmente le dijo:

-La vida es pródiga en aconteceres de esta índole. Perdemos un amor y, casi al instante y sin el esfuerzo colosal que sugiere la magnitud de lo extraviado, hace su aparición otra instancia que vendrá a compensar...

Yuyo lanzó un ronquido corto y estruendoso. Luego se rió. Ismael lo miró con ternura, y se rió también.

-Te diré lo que haremos, muchacho. Por lo que he podido escuchar -dijo Ismael -conoces el nudo de esta descastada, pero extática profesión. Ya has sufrido en carne propia la agobiante rutina del pan amargo. Tu tragedia helénica en el salón aquel me convoca los fantasmas de aquella infausta actuación a orillas del río Bucaramanga, cuando impelido por mi fidelidad incondicional al bolero, y por unos pesos que la secretaría de cultura del municipio de Santa Magdalena me ofreció, a qué negarlo, intenté cumplir el rito iniciático del género con los indios de la tribu morondé. Créeme, Yuyo, se asemeja a lo más horrísono el concierto de casi mil nativos afilando sus lanzas, mientras uno entona las estrofas inmortales del clásico de Javier Solís "Tus atocinadas rodillas de almíbar". Creí ver el fin, cuando se lanzaron hacia mí, gritando como una horda de belcebúes. Había cerrado ya mis ojos y recordado mi epitafio, luego de agradecer a Su Divinidad la posibilidad de perecer sobre el proscenio, cuando pasaron como una ráfaga, casi sin mirarme, y pude sentir el rancio olor de sus pellejos perdiéndose en la espesura. Desconcertado, sólo atiné a mirar a la única persona que había quedado frente a mí, el intérprete. El otro intérprete.

Ismael empezó a desatar los cordones de las zapatillas de Yuyo. Luego tironeó de sus pantalones. Tomó otro poco de ron y siguió hablando.

-Era un muchacho larguirucho, de manos sarmentosas y una boca absolutamente desprovista de algún elemento cortante que lo ayudara en la trillada tarea de la masticación. ¿Qué sucedió?, le pregunté, trémolo aún. "No es por usted, señor, no se ponga mal", me dijo el hombrecito, "lo que pasa es que olieron un chancho jabalí, como de unos ciento ochenta kilos, y perdieron el interés por el festival. Acá no es muy frecuente comer carne de jabalí. Igual, y perdóneme que me meta, a ellos le gusta la cosa más rítmica: la danza de la tierra nueva o "Último tren a Londres", por ejemplo, y usted canta así, sin instrumento. Para mí, a usted le hace falta un bongocero".

Ismael fue hasta su cuarto a buscar un pijama. Cuando regresó, lo midió sobre el cuerpo de Yuyo.

-Ahí me percaté de mi fallo -dijo Ismael, intentando introducir uno de los brazos de Yuyo por la manga del pijama -hace ya de esto unos ocho años. Ocho extensos e inacabables años en los que mi magia se desbarranca por la ausencia de uno de esos soberbios instrumentistas, tantas veces relegados a un segundo o tercer plano. Mi vida entera se desmoronó por el peso de ancla de su sombra. Cuando un artista declina en su producción, es su existencia la que cae. Pierde la veneración del sexo opuesto y el comedimiento del resto. Pierde el hálito, la sustancia -dijo, casi en un susurro Ismael-. Pero ahora -dijo Ismael, recobrando el tono -todo se modificó. Tantos asistentes desechados en estos interminables años, tanta pendiente, tantas humillaciones y degradamientos, se esfumaron como se esfuma la imagen del párroco cuando apagamos el televisor. Eso sucedió cuando te vi entrar, Yuyo. Logré vislumbrar el carisma oculto tras el uniforme, el talento, la armonía de tus formas adolescentes y, por sobre todo, la bonhomía y la disposición, condiciones imprescindibles para la gesta que vamos a encarar. Te diré lo que vamos a hacer -se emocionó Ismael -. Te quedas a pernoctar aquí -casi le ordenó a Yuyo -. Mañana arreglas con ese buen Ramírez los detalles de tu indemnización. Sumando ese dinero y algo que yo te facilite compraremos un buen bongó, en una semana aprenderás, es sencillo. Luego nos largaremos al interior. Con tu sapiencia y mi sensibilidad, haremos tambalear los corazones, y, de paso, terminaré de olvidar a esa...¿forra dijiste, Yuyo?



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