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La pretensión

Sabía cuanta dulzura y paciencia había invertido en él. Eso sí, sin obtención de beneficios. Eso era lo que más le pesaba a él; el mutuo esfuerzo, el silencio vano...

Si ella no hablaba de la inutilidad de ser tan bondadosa y persistente en su callada lucha era por no hacer florecer tanta humillación en su cónyuge.

Como otras noches, Matilde le sirvió la cena. Llenó de sal el salero vacío, se quitó el delantal y se sentó a la mesa.

Pablo se sentía desganado. Sólo se oían los chasquidos de los bocados al pan de Matilde. Lo comía pastosamente, como si le costara digerirlo.

Veían la tele: monotemática, con los mismos ojos, las mismas caras sonrientes porque no había otra cosa. Anuncios. De cepillos, de músicas, de pinturas, de preservativos, muebles... Todos ellos desfilaban tan alegres como falsos ante el robotizado semblante del marido. Sólo uno le hizo parpadear.

Era de un refresco sin alcohol: jóvenes felices, playas, coches caros y... un tanga rojo con un pez dorado.

Pabó miró perplejo por unas décimas aquella belleza aún más curvilínea por la pequeña pieza de ropa.

Se le antojó una tela suave, ceñida como un guante a la piel aún más suave de la chica, su culo prieto...

Aún más, sabía que debajo del pez bordado ardía su pubis, su sexo... El tanga marcaría las líneas (tanto externas como internas) de la muchacha.

Ella sonreía. Era feliz de ser soñada / observada. Pablo tuvo una erección. Se quedó pasmado ante este hecho y se cara así lo mostraba. Dudaba si comentar el fenómeno a su mujer pero se abstuvo, por vergüenza, quizá. Matilde no se percató. Confundió su rostro de sorpresa por uno de ensimismamiento, de agilipollado por la caja tonta.

Recogieron la mesa. Se acostaron sin besos, con cortesía. Pablo se alejó presuroso de cualquier contacto con su esposa. De repente, sintió un calor muy fuerte en el vientre y, después, en todo el cuerpo. Eso le permitió rememorar el cálido sol tostando los glúteos de aquella chica. Cerró los ojos y pudo ver el pequeño tanga recorrer su sexo en un línea trazada desde el final de su espalda hasta el nacimiento de su pubis (mirado desde abajo). Volvió a tener una erección y un deseo intenso de ser el pez dorado de ojos muertos para recostarse en el fuego de aquel vello extraño. Se veía mirando un cuerpo indefinido, tal vez difuminado por su propio deseo. Pasaba la lengua por el pez una y otra vez. Arrancaba lentamente las piedrecitas falsas mientras sus manos se deslizaban ágiles entre los muslos de carne alegre, torneados por el volei-playa. Y, cuando el pez dorado era solo un recuerdo transparente, hundía su barbilla debajo de la suave tela para encontrar algo más salvaje que el color rojo que tanto le extasiaba.

Recorría el camino sensual de la curvilínea belleza que el tanga marcaba. Pablo sintió que no podía más. Por eso, poco después, tan silencioso como la paciencia de Matilde, se masturbó en el borde de la cama.

A la mañana siguiente se encontró consternado y afectado por el suceso nocturno.

No pudo ir a trabajar. Recorrió todas las tiendas de lencería del centro urbano para hallar el ansiado tanga rojo con el pez dorado. No lo encontró. Lo pidió a una venta por catálogo con urgencia en menos de veinticuatro horas. Dijo que és pagaría el transporte urgente para hacerse con él en menos de tres horas.

Sentía que las manos le temblaban de emoción. Lo trajeron. Pablo destrozó la cajita en que estaba la mercancía.

Lo tocó ávidamente: el pez, el raso carmesí, la diminuta línea entre los glúteos... ¡Era tan real!

Se acarició con el trocito rojo de tela hasta conseguir llegar al clímax.

Pablo miró el tanga. Observó sus manos y reflexionó un momento: "Te estás obsesionado. Relájate".

Ya era tarde. Llamó a Matilde para que viniera corriendo de la marisquería en la que atendía a los clientes.

Le abrió la puerta con el pedacito de ropa imposible en la mano.

-"Creo que ya he arreglado nuestro problema. Ponte esto. Vamos a hacer el amor".

Matilde, tan silenciosa en su costumbre, se quitó la ropa y se puso el tanga con el pececito dorado. Lo notó algo húmedo pero no comentó nada.

Pablo abrió los muslos de su mujer. Pasó la lengua por el pez una y otra vez. Su excitación iba en aumento. La respiración del Matilde se hacía cada vez más intensa, más profunda y sonora...

El hombre se regocijó en la redescubierta belleza de su mujer. Puede que fuera demasiado curvilínea pero eso a él no le importaba. La línea que marcaba aquel tanga tan real era tan excitante como la de aquella chica. Aquello era maravilloso. Se sentían jóvenes, impulsados por la pasión, no por la premeditación que gobernaba su vida en todos los aspectos. Aquel hecho no significaba la consecuencia de un acostumbre sino del disfrute del momento.

En unos instantes, a Matilde le quemaba en la piel la tela de la pequeña pieza y se empezó a liberar de ella.

Pablo, con los ojos cerrados, besaba ávidamente el final de su espalda, sus glúteos más redondos y flácidos que los de la chica playera, más reales... Notó la pérdida de la prenda ínfima . Abrió los ojos y la buscó desesperadamente con la vista. La halló en el suelo y la recogió rápidamente. Miró a su mujer, tendida en la cama, vestida con la ausencia de la prenda deseada. Cogió el pedazo de tela rojo y se sentó melancólicamente en el borde de la cama. Encogió su cuerpo sobre sí mismo y durmió largas horas.

Al cabo de un buen rato, la pérdida de paciencia de Matilde le despertó. Había recogido su dignidad, su ropa y su silencio y se había marchado.



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