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La cita I

A bordo del taxi comencé a recordar el encuentro con ella el día anterior, en una tertulia en casa de unas amigas. Por mucho tiempo no la había visto y me sorprendió de sobremanera encontrarla tan cambiada. ¡La Güicha convertida en una bella mujer hecha y derecha! Ahora es verdaderamente hermosa, con esa armonía que han tomado sus finas facciones, con el espléndido desarrollo que se ha operado en sus formas, con esa presencia que tiene ahora y con el arreglo personal que lucía, el cual revela su buen gusto y le confiere cierto aire de distinción. Ayer también la adornaba una discreta coquetería, pero muy lejos de cualquier vulgaridad. Qué diferencia con aquella chiquilla...

Di instrucciones al chofer para que tomase una ruta que a mi parecer aseguraba el menor tiempo para el recorrido. Consulté mi reloj y calculé que contaba con tiempo suficiente para llegar a la cita sin apuros; quizá un poco antes de la hora convenida. Después comencé a considerar algunos planes para lo que haríamos: Tal vez podríamos ver una buena película; luego seguramente iríamos a cenar y, si para entonces los ánimos estaban a propósito, con ganas de divertirnos, nos caería muy bien ir un rato a bailar. Después, ya animados y quizá emocionados, podría ser que...

Volví a consultar mi reloj y vi que contaba con poco más de media hora para llegar. Para lo que falta hay un buen margen —me dije—. Si hubiera podido contar con mi automóvil... Pero no, precisamente tenía que descomponerse esta mañana. De que algo va mal, todo parece ponerse de acuerdo: no sólo fue la descompostura del carro, ahí están también esos encargos que cualquier otro día no me los hacen, sino precisamente cuando cuento con menos tiempo; entonces, a todo mundo en casa se le ofrece algo. Eso me impidió salir con toda la anticipación que hubiera deseado. Por si fuera poco, como si hubiese confabulación en contra de mis planes, ese autobús, dizque expreso, que se me ocurrió abordar para llegar más pronto, corría tan aprisa que alcanzó a rozar a otro vehículo. Lo bueno fue que no me quedé a contemplar los alegatos de los conductores, y que afortunadamente pronto pasó por ahí este taxi. Fue una decisión muy oportuna bajarme del autobús y abordar el taxi.

Sí, qué diferencia con aquella chiquilla; lo veo y casi no lo creo, de veras que ha cambiado esa Güicha. Qué va de la mujer que admiré ayer a aquélla casi mocosa, flacucha, con su desparpajo y con sus bromas a veces algo pesadas. A mí era a quien siempre hacía más maldades: me rompía huevos con harina en la cabeza, de diferentes maneras trataba de sorprenderme para asustarme, me mojaba, me echaba animalejos en los bolsillos, y cuántas otras travesuras que a ella la hacían morirse de risa. Como que ya me había tomado la medida; si acaso me ponía serio, entonces ella se volvía melosilla, dizque para tratar de contentarme, para luego volver a sus bromas. Llegué a pensar que hacía todo eso para llamarme la atención, para que me fijase en ella; y suponiéndolo así quise, según yo, darle gusto; que se sintiese complacida. Por eso una vez la invité a tomar un helado y a pasear por un parque de diversiones, para lo cual hicimos una cita para el día siguiente. Se la veía muy ufana informándole a todo mundo de mi invitación; sin embargo, ésta se quedó sólo en palabras, porque llegado el momento no me encontraba de humor y, al suponer que la muchachita latosa se la pasaría embromándome, opté por faltar a la cita.

En la avenida por donde transitábamos la circulación era lenta, por lo que pedí al taxista nos cambiáramos a otra aunque diésemos algún rodeo. Nuevamente vi mi reloj; ya solamente contaba con un poco más de quince minutos. Sin dejar de mirar el reloj había observado que recorrer una sola cuadra nos consumió varios minutos.

Pasó un buen tiempo sin que volviéramos a tratarnos; creo que con toda intención había dejado de hablarme. Un buen día, antes de que ella pudiese reaccionar rehuyendo mi conversación, me apresuré a confesarle que durante todo ese tiempo me había sentido muy apenado. Inventé cualquier excusa para justificar mi falta a la cita y para tratar de reivindicarme con ella volví a invitarla. Esa vez le dije que si era capaz de confiar de nuevo en mí, la llevaría —dos días después de cuando se lo propuse— a ver una película. No se hizo mucho del rogar, incluso fue ella quien propuso el cine al cual iríamos. Mas llegado el día, no faltó que se atravesara algún imprevisto: tendría que ir a otra parte para desarrollar una tarea urgente relacionada con mi trabajo. Lo verdaderamente malo fue que no pude localizarla a tiempo para posponer la cita. Esa vez no fallé por falta de voluntad de mi parte. Nunca tuve oportunidad de saber cuál haya sido su reacción, porque de improviso debí ausentarme de la ciudad, una ausencia que duró varios años. Desde entonces no volví a verla hasta la tarde de ayer, cuando nos encontramos en la tertulia.

Un nuevo cambio de derrotero; ahora el taxista fue quien lo propuso. Era necesario desviarse porque al parecer hacia donde nos dirigíamos se presentaba un embotellamiento; tal vez por alguna manifestación. El chofer puso en reversa el vehículo para volver al crucero anterior y en él hacer un viraje. En ese lugar de nuevo eché una ojeada al reloj y me percaté de que faltaban escasos diez minutos para la hora de la cita.

Como la vi ayer, sin haber perdido aquella chispa ni su casi perenne alegría, se le notaba un esmero en darse su lugar. Como toda una dama educada procuraba expresarse con mesura y discreción; muy distinta a aquella latosa y encimosa de antaño. Su encuentro me impactó de una manera que no hubiera podido imaginar. Ya no me queda aquella sensación de caerme en gracia; siento que ahora me gusta de verdad. Durante toda la tarde mi atención fue para ella, y quedé con el más vivo deseo de seguirla viendo. Por eso propuse esta cita para encontrarnos a las seis de la tarde en la puerta de la oficina donde trabaja; una cita ya importante para mí, convencido de que podía ser el principio de una grata relación, quién sabe si andando el tiempo muy formal. Debía llegar puntualmente pues ella me advirtió, seguramente acordándose de aquélla, nuestra última cita no cumplida, que no esperaría más de diez minutos después de la hora convenida; dijo que para ella mi puntual cumplimiento a la cita sería la prueba de mi aprecio a su persona. Dijo que esta vez no estaría, como una tonta, esperándome indefinidamente; si yo no llegaba dentro del margen propuesto, sin dudarlo, se marcharía; y seguramente no volveríamos a vernos. Ahora que me sentía particularmente atraído por ella no deseaba fallarle; para mí éste era un reto, que yo mismo me hacía, para demostrarle algo más que un simple aprecio.

Ya faltaba muy poco, pero la calle estaba colmada de autos; transitábamos lentamente, a vuelta de rueda. Eso me ponía cada vez más tenso y nervioso; me latían las sienes, me zumbaban los oídos, las manos me sudaban y la boca se me empezaba a secar. Ahora el reloj me señalaba justamente la hora de la cita. Aunque nervioso y preocupado, todavía confiaba en poder llegar dentro del margen de tiempo propuesto. Al detenernos en un crucero con semáforo reconvine al chofer:

—El cambio en este semáforo tardará demasiado; ¿por qué no se apresuró a pasar el crucero antes de que cambiara?

—Disculpe usted; no se incomode, caballero, —respondió—, pero vea que no ha sido por mi culpa. ¿No vio usted que el que traigo adelante se detuvo antes de que cambiara la luz del semáforo?

Estaba ya sobre el margen de tolerancia, y aunque ella no me lo hubiese asegurado, yo quería creer y convencerme de que si lo rebasaba por un poco, sería algo flexible y no tendría inconveniente en esperarme unos cinco minutos más. Quince minutos me parecían un margen todavía razonable.

De nuevo estábamos ante un semáforo en rojo. Ya no aguantaba más; quería poder volar. Faltaban dos calles llenas de autos; parando cada dos metros se harían una eternidad. Entonces pedí al taxista que se cobrara para bajarme ahí. Sin esperar el cambio salí disparado como una flecha. Tal vez no me viera muy bien corriendo desaforado entre los autos, pero confiaba en que mis piernas me llevarían en un santiamén hasta el final de esas dos calles. Llegué jadeante, casi ahogado. Miré mi reloj; apenas pasaban unos segundos de las seis quince. Con gran desilusión vi que no estaba; miré en todas direcciones sin encontrarla. Desconsolado, entendí que había cumplido su palabra.

Abatido eché a andar maquinalmente, deambulando sin rumbo fijo. Tan distraído caminaba que sin darme cuenta me alejé algunas calles del lugar. Cuando al fin reparé en donde me hallaba reconocí los rumbos de la Alameda Central. Entonces, de pronto escuché las seis campanadas del reloj de una conocida torre cercana. ¿Será posible? —Me pregunté—. Como un relámpago pasó por mi mente la consideración de que mi reloj pudiera estar muy adelantado. ¡Pero si seré estúpido! —Me dije— ¡Cómo pude alejarme tanto! ¡Rápido; hay que regresar! Tal vez en un taxi... ¡Sí, pronto; a buscar un taxi!. Pero a esas horas todos los taxis pasaban ocupados. Pues entonces —afirmé—, buscándolo y andando; no hay tiempo que perder. Eché a correr de nuevo, mas no podía mantener indefinidamente la carrera; aunque sin dejar de ir apresurado, de tramo en tramo solamente caminaba para recobrar el aliento.

No obstante, el regreso me tomó pocos minutos, tal vez me haya pasado uno o dos del margen, mas al llegar a la puerta de la oficina ella no se veía por ninguna parte. Más que a una consideración razonable, me aferraba a una última esperanza; pensaba en muchas cosas circunstanciales que pudieran haberla detenido: olvidos de ésos que hacen regresar, llamadas imprevistas que atender a última hora, cualquier clase de complicación en el trabajo... Qué tal si acaso todavía no hubiese salido. Ya no quería moverme de ahí. En eso vi salir una chica; tal vez fuese de la misma oficina. De cualquier manera era preciso preguntar por ella:

—¿Conoces a Ana Luisa?

—¡Claro que la conozco! Ella y yo trabajamos en la misma oficina.

—¿Estará ahí todavía?

—Ya no. Pidió permiso para salir antes, a las cinco y media; ya hace más de media hora que se fue. Si hubieras venido antes...



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