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A la hora del espanto

Valencia miraba hacia afuera por entre los barrotes cuando los dos hombres llegaron. Todavía estaba tendido en medio de la celda el cuerpo sin vida y con la soga amarrada al cuello, reventada por el peso muerto. Mira nomás Valencia, a lo que te lleva el remordimiento. Aquel hombre no se inmutó, seguía mirando hacia afuera por entre los barrotes, bañándose el rostro con la blanca luz de luna. Sereno, volvió la vista a los hombres y el trasluz le dejó la cara en tinieblas. Levantó las cejas y sin expresión a ellos se dirigió: Te ves más joven Julián, y tú Mando, estas bastante crecidito. Julián se clavó en los ojos pequeños de Valencia, Sin embargo tú te ves avejentado... Como sea ya venimos por ti... Pos que ridículo es todo esto, ¿qué no Julián?, Valencia miró entonces de arriba a abajo al otro hombre. Yo me esperaba algo más ridículo. Ya saben, el túnel o la puerta esa enorme rodeada de demonios. Julián y Mando se vieron uno al otro. Entonces, acercándose a Valencia le extendieron sus manos, y éste chupándose los labios las tomó. Al salir de la celda, Valencia echó un vistazo, pues ahí dejaba tendido el cadáver, con los ojos negros abiertos, buscando la luz que ya no vería nunca.

¿Pa´ qué me traen por la ciudad?, Si nomás de andar viendo tanta cara conocida ya se me esta haciendo un nudote en la panza... Para eso justamente Valencia, para que se te haga un nudote en la panza, le repitió Julián, que al lado de Mando, lo conducían despacito por las estrechas calles de San Fernando. ¿Qué no se supone que ustedes son ahora la justicia, y que me deberían aventar mejor a otra celda?... Me les puedo pelar. Valencia los miraba insistentemente por encima del hombro, con la cara blanca y con los labios secos. Pos pélate Valencia, que nosotros no somos los que te vamos a hacer valer la ley. El hombre, molesto y abriendo tremendos ojos se volteó hacia ellos. ¿Tons pa´ qué me traen esposado?... No Valencia, si el que cree que vienes esposado eres tú... No me vengas con mamadas Julián, que hasta traigo entumecidos los brazos de tan apretadas... En ese momento, las manos de Valencia se separaron, lo que hizo que el hombre, atónito, perdiera el paso y cayera sobre el estómago. ¡Ay carajo!... ¿Ya ves Valencia?, si tu eres el único que te atas de manos. Si quieres pelarte, pélate ahorita, porque para las meras doce, a la medianoche, ya te debemos entregar. ¡Si me pelo no me van a encontrar hijos de sus pinches madres! Valencia pega un tremendo brinco para levantarse; Intempestivamente y con una sonrisa en la cara, sale despavorido calle abajo, perdiéndose entre el tumulto de gente y automóviles, gritando estupideces a los hombres y carcajeándose burlón. Julián y Mando quietos ahí en medio de la acera se miran por un momento. Sin inmutarse, toman calle arriba, donde se desvanecen paso a paso, hasta no ser humo, ni susurro, ni nada entre la gente que camina.

Marta recupera su aliento cuando el médico le explica, allá en la sala de espera del hospital, que el disparo que recibió Danaé, por alguna razón rebotó en el cráneo de la niña. Sin embargo, recalcaba el doctor, deberían esperase para asegurar que no exista derrame en la zona del impacto, o que el cerebro no se fuera a inflamar. Fue muy afortunada su hija, le dice. Un hombre entrado en años se acerca a Marta que permanece rodeada de familiares y amigos. Tu hija estará bien, ahora toca que vayas y te despidas de Julián y de Mando... no se los van a llevar hasta que tú estés allá con ellos. La voz quebrada del anciano provocó que la mujer rompiera en llanto, pues las horas de angustia que ha pasado en el hospital, le bloquearon del horror que le faltaba por enfrentar. Las personas, amigos y familiares, la sostienen y llevan afuera. A bordo del automóvil, la mujer se derrumba, grita desesperadamente.

Danaé, hijita... susurra Julián. Entubada, conectada a múltiples aparatos, la pequeña abre sus ojos enrojecidos e hinchados. Soy Papá, mira nomás pequeña... Mando le toma una mano y la besa. Nos vemos pequeña. Aquí estarás bien.

Los sentimientos de Julián se desbordan. Iluminan la mirada del hombre, de donde escurren blancas y brillantes lágrimas. La pequeña le mira y una leve sonrisa se dibuja en su amoratado rostro. Ambas miradas se cruzan y es cuando el puente de amor entre los dos permite que su padre penetre la mirada de la niña. Éste se introduce hasta lo más recóndito, explorando cada detalle de los pensamientos de su hija. El hombre se estremece al acercarse a las imágenes horrorosas que guarda del ultimo día y gime, pero no se rompe... Entonces, con suma concentración, ilumina su rostro, coloreándose de un intenso azul, hasta llegar a un profundo blanco. Los ojos de la pequeña se cierran, cae en un profundo sueño. No sabe de lo que sucede a su alrededor. Y sin embargo el dolor ha cesado. Ahora, caminando al lado de su padre, lo toma de la mano. Julián le besa la frente. Están de pie, pero les rodea una intensa luz. Frente a ellos, un hueco oscuro crece hasta tomar la proporción adecuada que les permita pasar a través de él. ¿Tenemos que regresar ahí papá?... Si mija, porque no habría otra manera.

Cruzan por esa oscuridad hacia un estrecho puente, por el que Julián dirige a Danaé. Al final una espesa niebla los cubre. Entonces la niña mira a su alrededor, está en casa, dentro de su propia recámara. Es ahí cuando escucha los gritos y corre a abrir la puerta.

Espérate Valencia, quedamos en que el dinero te lo iba a dar a cambio del carro. ¡Pero a mí ahorita no me sirve para nada tu pinche carro; efectivo Julián, efectivo carajo! ¡Álvaro, dile a tu tío que se calme, hombre, que ya guarda el cuete chingá!. Valencia, enfurecido, mira a Álvaro, su sobrino, y le grita. ¡Tú no me vas a callar cabrón! ¡Nomás haz lo que te digo! Danaé mira tras una rendija en la puerta de su cuarto, espantada por los gritos. Ahí es cuando ve a su hermano menor, Mando, cruzar corriendo el pasillo hasta con su padre. ¡Pinche escuincle, quítate de en medio a la chingada! grita Valencia. ¡Quítalo Álvaro, quítalo y métele un plomazo en la cabeza!. ¡Por favor no, Valencia!, le suplica Julián. Álvaro, asustado, toma al niño y lo avienta contra la pared, reventándole la boca del golpe. ¡Mátalo Álvaro!, ¡No por favor no!... Álvaro, aturdido por los gritos acciona el arma en tres ocasiones. Ante los ojos de su padre, el niño resbala hacia el piso, aventando borbotones de sangre por la boca. Con la garganta cerrada por la conmoción, solo un leve chillido escapa por la boca del padre, que mira empalidecido a Valencia. Ahora tú cabrón, dice tembloroso Valencia. Cierra los ojos con la explosión del cartucho. El impacto penetra por la frente a Julián quien cae sordamente sobre la duela del pasillo. La pequeña Danaé no soporta y grita horrorizada. Sale corriendo del cuarto para dirigirse al de sus padres al otro extremo del pasillo. Álvaro, mudo, avienta el arma y es Valencia quien corre tras ella. Al alcanzarla la arroja contra la cama y tomando una almohada, la coloca en la cabeza de la niña para pegarle inmediatamente tres tiros a quemarropa.

¡Levanta la pistola güey, muévete!... le grita el hombre a su sobrino. Agarra las llaves del gris, yo me llevo el rojo... ¡muévete chingá!

La niebla rodea inmediatamente a la niña, quien grita, llora desconsolada, y Julián, de entre la intensa luz blanca sale para abrazar a su pequeña. Ella voltea para ver el rostro sereno de su padre, quien la mira tiernamente. Todo se detiene, corre tan despacio el tiempo a su alrededor. Su hermano, Mando, camina hacia ellos y los abraza por la espalda, es un hombre grande ahora, pero su hermana le reconoce y le sonríe. ¿Por qué te ves más grande Mando?, pregunta inocentemente. Eso lo entenderás después, por ahora quédate tranquila y lleva serenidad a mamá ¿quieres?. La niña asienta con la cabeza y todo se oscurece. En la habitación del hospital, aunque conectada a tantos aparatos como está, ya descansa tranquila.

Mando y su padre han regresado a las calles de San Fernando. Es la hora del espanto hijo: Doce en punto de la media noche, le dice mirando el gran reloj de la cúpula de catedral. Las calles están desiertas. El tiempo se ha detenido. A lo lejos, divisan la figura oscura de un hombre sentado a la orilla de la acera. Tiene la cara entre las piernas y tiembla helado. El eco de los pasos al acercarse le causa tanto dolor en la cabeza que siente que le va a estallar. Tapándose los oídos, temblando de pánico grita: ¡Ya, ya cállense!... Es Valencia. Sus gritos se vuelven llanto y las palabras agudas súplicas. ¡Por favor ya! Valencia se tira hecho bola sobra la calle, con las manos tapándose las orejas, babeando del intenso dolor que le provoca tener cerca a los dos hombres. Julián y Mando se detienen a su lado. ¿Pos a dónde fuiste Valencia, que vienes tan asustado?, ¿qué no ibas corriendo tan sonriente?... En ese instante, y a pesar de su dolor, Valencia se abraza de los pies de Julián. Con los ojos desorbitados, blanco de pavor. ¡Por favor, quédate aquí conmigo, no me dejes solo por nada del mundo por favor, no sabes lo que hay allá, no sabes!... Mando se inclina, en cuclillas le susurra al hombre. Te quedaste sólo Valencia. Al menos con lo que te debía papá, te hubieras podido comprar amigos de parranda por unas noches... pero te quedaste sólo, y el remordimiento cuando te lo tienes que tragar así, es más canijo.

Valencia, boquiabierto y con la mirada desubicada, mira a Mando incorporarse. Ambos hombres, lo toman de los brazos y lo levantan. Caminando por las calles vacías de regreso a su celda, el hombre llora. El viento se hace helado, más helado que lo conocido, congelándole las lágrimas en el mismito rostro. El viento chiflonea en sus oídos, le chiflonea lamentos, gritos intolerables, gritos de horror. Frunce la cara y le parpadean los ojos... está conmocionado.

Ándale Valencia, le dice Mando, métete. La celda, iluminada a medias por la luz de la luna entre los barrotes, aún guarda el cadáver tendido en el piso. Entonces, el hombre con la mirada perdida se dirige a padre e hijo, limpiándose el rostro y la nariz húmeda con una mano: Apenas en la mañana me echaron guante. Pero de verdad que yo era bueno. ¿No hasta hacíamos cenas en tu casa Julián?... ¿On ´ta el infierno, on ´ta que no me quemo?... Ahorita no hay infierno Valencia. Ese te va a caer después. Ahí te quedas nomás mirando como sale y se mete el sol. Aquí es cuando el lamentar y el crujir de dientes se vuelven contra ti. Valencia, les da la espalda, para observar el cadáver. Por lo que a nosotros respecta, te perdonamos. Pero no es el nuestro el que vas a necesitar. El de los vivos, Valencia. El de los vivos. Ahí sí está canijo, le dice Julián. Adiós.

Valencia se ha quedado solo, iluminado nada más por la luz de la luna que se cuela por la ventana de la celda. Lo acompañará su cadáver ahí en el suelo hasta el amanecer. Sí, su cadáver con la cara hinchada, morada y con los ojos pequeños saltando por las cuencas. Ahí se van a quedar juntitos hasta que amanezca y alguien lo encuentre. Valencia se acerca a la ventana dando pasos chiquitos, arrastrando los pies, con las manos en la espalda. Deja que la luz de la luna le ilumine el rostro, respira profundo y cierra los ojos. Aprieta la quijada, cierra los puños e intenta no recordar el rostro suplicante de Julián por su vida y la de su hijo. En vano. Los alaridos, por más fuerte que los avienta, no se comparan al intenso dolor del susurrante balbuceo de las palabras “perdónenme las dos”.



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