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Tu aviso

Te recuerdo parado en el pasillo de ese supermercado, el primer día. La barba a medio florecer, el abrigo negro rozando el piso, y tus manos delgadas sosteniendo una lata de algo. Algo que podía ser machas o duraznos. No lo recordaría. Sólo memoricé tus ojos penetrantes que invadieron los míos ansiosos. Discúlpame, no quiero sonar cursi en el relato, intento nada más describir bien lo que yo sentí al verte allí. ¿Me entiendes? El guardia de traje azul nos miró con sospecha. Recorrí el pasillo despacio. Conté, (aunque no lo creas ahora) cada uno de los cuadrados cerámicos del piso, sin despegar la vista de ellos. Te rodeé ligero y me instalé a tu lado. Dos mentiras y una verdad, me dije una vez a tu derecha. El perfume era Calvin Klein como habías dicho, pero ni eras un tipo normal, ni tenías estatura media, como te anunciaste. Tu espalda ancha tal vez te hacía parecer más macizo, y el abrigo disimulaba tu delgadez. Tu perfil no estaba mal, pero la sonrisa que me regalaste, cuando cogí del aparador la mermelada , me mató. Olerte y dejar volar la imaginación del encierro en esa tarde de lluvia, fueron una cosa. Ver al guardia nuevamente, urgirme un poco y salir con el frasco hacia la caja, fueron otra. Esto sí lo recuerdo con claridad, el producto con el que salí valía dos mil novecientos noventa y nueve pesos. Lo supe cuando con voz baja , levemente detrás mío, dijiste a la cajera: "eso también lo pago yo". Aún te los debo.

Cinco años han pasado desde entonces. Cinco años con descansos, como solías decirme a veces. Esos períodos de ausencias inexplicables para mí, te diré ahora, que sólo eran descanso para tí. Yo me refugiaba en la comida abundante, y una que otra vez en el vino que solíamos compartir. Nunca te interrogué por tus partidas abruptas. Ni adónde, ni con quién, ni cómo. Me importaba más el retorno, que tarde o temprano sucedía. Tenías las llaves de mi departamento, podías llegar sin avisar, seguro de no encontrar sorpresas a tu arribo. Llegabas y tras la puesta al día de rigor, siempre te pedía que me acompañaras a ese supermercado. Los guardias no eran los mismos, pero sus miradas eran iguales a las de esa primera vez. Me gustaba recorrer contigo, baldosa a baldosa, aquel pasillo con el silencio a cuestas. Instalarme en el mismo sitio, frente a las mismas latas y frascos. Buscaba tu perfume entre el aroma aséptico que se ventilaba. Siempre estuviste dispuesto a llevarme a ese lugar cuando estabas en la ciudad. Era tu forma de quererme, sospecho ahora. Era tu manera de dar sin darte yendo a un lugar para ti sin importancia alguna, un referente medio fetichista quizás, te decías. Seguro era una de las formas.

Cuando no estabas, acudía religiosamente a comprar mermeladas. El sabor aunque no daba lo mismo, era un accesorio. El frasco era lo que tenía significado para mí. Sabía más dulce cuando estabas, eso es verdad. A veces era un poco agria, cuando la espera se estiraba más allá de lo que me parecía prudente. Pero era más imprudente reclamarte. Era como violar tu espacio deseoso de intimidad silenciosa. Prefería dejar que el tiempo transcurriera y guardar por cada lejanía, un recuerdo similar. Por eso, cada uno de los casi cincuenta frasquitos de mermelada que alguna viste en mi cocina, tenía debajo una etiqueta, con fechas que nunca te mostré. La letra era azul si lo habíamos comprado juntos. Roja, si lo había adquirido en tu ausencia. Me llené de frascos con letras rojas, como me lleno ahora de recuerdos tuyos. Parece que estuvieran a mis espaldas, y de pronto se me ponen al frente, me dan caza en una esquina cualquiera. Tus recuerdos salen de los frasquitos y se vuelcan a las calles, como en dirección al supermercado. Desde tu partida que no fue adiós, pero que igual me privó de tí, (disculpa, en serio no quiero parecer cursi, sé cuanto te molestaba la clichetería ). Digo que desde aquella vez, como en un anuncio siniestro, en el super dejaron de vender aquella marca, y unas bolsas plásticas de escandaloso mal gusto, coparon los aparadores de las mermeladas.

De mal gusto debe sonarte también que ahora, sobre la placa de tu tumba, te hable de algo que tal vez sólo para mí sea importante. Discúlpame otra vez, sé que es un acto de egoísmo terrible. Vine en verdad por dos razones muy sinceras, no temas. Nada de reproches, sabes que no va conmigo el reclamo ni la excusa, lo sabes bien, tú que jamás me diste una excusa, porque nunca se me ocurrió pedírtela. Vine como te decía, a regalarte una respuesta. Recuerdas que una vez preguntaste por qué llamé a tu celular después de leer tu aviso en el diario?. Estaba en la sección de no clasificables. Allí sólo había mensajes de compañía femenina ofertando discreción. Nunca antes ví ninguno como el tuyo. Me pareció sutil: "Necesito conocer persona mayor de 30. Yo tipo normal, estatura media. Llamar al 09-8840687. Calvin". Luego, cuando hablamos dijiste que tu seudónimo lo elegiste porque usabas esa marca de perfume. Sé reconocerlo, te dije, porque antes lo usé también. No lo parecías, pero luego me confesaste que te sorprendí, al olerte en el pasillo, tomar un frasco de mermelada e irme directo a la caja 3, y dejar que pagaras sin mediar una palabra. Eso me pediste cuando te llamé verdad?. Acordamos el sitio, el pasillo fue un azar. Te advertí que llevaría jeans, beatle burdeo, lentes de carey y un bigote leve. Ahora que ya sabes porqué llamé, déjame adornarte con estas flores plásticas que puse en un frasco de esos que conociste. Elegí cualquiera. Todos estuvieron llenos de frambuesa alguna vez, pero de eso extrañamente jamás pudiste darte cuenta.



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