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Claustrofobia

Siento mis ojos cegados por el negro velo de la muerte y el alma quebrada por la soledad infinita que nos provoca su profundo sueño. El silencio anega mis oídos y reverbera en el interior de mi cabeza creándome una extraña sensación de vacío.

Los muertos no sienten el miedo... Por eso, porque están muertos. Yo, sin embargo, estoy asustado y esto me aterra. Quiero moverme y no puedo, paredes invisibles se cierran a mi alrededor y no me permiten más que pequeños e imprecisos movimientos encaminados a palpar mi cuerpo desnudo; ni vestido me enterraron. He perdido el sentido de la orientación en la oscuridad absoluta, y con él, el pedregoso sendero que lleva a los difuntos hacia su última morada. Mi piel transpira, siento el bochorno de la pegajosa humedad abrasarme el cuerpo. ¡Dios mío! Los muertos no sudan. Quiero hablar, llamar, gritar que estoy vivo, que me inhumaron cuando aún el alma era prisionera de la cárcel de mi carne y de mis huesos; pero las palabras se me enredan, se trompican unas con otras y no alcanzo a emitir más que un sordo murmullo. Lloro. Las lágrimas lubrican mis labios sellados por el terror, pero mi lengua yace en la boca como un gusano muerto en su madriguera. No hay para mí esperanzas. Sigo llorando en silencio, aunque sé que no debo. Tengo que mantener la calma, pues con el nerviosismo aumenta el ritmo respiratorio y tengo tanta vida como oxígeno me queda; sinceramente, ya no sé lo que quiero... Creo que preferiría estar muerto, pero muerto de verdad.

Mil imágenes pasan por mi mente, van de prisa, no puedo detenerme en ninguna, apenas tengo tiempo de racionalizarlas. Aún así, la visión global de todos estos fotogramas me hace discernir con claridad qué es lo que me ha ocurrido.

Ha sido Don Ernesto; ese cabrón de Don Ernesto. Siempre le gustó humillarme en la oficina, le hacía sentirse superior, más importante, más jefe: Paco, vete por los cafés; Paco, cuantas veces tengo que decirte que esto no se hace así; Paco, lo siento pero no puedes coger las vacaciones en la fecha en que lo solicitaste; Paco, no voy a poder dar buenos informes de ti; Paco...
No hubiera podido soportar este calvario si no fuera porque, luego, encontraba en la cama de su esposa el árnica que aliviaba las heridas de mi orgullo... Sí, por las tardes, aprovechaba cada una de las horas extras que él trabajaba para ganarse la admiración de sus superiores, en ejecutar mi peculiar venganza. Mientras D. Ernesto se agotaba haciendo números en su despacho de la oficina, yo me extenuaba retozando con su mujer en su propia casa.

Lo último que recuerdo es el tintineo de sus llaves tras la puerta y el sonido seco de la cerradura girando... Clack. No puedo memorizar más allá de ese “clack” por mucho que lo intento, pero no tiene demasiada importancia, porque tampoco me hace falta más para imaginar qué fue lo que después ocurrió.
¡Maldito asesino! Debiste ponerte nervioso, y con las prisas por hacer desaparecer mi cadáver no reparaste en que aún agonizaba, ¿verdad? Pues me enterraste vivo, vil y cobarde homicida... Me enterraste vivo.

Ya casi no puedo respirar, el aire se ha hecho espeso y se me agarra a la garganta, lo siento amargo en mi boca. Creo que ya muero porque oigo un susurro en mis oídos; me llama, me dice Paco... Es la voz de Dios sin duda, pero su tono suena femenino. Dios es mujer; esto hace que me sienta mejor, sin miedo, más confiado. Vuelve a llamarme por mi nombre, cada vez estoy más cerca, cada vez la escucho más claro. Paco... ya puedes salir del armario... Ernesto se ha marchado.




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