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Indigentes

El sol de invierno cayó por fin tras los árboles y el frío se intensificó de repente. Los listones de madera del banco iniciaron un proceso de transformación. De acogedor albergue que habían sido, se iban convirtiendo, lentamente, en frío cilicio. La penumbra difuminaba las siluetas del parque ante sus ojos, convirtiéndolo en un universo totalmente diferente. El tenderete de chucherías, con sus mortecinas bombillas encendidas y sus ojos de buey dispuestos en hilera a ambos lados, era como una pálida aparición crepuscular y traía a su mente el recuerdo de los cirios que habían custodiado el alma de su mujer, todavía presa en aquél cuerpo que yacía en el ataúd. Mas allá, los pinos y cipreses luchaban, como en Breda las lanzas, contra el cielo en el que pequeñas nubes aisladas surcaban la bóveda lentamente, como si fuesen a acostarse en la penumbra del este.

La mano izquierda, temblorosa, se introdujo automáticamente en el bolsillo de la raída gabardina y sacó un paquete arrugado de cigarrillos sin filtro. Los fósforos los guardaba en el derecho, por lo que su otra mano, esta vez guiada conscientemente, hizo el viaje de ida y vuelta al interior oscuro, regresando al frío del ocaso cargada con el estuche. Al encender el fósforo y prender el cigarrillo sentía menos frío. Y luego, con cada calada, se calentaba por dentro. Aunque el humo raspaba su garganta, muy castigada, al llegar a los pulmones le producía una sensación de plenitud que encendía levemente la bombillita de la alegría en la boca de su estómago.

Volvió la cabeza hacia su derecha, donde tenía “aparcado” el carrito con sus pertenencias y una pila de cartones para hacerse la cama aquella noche. Los miró largo rato, mientras fumaba. Contemplando los cartones plegados podía sentir el calorcillo del que disfrutaría una vez se acomodase en el interior del vivac urbano.

La colilla le quemaba ya los dedos por lo que la fue deslizando hábilmente entre ellos hasta dejarla atrapada entre las largas y sucias uñas del pulgar y el corazón, así conseguía apurar el cigarrillo al máximo sin socarrarse. En la cara interna de aquellas uñas reinaba el color negro. La cara externa acumulaba una rica paleta entre los que dominaba el tono tostado de la nicotina. Más arriba, en la piel de sus dedos y manos, se mezclaban el gris marengo con el negro de la tinta de periódicos. Daban el contrapunto amarillos y ocres de barro y la añadidura de cicatrices, costras, trocitos de piel levantada y sangre seca conformaban una imagen muy parecida a la de un mapa físico de cualquier lugar montañoso, árido y abrupto de quién sabe qué mundo.

Una musiquilla resonaba de vez en cuando asomando por los entresijos de su memoria. Aparecían y desaparecían fragmentos de aquella melodía como si fuese una obra inspirada en el Guadiana, proveyéndole de momentos de placer nostálgico. Era un dolorcillo agradable, íntimo, que le invitaba a dejarse llevar por la añoranza de quién sabía qué. Se despertaba su autocompasión, de la que deseaba huir avergonzado, pero siempre caía en la tentación y prolongaba, un poquito, aquel sentimiento.

Un perro negro apareció a pocos metros del banco. No sabía por qué, pero todos los perros se le acercaban. Unos lo hacían con tranquila curiosidad, otros con evidente desconfianza y algunos de ellos con hostilidad manifiesta. Aquél era de la cofradía de los fisgones. Se le fue acercando, lentamente, y él vio brillar la fosforescencia increíble de sus pupilas. El animal olisqueó alrededor del carrito y marcó, con unas gotas de orina, la pata de un banco cercano. Siguió acercándose pausadamente, como deambulando sin objetivo. “¡Ay amigo! Estás tan solo como yo”. Aquél pensamiento surgió con tanta fuerza que le parecía que alguien había susurrado aquellas palabras a su oído, aunque desde dentro.

El hocico del can era de un negro muy brillante, húmedo, y de tanto en tanto era repasado por la lengua del animal para que se mantuviera así. El chucho levantaba la cabeza como intentando captar aromas lejanos, aunque se notaba que estaba pendiente de la parda figura que le seguía con la vista desde el banco. Se subió el cuello ajado de la vieja gabardina e intento no hacerle caso. “A ver si se cansa y se va. No te puedes fiar de los chuchos”. “¡Vete ya, que no tengo comida!”. De repente, desde algún cajón del desordenado armario de su memoria, se disparó el aviso. Metió la mano en el bolsillo interior y tocó el resto del bocadillo de salchichón que las monjas le habían dado por la mañana. “¡Mierda! Ya no me acordaba... ¡Pues no estará duro el pan!”. No había vuelto a comer desde entonces, y seguía sin apetito por lo que decidió dárselo al animal.

Sacó lentamente el bocadillo y empezó a partir trocitos pequeños a pellizcos. El primero lo tuvo que tirar lejos para que el perro se lo comiese, ya que el animal no se atrevía a acercarse. Arrojó el segundo pedazo un poco más cerca de sus pies, y el can, tras varias aproximaciones de prueba se arriesgó a cogerlo aunque sin perderle de vista. Mantuvo el tercero en su mano abierta durante unos segundos. El perro negro hizo gesto de acercarse, pero el miedo todavía podía más que el hambre y no se decidía. La mano dejó caer el trozo de pan con salchichón al suelo. Entre sus pies, el perro comió. El siguiente pedazo fue el del contacto. El animal lo recogió de su palma y se alejó un par de metros. Masticó rápidamente, con ansia, como lo hace un perro. Cuando tragó la comida, se sentó en el suelo y miró al humano. La mirada del animal era noble y no provocaba temor. Con sus ojos tristes, parecía decirle: “Tengo más hambre... Y confío en ti.” Era una puerta abierta a la amistad.

La luz se agotaba y la noche extendía su aliento sobre el cielo. Era urgente decidir. Compañía a cambio de comida. No iba sobrado de lo uno ni de lo otro. Unas pocas farolas creaban círculos sobre el suelo, a lo lejos, pero en este extremo del parque no había apenas luz. Los trozos de bocadillo desaparecían en las fauces del perro e iban creando el germen de una nueva sociedad entre solitarios.

Ambas soledades, cada una en su medida, se hacían menos duras con la presencia del otro. Los dos se sentían menos desvalidos en esta nueva situación. Uno había calmado un poco el apetito y el otro se sentía más seguro y acompañado. “Esta noche, si se queda el perro, dormiré más tranquilo. Sin miedo a que me ataquen los pelaos” pensaba animado. Volvió a mirar hacia su carrito y se sintió aún mejor que antes. Cuando le hubo dado al perro el último trozo de pan sintió la punzada del desencanto al verle separarse, lentamente, del banco. “Pues ya no tengo más” se dijo tristemente. Pero el animal se acercó de nuevo, dio varias vueltas y se tumbó a sus pies. Entonces sintió que el mundo estaba en orden. Había más armonía en el parque tras ese gesto del perro y la melodía volvía a asomar por uno de los ojos del Guadiana. Ya no era tan pobre. Ya no estaba tan sucio. “Otro cigarrito para celebrarlo”.

La tos volvió, pero él seguía dando caladas obstinadamente. El perro le miraba, desde el suelo, y movía la cabeza, enfocando sus orejas hacia la fuente del sonido, como si intentase descifrar el significado de aquel discurso convulso. Poco a poco, el aire volvió a circular por sus pulmones con cierta regularidad y el ataque se fue calmando. Apagó el cigarrillo contra un listón del banco y guardó la punta en el paquete. “No te asustes, chucho, que no pasa nada. Es que soy viejo y he fumado mucho.” Lentamente acercó su mano a la cabeza del perro. Éste, instintivamente, irguió el cuello y recogió un poco las patas delanteras, parecía tenso, a punto de escapar. Él recordó un consejo que le había dado, hacía muchos años un labrador de su pueblo: “Nunca levantes la mano a un perro que no sea tuyo. Si lo vas a acariciar, acércale la mano desde abajo y deja que la huela...” Retiró, pausadamente, la mano y volvió a empezar el acercamiento pero, esta vez, desde abajo. Se la puso delante del hocico y el animal la olisqueó. Empezó a acariciarle el cuello, por debajo de la mandíbula, y el can se dejó hacer. En pocos segundos la confianza fue creciendo hasta que le pudo acariciar la cabeza, haciéndole cosquillas entre las orejas. “Así me gusta, boniiito, boniiito. ¡Buen perro!”. Lentamente, se levantó del banco y se acercó a la pila de cartones, cogió una caja que había contenido un frigorífico en el pasado y la desplegó. Luego, sacó un par de mantas mugrientas del carrito y las extendió, más mal que bien, en el interior. “¿Y a ti cómo te arreglo? Bueno... Vamos a ver...” Cogió otra caja, algo más pequeña, la abrió por uno de los lados y llamó al perro para que se metiese dentro pero el animal se había tumbado en la tierra, cercano pero prudente, y le miraba indiferente. “No sé para qué me he molestado en prepararle una caja. Seguro que este bicho está harto de dormir al raso. Con el pelo que tiene no pasará frío. En fin, seguramente, mañana se habrá ido.” Pensó con tristeza. Se tapó con una de las mantas y empezó a sentir un calor agradable que le reconfortaba. Miró otra vez al perro y cerró los ojos. La sinfonía interior volvía a ejecutarse suavemente, sin estridencias. Eran momentos de paz y música.

Sobre las cuatro de la madrugada se despertó, ahogándose por la tos. Se incorporó de lado, apoyándose sobre el codo y, poco a poco, se fue calmando. Cuando terminó de toser, respiró hondo y miró hacia la caja que había preparado para el perro: Estaba vacía. Entonces, reptando, sacó la cabeza al exterior y le buscó donde le había visto tumbado antes de dormirse. Tampoco había rastro. “Se fue”, pensó. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo, aferrándose a su pecho. Se sentía estúpido por lamentar la pérdida pero no podía evitarlo. Se había sentido acompañado por un rato después de mucho tiempo de andar solo y le había gustado. Volvió a entrar en la caja y se arropó bien con la manta. El sueño, tras el esfuerzo que había hecho tosiendo, le fue venciendo. A los pocos minutos volvía a dormir profundamente y soñaba que el perro y él paseaban por una colina muy verde. Hacía sol y ambos estaban limpios y bien alimentados. El animal daba grandes saltos a su alrededor mientras él lanzaba pequeñas ramas secas para que corriese a buscarlas. El paseo estaba siendo muy agradable hasta que, al volver un recodo, el paisaje cambió por completo. Una muralla de abetos anunciaba el bosque, frondoso, inmenso, oscuro. A medida que se acercaban a los primeros árboles la luz iba menguando hasta que, una vez bajo ellos, la penumbra era tan densa que semejaba el interior de una habitación. Las ramas altas devoraban la luz y no la dejaban llegar al suelo. El perro se había pegado a él, temeroso, y había dejado de ladrar y saltar. Ambos se desplazaban, siguiendo el estrecho sendero, en silencio. Los sonidos del bosque les rodeaban. Cantos de abubilla, de petirrojo, ramas que se movían lentamente intentando aprehender la suave brisa. Rumores y susurros de origen desconocido corrían a sus espaldas, haciendo que perro y hombre se volviesen a mirar a la fuente del miedo. Él daba gracias al cielo por haberle concedido la compañía del animal en aquél paseo, y el chucho parecía, asimismo, agradecer su presencia y su contacto. No se separaba de su lado. Iba pegado a su pierna. Dos temores deambulantes se adentraban en la lobreguez vegetal de aquél sueño. Los altos troncos parecían enormes columnas que soportaban la bóveda verde y, solo de vez en cuando, se veía algún rayo de sol que conseguía atravesar fugazmente la densa cúpula.

Sin explicación posible, estaban condenados a avanzar hacia su destino y ni siquiera el miedo les consentía la retirada. Siempre hacia delante. Juntos y vulnerables ante aquella inmensidad, hombre y animal seguían dando pasos cortos hacia no sabían dónde. Estaba asustado, pero de repente comprendió que, a pesar de las circunstancias, ahora también era feliz. Había sentido más dicha al saberse acompañado por su amigo perro en la soledad lúgubre de aquél bosque que poco antes jugando con él sobre la hierba Se dio cuenta de que no quería perder la compañía de aquel animal que, sin saber cómo, le había cambiado la vida y sonrió levemente. Recordó que hacía mucho tiempo que no sonreía y se sintió más animado, acarició el lomo del animal, el cual le miró agradecido y ambos apretaron, un poquito, el paso. “Vamos amiguete, que algún sitio bonito nos espera.” El can movió la cola ligeramente, como asintiendo sin mucho entusiasmo, y siguió pegadito a su lado.

No sabía cuánto rato hacía que deambulaban por entre los árboles cuando llegaron a un claro pequeño en el que había unas pocas piedras grandes que invitaban a sentarse y descansar. Él se sentó en una de ellas y el perro se tumbó en la tierra, al lado de la roca. Metió su mano en el bolsillo interior de la gabardina y volvió a sacar el bocadillo. “¿No te lo habías comido ya?” preguntó al animal, el cual le contestó con una mirada inquisitiva seguida de un bostezo de incomprensión. No entendía cómo volvía a tener aquél bocadillo cuando estaba seguro de habérselo dado al perro en algún momento que no era capaz de precisar “¿Cuándo fue eso? ¿¡Dios mío! ¿Cuándo se lo di?” Estaba preocupado por aquella falta de memoria y asombrado por la paradoja de la existencia del bocadillo. Se acomodó un poco más apoyando la cabeza en un saliente de la roca y dejó el bocadillo junto al can. Cansado. Siguió dándole vueltas a la misteriosa reaparición del bocadillo hasta que se durmió profundamente mientras el perro comía.

Empezaba a salir el sol cuando despertó, dolorido y cansado. Lo primero que vio al abrir los ojos fue la negrura del pelaje del perro tumbado ante la entrada de su caja de cartón. Sintió una gran alegría al verle de nuevo. “¡No se ha ido, el cabronazo!” Gateó hasta la abertura y salió, mientras el perro se levantaba apartándose para dejarle salir. “Hemos vivido una aventura esta noche, bichejo. Pero no la recuerdo muy bien... ¡Solo sé que te has comido otro bocadillo!” le iba diciendo al animal mientras guardaba las mantas en el carrito y doblaba las cajas de cartón. “Vamos, hay que ir a por el desayuno” le dijo mientras empezaba a andar arrastrando el carrito con una mano y dándole suaves palmadas en el lomo con la otra.

Salieron del parque por una puerta grande, cuyas enormes rejas de hierro forjado estaban abiertas de par en par, y se encaminaron, calle arriba, hacia el convento de las monjas benefactoras. A medio camino, en la pequeña plaza en que desembocaba la cuesta, se pararon en una fuente y él se lavó la cara con unas gotas de agua. Justo lo suficiente para quitarse las legañas y poder abrir bien los ojos. La brisa cortante que bajaba de lo alto de la cuesta le helaba las orejas y las manos. Se secó, mal que bien, con el faldón de la gabardina y miró a su alrededor. Los plátanos, altos, de troncos gruesos con la corteza salpicada de parches marrones, verdes y ocres, alzaban sus ramas desnudas al cielo de la mañana. Era un barrio antíguo y todavía se veían muchos tejados de teja con sus canalones agujereados. El rebozo de las paredes había desaparecido en algunos sitios y dejaba ver piedra y ladrillos, negros de humo y años. La fuente estaba en una esquina de la plaza. Era de hierro negro, con un bajorrelieve en el frente que mostraba a una mujer llenando un cántaro en otra fuente y el caño era ancho, aunque por él salía un hilillo de agua que quizás en otro tiempo fuese más caudaloso.

Metió la mano en el bolsillo y sacó un cigarrillo del arrugado paquete. Lo encendió y, tras la primera calada, lanzó un suspiro lleno de nostalgia y de frio. El perro bebió de la fuente, se rascó con brío durante un rato y se sentó a su lado, mientras él pensaba en todas esas cosas que la añoranza y la soledad evocan. Esa mañana no se sentía tan desdichado. “¡Bueno, andando!” dijo mientras golpeaba el lomo del perro cariñosamente. Continuaron ambos calle arriba caminando por la calzada ya que las aceras eran muy estrechas.

Al llegar a lo alto, la calle hacía un recodo y desembocaba en otra, más ancha, en la que se veía una verja de hierro que protegía el jardín del museo provincial. Era un jardín pequeño y descuidado, donde la maleza ocultaba las plantas originales, si es que alguien pudiera afirmar que alguna vez las hubo. Enfrente, un trozo de muralla medieval soportaba viviendas, aún habitadas, que amenazaban ruina, pero ésta, como amenaza, intimidaba menos a sus insolventes inquilinos que la de verse en la calle si las abandonaban. Siguieron andando; desde la esquina ya se veían la pared trasera del convento y la puertecita, todavía cerrada, que se abriría para dar paso a la monja que proveería de desayunos a unos cuantos desdichados como él que ya hacían cola pegados al muro. El perro movía la cola, contento; como si pudiese oler, a través de la pared del convento, el embutido que estaba siendo acomodado entre panes en la cocina del mismo.

Sus “buenos días” fueron respondidos por murmullos ininteligibles y miradas de sueño helado. Los ateridos hambrientos solamente podían pensar en el bocadillo y en que ojalá las monjitas hayan hecho caldo. Todos llevaban sus vasos, platos, tazas, latas o cualquier cosa que sirviese para contener el líquido caliente y amable. Rebuscó en las entrañas de su carrito, tras sacar las mantas y dejarlas sobre la acera; no sin antes echar una amenazadora mirada a su alrededor y llamar al perro para impresionar a los demás y quitarles de la cabeza algún posible plan de latrocinio. El perro, por suerte, acudió a su poco convencida voz de “¡ven!” y se sentó a su lado. El sonrió levemente, orgulloso y satisfecho. “Qué buen perro me ha tocado” Tenía ganas de acariciarle, pero no lo hizo porque pensó que parecería un signo de debilidad ante todos aquellos de la cola del bocadillo. “Luego te daré un trozo” le susurró suavemente, al agacharse para sacar al fin su vaso de aluminio del fondo del carrito.

La puerta se abrió. Y la monja, que nunca tenía cara de sueño, les saludó a todos con un “Alabado sea Dios. Buenos días hermanos” que provocó otra letanía de murmullos y carraspeos mientras la fila, como si tuviese una sola mente, se reorganizaba, se enderezaba y se hacía rígida. El perro se quedó al lado de quien más confianza le merecía de entre los harapientos y no se movía más que cuando él avanzaba. El sonido metálico del cazo, inconfundible para ellos, les dio la buena nueva: ¡Había caldo! La fila, al olor de la perola, apretó sus anillos juntándolos un poco más y emitió gruñidos de satisfacción, agitándose nerviosa mientras sus múltiples pies avanzaban arrastrándose sobre la acera, a pasos cortos e impacientes.

Cuando le llegó el turno, puso su vaso bajo el cazo y sintió en la palma el calor que transmitía el aluminio al contacto con el caldo. Soltó por un momento el carrito para coger el bocadillo, envuelto en papel blanco, y ponérselo bajo el brazo. Dio las gracias y, con una sonrisa nueva en los labios, palmeó al perro que no se movía de su lado, agarró el asa del carrito y ambos comenzaron a caminar, con las cabezas altas, calle abajo.



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