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Balas blancas

A Rosa E. Peláez
A Juan Rulfo

Las campanas duermen la siesta, como el soldado. El caballo de Lino remonta la calle principal, sin amo en la grupa y con bolsas de monedas en su lomo. Pero el reloj de la iglesia, que marca las seis en punto, no se digna a mover sus campanas. Minutos después sí. Es el relincho del caballo de Lino el que precipita el plañir, y entonces los ojos del soldado también se abren a la luz despistados. La cara del soldado arde y el cuerpo huele a balsa estancada. La lengua le tropieza con una garganta áspera por tantos rayos absurdos calentando y recalentando su carne.

Al moverse encuentra una espalda apuntalada, recta, pegada al suelo y agujereada por el empedrado.

“En esta plaza, piedras las que sobran”, habla su boca cuarteada.

El sol le ha robado el agua a los riñones y, secos de libertad, martillean en su cintura. Una infinita pared de cal se levanta enfrente del soldado. Acomoda la vista a la tierra, a años luz de ese sol que lo domina y lo quema todo y vuelve a toparse con cal y más cal. A la derecha, a la izquierda: paredes blancas emborronadas de rojo. Y el soldado cree recordar algo entre tanto color: un tren, dinamita, una caja fuerte y caballos al galope huyendo del mundo.

Voces rotundas, de guardias severos, estremecen la plaza, se acercan con el viento cálido hasta las orejas del soldado. Deja de pensar y moviliza el alma para hinchar los pulmones y dar fuelle al corazón, plegado como una pasa. Levanta el cuerpo. Las piernas se toman tiempo para arrancar sus raíces de la tierra. Cinco, seis tropezones y la boca come arena. Lo intenta de nuevo y entonces ve sus pies, encadenados, y nota sus manos, anudadas en la espalda. Con paso de condenado huye de allí y toma el camino de la ermita, a salvar sus recuerdos y a beberse toda el agua bendita de la pila.

“Aquí no queremos a criminales. Tampoco a ricos, ni siquiera a muertos”, escucha.

Y el cura, bigote acuchillando el cielo y cuerpo de toro, tapa la entrada y blasfema a boca de jarro la imprudencia. Los pasos de las voces de los guardias ya levantan polvo, ritmo ligero que hace que el soldado, sin saber el rumbo que toman sus pies, atraviese el llano. Allí las moscas, a la sombra de las piedras, esperan. Saben que si levantan el vuelo serán fulminadas por un sol vigilante. El soldado cae de bruces varias veces. Como un gusano avanza unos centímetros, de rodillas unos metros y de pie muchos, muchos kilómetros. Hasta que da con un sicomoro, o con algo parecido a un arbusto o a una planta de peyote, da igual, y se refugia en su sombra tostada.

Por allí ha pasado alguien. Una caldera ennegrecida, una pipa mágica y unos huesos están enterrados en la arena. Y revive la abundancia con la que en el cuartel solía toparse. Carne, agua y maíz robado al pueblo. Tiene hambre. Abre la boca y muerde las hojas de esa planta, siente el escozor del delirio al llegar a las tripas, pero le dejan bien relajado. Y las hojas le llevan al psicópata Flores y al general Lino.

“Es nuestro golpe, amigo”, le decían entre tequila y tequila.

Él asintía despreocupado, miraba al horizonte por los cristales sucios de la taberna y pensaba en Rosita y su vida llena de faldas con bordados en plata y peines modernos, y espejos limpios como el cielo. Un encanto de muchacha que nacía a la vida cuando él la conoció. Pechos espigados, pelo fuerte para hacer sogas de hierro y ojos de fantasma, un verde claro donde se asomaban los pensamientos. El padre de la muchacha lo llevó a su rancho, a limpiar caballos. Y ella lo condujo a su cama, suave y con olor a lavanda, a vaciarse de amor.

“Su hermano, el Juez, arrasa con los bandidos. No nos debe coger, antes muertos”, le dijo algún loco.

La boca de Rosita se abría para darle un beso y de allí salió, entre un humo imposible, el tren que se comió una vagoneta cargada de dinamita, bien escondida en la curva que da a las tierras de Miguel. La máquina descarriló y él, volando, vio a los soldados salir como ratas de los vagones del tren, heridos de sangre y miedo. Comenzó la recolecta: monedas, sueños, y las bolsas de cuero a punto de reventar de estrellas.

Despierta al alargarse la sombra del arbusto, poco antes de que la noche la compre toda. El soldado no recuerda nada más y se inventa que fue preso, sentenciado, que se rió del Juez y se fugó, que prefirió dormir en medio de la plaza donde despertó a que su carne se pudriera en la sombra de un presidio.

Y no quiso valorar si la suerte le acompañaba pues la cabeza le dolía y el frío de la luna le maltrataba. Un bayonetazo en el hígado le sacudió el aliento, se lo arrebató por unos minutos.

“Será el páncreas”, pensó por pensar, pues jamás había visto uno igual.

Las voces que creía haber despistado, al caer la noche, de nuevo las tiene pegadas en su cogote. Toca su cintura, instintivamente busca el arma que algún día tuvo y no la encuentra.

“Si se debe sacrificar alguien, que sea Dios por mí”, susurra.

Para la respiración, congela los movimientos, espera. Ve las botas de los guardias cómo pasan por su lado, las carabinas cegando a los búhos. Se acercan a él. Levantan su camisa y tocan carne.

“Le habrán traído los coyotes”, dicen.

Y le agarran de los pies y lo llevan junto a sus compañeros. El psicópata Flores y el general Lino le esperan muertos, durmiendo la vida al lado de un caballo blanco acribillado, sin amo en la grupa y con bolsas de monedas en su lomo, apoyados en el paredón de la plaza donde esa tarde todos habían sido ejecutados por orden del Juez.



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