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Encuentro casual

Nunca fui capaz de enfrentarlo. Joel tenía la rara cualidad, desde que lo conocí, de localizar inmediatamente el punto débil de las personas; además, poseía la extraña habilidad de atizar una y otra vez ese punto de la manera que producía más dolor en el otro. Adicionemos que este regalo del creador le parecía un don digno de mención y le causaba un gran placer ejercerlo en todo momento y a toda persona. Viendo hacia atrás, creo que no hay nada más que sea importante mencionar acerca de él, fuera de esos redondos ojos que te miraban con lascivia, perversión y odio, sus temas preferidos.

Lo conocí cuando asistí a la escuela secundaria; para mi mala suerte fuimos compañeros de aula y pasamos tres años sentados en nuestras butacas individuales, siempre en el mismo lugar: él hasta atrás, pegado a la pared; yo inmediatamente adelante. Su cercanía a mí le facilitó su labor, pues me parece que desde el primer día se juró a sí mismo que no dejaría de molestarme en todo momento. Su recuerdo ha opacado las memorias de mis amigos de aquel tiempo y los buenos momentos que pasé con ellos.

Me lamento de lo débil de carácter que fui entonces, pues yo no era capaz de soportar sus ataques y mucho menos de responderlos. La adolescencia saca lo mejor y lo peor de nuestra personalidad, lo amalgama y genera una masa de actitudes y sentimientos que se viven sólo en sus niveles extremos; a veces pienso que en esa época el equilibrio emocional es una sensación desconocida para cualquiera.

Con el tiempo su imagen quedó escondida en el lugar más alejado de mi cabeza. Lo olvidé como si hubiera sido una enfermedad terminal de la cual me salvé en el último instante. Las secuelas, si las hubo, probablemente ahí sigan.

Hoy hace una semana desde el día que lo volví a ver; la mañana me pareció inusual, pues mis ojos veían la luz del sol en forma diferente, podría decir que más transparente, y esa nueva luz generaba imágenes más nítidas, más delineadas. Caminé por la calle de mi casa hasta la pequeña fonda en que normalmente desayuno. Al cruzar la puerta, lo vi. Estaba sentado con un periódico en una mano y la taza de café en la otra. El tiempo se detuvo mientras yo dudaba si era o no era él. Lo reconocí y el mundo comenzó a girar de nuevo. Inexplicablemente me sentí muy tranquilo, como si el siguiente paso estuviera escrito en un guión repasado mil veces. Caminé hasta mi mesa de siempre y me senté. Sin pensarlo, ordené sólo un jugo de toronja, grande. En mi mente corría la película de aquellos años en que mi único problema era él. Bebí el jugo en automático. Vi que él pedía la cuenta e inmediatamente pedí la mía.

Salí de la fonda; miré al cielo y las nubes parecían caminar hacia atrás. Lo seguí alejado, pero sin perderlo de vista, mientras caminaba por las calles torcidas de nuestro barrio, acercándome a él poco a poco. Me sentía confuso; no sabía si abordarlo o alejarme de ahí. ¿Qué podía decirle? ¿Qué actitud debía tomar? Al fin me acerqué a unos cuatro metros; me decidí a gritarle con toda mi fuerza: "¡Joel!". Él cruzaba la avenida en ese momento, y se había detenido a la mitad de la calle para esperar a que pasara un camión. Al escuchar el grito volteó, girando para su derecha. Por la izquierda surgió un automóvil amarillo, rebasando a alta velocidad al autobús. Dicen que el conductor no lo vio, que tenía el sol de frente. Joel alcanzó a mirarme por un instante, antes de recibir el impacto final. Me pareció que no tuvo tiempo de percatarse de quién era yo, y mucho menos de qué había pasado. Su cuerpo voló por los aires. Corrí a verlo y me encontré con sus ojos, fijos en mí, aunque estaba ausente aquella lascivia, aquella perversión, aquel odio. Miré el cielo, las nubes caminaban con el viento. Bajé mi vista y mi mirada cayó en el conductor: un adolescente, probablemente de secundaria. Su cara y su complexión han quedado esculpidos en mi memoria. Su parecido físico con el adolescente que yo fui, con el que yo recordaba haber sido, era absoluto. Cuando encontró mis ojos, me sonrió.



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