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El valido

Los rumores de revolución comenzaron a circular desde el mismo momento en que los primeros camiones, cargados de soldados y de pertrechos, atravesaron la ciudad siguiendo la carretera paralela a la línea de las altas cumbres.

Mirada desde lo alto, en medio del valle limitado por el macizo andino y la selva tropical, Santa María del Valle parecía dibujada por las inseguras manos de un niño, tal el irregular dibujo de las calles, la despareja extensión de las cuadras y la desproporcionada traza de la Plaza Central en la que resaltaban el Palacio del Presidente, la Catedral, el edificio de la Curia Eclesiástica, el Ministerio de Ejército y, casi escondida entre los árboles, la temida sede de la Jefatura de Policía.

Al paso de las tropas los vecinos, en su mayoría indios, se detenían al borde de la vereda quitándose los sombreros de paja con que se protegían del inclemente sol, como si los militares hubieran sido el mismísimo Santo Viático, de modo que un visitante desprevenido hubiera pensado que el recatado gesto se debía a la devoción por los entorchados y no al temor por quienes los lucían. Magros, cetrinos algunos, morenos todos, quietos y mansos, los unos junto a los otros sosteniéndose mutuamente, ellos atisbaban a los soldados con disimulo, fijos los ojos en el humo azul que salía de los caños de escape o en el lento avance de las orugas sobre el empedrado.

Desde lo alto de un carro de combate un Capitán de la Guardia Presidencial gritó: ¡A trabajar, manga de vagos!- y como la gente permaneciera en su sitio -no por rebeldía sino porque era lerda para responder a los estímulos- el Oficial sin más trámite echó el arma a la cara amagando disparar contra los curiosos, lo que provocó una estampida.

La tropa, e incluso algunos civiles que departían en las mesas de la «Europea», festejaron la humorada del Capitán; otros parroquianos, la mayoría, interrumpieron los discretos comentarios sobre la inminencia de un golpe de estado, rumor que había ganado la calle.
De la indiada no se sabía que hubiera oído los rumores de revuelta, ni si habiéndolos oído les daba crédito; en realidad de ella sólo se sabía que obedecía lentamente las órdenes que se les impartía, aunque sin poder determinar si la lentitud era una forma de larvada rebeldía o, acaso, una manera de postergar la humillación. Pero la llamada "gente de pro", cautamente, hacía comentarios sobre el posible golpe de Estado tantas veces deseado y ahora temido bajo el argumento de que al fin y al cabo no podía negarse que desde que el doctor Ataúlfo Nuñez Pearson asumiera el Gobierno nadie había osado discutir su preminencia. Por otra parte algunos allegados a don Fermín S. Oruyo Stutz, valido del Presidente y Secretario con rango de Primer Ministro, aseguraron que el traslado de tropas se debía a las prácticas del desfile que se llevaría a cabo con motivo del Vigésimo Primer Aniversario de la Asunción del doctor Ataúlfo Nuñez Pearson como Benefactor de los pueblos y Protector de las Haciendas.
A pesar de las desmentidas, y no obstante las dudas, no se podía negar el descontento de la gente que deseaba, tanto como temía, creer en los rumores de revuelta. Un corresponsal norteamericano dijo que "dada la prohibición de que los periodistas salieran del éjido de la ciudad bajo el absurdo pretexto de proteger sus vidas, nadie podía determinar si era o no cierto que los indios -abriendo con sus machetes brechas en la selva- avanzaban sobre la Capital".

El mismo periodista agregaba que, sin embargo, no era fácil aceptar la idea de que el Ejército acompañara a una indiada "ya que nunca se había visto -y difícilmente se viera- que el populacho, por sí mismo, impusiera condiciones al Gobierno y que la única posiblidad de remover al Presidente consistía en celebrar una alianza entre las Fuerzaas Armadas y la gente de pro". Lo que no puede discutirse, agregaba temerariamente el corresponsal, "es que si la Revolución no se encuentra cruzando la selva a machetazo limpio, por lo menos recorre los sueños del imaginario colectivo".

En tales circunstancias resultaba imposible contar con datos ciertos; la radio transmitía música sacra y marchas militares, la televisión pasaba películas antiguas, el acceso a los cuarteles estaba vedado y la mismísima Casa de Gobierno había sido cercada en tanto los voceros de la Curia respondían a las preguntas más concisas con parábolas y alegorías.
Entonces la gente empezó a clamar por don Fermín, que se había ganado el afecto de la
población tanto por sus virtudes personales cuanto por el hecho, en apariencia intrascendente, de haber continuado residiendo en la misma casa colonial, ubicada en los fondos de la ciudad, en la que había emitido los primeros berridos.

En cuanto al doctor Ataúlfo Nuñez Pearson, proveniente de un diminuto y desconocido pueblo fronterizo ubicado en la zona selvática, había carecido de pública nombradía hasta que, merced a un golpe de Estado encabezado por el mismo don Fermín, accediera al Poder.
A partir de ese momento, por misantropía al decir de algunos o por miedo a los atentados según la mayoría, Ataúlfo optó por recluirse en el Palacio de Gobierno por lo que su Secretario y valido pasó a ser forzoso intermediario tanto para los negocios importantes cuanto para asuntos baladíes. Los días de don Fermín transcurrían en un ir y venir con abultadas carpetas y frondosos expedientes desde su despacho en el Palacio Presidencial hasta las exclusivas dependencias subterráneas donde vivía el Presidente. A las corridas, mascullando contra alguna decisión superior, la premura nunca lo inhibió para demorarse a saludar a los subordinados, o para atender reclamos o auxilios requeridos por quienes se cruzaban en su camino.

Esta prevalencia, los años de íntimo trato con el Magistrado y la necesidad de éste de contar con un nexo con el mundo exterior, lo autorizaba, según pensaba la gente, a oponer reservas a ciertas opiniones y resoluciones presidenciales. Los funcionarios más allegados podían dar fe, por los murmullos que se filtraban a través de la puerta del Despacho Presidencial, de los largos diálogos, encendidas y hasta violentas disputas entre el Presidente y su valido, tras las que se veía salir a don Fermín revoleando papeles y protestando contra alguna medida arbitraria o resolución draconiana.

Algunas veces, tras estos altercados, se oía sonar el intercomunicador que comunicaba al Benefactor con su valido y entonces don Fermín salía de inmediato hacia el «bunker» presidencial dando lugar a que los funcionarios lanzaran suspiros de alivio pensando llegada la hora de que el Presidente atendiera los consejos de su Secretario.

Si esto no ocurría don Fermín, luego de un lapso prudencial, ponía en ejecución los Supremos Dictados, por lo general sentencias de muerte, expropiaciones o una nueva y afligente categoría de impuestos; en tales ocasiones permanecía renuente, inseguro, elusivo, como temeroso de haber perdido su predicamento.

En tanto se mantenía el divorcio entre el doctor Ataúlfo y su valido solían sobrevenir arrestos y ejecuciones por lo que todos, Ministros, funcionarios, empleados -y las mujeres de unos y otros- iban a la Capilla para encarecer al Altísimo que el "Benefactor" recurriera nuevamente al prudente consejo de su Secretario, porque era fama que la presencia de don Fermín atemperaba los excesos presidenciales y que más de una represalia, exoneración o castigo habían sido dejadas sin efecto gracias a su intervención y que importantes personajes habían salvado la vida debido a la sustitución de los sentenciados por indios sin escuela detenidos por causas comunes, sustitución dispuesta, so capa, por el ingenio del valido. Y cuando sonaba el teléfono en el «bunker» del «Benefactor», signo seguro de alguna delación, sólo la intercesión de don Fermín podía evitar males irreparables.

No por nada, decía la gente, don Fermín resultó el único sobreviviente del grupo inicial de adeptos que intervinieron en la asonada que puso al doctor Ataúlfo en el alto sitial que ocupaba.

Por eso cuando el día del Vigésimo Primer Aniversario de la Asunción del "Benefactor de los pueblos y las Haciendas" miembros de la Guardia Presidencial derrocaron al doctor Ataúlfo Nuñez Pearson so pretexto de ser éste el único remedio para evitar el avance de las turbas, fue suficiente el anuncio de la designación de don Fermín S. Oruyo Stutz en su reemplazo para
que el grueso de los insurgentes depusiera las armas y los indígenas emprendieran el camino de regreso a sus aldeas sin llegar a irrumpir en la Capital.

Sin embargo no fue fácil convencer a don Fermín de que aceptara el cargo; las insistentes rogativas de las Fuerzas Armadas, del Clero y de representantes de las Asociaciones Profesionales, Gremiales y Empresariales no lograban vencer su resistencia, bajo el pretexto de que "él prefería los recoletos planos palaciegos antes que el boato del poder" y sólo la
intervención de los Embajadores de las grandes potencias y el patético ruego de las Delegaciones Indias consiguieron quebrar la decisión del valido.

Los miembros de la Guardia Presidencial se repartieron, gracias a su generosidad, el dinero y las joyas que según éste habían pertenecido al mandatario depuesto. De tal modo no trascendió que al derribar la puerta que cancelaba las habitaciones del bunker que perteneciera a don Ataúlfo Nuñez Pearson lo único que se encontró fue un contestador telefónico, un grabador, varios cassettes conteniendo runrunes de conversaciones y altercados, cientos de carpetas con listados de órdenes de ejecución, de arrestos, de cesantías, de exoneraciones y de expropiaciones escritas con la letra menuda de don Fermín.

Un curioso oficial que quiso verificar en los registros bautismales el nacimiento del doctor Ataúlfo Nuñez Pearson descubrió la superchería diez segundos antes de que un proyectil destrozara su cabeza.



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