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Un alma en pena

La abuela era delgada y menudita, lo que le permitía una movilidad poco común en una persona anciana. De temperamento nervioso, casi nunca se encontraba quieta; cuando no tenía algo que hacer en la casa se salía para asistir a algún evento en la parroquia cercana o para visitar a alguna de sus amistades, las más de las cuales pertenecían a su ambiente religioso. Entre sus múltiples devociones consagraba una en especial a las ánimas del purgatorio, para las que con frecuencia mantenía una veladora encendida. A veces nos hacía acompañarla para rezarles el 'réquiem'; nos decía ella que si orábamos por las benditas ánimas ellas, a su vez, intercederían ante Dios por nosotros. Cuando la abuela trataba asuntos relacionados con los espíritus, y sus posibles manifestaciones de comunicación con los vivos, se le hacía evidente cierta emoción; en su expresión se advertía que el tema en alguna medida le apasionaba.

Vivíamos en Tacubaya; no en esa parte que todavía entonces conservaba residencias centenarias, bicentenarias o aun tricentenarias, sino en un área al extremo sur de la localidad con construcciones relativamente recientes, donde si en algún tiempo hubo una que otra de aquellas casonas antiguas, para esos días en que vivíamos ahí ya hacía bastantes años habían sido demolidas y construido en su lugar casas más pequeñas, de arquitectura más o menos moderna, o bien edificios de departamentos y locales comerciales. Nuestra vivienda era un pequeño departamento en la planta baja de un edificio que contaba con otros dos pisos superiores; estaba a un lado del patio central del edificio. Enfrente, en el costado opuesto de dicho patio, se abría un claro grande, del cubo de las escaleras que daban acceso a los pisos superiores. Éstas eran de dos tramos, con un rellano entre ambos para acceder al primer piso, y otro en el extremo superior del segundo tramo. En ese rellano del final de las escaleras había, opuestas una a otra, dos puertas de madera, del tipo de puertas que son comunes entre habitaciones; una comunicaba con una terraza que era el acceso a los departamentos del segundo piso, y la otra con una azotea donde había unos cuartos de servicio. Desde aquel rellano más alto se podía mirar hacia abajo buena parte del patio central.

Relativamente cerca de donde vivíamos había un solar grande donde por temporadas se asentaban, unas veces un circo y otras una carpa de marionetas. El solar estaba al inicio de una avenida que desde hace quién sabe cuántos años a la fecha tiene el nombre de "Puente de la Morena". Tengo entendido que el sitio y el mencionado nombre de la avenida tienen su historia, o leyenda, particular. Seguramente tal historia debe estar documentada en alguna parte, sin embargo, como no he tenido oportunidad de averiguarlo, para dar referencias al respecto me atengo a lo que algunas veces escuché de boca de la abuela, quien presumía conocer muy bien la historia del lugar. Por ahí corría un río, sobre el cual efectivamente hubo un puente en ese punto. Hacia un extremo del puente, colindaba con una de las riberas del río un antiguo convento de frailes dominicos, del cual hoy sólo se conserva una parte en la que se ubica la Parroquia de la Candelaria. Con la otra ribera colindaba una casona colonial, que precisamente se erigía en el sitio del solar antes mencionado. Alguna vez la abuela nos relató que en cierto tiempo de la Época Colonial vivía en aquella casona una mujer muy hermosa, mas también muy alegre -en el sentido malicioso que suele darse a tal adjetivo cuando se aplica a una mujer de costumbres licenciosas-; una bella mulata que en compañía de otras mujeres, también alegres, acostumbraba organizar ruidosas fiestas en su casa; animadas con música y abundancia de bebidas, de manera tan disipada que llegó a escandalizar a sus vecinos, los frailes del otro lado del puente. Éstos se quejaron ante las autoridades, las que emprendieron una investigación que al fin no prosperó, porque los investigadores se encontraron con el carruaje del virrey estacionado a la puerta de la casa de la famosa morena. Es de suponerse que el suceso acrecentara la fama de aquella mujer, y que por eso desde entonces al puente se le conociese como "Puente la Morena"; mas también puso en evidencia la afición del virrey a divertirse con esa clase de damas. Según la abuela, el conocimiento del incidente causó gran contrariedad a la esposa del virrey derivando en un gradual decaimiento de su salud, que ya no paró hasta culminar con su muerte. Aseguraba la abuela que la virreina fue sepultada en la iglesia de la Candelaria, y que su alma de cuando en cuando solía penar por el rumbo.

En los últimos días la abuela se había venido manifestando todavía más inquieta que de costumbre; sin duda había algún asunto en especial que la tenía preocupada. Cuando le inquirí acerca de la causa de su intranquilidad, en lugar de responderme en consecuencia, a su vez me hizo una pregunta:

-¿No has escuchado en las noches, alrededor de las nueve, unos toquidos que se oyen como si fueran dados con aldabón en una de esas puertas grandes de madera, que tienen las casas antiguas?

-Eso deben ser, agüe, -me apresuré a responderle-sólo golpes dados en algún portón, por alguien que llega a la misma hora todas noches y así llama a la puerta. Yo no los he escuchado, o más bien no he puesto atención a ningún sonido en especial de los que es posible escuchar. Se oyen tantos ruidos en esta ciudad que ya no atendemos a ninguno.

-No es creíble eso que dices -me rebatió- porque ese sonido se oye muy claro; de golpes en un portón de esos que te digo, y en varias manzanas a la redonda no hay ninguna casa antigua que tenga portón y aldabón. Yo ya recorrí todo el rumbo y comprobé que todas las casas que hay son modernas. Para llamar no tienen aldabones sino timbres y algunas interfón.

-Mira, agüe, no solamente se han de percibir los sonidos que proceden de lugares muy cercanos -le dije tratando de defender mi opinión-; a cierta distancia algo mayor sí hay casas antiguas con portón y aldabón, como dices. Creo que de algo más lejos el viento nos puede traer los sonidos también.

-¿Todos los días, y a la misma hora, ha de soplar el viento de donde se producen esos sonidos hacia acá? -in-terrogó para manifestar su incredulidad a mi explicación, exclamando luego-: ¡Qué casualidad! No, hijo, no es creíble que se dé tanta coincidencia.

-Bueno, ¿qué sugieres entonces? -le pregunté ya seguro de que no la convencería-, ¿qué se te ocurre para tal fenómeno? Y te juro que a partir de esta noche voy a estar muy atento, para escuchar esos sonidos de que hablas.

-Óyelos, óyelos -me instó-, y ya verás que no tienen explicación por lo que pasa en el rumbo. Para mí que son cosas de lo sobrenatural; yo creo que se deben a algún ánima en pena. Creo que puede tratarse de la virreina, que de esa manera nos está llamando para que roguemos por el descanso de su alma.

En las noches siguientes puse atención y más de una vez pude escuchar los sonidos a que se refería la abuela. Después de unos días de escucharlos con regularidad, la abuela había logrado que nos mantuviéramos con la atención muy puesta en el asunto. Situándose en el patio del edificio, aquellos sonidos parecían provenir del cubo de las escaleras; al menos se les podía ubicar hacia ese rumbo. Los supuestos toques se apreciaban con un sonido grave y profundo; se escuchaban tres golpes pausados, luego un silencio de unos segundos tras el cual se repetían en una segunda serie. En la última de aquellas noches de interés por el suceso subí al rellano alto de las escaleras, ya muy cerca de la hora en que se producían los desconcertantes toques. Hacía muy poco tiempo que estaba ahí cuando, al mirar hacia el patio, vi en é1 a un amigo, el cual supuse estaría buscándome, por lo que lo llamé desde donde me encontraba. Cuando él hubo subido al rellano me dijo:

-¡Qué curioso! Cuando me llamaste desde aquí, allá en el patio se te oía la voz más grave; como si viniera de un lugar profundo; o como si hablaras a través de una bocina.

-Tal vez sea el cubo de las escaleras lo que produce ese efecto. -Sugerí.

Estábamos en tales consideraciones cuando se oyó un ruido de pasos, tras la puerta que daba a la azotea donde estaban los cuartos de servicio. No esperábamos que a esas horas hubiese alguien ahí, por lo que cierta curiosidad nos indujo a atisbar a través de una grieta que había en la madera de la puerta. Vimos a un hombre, conocido nuestro, que se aproximaba a ella. Se trataba del único inquilino que vivía en esa área del edificio; ocupaba dos de aquellos cuartos de servicio, uno como habitación y el otro como bodega, para guardar en ella mercancías con que comerciaba. Soltero, ya maduro, parecía vivir sólo para su trabajo; sin ostentaciones, por lo que se rumoraba que habría de tener su buen dinero. Me convencí de que tal rumor podría tener mucho de verdad al percatarme de la desconfianza del hombre, cuando observé la manera en que aseguraba la puerta antes de retirarse a su habitación: Colocó una gruesa tranca contra la puerta, y para afirmarla la golpeó tres veces pausadamente con algún objeto muy contundente que no alcancé a distinguir. Después de una pausa de algunos segundos repitió el golpeo otras tres veces, hecho lo cual se retiró.

Me sentí apenado, y me arrepentí de haberme precipitado en relatar a la abuela todo cuanto había visto en el rellano, al mirar que su expresión se abatía, mostrando un gesto decepcionado, dejando entrever cierta tristeza.

 



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