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Recordar es morir

Era una tarde lluviosa, el suelo desprendía ese olor a hierba mojada que impregnaba todo el ambiente, el inminente recuerdo dibuja una sonrisa en su rostro, comienza a sentir ese vacío en el estómago que acompaña siempre al mismo pensamiento, ese que viene cuando el ambiente es húmedo, cuando el perfume de la tierra bañada por el agua de lluvia envuelve todo. Siempre es así, ha aprendido a vivir con la sensación que evoca ese momento pasado, intenso, emotivo.

No sabe exactamente hacía donde se dirige, es uno de esos días que ha decidido recorrer su gran ciudad. Camina sobre el adoquín enrojecido por el agua que cae, sintiendo paso a paso la firmeza de sus convicciones.

La suave llovizna la empapa de recuerdos, la vida con su flagrante realidad la había sorprendido sin ninguna precaución. ¡Cuánto había ideado!. ¡Cuánto había buscado!. Luchando contra sus propios miedos, sin capitular en sus afanes, había conseguido aliviar su corazón adolorido, había desechado la indignidad y la humillación en la que continuamente la sumían sus insensatos sentimientos, había conseguido desprender los rencores de su alma. La vida parecía gratificar su esfuerzo manteniendo su incesante deseo de vivir. Algo sin embargo, por complejo e inasible, escapaba a su agudeza mental.

Un cúmulo de nubes grises atenuaba aún más la luz del atardecer, por momentos apresuraba el paso evitando que los coches, sobre todo esos llamados taxis ecológicos, la salpicaran con el agua acumulada a la orilla de las calles.

Sus pasos la conducen a esa parte de la ciudad, bien conocida por ella. Hace tiempo, no puede calcular ahora cuánto, trabajaba en una de las tantas oficinas que aquí se ubican. Un fuerte aroma a café le da cuenta de ese lugar que solía visitar. Esta vez decide no entrar, prefiere caminar, sentir ese gozo especial de saberse nuevamente en su ciudad. ¿Cuántos días lluviosos habrán pasado mientras ella no estaba?. Su regreso había sido motivado por un deseo incontrolable, por una necesidad de volver. No es en vano, aquí se encuentran sus mas encarecidos afectos. De todas las ciudades que ha visitado, ninguna tiene ese fabuloso poder de atraerla irremediablemente, sólo ésta, la suya.

De pronto se encuentra frente a esa avenida, la placa indica “Ejército Nacional”... Nacional... Nacional, repite un eco en su mente. Comparte el adjetivo con aquella otra, esa que se encuentra un poco más allá, fuera de esta zona exclusiva de Polanco.

La memoria, fiel a sus más profundos sentimientos, la hace revivir uno a uno sus recuerdos. Tantos años, tantos días, tantas horas y he aquí que la ciudad, sumergida en la humedad de la noche anterior, salpicada por una leve llovizna, la remonta a ese tiempo. ¿Fueron meses o años? La intensidad de aquellos momentos impide ahora saber cuánto duró. Por unos instantes la mente vaga, revive todo. Todo parece ser como entonces, una a una las sensaciones se instalan en su cuerpo. Nada ha pasado, todo es igual.

¿Por qué tenía que pasar precisamente por ahí? Una cascada de ideas viene a su mente. No, no puede engañarse, nada es casual, esto obedece al imperativo existencial de comprender aquella enigmática etapa de su vida, esa que los días lluviosos como este reviven, aunque la premura de la vida cotidiana la haga olvidar, hasta que, nuevamente, aromas y sonidos enlazados la ubiquen en aquellos momentos.

Por fin se encuentra en esa bulliciosa avenida, adornada también con el adjetivo “Nacional”. Todo parece igual, la pizzería de la esquina, la clínica del Seguro Social, la Universidad que se encuentra justo a una cuadra del conjunto de edificios grises... grises, repite otra vez la mente. Los edificios grises que evocan, sólo por su color, ese profundo dolor que la invadía entonces, esa tristeza que se instalaba en ella como una enfermedad crónica incurable, esa profunda aflicción que la llenaba de indignación, esa amargura que ella se esforzaba por focalizar para evitar que impregnara su auténtica alegría, su incontrolable deseo de saber, de conocer, de vivir intensamente a pesar de todo. Torrente de incontrolables emociones que la habían hecho huir de esa cruel realidad que le negaba la posibilidad de ser feliz.

—¿Es usted residente?, pregunta el vigilante cuando la ve entrar a la unidad habitacional.

La seguridad de sus pasos, motivada por ese recuerdo que la hace conducirse como si aún viviera ahí, responde la pregunta del hombre que regresa satisfecho a su caseta.

Caminó hacia la izquierda hasta el estacionamiento del edificio que años atrás habitara. Observa durante un breve instante aquella ventana con cortinas para ella desconocidas. Desde ahí había observado muchas veces la ciudad que en los momentos de mayor dolor parecía aprisionarla...... Sí, eso era precisamente lo que sentía, una prisión. Ante el vívido recuerdo se siente nuevamente cautiva de ese dolor, inundada de esa tristeza que llega sin razón aparente. Una profunda desesperanza la impele a correr, a huir de todo aquello. Lloraba amargamente, el calor de sus lágrimas contrastaba con la lluvia fría que caía por su rostro. Un coche blanco se detiene al lado suyo, al tiempo que se abre la portezuela delantera.

—¡Sube!, se escucha una agradable voz masculina que la saca de sus pensamientos.

Se seca rápidamente las lágrimas para que él no la vea, él nunca ha entendido por qué a veces llora, ella tan alegre, tan optimista, no entiende por qué a veces llora.

—¡Tú siempre tan oportuno!, responde ella desde afuera, alegrándose de verlo.
—¡Sube ya, con esta lluvia te vas a enfermar!. El cariñoso regaño la hace apresurarse.

—¿Cómo sabias que estaba aquí?, pregunta ella intrigada.

—Te he estado llamando todo el día, reclama él, anticipándose a su propia respuesta.

—¿Cómo me encontraste?, vuelve a preguntar.

—Te sigo desde hace rato, responde él, al momento que la toma tiernamente en sus brazos.

Sentada a su lado, hecha la cabeza hacia atrás. Hay algo que hace que José aparezca cada que la nostalgia la invade. Su vida ha sido una constante lucha, ha tenido que vivir alejada de sus seres queridos, conoce el desamor familiar, la indiferencia y hasta la hostilidad. Se ha esforzado inútilmente por ganar afecto, pero nada parece suficiente.

El coche queda estacionado en uno de los cajones de los residentes, los vigilantes no parecen darse cuenta, de todos modos la lluvia arrecia tanto, que poco se interesan por la pareja.

Su mirada la envuelve con esa infinita ternura que la conmueve hasta la última fibra de su ser. Algo muy profundo la une a él, será que matiza todos sus días, momento a momento, con sus detalles amorosos, con su incondicional presencia. Junto a él, nada detiene esa metástasis emocional que la invade, esa fuerte emoción que se inicia a veces con ternura, a veces con deseo. Tantas emociones anegan su vida que se doblega al bienestar que le provoca estar con él, sin tratar de indagar más sobre esa fuerza que los une.

La lluvia cae más fuerte, el día se obscurece por las nubes tormentosas y por la cercanía de la noche. Los focos que alumbran los pasillos y corredores se envuelven en una especie de niebla que hace de esa noche, una velada especial. No es necesario hablar, las miradas penetran profundamente en el alma, besos y caricias representan el único lenguaje comprensible. Se unen en una gran caricia húmeda, acompañados de esa música acompasada por el latir rápido de sus corazones y el golpeteo pertinaz de la lluvia sobre los cristales del coche...

La lluvia ha cesado, a lo lejos se escucha el Ave María de Schubert. Suspendido en el tiempo queda quien le entregó su alma, su amor y su cuerpo.

Sin el cúmulo de sensaciones que opacaron la razón y confundieron los sentimientos, comprende por fin, al tiempo que ese profundo amor termina de instalarse para siempre en su corazón. Salió rápidamente. Su rostro bañado de tristeza reflejaba el dolor del enigma resuelto.

 



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