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Réquiem por

Hacía aproximadamente media hora de momentos, que Elvira había arrojado por quién sabe dónde, las últimas piezas de su fe ahora diseminada. Con los ánimos dispensables para mantenerse erguida, cruzó con pies desvelados por causa de la desventura, el umbral de un reducido pero elegante restaurante donde las sombras de los comensales, trazaban al viento entusiastas, pero desentonados fonemas embriagados por el humo de los cigarrillos. De cualquier forma, Elvira no puso atención a ninguna de las conversaciones harto extranjeras a sus desalentados pensamientos. Tomó la carta con indiferencia y sin ceder mayor atención al menú, solicitó “lo que fuera”.

Y es que de un tiempo a la fecha, sus asuntos parecían simpatizar cada vez más con las pendientes; primero fue el robo de su fiel Datsun 76, enseguida, el aviso sobre la cancelación de su tarjeta de crédito, más adelante, el robo del que fuera objeto su modesto pero cómodo departamento, y al final, el adiós definitivo de quien hasta hace unos retrasos de reloj, consentía como pareja.

Elvira justificaba su existencia en un cuerpo blanco y de esbelto rasgo, mediana estatura y castaños cabellos insistentes en los ángulos de su delicada y amplia frente. Sus manos fingían albatros cuando hablaba, y lo delicado de su andar armonizaba cual arpegio con el horizonte vertical de sus delgadas, pero bien formadas piernas. Rondaba los 27 pero sus ojos ya no fotografiaban ilusiones. Ahora mismo, éstos divagaban en un modesto cuadro que al centro del establecimiento, parecía platicarle a Elvira de su desilusión por no sentirse contemplado, mucho menos admirado. Se trataba de una vulgar impresión, un paisaje provinciano en perspectiva del que a ciencia cierta, no se sabía si capturaba el amanecer o atardecer. Al fondo de éste, se divisaba un valle con manto de luz otoñal, pero muy pálido para una primavera, quizá de ahí su imprecisión con Cronos.

En realidad era un postal sin carácter y sin embargo, había algo en ella capaz de cautivar a quien se adentrara en sus detalles. La calle que precedía al confín estaba flanqueada hacia la izquierda por un barda blanca despostillada por el tiempo, círculos irregulares en partes de su vasta área mostraban entrañas de tabiques decolorados por su historia. Casi al final de la misma, antes de llegar a la esquina, un zaguán en apariencia de madera mostraba la entrada de la morada; en la orilla, del lado derecho, diminuta, una ventana actuaba como única compañía del portón.

El centro de la escena estaba montado por un solitario kiosco que orondo, reinaba en la plaza sobre un paralizado séquito de apenas cuatro bancas de metal pintadas de blanco, aceras adoquinadas y seis anémicos postes de luz eléctrica formaban el vértice de toda la escena. El margen de su alrededor era uniforme, sólo se veían puertas y ventanas, y un lugar que parecía ser la miscelánea del pueblo, a juzgar por su gran entrada y porque a comparación del resto de las fachadas, ésta parecía celada por guardias formados con cajas de cartón. Curiosamente si se prestaba mayor atención al interior de ese lugar, era posible distinguir sombras de gente que iba y venía, pero en definitiva el autor, por alguna razón personal, había decidido hacerlo incierto a sus posibles espectadores. Elvira se sintió reconfortada con su hallazgo, era evidente, nunca antes nadie lo había notado. Los visitantes del restaurante no hacían otra cosa sino comer y platicar futilezas ignorando las voces de esa y las otras pinturas. Y con seguridad, el dueño del restaurante, al verlo con la practicidad dispensable para cubrir un vacío, tampoco había reparado en sus detalles, era simple utilería.

Pero para Elvira significó bálsamo a su fracturado estado anímico, por unos momentos se había sentido transportada a otro lugar donde su actual situación no lo era. Con el ensimismamiento sintió encontrar la paz momentánea, más aún, la soledad deseada, ésa que no se da por un fatal destino de circunstancias lastimeras, sino la que busca el encuentro del cobijo consigo mismo y el entorno. Pero al salirse del marco onírico donde había penetrado, Elvira se encontró profundamente agotada y triste. Pagó lo que no probó y se dispuso a la búsqueda del sueño físico.

Al siguiente día, fue vuelta a la realidad por el tiempo considerado en el canto del gallo amante de la madrugada. Con desgano y sin darse total cuenta del ambiente, calzó su pies en sandalias y se encaminó a la ducha. Se baño sin presura, no había por qué si el sábado abrazaría las horas de ese día. De pronto, algo insólito le hizo reaccionar, salió del baño presurosa, ¡su habitación ya no lo era! Se postró toda mojada frente a un espejo y con espantó, notó cómo su presencia se había fugado. Ahora, una piel tostada por el sol se mantenía engomada a su esqueleto, una figura regordeta confeccionaba su sombra y el peso de sus hombros, si bien no había desaparecido del todo, éste era más muscular que emocional, como si el día anterior hubiese cargado bultos en lugar de problemas.

Elvira conservó la calma... Vistió ropas que desconocía, transitó caminos inciertos, saludó, sólo con señas, a extraños que la conocían y supuso renovados ánimos por la sorpresa. De pronto, el asombro de esos momentos dejó los límites. Con el corazón agitado, se vio caminado por la callejuela del cuadro apreciado la noche anterior, atravesó esa plaza con su kiosco y de repente la nada, estaba sola en medio del desconcertante paisaje, sólo el viento le hacia compañía. Recordó que en alguna de las casas contempladas desde afuera, había entendido vicios de movimiento, no tardó en localizarla. Tambaleante de nerviosa, Elvira entró en ella.

Se trataba de una taberna donde la penumbra había hecho nicho, apenas se revelaban las expresiones de los rostros, nadie parecía decir nada y sin embargo los pocos ahí presentes, charlaban en actitudes solemnes, como no queriendo interrumpir el discurso del silencio. Elvira se estremeció, caminó instintiva hacia la barra donde la espalda de un obeso hombre ocultaba la cara de su gordura.

Pidió una cerveza y sin dignarse mirarla, el hombre voluminoso la colocó sobre el mostrador con fuerza descortés a más de gruñona. Elvira se sintió rechazada y angustiada. Dio sorbos adormilados al tarro mientras analizaba su rededor y entonces, en la penumbra de la pared frente de ella, descubrió una pintura en donde una citadina de elegancia natural, en actitud de sometimiento, sostenía su cabeza gacha sobre la columna demacrada que formaba su brazo derecho. Castaños cabellos cubrían casi por completo sus facciones pero sus labios y mentón, delataban el fino lienzo de un perfil distinguido y elegante, pero atormentado por alguna causa. Elvira se sintió horrorizada, ¡¿qué clase de perversa broma le estaba jugando el destino?! Arrojó violenta el tarro de cerveza en dirección al cuadro y en el acto, el adiposo hombre la tomó de los hombros para sacudirla con violencia.

Elvira no daba crédito a lo que estaba pasando, de forma simultánea probaba el sabor del vértigo y el desmayo. Sentía intermitentes las sacudidas del hombron pero éstas, no se compararán con el intenso dolor que enseguida, le producirían una serie de intensos golpes en el pecho.

—¡Reaccione por Dios!— Gritó el hombre desaforado. ¡Reaccione le digo! Fue así como Elvira abrió los ojos anegados en amargas lágrimas. La debilidad envolvía su espíritu y apenas, pudo darse cuenta de la plancha donde yacía. El doctor que la atendía insistió en los cuidados, las enfermeras aplaudieron y con ello, la sala se hizo alboroto por el logro.

Luego de 24 horas de reposo total, ya con la conciencia clara más clara, Elvira recibió a la pareja de comensales que decidieron tomarse la responsabilidad de sus respiros en ese día. Le contaron con detalle cómo habían sido espectadores de su atentado y así, pudo ella paladear de nuevo el amargo de las pastillas.

—Estaba hipnotizada con una de las pinturas del lugar— Le dijo el veterano testigo. Enseguida, sin desviar la mirada, sin siquiera parpadear, sacó usted de su bolso un pequeño frasco ámbar y después, mi esposa y yo la vimos tragar una pastilla, o lo que fuera, tras otra...

—Supuse que se trataba de inofensivos chochos por la irrefrenable forma en como los engullía—, comentó la también añosa señora—. Como no era de nuestra incumbencia, nos desentendimos del asunto y volvimos a nuestra plática y comida, pero luego de aproximadamente tres cuartos de hora, la curiosidad nos recordó su presencia y mi marido me hizo saber que usted seguía ahogada en los márgenes de esa pintura. En ese instante ¡oh! Vimos cómo sin más voluntad que la de la gravedad, se desplomó de su asiento; lo demás bueno, ya debe suponerlo, gente alarmada, gritos de auxilio, la ambulancia y atención inmediata.

—¿Por qué lo hizo?— Preguntó al unísono la pareja.

—Es usted muy joven— Dijo él.

—Y muy bonita—. Dijo ella.

Elvira se sobrepuso, su cabeza era océano de dudas y resaca de dolor. A pesar de la supuesta mejoría, ni ella misma supo dar satisfactoria respuesta a la interrogante.

—No lo sé, me sentí vacía, sin esperanza... y creo que ahora mismo me embarga el mismo pesar. ¡Por favor regrésenme mi cuadro! Necesito de otra vida... ¡Ya!

Confundidos los ancianos se vieron uno al otro y sigilosos —sin que ella reparara en su intención— salieron del cuarto de hospital pensando en el mal que aquejaba a la infortunada mujer. Elvira por su parte, cerró los ojos con la fuerza necesaria para alcanzar al olvido y después, su deseo más ferviente en esos momentos se manifestó por fin: una extraña música, sólo comprendida por ella, envolvió sus oídos y entonces, sus gritos de desesperación se esparcieron varios metros de distancia, como buscando quizá, esa fe que ya había desamparado.



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