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Aprontes de un viaje

—He ido muy despacio por la vida y esta oportunidad no la perderé de ninguna manera. Vos sabés lo que me costó en este país de miércoles conseguir el pasaporte. Después sudar con tipos extraños para conseguir rápido guita para el pasaje. Cagar a los yanquis con la visa, inventando con un laboratorio odontológico, que me mandaban a usufructuar una "beca". Le debo, se lo deberé eternamente, al novio de la Tita que me hizo el enganche con esos fulanos.

—Mirá Leti, me tengo que ir, dejate de boludeces y terminá de aprontar los bolsos que se te va a ir el avión.

—Dejalo de seña una vez aunque sea.

—No es una vez, hace quince días que no nos vemos, y si no voy se calienta y mañana, o cuando sea, me revienta. Me deja la cara magullada si está muy enojado, "para que vean todos a quien tú perteneces", me canta, y si no me machuca las piernas o las tetas porque dice que así lo excito cuando hacemos el amor. Y yo lo dejo.

—Sos una gila, yo le pego una patada en los que te dije y que vaya a voltear con las masajistas.

El cuarto era un revoltijo de pantalones, zapatos, medias desordenados, cajas y cajones abiertos con ropa interior colgando, esperando su mejor oportunidad.

—Estoy atrasadísima. Este viaje se me está convirtiendo en una pesadilla. Vas a tener que ayudarme un poco —le decía mientras la tomaba de un brazo y la llevaba, empujándola, hasta un armario, —ayudame con la ropa liviana, en Miami dicen que siempre hace calor.

—¡Pero no pusiste nada en la valija!

—¡Dale Sonia, mientras me arreglo! Dentro de tres horas sale el avión, tengo que estar una hora antes del embarque, y tengo cuarenta y cinco minutos de viaje hasta el aeropuerto.

—¿Por qué te atrasaste tanto?

—Fui a saludar a José, y se me pasó el tiempo. Además llamé a mi hermana desde una cabina, quería confirmar que esta tarde esté aquí.

—¿A saludar a José, cuántas veces lo saludaste? Sólo me puedo quedar un rato más, Franco no me espera y después se pone fulero, ya te expliqué.

—Vos tenés más tiempo, yo no, como ves estoy muy atrasada.

Se desnudaba. Acostada sobre la cama, pretendía que Sonia le ayudara a ponerse el vaquero. Cuando lo lograron Leticia se puso de pie, y pasó sus dedos por las costuras a la altura de la cadera.

—¿Cómo me queda? —y agregó—, cualquier cosa Sonia, menos perder ese avión.

—Te queda bien Leti. ¿Quién te dijo que vas a perder el avión?

—Me parecía que tenía tiempo de sobra.

Sin sostén, se colocó un top celeste, y casi corrió hasta el próximo espejo.

—El tiempo persigue a los que están apurados. Estás preciosa Leti, arreglate el pelo, date un poco de color en la cara y ya estás casi pronta.

—Estás loca, tengo que arreglarme las uñas de los pies, y elegir los zapatos. Bajame aquella caja.

Sonia al instante llegó a la caja y la bajó abriéndola.

—Adentro hay tres pares de zapatos, alcanzame los azules. No te olvidés que voy a un país donde el colorido manda. Entonces me quedo con los rojos, hace juego con aquella cartera.

—¡Con la mía no! —después de unos instantes, y de ver la cara de Leticia agregó:

—Está bien, está bien, llevátela.

—¡Y ahora como estoy!

—Cualquier cosa te queda bien —parecía que Sonia se la quería sacar de encima.

Leticia se agachó y comenzó a pintarse finalmente las uñas de los pies de rojo chillón. Casi sin mirarla y displicente le hizo la pregunta que no quería hacerle:

—¿Cómo está?

—No quería decírtelo, pero anoche me pareció demasiado quieta, tiesa, muy pálida.

Se enderezó, la miró sorprendida. No dejaba de acomodarse los senos bajo la top.

—Tendré que ponerme sostén. Anoche antes de que te fueras estaba bien. Entendió, moviendo apenas la cabeza, cuando le dije que hoy venía Verónica, hasta sentí cuando me apretó la mano antes de dejarla. Estaba bien.

Leticia quería convencerse a sí misma con sus palabras, y sin levantar la mirada del teléfono, parecía pedirle que no la interrumpiera.

—Para mí no respiraba.

—Estás loca. Alcanzame el cepillo.

—Te lo digo claro, si vive aún se está muriendo, no pasa de ésta noche.

—Te vuelvo a decir que la dejé bien, lúcida, sabe que vendrá su hija de afuera a cuidarla.

—¿Vendrá?

—Cuando yo me vaya vas a ver que ella llega.

—La que me tengo que ir soy yo, nos vamos a desencontrar con Franco otra vez, y se va ir y se va poner mal. ¿Por qué no subimos y la vemos?

—Hace un par de días me dijiste que le quedaba poco, y al rato me pidió algo de comer, y la noté alegre.

—¡Alegre, alegre! —la remedaba los gestos timoratos—, aquella vez me equivoqué, pero ahora ni siquiera necesité acercarme para saber que se está muriendo.

—Anoche la deje tranquila, casi dormitaba.

—No dormitaba, es otra cosa.

—¿Qué querés que haga qué me quede aquí llorando, qué culpa tengo de lo que le pasa, qué puedo hacer yo?

—No te estoy culpando de nada Leticia, es tu madre.
Hacé lo que te parezca bien.

—Es que me asustás diciendo que se está muriendo.

—Es lo que ví, es la realidad.

Leticia se acercó a la ventana entre abierta y la abrió de par en par. El sol de la tarde se coló en la habitación, dándole un tono de amarillo al blanco de las paredes. Sacó la cabeza, aspiró un aire más fresco, y perdió la mirada sobre el horizonte del mar. Desechó de sus ojos un pájaro negro que cruzó el ventanal. Al instante giró, y miró fijamente a Sonia, como buscando una respuesta callada, de lo que le iba a decir:

—No es cierto, siempre tiene mucho sueño.

—Entonces no te preocupés, si crees que no pasa nada.

—Ayudame con la valija, me voy a Estados Unidos sea como sea.

—Entonces subí, si nada se interpone que podés perder.

—Alcanzame los lentes. ¿Te parecen bien los zapatos rojos? Subí vos.

—¿Ahora?

Como dudando de quedarse sola, le replicó:

—No. Esperá que te acompaño. Vení ayudame a cerrar la valija.

Parecía una determinación que sorprendió a Sonia, quien se acercó decidida a la valija.

Se separaron un instante. Sonia cerraba sola la valija e intentaba colocarla en un carrito. Leticia se fue hasta el espejo, retocándose el rimel de un ojo.

Las dos se encontraron frente a la puerta de salida al patio alto. Leticia la abrió. Una vez afuera las dos miraron, al final de una ancha escalera de madera que subía, una puerta marrón. Enfrente otra escalera que bajaba directa a la puerta de calle. Leticia la miró por un instante.

Comenzaron la ascensión. En medio de la escalera Leticia le dio una excusa trivial, que son las más creíbles, para volver a la habitación.

Mientras seguía subiendo, Sonia le dijo:

—Andá tranquila que yo entro primero.

Como loca Leticia tomó los bolsos pequeños, y se prendió, como un pensamiento fijo, a la manija del carrito de la valija, y salió al patio sin un signo de arrepentimiento ni siquiera de expectativa.

Corrió prácticamente escaleras abajo. Pronto ganó la calle y seguía corriendo. Ni el empedrado detenía su impulso. Las ruedas del carrito giraban desenfrenadamente, pero no la alcanzarían, como tampoco la alcanzarían los gritos de Sonia desde la puerta de su casa.



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