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La tos

Él había tenido la cortesía de venir a despedirse muy temprano. Yo estaba aún tumbado sobre la cama, esperando un rato para prepararme el desayuno.

—Me voy esta tarde –me dijo— despídame con un café.

—¿A qué hora vuela?

—A las cinco, por Puerto Plata.

Me dirigí a la cocina y le traje su taza de café.

—Está acabado de colar. Lo hice yo mismo. Además de que no está aquí mi mujer, los sábados me toca la cocina.

—Ojalá yo poder hacer lo mismo. Pero lo malo es que allá me toca “todos los días, diario”, como dice Manuel. No me gusta viajar los sábados. Se aglomera mucha gente en el aeropuerto. Si no fuera por la pendejada esa de tener que trabajar, habría dejado el viaje para mañana o para el lunes.

—¿Y cuándo sales de aquí?

—Ahora, al medio día. Ojalá fuera nunca, pero ya ves, no soy como tu. No estudié derecho como era mi deseo. Tengo que bajar el lomo en la factoría a partir del lunes tempranito.

—Bueno, todo es relativo. A veces pienso si no sería mejor vivir en Nueva York, que estar bajo el asedio de tantos requerimientos y de llamadas a toda hora para resolver pleitos, rencillas y querellas que en el fondo no son más que chismes, donde solo prima el interés, el lucro o el deseo de dañar al otro... ya sabes, yo también estoy harto.

—Ay no, compadre. Ni lo piense. Nueva York es bueno de paseo por tres o cuatro días. Vivir allí es un infierno.

Me senté en el sofá de la terraza.

—Siéntese compadre, para que no se le barajen los planes —y en encendí un cigarrillo.

—Mi querido compadre –me dijo— ¿Hasta cuándo va usted a seguir fumando? Se está matando lentamente.

—No tengo ninguna prisa –le dije en tono de broma.

—Eso es lo que dicen todos los fumadores. Mira, yo vi en la televisión de los Estados Unidos, que cada día son más las personas que mueren por fumar. Están llenando los cementerios.

—Yo creo –le dije— que cada día van a los cementerios más gentes por no fumar. Se mueren sin haber probado un solo cigarrillo.

—Otra excusa. Mira... mi mujer, si que lo dejó. Me complació. Usted sabe que ella era una fumadora empedernida como yo le llamaba. Tengo dos semanas aquí y no la he visto encender un cigarrillo. Tiene lo que se llama fuerza de voluntad.

—La felicito. Es lo que me falta a mí. Pero también lo dejaré algún día.

—Si, cuando se lo lleven después del Play de la Logia, al Reparto “Vivian”.

—No exagere compadre, no exagere.

Un leve acceso de tos me impidió seguir hablando por un momento.

—¿Lo ve? Ahí está la prueba.

Iba a replicarle, pero decidí cambiar el tema.

—¿Y cuando va a regresar?

—No lo sé con certeza. El último año he viajado tres veces. Me hace mucha falta mi pueblo y sobre todo, Samantha.

—¿Y porqué no se la lleva?

—¡Que buena pregunta! Hágasela a las gentes del Consulado. He hecho todo lo que es posible, pero no hemos tenido suerte. Esas gentes visan a quienes les da la gana.

Después de tomar el café dejó la taza sobre la mesa, poniéndose de pié.

—Lo noto como nervioso, perturbado – le dije.

—¿Y cómo no voy a estarlo? Lo primero porque no me gustan los aviones, y lo más importante, porque dejo sola a mi mujer. Suerte a los amigos y vecinos que me la cuidan. Sobre todo ustedes que son los más cercanos.

En ese momento no pude evitar la mirada hacia el fondo del patio y observar cuidadosamente la cerca que separaba las dos casas. Era así de alta, que podía saltarse con poco esfuerzo.

—Tiene usted razón, nosotros la cuidamos.

—Bueno – dijo finalmente— van a ser las 11:00 de la mañana. Me voy. Salúdeme a su mujer. Cuídeme a Samantha y por Dios, deje de fumar.

—Gracias, todos sus deseos serán cumplidos. Buen viaje y vuelva pronto.

Le acompañé hasta la galería.

—Adiós.

—Adiós.

Me quedé por un instante con el ánimo conturbado.

Más tarde, cuando ya había desayunado y salía de la casa, alcancé a ver a mi vecino despedirse de su mujer. Parecía aferrarse a aquel cuerpo tan joven y atractivo, en gesto de dolor y casi al borde de arrepentirse de su viaje. La abrazaba, la besaba y acariciaba sus cabellos con verdadera ansiedad y desesperación.

Un vehículo le esperaba ya, con las puertas abiertas. No quise que notaran mi presencia y esperé hasta que el automóvil partiera.

Anduve gran parte del día sin rumbo fijo, ora lavando el carro, chequeando el motor de arranque, comprando dos bombillas que faltaban en la casa o tomándome varias cervezas con amigos en la playa.

A pesar de que lo disimulaba, yo estaba contando las horas que parecían interminables.

Veinte cervezas entre tres y aún eran las seis de la tarde.

Comencé a anunciar mi partida desde esa hora, porque sabía que cuando los compañeros de la tertulia sabatina alcanzaban ese estado de excitación, no hay quien abandone el lugar hasta agotar la cordura y las “verdes frías” como le llamaban a nuestra bebida favorita.

—No, tú no te vas. Es aún temprano. Estás solo, tu mujer y tus hijos están en la capital y mañana es domingo. Ellos no vienen hasta el martes.

—No es por eso —mentí— Ustedes son medio vagos, pero yo tengo compromisos serios que cumplir.

—No sé para que estudiaste. ¿Crees tú que yo voy a ir a la universidad a quemarme las pestañas para pasarme la vida como un esclavo del trabajo? No me jodas. Y todo por el maldito dinero.

—Lo dices —le repliqué— porque no fuiste. No es solo el dinero. Haces un compromiso, contraes una obligación. Confían en ti. No puedes defraudarlo.

—¡Al diablo los médicos y abogados! Yo me quedé bruto, pero disfruto la vida más que tu, que estudiaste.

La conversación giró sobre el mismo tema por más de media hora.

—Ya completamos una caja —le dije— con veinticuatro cervezas se emborrachan hasta los elefantes. La cuenta y me voy.

—¿Qué cuenta? Ahora es que se va a beber.

—Seguirán ustedes, yo me voy.

Y puse sobre la mesa lo que calculé era mi parte proporcional de la parranda.

—Con esto alcanza hasta para la propina— les dije.

Cuando me levanté de la silla noté que las cervezas habían hecho su efecto. No recordaba donde había dejado el carro.

“Eres tremendo Raúl —me dije— “Puedes echar a perder una gran oportunidad”

Al llegar a la casa me di cuenta de que no había luz en el pueblo. Desde la marquesina hasta mi habitación, a tientas en la oscuridad, choqué con más de diez obstáculos. Sillas, mesas, puertas y mecedoras se habían convertido de pronto en mis peores enemigas, hasta que al final, un aullido que me taladró el cerebro me hizo saber que una de las patas de Mishulinga, mi gata preferida estaba exactamente debajo de mi zapato. Cuando levanté el pie, sentí que a pesar de sus ojos de gato, corrió con tan rapidez, que tropezó con floreros, ceniceros, tarros y adornos, echando todo al piso, antes de parar debajo del sofá de la terraza.

Recordé a mi abuela, que siempre le decía a mi madre: “Cuídate de pisar un gato en la oscuridad, es señal de mala suerte. Te aleja el matrimonio”

Yo, por lo menos ya me había casado.

Esa noche no encendí la planta eléctrica. Me procuré dos velas y éstas me sirvieron para iluminar el baño y la habitación. Para mis planes, no necesitaba más luz.

Minutos más tarde, después de haber saltado el muro que divide los dos patios, con ayuda de una improvisada escalera, yo estaba tocando la puerta trasera de la casa de mi vecina.

Hube de hacerlo varias veces hasta sentir que alguien quitaba el cerrojo y me daba paso hacia aquella penumbra. Tenía la extraña sensación de estar en el lugar equivocado, a pesar de que ese momento había sido planificado, aceptado y deseado por los dos.

No había cerrado aún la puerta y me precipité sobre ella como un animal enloquecido. La besé con tal violencia que ella gimió, entre adolorida y gozosa.

—Cierra la puerta por lo menos – me dijo, cuando pudo zafarse del ataque despiadado de mi boca.

Yo no estaba en mis cabales. El sabor de esos labios ansiosos, su aliento puro y caliente, me atontaron más que las cervezas.

—Yo la cierro –me dijo.

Y yo, sin soltar su cuerpo, fui levantando su bata, acariciando sus pechos duros y palpitantes, hasta despojarla de toda la ropa. Y en la oscuridad de aquella habitación destinada a la cocina, se dio inicio aquella noche, a una sesión de amor que nos sumió en la sensación de abandono de la realidad, que nos dejaba como adormecidos de placer.

Ella cabalgó sobre mí frenéticamente, y el contorno de su cuerpo en la penumbra la hacía aparecer como un jinete audaz y temerario, sobre un caballo desbocado. La pasión nos cegaba.

No se contuvo más. Balbució palabras confusas y retorcida en un gesto de paroxismo incontenible, cayó sobre mi cuerpo, exhausta, fría y reblandecida. Se quedó dormida.

La jineta sobre el potro. El caballo vencido.

Como flotando en el éter donde solo se oía su respiración sobre mi pecho, y casi a punto de sucumbir al sueño, a tientas, busqué en el piso la cajetilla y encendí un cigarrillo. Era un hábito que se repetía invariablemente en cada ocasión en que hacía el amor. Esta vez, eso nos salvó la vida.

Al principio me negaba a creerlo. No podía ser posible. Si tomó el avión a las cinco, ya debería estar llegando a Nueva York.

Pero no. El sonido de la puerta que se abre, la descarga de maletas, los pasos que se acercan y la voz desesperada: —¡Samantha! ¡Samantha! ¿Dónde estás metida?— eran perfectamente reales.

Un golpe repentino de tos me atacó de repente, hasta sofocarme, hasta dejarme abotargado. Ella despertó muy asustada. Yo apenas pude recoger la ropa dispersa por el piso, abrir apresuradamente la puerta y correr a ciegas, en aquella oscuridad a riesgo de matarme. Me parece que salté la verja sin tocarla.

No sé exactamente lo que pasó o no pasó allá adentro. Solo recuerdo que oí cuando ella le gritaba: —¡Estoy aquí, en la cocina! ¡Ya voy!— y él le reprochaba: —Mentirosa. ¿Qué hacías aquí? Mira la prueba en el patio. Me hablaste mentira.

¿A qué se refería? No lo sabía. Esperé casi media hora desnudo, acurrucado junto al muro del lado de mi casa. Aterrorizado, esperando lo peor. Pero nada pasó. Casi arrastrándome por el suelo, alcancé mi habitación y me tumbé sobre la cama sin lavarme. Luché un rato contra el sueño, pero no pude resistir. Me quedé profundamente dormido.

Pasaron más de diez minutos desde que oí por primera vez el timbre de mi puerta. —¿Quién será y qué hora es?— me dije para mis adentros. Me había despertado, pero seguía inmóvil sobre la cama. No me atrevía a levantarme. Al rato la llamada se hacía más insistente.

—¡Compadre soy yo! ¡Abra, que quiero hablarle!

Lo que me faltaba. Salté del lecho y solo atiné a decirle en voz alta –¡Ya va compadre, estoy en el baño!

—Yo lo espero – me dijo.

El miedo me paralizaba. Quise huir, pero recapacité. Entré al baño y después de cepillar mis dientes y lavarme la cara, me vestí con la bata y resuelto a todo, salí a enfrentar la situación. Pasara lo que pasara.

Abrí la puerta y con mal disimulada sorpresa le dije: —¡Compadre! Yo lo hacía a usted en Nueva York a esta hora.

—Me dejó el avión, por culpa del vehículo que se dañó en el camino. Llegamos a Puerto Plata cuando ya el aparato estaba en la pista, listo para despegar. Hoy contraté otro carro.

—Oh, cuanto lo siento. Entre, vamos a colar un cafecito.

—No, hoy solo tengo tiempo de despedirme. Ya son las ocho de la mañana. No quiero que me pase lo de ayer.

—Tiene razón— y de nuevo la tos.

—A propósito, ahora que le oigo toser ¿recuerda ayer cuando le decía que mi mujer había dejado de fumar? Mentira, todo es mentira. No ha podido dejar el vicio.

—¿Cómo así?

—Nada más que anoche, cuando llegué, parece que estaba fumando cuando me sintió, corrió a la cocina, abrió la puerta y tiró el cigarrillo. La descubrí primero por el olor y después le enseñé la prueba: la colilla estaba aún encendida en el fondo del patio. Me voy desencantado. No me gustan las mentiras.

Quise hablar pero de nuevo las convulsiones violentas de todo el aparato respiratorio me lo impidieron.

—¿Ya ve? Lo mismo le pasó anoche a Samantha. Es la misma tos. Cuídense que ustedes se van a joder muy pronto. Adiós. Nos veremos en dos o tres meses.

¿Le contesté? No lo recuerdo. Él salió presuroso a tomar el automóvil para iniciar su viaje. Yo me quedé pegado a la puerta sin saber el sentido de sus últimas palabras: “...ustedes se van a joder muy pronto”.



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